Uno. Por razones que ignoro, ciertas lecturas se contagian. El efecto que causan se multiplica. Así, lees un libro y esa obra te lleva a otro volumen con el que nada tiene que ver. Lees una revista y esa publicación te conduce a un tema que no te preocupaba ahora, justamente ahora. De repente descubres que ese asunto es aquel sobre el que estabas devorando libros. Hay un hilo conductor que hermana una lectura con otra; hay afinidades materiales e inmateriales, de género, de sentido, no sé. Ya digo: llevo unos días leyendo libros…  que me hacen regresar a la infancia, a la inmadurez, libros que me hacen recuperar, incluso, el miedo que sentía cuando era niño. ¿Serán, acaso, las fechas?

Dos. “De repente descubres que ese asunto es aquel sobre el que estabas devorando libros”, he dicho. Lo de devorar es una imagen desagradable, pero creo que es un verbo muy bien traído. Ahora veran por qué.

Leo un libro editado por Javier Marías en Reino de Redonda. Es un volumen de relatos: Cuentos de las orillas del Rin, de Erckmann-Chatrian. Son dos autores del Ochocientos, dos creadores que colaboraron formando una auténtica empresa literaria hasta que los celos los distanciaron. “Supongo que la casi única razón para dar este libro a la imprenta es de tipo autobiográfico”, admite Marías. Es decir, su infancia. Cuando niño le dieron a leer una edición de estos cuentos, “un tomito azul de la Colección  Austral”, añade.

“Durante décadas, lo único que he recordado de esos cuentos ha sido mi disfrute de aquella época y el miedo que daba uno de los relatos. Es fácil imaginar que las dos cosas iban unidas, el disfrute y el miedo, pues a pocas sensaciones se resisten menos los niños que a la del temor ficticio (o pocas los cautivan más), esto es, el temor que les permite descubri los peligros y las maldades del mundo sin exponense a ellos directa ni verdaderamente, sin padecerlos, sintiéndose más o menos sa salvo en la práctica y en lo cotidiano y concreto…”

La traducción que ahora podemos leer  es nueva: se la debemos a Mercedes López-Ballesteros. Vale la pena leer esta breve descripción de Javier Marías: Erckmann y Chatrian “sólo son recordados hoy por sus cuentos más macabros, que despertaron la admiración de dos de los mayores maestros del género, M R James y H P Lovecraft (…). Y sin embargo, al terminar la breve lectura, uno tiene la sensación de haber visitado un lugar de ensueño, y siente añoranza de esas modestas ciudades alemanas, holandesas o alsacianas (mitad reales, mitad fabuladas) dominadas por la presencia del río, llenas de tabernas, fortalezas e iglesias que van soltando sus campanadas, de grandes bebedores y de fumadores de pipa, sin apenas padres y con muchos tíos y tías, con profesores de metafísica, científicos aficionados, pintores sublimes, bodegueros, músicos, burgomaestres y militares, judíos encubiertos, libreros, médicos estrafalarios, nobles, campesinos y menestrales, hoteleros y criados, mozas desdichadas, cocheros y no pocos animales: el gallo, el cuervo, el gato, el caballo”.

“Durante décadas, lo único que he recordado de esos cuentos ha sido mi disfrute de aquella época y el miedo que daba uno de los relatos”, insiste Marías. ¿Cuál de esos relatos era el que le angustiaba especialmente? El que lleva por título La ladrona de niños: “por razones obvias que hasta el propio título ya da una idea”. ¿Qué idea? El relato, informativamente preciso y de atmósfera brumosa, se desarrolla en Maguncia a la altura de 1787. Es una versión femenina del ogro infantil, del sacamantecas: esa figura espantosa, tan útil para atemorizar a niños díscolos.

No diré cuál es su argumento. Tampoco quiénes son los personajes. Pero no me privo de reproducir la moraleja con la que acaba el cuento. Dice así: “Despójese al hombre del sentido moral, y su inteligencia, de la que tanto se enorgullece, no podrá preservarlo de las más horribles pasiones”. Qué decimonónico, qué aleccionador. A pesar de la fecha señalada en la que transcurre la acción del relato –1787–, la moraleja está escrita y pensada en el siglo XIX, claro. El Ochocientos, centuria vertiginosa, momento de cambios y de libertades costosas y crecientes. Si nos quitamos las restricciones, si levantamos todo freno, entonces cualquier cosa es posible, como leíamos en el capítulo de “El Gran Inquisidor”, de Los hermanos Karamazov, de Fiodor M. Dostoievski.

“La libertad, el librepensamiento y la ciencia, los conducirán a tal laberinto y los situarán en presencia de tales prodigios y misterios insolubles, que algunos hombres, los indomables y furiosos, se matarán a sí mismos; otros, indomables, pero poco fuertes, se matarán entre sí, y un tercer grupo, los que queden, débiles y desdichados, se arrastrarán a nuestros pies y clamarán: ‘Sí, vosotros teníais razón, únicamente vosotros estabais en posesión de su misterio y volvemos a vosotros, ¡salvadnos de nosotros mismos!’…”, leo en la novela de Dostoievski.

