Antonio Muñoz Molina, otra vez…

munozmolina.gif Leo a Antonio Muñoz Molina…

Leo El viento de la Luna elvientodelaluna.jpg

…nos hacen crecer con un relato o relatos de episodios y de significados que sólo otros vivieron y que los tomamos como particulares, como esa narración en la que he de incluir mi vida y mis reminiscencias. Así, recibo de mis mayores un legado de recuerdos que sólo a ellos pertenecieron, un mundo que es o fue el suyo y que es el cimiento de mis propias vivencias. Me guste o no ese hecho, me gusten o no las reminiscencias que se me han transmitido, ese pasado  me  constituye imaginariamente. Reparemos en el ejemplo generacional de un jovencito que se llamó Antonio Muñoz Molina, un ejemplo que pudo compartir con otros que, como él, eran hijos de quienes habían vivido la guerra civil y la posguerra, vástagos que crecieron con esos recuerdos prestados, con el miedo de una violencia que perduraba. Aprenderlo todo de esos mayores temerosos y derrotados y aprender a vivir por cuenta de uno mismo eran tareas a que estaban obligados unos muchachos que dejaban de ser niños cuando España abandonaba la autarquía y cuando la rebeldía juvenil llegaba de los Estados Unidos.

Para enfrentar la vida sólo cabía abnegación y sacrificio –decían esos mayores–; pero esos chavales también querían redimirse, a pesar de las dificultades que tenían para hacer compatible la deuda contraída con los padres y abuelos, su derrota y sus pánicos, sus mentiras, y su emancipación: esos mayores que rellenaron el interior de los hijos con historias propias y ajenas. Sin embargo, ese recuerdo con el que crecieron y que alguno creía exclusivo patrimonio familiar, resultó ser el relato común de muchos de sus contemporáneos, el pasado compartido con el que investían de sentido los hechos particulares que a ellos les acaecieron. Es decir, les habían llenado la cabeza no sólo de circunstancias a las que sus mayores les dieron algún significado, sino que habían rellenado su imaginación y su memoria con esquemas, con narraciones, con lecciones morales de los que ni siquiera ellos  eran autores. Por eso, cuando los adolescentes de entonces, de los años sesenta y setenta, quisieron abrirse y tomar las riendas de su propio mundo tenían que sacudirse un repertorio de significados asociados a hechos concretos que no eran suyos, que no pertenecían ni siquiera a los padres y que sólo eran  el relato previsible de un par de generaciones.

Descubrir eso, descubrir que en parte te han educado con estereotipos de los que los mayores sólo son transmisores o portavoces, es irritante y, a la vez, exalta. Irrita porque los ves como lo que son, canales o soportes de historias ajenas que te han depositado. Exalta, sobre todo a esa edad en que uno quiere desmentir a los padres, porque permite creer en que es posible rebasarlos, auparse por encima de su condición y ejercer sobre uno mismo su tutela, desprenderse de lo que cree que es una segunda piel o caparazón para hacerse así su propia idea de la psique y del mundo. Sin embargo, esa misma experiencia particular de cada uno le hizo descubrir pronto al jovencito que estaba dejando de serlo que eso que llamamos caparazón o segunda piel es inextricable. No se separa uno de lo que es patrimonio, incluso de estereotipos, y que recibe, por ejemplo, con el lenguaje. El lenguaje es sedimentación milenaria y los muertos hablan por nosotros, puesto que en el fondo no somos más que ecos de otros a los que no conocimos y la cultura se expresa por mediación nuestra y convierte también al adolescente rabioso en portavoz involuntario. Quizá fue ésa otra herida hecha al narcisismo del púber que estaba dejando de serlo. Uno advierte a partir de una cierta edad que su propio mundo es populoso y amplio, pero no porque haya acumulado experiencias, sino porque incorpora todos los mundos y los sentidos que lo preceden. Cuando creemos recordar cosas propias, en el fondo no hacemos más que repetir narraciones recientes o ancestrales que ahora adoptan otra forma u otra combinación y en nuestras reminiscencias resuenan todas las voces de quienes llegaron antes que nosotros.

