Historia 21 (Nueva Tribuna), 23 de febrero de 2026
En una página de ¿Quién se acuerda de Armando Palacio Valdés? (2007), Eduardo Mendoza afirma: “para quien ama los libros solo existe un placer superior al de la lectura, y es el de la discusión sobre lo leído y lo por leer”.
Ese espíritu recorre toda la obra del escritor barcelonés: incorporar y valerse de los hallazgos de novelistas meritorios, a veces olvidados, que supieron expresar los deseos y frustraciones de su tiempo mediante la ficción.
Entre ellos destacan Galdós, Baroja y Valle-Inclán, autores que Mendoza lee y relee con afecto y lucidez, y cuya huella resulta visible en su propia obra narrativa.
Sus personajes (los de Mendoza, pero también los de Galdós, Baroja y Valle-Inclán) no tienen por qué ser “figuras rígidas ni reliquias del pasado”, señala.
“Al contrario, pueden ser releídos hoy reconociendo hasta qué punto compartían con nosotros preocupaciones, miedos, obsesiones y manías”, concluye.
En las obras de Mendoza siempre hay un rendimiento posible: sus novelas recrean e inventan con eficacia un pasado poco heroico, convulso o sucio, que a menudo preferimos no recordar, pero que sigue operando en nuestra memoria cultural.

Un ejemplo especialmente revelador de esto mismo es Una comedia ligera (1996), novela singular dentro de la producción de Mendoza.
Bajo su apariencia amable y su tono deliberadamente menor, articula una de sus reflexiones más finas sobre la cultura, la mediocridad funcional y la relación entre arte y sociedad en la posguerra española.
Lejos de la épica o de la denuncia explícita, la novela describe una Barcelona de horizontes chatos, marcada por la adaptación, la prudencia y el miedo, donde la escasez es también simbólica y la cultura se vuelve cautelosa y previsible.
En ese contexto, Eduardo Mendoza crea una figura destacada y mediocre a la vez: Carlos Prullàs, comediógrafo burgués. Es, y no es, un artista frustrado, porque al tiempo se desempeña como profesional competente y satisfecho.
Escribe comedias eficaces para un público de expectativas reducidas, sin aspirar al genio ni a la trascendencia.
Su mediocridad no es patológica, sino frecuente: la mayor parte de la producción cultural no está hecha por genios ni por rebeldes, sino por figuras adaptadas a un sistema que no pide demasiado.
El arte se convierte así en servicio, y el kitsch —más que un defecto— es el lenguaje dominante de una época.
El humor, discreto y estructural, permite a Mendoza reproducir ese mundo sin crueldad ni sátira devastadoras. No busca la carcajada, sino la lucidez.
Bajo su liviandad, ‘Una comedia ligera’ demuestra que el humor y el kitsch pueden servir para construir una de las radiografías más precisas del empobrecimiento simbólico de la posguerra española y de la normalización de existencias y artes sin épica, sin vida.
De esto y de muchas cosas más hablo en “Espanya triomfant. La posguerra de Eduardo Mendoza”, un artículo escrito para Historia 21 y publicado por cortesía de José Luis Ibáñez Salas.
———
Pueden leer el artículo aquí (si me hacen la caridad):
——-


Deja un comentario