Durante un año, de enero de 2005 a enero de 2006, tuve abierto un blog concebido como diario personal, que no íntimo. A lo largo de aquellos meses lo había tomado como un laboratorio en el que ensayar esbozos de otras escrituras. Y lo había concebido también como una agenda pública en la que opinar sobre el mundo, en la que mirar y tomar apuntes valiéndome para ello de un pensamiento ordinario, según decía John Stuart Mill en su dietario. Casi diariamente escribí lo que sabía pero eso que sabía lo ignoraba hasta el momento en que me ponía a escribir.
Y, sin embargo, transcurrido un año (2005-2006), dejé de actualizar la bitácora. ¿Por qué razón? Publicar extensos comentarios casi diariamente sobre los temas más variados en función de la actualidad y de mis urgencias cansa. Eran comentarios que por decirlo de alguna manera tenían una inspiración intelectual, aunque pensados con un tono periodístico. Mantener un blog con estas condiciones es muy cansado: mantener un blog diariamente y que además se actualice con contenidos largos, densos, que no sean una mera ocurrencia, es costoso. Pero en mi cierre había otras razones: la crispación electrónica y anónima, esa crispación que está en los otros medios y que en Internet alcanza proporciones descomunales.
A pesar de todo, ahora regreso, regresan Los archivos de Justo Serna, alojados en Levante-EMV y, por tanto, mejor protegidos contra el estrépito rabioso que mucho abunda en la Red. Sólo excepcionalmente los comentarios serán extensos, tan extensos como lo fueron meses atrás. Quiero evitar el puro cansancio. Ahora bien, siguiendo la misma filosofía que seguí, el blog será para mí como su Diario para John Stuart Mill. Salvando las distancias, claro. «Este librito es un experimento», decía el filósofo inglés: un diario en el que experimentar el ejercicio de la escritura ordinaria. «Aparte de cualquier otra cosa que pueda lograr», añadía Stuart Mill el 8 de enero de 1854 en su dietario, «servirá para ejemplificar, al menos en el caso del autor, qué efecto se produce en la mente cuando uno se obliga a tener por lo menos un pensamiento cada día, que merezca ponerse por escrito».
Será un prodigio que a mí me suceda exactamente lo mismo, que yo alumbre un pensamiento cada día. Procuraré ser más modesto: que los pensamientos que nacen del roce de otras inteligencias y de la actualidad pueda destilarse en la bitácora. «Probablemente, lo primero que descubriré en el intento», decía el filósofo británico, «será que, en vez de uno por día, sólo tenga un pensamiento así una vez al mes; y que sean sólo repeticiones de pensamientos tan conocidos de todos…»
Ojalá mis anotaciones sean repeticiones de pensamientos ya escritos por otros: no me fío mucho de mí mismo y, por las dudas, prefiero servirme con honradez y con referencia exacta de las ideas de otros. De lo que de verdad se trata es de tener criterios firmes y flexibles que permitan discriminar entre esos pensamientos que circulan. Pero para lograrlo, la lectura paciente de los libros y el ejercicio de una reflexión lenta y profunda son imprescindibles, porque de aquéllos nos vienen las discrepancias milenarias, esos vislumbres que otros ya adelantaron. Decía André Comte-Sponville que una idea nueva, verdaderamente nueva, que no haya sido pensada ni escrita jamás, tiene muchas probabilidades de ser una bobada. Pues bien, de eso se trata: de no caer en la simpleza creyendo ser original. Si Stuart Mill aceptaba tener un solo pensamiento, más o menos original, una vez al mes, yo no me voy a exigir mucho más. Espero, así, tener un pensamiento, aunque sólo sea uno, más o menos original, en esta nueva andadura de la bitácora. Procuraré que sea regular y previsible la actualización del blog. En sucesivas entregas diré cuál es su periodicidad. Muchas gracias.

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