1. El populista
Siempre hay motivos de actualidad para ocuparse de Silvio Berlusconi. Los chascarrillos que profiere, los comentarios jocundos de que se vale para piropear o para denostar, etcétera. Todo lo convierte en materia de interés periodístico o humorístico: siniestramente humorístico. «No, no», me dirá mi crítico. «Tomar a Berlusconi como objeto de reflexión es un expediente muy facilón: cuando no se tiene nada de lo que hablar, se habla de Berlusconi. O de Aznar», añadirá mi crítico. Todos lo hacen. ¿No hay noticias? Pues miremos a ver qué ha dicho el primer ministro italiano: seguro que hay algunas patochadas o algunas bravuconadas que puedan explotarse para rellenar el vacío del blogger o del articulista.
¿Explotar? No me hablen de explotar… ¿Pues no hizo estallar Berlusconi un volcán de pega? No recuerdo qué día, pero sí que fue en 2006: el entonces ex presidente organizó una fiesta nocturna en su casa de Cerdeña, Villa Certosa, con un pequeño volcán en erupción. Esto creó la alarma entre los vecinos de la zona, que reclamaron la presencia de los bomberos ante el fuego y la lava. Recuerdo que acudieron los equipos antiincendios, i vigili del fuoco. Pronto se disipó la alarma: el dueño de Villa Certosa informó de que esa erupción sólo era un repertorio de efectos especiales, puro ilusionismo. Esta hazaña fue muy comentada en mi casa. Mi hijo mayor -que por cierto está en estos momentos en Italia, sobreviviendo a la ola de calor y a las basuras de Nápoles– me hablaba indignado y sonriente de la payasada. ¿Payasada?, le dije. Es exhibición, es ostentación: yo domino la realidad con efectos especiales, le pongo banda sonora y la acomodo mis necesidades. Es el ejemplo cómico-siniestro de la cultura de masas, de la sociedad de masas.
Muchos meses después, la cosa continúa. Me refiero al petardeo y al ilusionismo del ahora primer ministro. Leo en una crónica de Miguel Mora que «Los empresarios abuchean a Berlusconi por criticar a los jueces«. La de los jueces es una figura temida por el presidente del Consiglio italiano: il Cavaliere les reprocha normalmente que ejerzan sus poderes sin respaldo democrático. En Italia, se lamenta Berlusconi, nadie elige a los jueces: no pasan por el veredicto de las urnas y, por tanto, no responden ante el electorado, como sí que deben hacerlo el político peatón o el mandatario de las alturas. Por supuesto, esta forma de razonar es característica del populista, que es quien apela directamente al pueblo, sin mediación: a unos ciudadanos que pondrían y quitarían gracias a la ley del número. Pero el populista es también aquel que quiere convertirlo todo, toda acción, toda destreza, toda cualidad, en criterio de evaluación estadística.
Por eso, años atrás, ya decía Berlusconi que los jueces deberían acreditarse ante el pueblo. El presidente del Consiglio llega por votación, no por concurso-oposición. ¿Entonces…? Si toda actividad profesional o institucional se validara por elección popular, entonces tampoco deberíamos confiar nuestros muchachos a los profesores ni nuestros enfermos a los médicos, podríamos decir. La sencilla pero inapelable idea es de Umberto Eco, quien en su libro A paso de cangrejo le reprochaba a Berlusconi muchas cosas. ¿La principal? Su incoherencia lógica, la debilidad de sus enunciados, la incongruencia de lo que afirma: en efecto, los galenos no han sido acreditados por el pueblo, sino por concurso de méritos, tras unas pruebas que evalúan sus conocimientos.
Por supuesto no es la primera vez que me fijo en Silvio Berlusconi. Hace unos años escribí un primer artículo sobre él, basándome en la lectura de Retratos y perfiles: “El amigo de Aznar” lo titulé. Para el ex presidente español, Berlusconi era admirable por su tenacidad, por su voluntad emprendedora, por su lealtad, por su talento, por su esfuerzo. Etcétera. José María Aznar veía en él a un hombre original, quizá excesivamente original, alguien dispuesto a tirar por un camino no trillado o a probar lo que otros no se atreven. Ese hombre hecho a sí mismo era, sin duda, un espejo al que Aznar quería parecerse o un doble del que quería ser su igual: resolutivo, capaz de patronear una gran coalición de partidarios, de afines y tibios.
