Cristian Campos es periodista, jefe de opinión de El Español.
Ha escrito un volumen con el que aspiraba a analizar el fenómeno político español más mediático, quizá la hecatombe que más teme la izquierda.
Aspiraba a escribir un volumen sesudo y práctico a la vez. Se le ha quedado en algo menos egregio. Se reduce a panfleto laudatorio. O, si se prefiere, se limita a ser una apología.

Intenta realizar el examen sociológico del mercado electoral; intenta dar la batalla cultural de la derecha sin complejos; e intenta hacer la crónica de hechos como un reportero bien informado.
El resultado es una exaltación de Isabel Díaz Ayuso. Le ha quedado un ditirambo extenso y reiterativo al que Campos tenía derecho como groupie de la presidenta de la Comunidad de Madrid.
Es como un fan desmelenado, pero con ínfulas intelectuales. Al fin y al cabo, Campos tiene estudios y profesión, la de periodista.
Pero le falta una cosa fundamental: contener sus entusiasmos. No puede reprimir el arrebato que le provoca su figura totémica. Tampoco puede frenar su verboso libertarismo.
El Estado es un agente con multiples instituciones extractivas. Vamos, que nos roba. El Estado es sencillamente el Mal.
Y la política española está infectada por el virus socialdemócrata desde el pacto de la Transición. Vivimos, aunque no lo sepamos, engañados por el estatalismo y bajo la hegemonía intelectual del izquierdismo, que es lo que respiramos en España tras la muerte de Franco.
El libro comienza muy entretenido. Parece anunciar un estudio serio del fenómeno IDA, pero pronto se desliza por una pendiente apocalíptica.
Cree que la salvación del mundo vendrá del libertarismo de derechas, convicción que le hace mirar con sesgo y con esforzado sectarismo.
El autor se juzga instruido, pero no se maneja más que con alguna bibliografía monotemática: se sabe lector y propagador del libertarismo. Y sólo repite sus tópicos. Él es uno más y, sobre todo, es o aspira a ser el vocero intelectual de Ayuso.
En sus páginas, Mariano Rajoy es vilipendiado, principalmente por la cachaza que lo caracteriza y por su renuncia a emprender la batalla cultural. Si el expresidente abjuraba de los doctrinarios, se entenderá por qué Cristian Campos deplora a Rajoy.
En su libro, Alberto Núñez Feijóo está completamente olvidado y hasta opacado. Se le cita, por supuesto, pero sólo es una segunda cosa de la que se avizora su escaso porvenir como politico aspirante. Al fin y a la postre, tontea con el nacionalismo, concluye Campos.
Frente a la tímida o intermitente oposición de Feijóo, o frente a la hondura intelectual de Cayetana Álvarez de Toledo, Isabel Díaz Ayuso es resolutiva, una heroína del pueblo. Es un prodigio, el prodigio político más grande de la España reciente.
En este punto coincide con lo dicho tiempo atrás por su compadre Federico Jiménez Losantos.
Es por eso por lo que Me gusta la fruta (2024) es volumen para los muy cafeteros: únicamente apto para adherentes y acérrimos.
O para interlocutores de su misma especie política y a quienes en estas páginas convoca: Jorge Bustos, subdirector de El Mundo y Pilar Rodríguez Losantos, la politóloga de Okdiario.
Cristian Campos escribe bien, si por tal se entiende esto: la eficacia periodística y el proselitismo ágil. Escribir bien no es una virtud. Es una obligación… entre reporteros. E ideólogos.
El volumen tiene, pues, dos argumentos entreverados. Por un lado, se propone la exaltación intelectual de Díaz Ayuso (tal cosa es posible o al menos la cree posible el autor). Por otro, se propone predicar la buena nueva del libertarismo o, en su defecto (español), un ultraliberalismo militante.
El autor no puede reprimir el odio que siente hacia el “estatismo”, hacia el “asistencialismo” y hacia la “caridad del Estado”. Es tal la ojeriza que le despierta la socialdemocracia que el análisis del presente se pierde constantemente en un proselitismo furioso, involuntariamente cómico.
Para la ilustración de cubierta se ha escogido a una Isabel Díaz Ayuso de mirada defensiva. Parece poner cara inteligente. En realidad, vemos a un ser suspicaz.
En esa fotografía de campaña, Ayuso no mira, sino que sospecha. Es esa la actitud de quien observa esquinadamente, de quien desconfía, de quien no sabe de qué se le habla.
Pero Campos no se limita finalmente a IDA.
Sabe, en fin, que el azar puede traer sorpresas y sabe que el PP no puede limitarse a esta joya que él pule página a página. En un determinado instante, Pilar Rodríguez Losantos le advierte: Ayuso no está en su mejor momento. Quién sabe, quizá le salgan rivales serios e internos.
¿Cuáles?
Ambos convienen en su relevancia: Carlos Mazón, el presidente de la Comunidad Valenciana. “Mazón”, añade Rodríguez Losantos, “podría ahora dar la batalla contra los independentistas catalanes y vascos si quisiera hacerlo”.
Y añade: “Mazón tiene narices, tiene ideas, tiene capacidad y tiene un territorio para dar la batalla nacional. Antes, Ayuso no tenía Mazones desperdigados por España”.
Cristian no la desmiente rotundamente. Ahora, a Ayuso le ha salido un rival a su altura.
Me gusta la fruta apareció en el mercado el 27 de octubre de 2024, dos días antes de la hecatombe de la Dana, fenómeno en el que dio la talla Carlos Mazón.
Ay, las predicciones de los periodistas sesgados o sectarios. Confunden sus observaciones y deseos personales con el curso de la historia y de los planetas.

Deja un comentario