Es entonces cuando advertimos que habla por nosotros eso que impropiamente llamamos memoria colectiva, ese patrimonio común de nuestros mayores del que yo sólo soy guardián que tutela y transmite. Es entonces cuando advertimos que nuestro interior es una polifonía constante, una interpelación de hablantes que nos usan, una conversación infinita de antepasados, de muertos, de espectros, incluso de seres inanimados y ficticios que hablan por mediación nuestra y que nos atan a la tierra. ¿Qué cabe entonces? La invención de uno mismo como hazaña de la libertad será meta, afán y promesa; y la huida física, desarraigarse, motivo constante de las obras de Muñoz Molina, porque esa evasión permite arrancarse a un destino propiamente terrenal, de apego a la tierra de los mayores, de servidumbre moral. Pero esa escapada, alimentada también por los mitos juveniles de la literatura, del arte, de la música, no podrá extirpar ese relleno popular con que fue educado el muchacho, el miedo y respeto a los mayores, el destino que recae sobre él y que le apesadumbra interiormente ¿Qué cabe entonces? ¿La renuncia, la resignada aceptación de este patrimonio que me esclaviza? Tal vez, lo mejor de las obras de Muñoz Molina sea la tarea ímproba que algunos de sus personajes se proponen y que consiste en lograr una síntesis imaginativa entre pasado y presente, entre  deuda y libertad, una mezcla de invención de uno mismo y de fidelidad hacia el dolor de los mayores, una aleación entre deseo y memoria. 

La madurez es ese tiempo en que advertimos todo lo que no hemos hecho, todo a lo que hemos renunciado, todo por lo que habiendo apostado terminó por frustrarse. ¿Cómo rehacer ese pasado cerrado de una vez para siempre? ¿Podemos corregirlo aún mezclando deseo y memoria? La primera novela de Muñoz Molina tenía un exergo (“mixing memory and desire”) que es instrucción de lectura e invariante, regla para interpretar esa obra y falsilla para toda sus ficciones. Se trata de una reflexión hecha invocando a un gran autor por un joven escritor que entonces contaba treinta años. El exergo que está en el frontispicio de esa novela es también una metarreflexión sobre el poder de la ficción y sobre los límites de la biografía y de la autobiografía, de lo que hay en la memoria que es invención y hechura imaginaria. Por eso, la cita literaria (“mixing memory and desire”) que le sirve de instrucción y de guía lectura es de T. S. Eliot, de ese Eliot que exalta y llora abril como el mes más cruel. Al tomar esta referencia de La tierra baldía, el novelista alude propiamente a la ficción, a la tapadera que es la ficción, a ese recurso con que alguien se embosca, con que el autor se encubre y se recrea y con la que nosotros mismos, los lectores, nos emboscamos.

Seguimos leyendo… 

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Caricatura: Loredano

Entrevista a Antonio Muñoz Molina 

Ensayo sobre Antonio Muñoz Molina

0 comentarios

  1. Una de las sorprendentes facetas de este escritor, es el apego a su pasado y a su barrio, dibujándolo o de manera ficticia o completamente real. Todavía recuerdo cuando sin conocer practicamente al autor, empecé a leer el Jinete Polaco y descubro que hablaba al mencionar Mágina de Úbeda y encima del barrio de San Lorenzo, zoma amurallada donde también vivieron mis abuelos y mis padres me enviaban de vacaciones con ellos.

    Todavía no he leído el libro, pero estoy a punto de hacerlo, estoy terminando lo de la niña mala.

    Saludos.

  2. cazon en adobo según usted, nosotros mismos somos los que le ponemos vida a los escritores, quizás sea así. Llevo unos días con las Travesuras de la Niña Mala de Vargas Llosa y todo el mundo me dice que este escritor está ya acabado, como dice usted también sobre Molina

    Un saludo.

  3. Hermosísimo y melancólico artículo. Mil gracias por él, por la entrevista y por el ensayo. Es un verdadero privilegio estar aquí y tener el regalo de tu escritura y de tu pensamiento.

