Cómo conocí a Jaime Milans del Bosch

Reloaded

A pesar de haberlo anunciado en otra parte aún no he revelado cómo conocí a Jaime Milans del Bosch y Ussía. Casi me da pereza contarlo.

E incluso algo de miedo. Algo de miedo me queda, sí.

Durante años sólo a muy pocas personas relaté la inquietante anécdota: eso sí, más de una vez.

Uno puede convertirse en un tipo pesado, fastidioso, cuando cree haber sido testigo mudo de un episodio histórico. Vale, de acuerdo: un episodio minúsculo, pero histórico.

Al final lo revelo aquí y ahora sin adornos, sin añadidos, sin fantasías en el escrito que sigue. Revelo, sí, públicamente un secreto oficial.

Es modesto, pero desconcertante y efectivamente reservado, máximo secreto. Este asunto menor dice mucho de lo que era la España castrense de 1981 y 1982.

Primero proporcionaré unos datos archiconocidos por si alguien los ignora. De hecho no estoy seguro de que los más jóvenes de la plaza sepan quién fue Jaime Milans del Bosch.

El teniente general Milans del Bosch era el jefe máximo de la III Región Militar en febrero de 1981. Las regiones militares ya no existen.

Era una subdivisión administrativa, territorial, dentro del ejército español con sede en una capital. En este caso, la de la III Región era Valencia.

En la tarde del 23 de aquel mes y de aquel año, el capitán general Milans del Bosch publicó un Bando por el que declaraba el Estado de Excepción con su preceptivo toque de queda, que empezaba a las 21 horas, si no recuerdo mal.

Fotografía: EFE

Por entonces, yo era un joven de veintipocos años que estaba a punto de acabar la carrera universitaria. Tenía todo el porvenir por delante y una eternidad de muchas décadas por vivir.

Aquella tarde, aquella noche, que un golpe de Estado pudiera quebrar la recientísima democracia de que disfrutábamos me derrumbó.

Y más cosas. Me aturdió, me enervó y me irritó hasta extremos indecibles. Y me atemorizó, claro. Como a tantos otros jóvenes y no tan jóvenes que no teníamos madera de héroes.

Un familiar, primo hermano mío, militar de carrera, era esa noche el oficial de la guardia dispuesta a la entrada de Capitanía, en Valencia.

Según me reveló días después, mi pariente había recibido una sola orden directa de Milans del Bosch.

—Si vienen a detenerme, dispara —le espetó.

Al cabo del tiempo, no sé cuánto, mi primo abandonaría el ejército y, por tanto, la carrera. Según me detalló entonces, la causa era el malestar general y la úlcera en particular que circunstancia tan extrema le había ocasionado. Eso es lo que él me dijo.

Punto y aparte.

En octubre de 1982, una noche, dos soldados de la Capitanía General de la II Región Militar con sede en Sevilla debían realizar un servicio. Era lo que se llama una guardia de Estado Mayor, una obligación fastidiosa y frecuente.

Se trataba de pasar la noche en vela, o parte de la noche. Los soldados no debían permanecer en posición de firmes o de descanso. No debían cumplir en una garita, sino en la planta de Estado Mayor.

Durante las horas que les correspondían debían permanecer sentados en una pequeña dependencia adosada a la sala noble portando sus respectivos subfusiles: eso sí, descargados.

Uno de esos soldados era yo. Las horas no pasaban veloces y para matar el aburrimiento leía.

Recuerdo que por entonces llevaba, con las tapas forradas de papel de periódico, la Antología, de Antonio Gramsci, editada por Manuel Sacristán.

Lo habitual en una guardia de Estado Mayor era que el jefe dejara abierta la puerta de esa dependencia tan angosta.

Sin embargo, aquella noche de octubre, el comandante nos advirtió a gritos. Con severidad y con mucho aspaviento.

—Voy a cerrar la puerta.

Nosotros permanecíamos mudos, expectantes y con un miedo cerval, al menos en mi caso.

—Por supuesto no vais a ver nada ni oír nada —añadió—. Si contáis lo que pasa en la sala —dijo refiriéndose al salón noble— os empuro, os meto un Consejo de Guerra del que no salís vivos.

Probablemente era una amenaza que no habría podido cumplir exactamente, una baladronada, en el caso de habernos sorprendido espiando.

Pero en aquel momento no sólo era un castigo probable e intimidatorio. Era el terror posible.

Por supuesto desatendimos la orden, incumplimos el mandato recibido.

Escuchamos lo que se dijo.

Adivinamos y recreamos con detalle y cuidado lo que allí al costado ocurría.

¿Y qué ocurrió?