Lo prolijo del escritor ruso se vuelve eficacia en el relato infantil. La moraleja del cuento, de La ladrona de niños,  se formula de manera enérgica y breve: compendia siglos y siglos de restricción y advierte contra la libertad irrestricta, que aquí adquiere la forma o la consecuencia del canibalismo. Devorar, decía… Da miedo, mucho miedo.

Unas páginas después me encuentro con otro cuento contundente en el que el mal se intuye, no se ve: un mal que se mezcla con el bien para confundir a los mortales. ¿Su título? Lo blanco y lo negro. Nuevamente, asistimos la lucha entre la razón joven y la creencia, entre la ciencia y las viejas revelaciones. Unos burgueses discuten en la cervecería y disputan acerca de lo real y de lo inverificable. Algunos de los personajes, como el ingeniero Rothan, sólo parecen confiar en “la materia, la plomada, la regla y el compás”. Pero hay otros, como el organista Théodore Blitz, que saben que hay más… Alguien llamado Christian Spéciès nos narrará los hechos, que se desarrollan, claro,  a orillas del Rin.

Como todo buen relato popular del Ochocientos, la consecuencia y la lección de Lo blanco y lo negro serán explícitas. “La horrible escena que acababa de suceder ante mis ojos y aquella voz lejana, melancólica, que fue apagándose en la lontananza, se me han quedado grabadas como una imagen confusa del infinito que nos absorbe despiadamente y nos engulle sin posibilidad de retorno. Hay quien se ríe de ello…”, dice Spéciès. Erckmann-Chatrian saben crear fantasías espectrales en las que siempre amenaza alguna maldición. O como señala H. P. Lovecraft en El horror en la literatura, Erckmann-Chatrian fueron capaces como nadie de “crear una atmósfera estremecedora y nocturna”, justamente en una época que confiaba cada vez más en “explicaciones naturales y prodigios científicos”. Es decir, en “la materia, la plomada, la regla y el compás”.

Tres. Leo Retrato de un hombre inmaduro (2009), de Luis Landero. Es la historia de un individuo que cuenta y cuenta sin parar. Su vida es un repertorio de relatos: el cuento de nunca acabar. Firmo una reseña en Ojos de Papel. Acabada la crítica, aprovecho para releer Entre líneas: el cuento o la vida (2001), también de Landero.

Es una obra de la que, precisamente, no hice reseña en su momento. Trata del arte de narrar, de la capacidad que algunos tienen para relatar el mundo, para imaginarlo provocando efectos: desde el cuento humorístico al del terror. Reproduzco este párrafo, que parece escrito para describir la atmósfera verista y amenazadora que crean Erckmann-Chatrian o el propio Lovecraft:

“Quien haya escuchado alguna vez una historia de miedo habrá tenido la impresión de que, en efecto, los ruidos del mundo real se van incorporando, por sugestión, al mundo imaginario. Y al revés: un crujido en el pasillo nos invita apensat que el asesino ha salido del cuento y viene en nuestra busca. Ahí lo tenemos ya, y según se acercan sus pasos, los límites entre la realidad y la ficción se desvencen y confunden”.

Pero el libro de Landero no examina el relato de terror, sino la habilidad narradora. En realidad, es una autobiografía del escritor y una ficción autobiográfica de un personaje que también se le parece: en capítulos alternos y cambiando de letra, en redonda y en cursiva, Landero cuenta la existencia de Manuel Pérez Aguado y la suya. De paso reflexiona sobre la imaginación. Por eso, Entre líneas: el cuento o la vida podríamos tomarlo como el subtexto de distintos textos: las diferentes novelas que Landero ha publicado.

Lo significativo es que, en el arte de narrar que él defiende, la novela sólo es una posibilidad y siempre la última. Contar una anécdota o un episodio; en definitiva, contar un hecho menor en pocas páginas o con pocas palabras es el germen del arte narrativo. El germen y su consumación. De la oralidad a la palabra escrita, al relato. La novela no es, necesariamente, un estadio superior y más preciso, sino otro género tradicional que, por cierto, Landero cultiva con esmero: con el entusiasmo del lector que es, con la técnica del profesor que es y con el empeño del escritor que es.

Pero sus novelas –que tienen hilo conductor, que tienen personajes redondos que duran y duran, que tienen estructura y desarrollo– son cada vez más una sucesión de cuentos engarzados. ¿Mera yuxtaposición de anécdotas? No: son sucesos que crean indentidad: los episodios que le ocurren al protagonista, los hechos que acaba relatando para dar cuenta, precisamente, de su vida cambiante, de su existencia siempre incongruente. Como es la de todos. Eso lo señala en Entre líneas… y eso lo practica de manera explícita en Retrato de un hombre inmaduro.

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Albert Camus, cincuenta años después

Cuentos y moralejas

Hemeroteca del día

Justo Serna, “Joan Laporta”, El País, 6 de enero de 2009.

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