  4. Mientras escribía y colgaba mi notita, cuando aún no había ninguna respuesta aquí, el prolífico Cazón ha colgado las 25 que acostumbra y me encuentrop que en una de ellas, jalea a mi amigo Manuel Longares. No sé si decírselo, no sé si le va a gustar, pero lo que me asombra es que se critique a Muñoz Molina por la “paletería” de circunscribirse a su calle, su barrio y su pueblo, parezca bien el “Cogollito” de “Romanticismo”, por ejemplo ¿Será que al ser “zona Nacional” tiene otra prestancia y otros vuelos?

    No, no se lo voy a decir a Manolo Longares. Hay pirops que sonrojan.

  5. Pue sí, Ana, díselo a tu amigo Longares. Seguramente se reirá.
    A mí me encantó Romanticismo, ese historia del “cogollito” madrileño.

    De todas formas, no le demos más vueltas. Si ustedes han probado el cazón (nos lo dan muchas veces en el comedor de la fábrica) verán que es insípido, correoso y a los pocos bocados no le queda ni el sabor de la salsa. Es un depredador de la familia de los escuálidos, sólo tiene dientes, muchos.

    La lectura de las primera páginas de Muñoz Molina me trae a la memoria nuestras propias infancias. Yo creo que no sabemos quiénes somos, ni dónde nos dirigimos si desconocemos de dónde venimos.

  6. En un país como España, con una historia plana y común según los canónes marcados por quienes vencieron pero no convencieron, por quienes sumieron al país en la tinieblas, la originalidad a la horar de relatar experiencias personales resulta harto difícil. Muchas veces, hablando con mi padre, me decía que yo no sabía como era la enseñanza que a él le tocó vivir en el Madrid de posguerra. Sus relatos, llenos de realidad y fantasía, triste y edulcorada a veces, se parecían mucho a los que yo viví en mi escuela e instituto de Caravaca, a lo que yo vi y sufrí. Madrid, por su dimensión, por residir allí el genocida, por la brutalidad de la represión, daba otro carácter a sus relatos, pero en lo cotidiano el tiempo no había corrido apenas nada entre 1945 y 1965. Durante ese periodo, hasta el tiempo se paró en un reloj de pared al que se le caían las tablas de la caja.
    No creo en los relatos personales, Muñoz Molina, como la mayoría de los buenos escritores, usa de su memoria, de sus lecturas, su imaginación y su intuición. Ha escrito unas cuantas novelas magistrales con esos ingredientes, pero es difícil escribir algo nuevo y sorprendente sobre nuestro pasado inmediato común: Se parece, pese a las metáforas, es oscuro, lóbrego, tedioso. Lo policiaco, lo extraño ayuda a condimentar algo que, si supiéramos narrar, podríamos contar todos.

  7. La verdad es que Cazón es una especie de juez exterminador que, amparándose en el anonimato, determina qué escritor vale y cuál está acabado. ¿Tanto miedo tiene a revelar su identidad?

  8. Sin dudas, profesor Justo Serna, este artículo de hoy es de un valor psicológico portentoso. Esa veta fantasmal, esos alaridos y voces provenientes del oscuro pretérito me hicieron pensar en una biblioteca existencial de mucho tinte borgeano. Como siempre, usted atina en ese elusivo blanco interpretativo del que carecen algunos críticos a salario. Muñoz Molina no es un autor que abunde en las estanterías de mi país, eso es un mal sin remedio, pero las referencias que sobre él tengo, complementadas por su brillante entrega de hoy, me servirán de impulso para esforzarme por adquirir algunos títulos del escritor de Jaén. Mis felicitaciones por el conocimiento y sobre todo por saber expresarlo. Saludos.

  9. Gracias, Justo, por ese tuyo texto exquisitamente bien escrito y repleto de sentido en el que nos sentimos reconocidos muchos de nosotros. Gracias también por la honda clase de literatura que contiene. Pero como tú dices, siempre hay otros que saben más que uno…

  10. Cazón, sin duda cree ser usted muy ingenioso. Desde luego no le falta el empeño de quien se ufana escribiendo, pero carece del coraje de decir las cosas sin nick. Un día de éstos, con brevedad trataré su caso y casos como el suyo: el de la palabrería esforzadamente estridente, el de la voz quejosa, el del bla bla bla… Es, quizá, en un cierto sentido, un retrato de nuestro tiempo.