Las páginas de Retratos y perfiles tenían, sin embargo, un sesgo menos conmemorativo. Hacia el final y después de algún ditirambo, Aznar concluía diciendo: “a Silvio Berlusconi y a mí nos une además la afición al fútbol, un asunto del que solemos hablar, él con su Milan y yo con mi Real Madrid, aunque a veces tengo que recordarle que él es el propietario de su club de fútbol mientras que yo soy, como lo he sido siempre, un seguidor –apasionado, eso sí— del mío”. En estos momentos, en efecto, Aznar no posee un equipo de fútbol: sólo es un hincha apasionado, un militante disciplinado de su partido y un ex presidente que asesora e imparte conferencias.
Berlusconi se apoderó del Milan, pero también de numerosos medios de comunicación italianos creando un ilusionismo audiovisual que le resultaba y le resulta muy beneficioso. Ha estado en el Gobierno en un par de ocasiones y –siempre, siempre— respaldado por la mayoría de los votantes, agradecidos a su figura de empresario hecho a sí mismo: un líder económico del que esperaban otras formas de gobernar la hazienda . El momento de su irrupción fue cuando la crisis republicana de Mani pulite, cuando la clase política italiana salía desprestigiada y sin recambio. Pero todo se puede empeorar…
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2. El ilusionista
El histrionismo de Berlusconi atrae los objetivos de las cámaras: le sirve para adoptar poses que él cree favorecedoras. Sin duda, obliga a los espectadores a reparar en él, a pronunciarse. Creo que es lo más parecido a un ilusionista. Nuevamente Clément Rosset –a quien citábamos en la entrada anterior— puede servirnos para tratar de comprender la actuación del primer ministro italiano. “En la ilusión, es decir, en la manera más corriente de apartar lo real, no hay rechazo de la percepción propiamente dicho”, precisa en Lo real y su doble. «No se niega la cosa, tan sólo se la desplaza, se la coloca en otra parte”. O, en otros términos, “la técnica general de la ilusión” de que se vale el ilusionista “consiste, en efecto, en convertir una cosa en dos”. Sus ardides y juegos de manos, las palabras que enredan y rellenan, no hablan de fantasías cuyo engaño cualquiera podría advertir. El ilusionista, por el contrario, “confía en que el mismo efecto de desplazamiento y de duplicación se dé en el espectador: mientras el ilusionista se ocupa de lo que hace, orienta la mirada del público hacia otra parte, hacia donde nada sucede”.
«Quizá en Italia, más que en otros países, permanece aún vivo el siglo dieciocho, y con él, el personaje del charlatán», dice el narrador de Mario y el mago, de Thomas Mann. El personaje del charlatán, «del titiritero de feria, tan característico de aquella época, y sólo en Italia cabe encontrarlo aún en buen estado de conservación», añade Mann con displicencia aristocrática, quizá errónea. En una zona turística de Italia, una familia extranjera se instala en el Grand Hôtel. ¿Qué les depara la experiencia? Mala comida, discriminaciones groseras (poder o no poder comer en la terrazas, etcétera). Por ello deciden mudarse a una pensión. Allí tendrán otras vivencias: entre ellas, la actuación del Cavaliere Cipolla. «Entró con aquel especial paso rápido que a la vez denota una cumplida deferencia frente al público, provoca, asimismo, la ilusión en este de que el recién llegado acaba de recorrer una gran distancia para mostrarse ante él, siendo así que apenas hacía un instante se hallaba en realidad todavía entre bastidores», prosigue el narrador de Mario y el mago. «De una edad difícil de determinar, desde luego ya nada joven», el recién llegado se ofrece como solución, con una «impresión de bufonería fantástica» muy equívoca.
«–Parla benissimo –afirmó alguien junto a nosotros. El hombre no había hecho aún nada, pero ya sus palabras se estimaban como un mérito, sólo con ellas había sabido imponerse», leo en Mario y el mago. «Después de haberse despojado de la flamante chistera, de la bufanda y el abrigo, se adelantó de nuevo al proscenio arreglándose la levita, sacando fuera los puños de grandes gemelos y ajustándose la faja bufonesca. Tenía un pelo horrible: la parte superior del cráneo era casi calva», añade el narrador. «Era un poco como el peinado de un director de circo de antaño, ridículo, pero apropiado para aquel anticuado estilo personal», precisa.
