[13 de noviembre de 2013]
Hace años, don Eduardo Zaplana Hernández-Soro era un hombre bien parecido, alto, espigado. Parecía, sí, un figurín bien planchado.
La verdad es que tenía, y aún tiene, un perfil feísimo, pero de frente se creía un galán.
Lo recuerdo, por ejemplo, hace dos décadas en un Centro Comercial de Valencia. En la sección de discos. ¡De discos!
Por su altura destacaba entre la gente corriente. Él también era corriente, con su punto de caradura.
Lo recuerdo tonteando con una cajera del establecimiento, tal vez lanzándole cumplidos mientras hacía como que compraba discos.
Los retoques fotográficos y el gimnasio hicieron milagros de él.
Recuerdo, por ejemplo, el retrato de un libro promocional datado en 1995, poco antes de que don Eduardo Zaplana Hernández-Soro ganara las elecciones autonómicas de aquel año. Se titula Eduardo Zaplana. Un liberal para el cambio en la Comunidad Valenciana.

Era un libro-entrevista con Rafa Marí. El prólogo lo firmaba José María Aznar. El volumen es un repertorio de promesas nada comprometedoras, medias verdades y trolas enumerables e innumerables. El prólogo más vale olvidarlo: la prosa es inverosímil.
En la fotografía de la cubierta, a don Eduardo Zaplana Hernández-Soro lo habían adelgazado o estilizado prodigiosamente.
Su narizota no parecía crecer a pesar de sonreír abiertamente. Tenía el pelo bien cortado: para mi gusto, excesivamente rectilíneo. Llevaba un traje sastre evidentemente caro. Acarreaba un abrigo o gabardina.
Y exhibía un cartera de piel propia de profesor emérito. La cartera refuerza la impresión de un hombre profundo, con fondo: tienes mucho que transportar, un portafolios de cuero, hebillas y herrajes que te dan un aspecto intelectual o superior.
Los zapatos, cómo no, eran unos Castellanos o, mejor aún, unos Sebago. La sonrisa batiente y la afectación de caballero premioso y eficaz eran buenas ideas propagandísticas.
Lástima que, bien mirado, don Eduardo Zaplana Hernández-Soro no mejorara ostensiblemente su imagen. Con todo el respeto: ya entonces parecía un comercial o un vendedor de género dudoso.
Punto y aparte.
Don Eduardo Zaplana Hernández-Soro siempre tuvo una parte fea en su rostro. Es difícil descubrirla. Es como el lado oscuro de la Luna.
Si no estoy equivocado siendo Primer Ministro Autonómico dictó en Canal Nou una orden: que jamás se le grabara por esa parte, por la mejilla desdichada.
Todos tenemos un lado manifiestamente mejorable.
Yo, sin ir más lejos, creo que es mi parte derecha la que podría haber quedado mejor acabada.
Me veo ese perfil y generalmente me lamento. Tampoco es para tanto, me dicen quienes me quieren. No es una vergüenza, añaden.
A don Eduardo Zaplana Hernández-Soro no le he visto sus vergüenzas. Las fotografías no llegan a tanto. Llevo años observándolo de cerca, pero nada.
O sí, pronto le vi cosas vergonzosas. Primero en la tele que él alentó, apoyó, encumbró, definió, dirigió, dictó.
Hizo exactamente lo contrario de lo que prometía en su libro promocional. En el panfleto se quejaba de Canal Nou, del tratamiento que se le daba en la época socialista.
Decía:
–Cuando en Canal 9 no me saca rascándome la nariz o agachándome para coger un vaso o algo parecido, yo ya me doy por satisfecho (…). Yo aseguro que mi política [cuando gobierne] en ningún momento intentará controlar, ni siquiera influir, en los medios de comunicación (…). En mi gestión nunca se hará ningún tipo de sectarismo.
Otra vez, punto y aparte.
Yo nunca le he visto rascarse la nariz ni hacer pelotillas. Tampoco lo he visto agacharse.
Pero por lo que parece ha habido pelotas que se agacharon, que humillaron la cerviz, que se dejaron controlar, influir, para hacer de la tele autonómica un aparato sectario.
Ahora es cómodo culpar de todo a Francisco Camps, un cuerpo beato que aún levita. Ahora es sencillo acusar a Alberto Fabra, ese cuerpo inerte.
Pero el tipo que lo empezó todo, con morro y picardías, fue don Eduardo Zaplana Hernández-Soro.
Tan listo es…, que se ha hecho compadre de los de Telefónica: creen haberse llevado a un gestor o a un comercial; se han llevado a un vivales. Menudo género lleva en la cartera.

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