  11. Caro Serna, repito aquí lo que acabo de poner en tu post de Vidal-Quadras: leer algo sobre Muñoz Molina me da tanta pereza como leer algo de Muñoz Molina. Elvira Lindo, en cambio, cuando se pone anecdótica y adopta con fino oído los estilemas que circulan por el común (como hizo en su día Umbral) me divierte casi tanto como mi querido Salvador Pániker recogiendo con fina ironía y sin decirlo los estilemas sintácticos recogidos en su día del común por Umbral.

  12. En fin, Justo Serna, como me pareces persona de categorías y no de anácdotas, me siento obligado a ponerte, antes de irme a la piltra por hoy, una cosa muy en serio: comparto con Vidal-Quadras (y otros amigos) el antinacionalismo catalán, pero no el nacionalismo español confeso o subrepticio. Estoy contra todo nacionalismo, por tanto contra el uno y contra el otro. Y contra el nacionalismo europeo, categenero o andorrano, si los hay o los hubiere.

  13. Gracias, Ivan, por la atención, pero no coincido con el juicio expeditivo que le dedicas a Antonio Muñoz Molina. A mí no me da pereza escribir sobre casi nada o casi nadie, a poco que me despierte interés verdadero. Por ejemplo, Muñoz Molina, de quien envidio su capacidad para hacernos recordar “la emoción de las cosas”, como cita el propio autor invocando a Machado. Pero también me interesan otros personajes que no me provocan simpatía alguna… El caso es pensar sobre alguien que me saque de mi pereza. Tal vez por eso quiero escribir sobre personajes que me resultan de alguna manera incómodos. Mañana, por ejemplo, si no cambio de opinión escribiré sobre Nicolas Sarkozy.

  14. Después de leer este artículo es imposible no utilizarlo como hilo conductor a nuestros sentimientos y a nuestras propias experiencias, las palabras de Justo Serna me llegan por su fuerza expresiva, por su carácter evocador a los años de esa adolescencia. Hay que rebuscar en el pasado, claro que sí, y mirarlo a través de historias como El viento de la luna magistralmente narrada.

  15. Este señor Cazón de no se cuánto, ha dado las mayores muestras de egolatría y vanidad que he tenido el displacer de presenciar (en este caso leer) en la red y en la existencia; ha arremetido con una troglodita furia contra el profesor Serna en una muy evidente manifestación de algún tipo de envidia y decadente prurito por resaltar a través del mérito ajeno. Punto aparte se ha descrito como el personaje que seguramente pulula en su inconsciente, como el prototipo del rezumo viril que le perturba y le acosa. Si sus virtudes son la crítica vacua e insustancial, su rubio mechón y sus carnosos befos, entonces, concurra a los sitios donde Almodóvar recluta a sus protagonistas para probar suerte en escenarios más conspicuos como la pantalla de argentos esplendores. Saludos.

  16. Estoy de acuerdo con lo que se ha dicho sobre la capacidad evocadora de la literatura de Muñoz Molina. No sólo respecto de los sentimientos, sino también de los sentidos.

    Por otro lado, he de decir que muchas veces he disfrutado más con la buena crítica literaria que con la propia literatura objeto de la crítica. Me gusta mucho leer sobre los libros que he leído.

    Saludos

  17. A quienes hayan leído con placer este último libro de Muñoz Molina, El viento de la Luna, les pido me ayuden a identificar el cuento de ciencia ficción al que alude el autor: me refiero a aquél en el que habla de un astronauta que descubre en la Luna una luminosidad que le parece familiar y que, de regreso en la Tierra, la reconoce en “La Virgen de las Rocas” de Da Vinci. Tuve la suerte de leerlo hace muchos años y no recuerdo de quién es ni cómo se llama. Gracias si me pueden dar una pista.

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