¿Satisfechos? Qué fácil sería si pudiéramos ridiculizar a Berlusconi así, con esa referencia degradada, haciendo de él una copia del mago ideado por Mann. Pero su ilusionismo no se reduce a ser mera apariencia maquillada o simple reflejo restaurado. En realidad, si lo pensamos bien, tampoco el mago de Mann es tan obvio: su ilusionismo se consuma haciendo creer al público que él no es un sujeto, sino el soporte de una voluntad colectiva, una expresión estadística: un portavoz o mediador.
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3. El vendedor
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Esa paradójica evaporación del sujeto por medio de su constante presencia hace que el público fije su atención en lo que no debe fijarse. Es la técnica del ilusionista. Pero es también la técnica del viejo vendedor que sabe inventar necesidades o adaptarse a ellas con algo de caradura. ¿En qué consiste? Umberto Eco, nuevamente, es quien mejor ha sabido precisar esa figura encarnada en Berlusconi y que tan buenos rendimientos le ha dado. Pensemos, por ejemplo, que el primer ministro es un vendedor de coches. Es ésta una analogía que no resulta extraña en la política: ya en tiempos de Richard Nixon al presidente norteamericano se le comparaba con un vendedor de automóviles… poco fiables. Pero regresemos a Berlusconi. ¿Qué es lo que habitualmente hace? Sin preguntarse qué tipo de conductor es usted, Berlusconi empezará diciéndole que el auto que le ofrece es un bólido en la práctica, todo un bólido pensado para una conducción deportiva. Tanto es así, añadirá, que basta con accionar levemente el pedal del acelerador para el coche sobrepase en unos instantes los doscientos kilómetros por hora. Pero el potencial comprador, usted mismo, no pensaba precisamente en conducciones temerarias: tengo familia numerosa y una suegra inválida, le dirá al vendedor. ¿Qué hará, entonces, Berlusconi?
«Sin solución de continuidad pasará a demostrarle que es el coche ideal para una conducción segura, capaz de mantener tranquilamente la velocidad de crucero, hecho para la familia». Más aún, añade Eco, «de repente, le dirá que si lo compra le regala las alfombrillas». Ese vendedor no tendrá especial preocupación por mantener la coherencia, por sostener sus enunciados de manera congruente. Lo que verdaderamente le preocupa es que, de todas las cosas que dice –esas paparruchas mercantiles–, alguna le pueda interesar a usted para hacer el desembolso. Imaginemos que sí, que uno de esos señuelos le convence: dicho vendedor sabe que usted olvidará toda la ganga verbal anterior para fijarse en el reclamo que ya le ha convencido; ese vendedor sabe que debe hablar y hablar como un charlatán, con promesas, con prendas, con hipérboles… Berlusconi obra de manera semejante, teniendo que lidiar, además, con una oposición o una judicatura hostiles: «tiene que hacer promesas que, aunque para sus seguidores sean buenas, malas o neutras, aparezcan a los ojos de los críticos como una provocación. Y tiene que hacer una provocación todos los días, y mucho mejor si es inconcebible e inaceptable», concluye Eco. Esa estrategia le permite estar en el candelero y en el candelabro, arrojando luz y ensombreciendo el resto, ocupando la primera plana de los periódicos, dictando, en fin, el temario del que discutirán sus opositores: como un tendero inescrupuloso con rivales y enemigos fuerza a sus oponentes y a la competencia a tratar de lo que él quiere vender. Ahora, además, gobierna…
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4. Colofón
27 de junio de 2008:
«El Consejo de Ministros de Italia aprueba la ley que dará la inmunidad a Berlusconi».
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Variedades
Las llamadas telefónicas de Berlusconi. «Silvio segreto», de Marco Lillo: escuchar y leer en L’Espresso.
Silvio y José María. «Algo semejante valora en Silvio Berlusconi (…). También Aznar, en fin, dice ser leal y amigo de sus amigos y, justamente por eso, recuerda siempre los favores y no olvida los ultrajes o lo que él juzga afrentas». Leer más
La metástasis de la democracia. «Sono costretto ogni sabato mattina a preparare con i miei legali udienze in cui sono oggetto dell’attenzione dei pm [fiscales] o giudici politicizzati che sono la metastasi della democrazia». Leer más
«Molti pm [fiscales] vorrebbero vedermi così», dijo Silvio Berlusconi simulando estar esposado. Leer más.
Lunes 30 de junio, nuevo post





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