“Y andamos por las calles para inventar novelas y ejercer de sociólogos. Y no se puede negar tampoco que muchos de nosotros caminamos por ellas únicamente para desplazarnos o por mor de una digestión más ligera”, decía Robert Louis Stevenson en uno de sus ensayos. Es un delicioso capítulo en este caso recogido en Memoria para el olvido (Siruela), que un amigo querido y próximo me ha regalado para festejar mi aniversario.
He seguido la indicación de RLS para comprobar qué hay por las calles de Valencia, la Valencia oreada por el ventarrón papista. Yo he caminado por las vías, por las travesías de la ciudad, no para imaginar o inventar o fantasear novelas, sino para ejercer de sociólogo de guardia. Quería desplazarme, sentir que las piernas me llevaban aquí y allá, activar el bombeo de mi corazón. Quería caminar para mejorar un metabolismo que, en mi caso, nunca es fastidioso: ligero que se mantiene uno y ligero que almuerza. Pero, insisto, quería ejercer de sociólogo. Echar un vistazo a las calles, a las balconadas que, se supone, estaban engalanadas con banderas vaticanas.
Pues bien, Benimaclet –mi barrio, popular y menestral, orgulloso y hortelano– no estaba completamente acicalado. Había más ventanas y miradores sin el pabellón papal, que balcones ataviados con el paño benedictino. Sé que había carteles que se le oponían, esa señal prohibitiva que proclama jo no t’espere; pero sé también que ha habido una indiferencia superior, una población mayoritaria y felizmente indolente y apática que no ha querido centrar su vida en el evento vaticano. ¿Es un ejemplo, un caso más, de esa España moribunda de la que hablaba Ricardo Blázquez?
«La sociedad española se ha mostrado indiferente a las decisiones de Zapatero, que han sido apoyadas por una pequeña parte de la sociedad, mientras que los católicos se han opuesto. Pero el problema es que una buena parte de los españoles no considera que el problema (de los matrimonios gay) sea decisivo para España y esa es la señal de que la sociedad está apagada, moribunda», declaró días atrás Blázquez en una entrevista al semanario católico italiano Famiglia Cristiana.
Contrariamente a lo que dice Monseñor, la salud de la sociedad española parece muy robusta. La indiferencia o la apatía o la simple espera ante ciertas medidas adoptadas revelan un gran olfato o simple sensatez. Y esa actitud madura y discreta contrasta, desde luego, con el apocalipsis de ciertos católicos fervientes, como el de Kiko Argüello, que en Valencia tuvo la desfachatez de diagnosticar los males que padece la Europa de hoy como si éstos anunciaran la época más trágica del Continente. No sé: hay algo de desmesura en este desajuste clerical, una desmesura que la Iglesia está pagando desde hace tiempo. Levantan la voz los prelados españoles: denuncian la falta de vigor del catolicismo patrio y de ello se hace eco José Antonio Zarzalejos en una Tercera de Abc. Se confunde el eminente periodista: declaraciones como las de Blázquez no son moderadas ni inteligentes ni humildes: son una muestra de impotencia ante la secularización, la falta de espesor del humus católico, cada vez más superficial. Eso es lo que no se explica Zarzalejos; Blázquez, tampoco.
Por un lado, dice el director de Abc, “la sociedad española es culturalmente católica y sus referencias de identidad colectiva y familiar consisten en una secularización de ritos, hábitos y prácticas religiosas católicas que siguen vivas en nuestro tiempo. Los niños siguen siendo bautizados por los padres en un porcentaje altísimo; los progenitores siguen también reclamando formación religiosa para sus hijos; los matrimonios eclesiásticos se mantienen en cifras que todavía superan a los exclusivamente civiles y la creencia en el más allá hace que los ritos funerarios trasciendan a la mera costumbre social de celebrarlos. Esta realidad es compatible, sin embargo, con una perceptible ausencia de vigor en el debate moral”.
¿Es que, acaso, esos hábitos que perduran por inercia y por vigor ritual –ahí, sí— reflejan creencias profundas? Sorprende la falta de olfato sociológico de muchos de nuestros periodistas. Habría que recomendarles lo que decía Robert Louis Stevenson: que pisen las calles, que caminen con espíritu inquisitivo –que no inquisidor— y se pregunten qué es lo que ven. Eso es lo que otros periodistas han hecho, comprobando la desmesura y la desproporción de lo que se nos anunciaba en Valencia. Las muy beatas autoridades locales hicieron previsiones tan entusiastas, tan desmesuradas, que el simple paseo por la ciudad parecía desmentir el gigantismo de las imágenes televisivas, ese esfuerzo de Canal 9 por agrandar el número de peregrinos en una ciudad de la que, al parecer, habían escapado muchos de sus naturales. Los periodistas y comentaristas de la televisión autonómica –con un Alfredo Urdaci… resucitado— pisaban catódicamente las calles pero no para hacer sociología, sino para inventar novelas y fantasear con un fervor valenciano que me cuesta creer. ¿Que había muchos peregrinos…, procedentes del mundo entero? Por supuesto, pero como decía Martín Vallés en Levante, cuando hablan de ese número “se olvidan de relacionarlo con el aumento de la población planetaria en ese lapso. En católicos constantes –en todos los sentidos– se registra un descenso”.
Pero no es la televisión autonómica lo que más me preocupa (cuya cobertura ha sido severamente criticada), sino el gesto beato de las autoridades valencianas, que han obrado con una devoción insólita. ¿Cómo calificar esa actitud? Abc titulaba ayer domingo: “Protagonismo de las instituciones valencianas en la primera jornada de la visita papal”. ¿En la primera? En la primera y en la segunda jornada…, Francisco Camps o Rita Barberá no protagonizaron nada, sino que se mostraron postizamente sumisos, con gran reverencia, tomando la comunión, ejerciendo de católicos antes que de representantes de toda la ciudadanía, dejándose arrastrar por una religiosidad en parte impostada, pecando en fin de un electoralismo ventajista. No es la primera vez que critico esa aleación de lo confesional y lo autonómico, no. Tampoco será la última… Qué cruz. Habrá que volver a pisar las calles para hacer esta sociología de urgencia.

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