Pues el homenaje clandestino a un militar de máxima graduación. Las reverencias y los saludos con taconazos preceptivos, con el mayor énfasis.

Ese militar había sido condenado meses atrás en el Juicio de Campamento (en Madrid) por su participación en un acto de rebelión.

Concretamente, la Sala Segunda del Tribunal Supremo había dado a conocer el 28 de abril de 1982 la sentencia firme y definitiva en torno a los recursos de casación interpuestos contra las penas impuestas por el Consejo Supremo de Justicia Militar sobre el 23-F.

En la sentencia se condenaba entre otros al teniente general Milans del Bosch como unos de los responsables, en concepto de coautor, de un delito de rebelión militar, comprendido en los artículos 286 y 287 del Código de Justicia Militar.

La condena se cifraba en una pena máxima de 30 años de reclusión e implicaba también pérdida de empleo e inhabilitación durante el tiempo de dicha condena.

¿Quién era el militar, a escasos tres metros, al que yo oí saludar marcialmente, ser saludado y jaleado? Los allí presentes, generales y jefes de Estado Mayor, se cuadraban ante el superior jerárquico.

Le presentaban sus respetos y sus felicitaciones, orgullosos, decían, de ser sus subordinados. Él, por su parte, además de responder, arengaba a los congregados, a los conjurados. Eran las suyas unas palabras terminantes.

Su pronunciamiento, tan estridente en las formas y tan exaltado por las alertas con que amenazaba, daba pavor.

Alertaba, en efecto, sobre la Conspiración que él decía en marcha. Hablaba de la España en peligro, conminándoles a conjurarse para echar a los políticos y al rey.

Los dos soldados que hacíamos guardia, en las dependencias de Estado Mayor, nos mirábamos atónitos, con una inquietud y malestar crecientes, sin saber qué hacer, qué decir, qué callar.

Si nuestros sentidos no nos engañaban estábamos asistiendo a un acto tipificado como rebelión.

¿De verdad estábamos asistiendo a una nueva rebelión militar? Yo había cursado la carrera de Historia y creía que la circunstancia era excepcional. Histórica, propiamente.

Lo era, pero no tanto porque aquello fuera en efecto una conjura para la rebelión, sino por ser un acto de homenaje y sumisión a un golpista ya condenado en abril.

Era un preso ya entonces apartado de su primer centro de reclusión para evitar que continuara su conjura en la cárcel.

De Madrid había llegado en avión militar, había hecho escala en Sevilla y al día siguiente lo trasladaban a su nuevo destino: Algeciras.

En octubre de 1982, inmediatamente antes de las elecciones que ganarían los socialistas, se descubría la Operación Cervantes, en la que participaba activamente, no sé si como director, Jaime Milans del Bosch.

El gobierno lo alejaba para evitar esos contactos entre los conjurados.

El Milans del Bosch que yo oí, ese al que escuché aquella prédica nuevamente golpista, ya no era un militar en activo. Era un tipo que había deshonrado su profesión, la milicia.

Ya no era el supuesto teniente general que los saludos alborozados de sus conmilitones nos habían hecho creer. Ese soldado había perdido su empleo, había sido inhabilitado y había sido condenado a pena de reclusión.

Nuestro temor, al menos el mío, fue mayúsculo. Habíamos sido testigos de un acto delictivo orquestado por el Estado Mayor de una Capitanía.

No me inquietaba Milans del Bosch. Me provocaba estupor y decepción confirmar en manos de quiénes estábamos los soldados, dos jóvenes que habíamos sido mudos testigos de aquel reprobable acto.

¿Qué nos harían? Antes de la medianoche, la puerta de aquella humilde dependencia se abrió y el comandante nos hizo salir.

El vocerío se hizo más intenso, más cercano. Yo sentí pánico. Con la cabeza gacha, cargando con el subfusil y mirando de soslayo la escena lo vi, lo entreví.

Fue entonces cuando recordé que, semanas atrás en la II Sección, la de Información, a la que yo estaba destinado como ordenanza, me habían hecho triturar unos expedientes comprometedores. Había sido una orden tajante de mi teniente coronel.

—Serna, destruya esos documentos uno a uno sin leer su contenido. No se le ocurra —me gritó.

Por supuesto, yo incumplí ese mandato extremando la cautela y haciendo como que aquello no iba conmigo.

Entre las carpetillas que destruí pero que pude leer rápidamente, sin apenas tiempo, estaba el expediente dedicado a Jaime Milans del Bosch y Ussía.

A la fuerza, que no de grado, un futuro historiador había triturado uno de los documentos más relevantes que había tenido en sus manos, un documento referido a un conspirador del siglo XX.

Deja un comentario