Ayer empezó el año escolar. Niños y niños de todas las edades acudían presurosos a las aulas, dispuestos a comenzar el nuevo curso, con el miedo o con la prevención que siempre producen lo desconocido o ese maestro que aún no se conoce o esas asignaturas que se estudiarán por primera vez. Yo recuerdo mis veranos como una época excepcionalmente dilatada, con aquellas vacaciones que al principio acogíamos con entusiasmo.
Poco tiempo después, nuestro arrebato se evaporaba, dejándonos sumidos en una especie de tedio estival que sólo aliviaban un viaje al pueblo, las novelas o alguna excursión. Nuestra excitación de las primeras jornadas se disipaba: la vida por delante era anormalmente larga y debíamos contar día a día lo que ya era una eternidad de sesenta días por consumir. Pronto deseábamos el regreso del estudio, pero no por acatamiento u obediencia, sino por la novedad que suponía abrir nuestros manuales para olerlos, para olfatear aquel tufo embriagante de las colas y el papel.
Yo no tuve grandes maestros, al menos no los recuerdo con agradecimiento o placer. Por regla general, en primaria o luego en el bachiller, mis profesores no despertaban el interés de sus alumnos. Tuve muchos maestros rutinarios, previsibles, algunos de ellos gente avinagrada que siempre estaba dispuesta a azotarte con una vara de olivo (a los cuatro años, por ejemplo) o a zurrarte con una regla (a lo largo de los años) o aturdirte con los coscorrones que te infligían. Tuve docentes poco motivados por su trabajo, probablemente mal pagados y peor considerados, capellanes y seglares enemistados con el mundo y con su condición. Nos tomaban como potenciales enemigos, pues de nosotros no podía esperarse nada bueno: el estrépito de la muchachada, la indisciplina de adolescentes. Nos metían el miedo en el cuerpo y nos amenazaban con el Averno o con severísimos correctivos. Pero no eran mejores algunos de aquellos compañeros que padecían ese infierno cotidiano.
Me reconozco, sí, en estas palabras de Antonio Muñoz Molina: “Yo de niño era muy consciente de la fuerza bruta de la que carecía, y viví atemorizado por ella con mucha frecuencia. En Úbeda, en mi calle, los niños mayores podían ser temibles, y en la escuela y luego en el colegio de curas donde hice tres cursos de bachillerato elemental había individuos que, sinceramente, me causaban pánico. Había una pareja tremenda en segundo de bachiller, dos forajidos que iban siempre juntos, internos, con mirada torva y granos en la cara. Uno se llamaba Endrino y el otro, adecuadamente, Rufián Rufián. Yo me sentía cobarde y débil, y me avergonzaba de mi debilidad”. Ambos personajes cobran ahora entidad literaria y el autor los hace regresar en El viento de la Luna. Cuando días atrás leía esas páginas me volvían aquellos temores adolescentes. También yo tenía que vérmelas con tipos semejantes; también yo tenía a mi Rufián Rufián y a mi Endrino, gentes corpulentas y rústicas con quienes había que amistarse servilmente para evitar futuras represalias.
Pero mi experiencia bajo el franquismo no cuenta, porque lo que ahora relato es sólo la vicisitud particular de un estudiante que en general tuvo mala suerte con muchos de sus profesores, poco atractivos y desinteresados, o con algunos de sus compañeros, cuya testosterona les hacía reventar de virilidad ufana. Probablemente por eso empecé a refugiarme en los libros: como una manera de escapar de una realidad tan poco edificante… Freud cuenta que Atenas o Roma o Florencia fueron destinos a los que siempre quiso llegar pudiendo cumplir ese sueño cuando ya era un adulto. “Viajar tan lejos, llegar hasta allí se me antojaba fuera de mis posibilidades», le dice en carta a Romain Rolland. “Esto tenía que ver con las estrecheces y la pobreza de nuestra vida cuando era pequeño. El anhelo de viajar era también sin duda expresión del deseo de escapar a aquella presión, semejante al impulso que induce a tantos adolescentes a fugarse de casa. Hacía tiempo que me había dado cuenta de que, en gran parte, el deseo de viajar consiste en el cumplimiento de esos deseos, es decir, en el descontento con la casa y la familia”.
Yo no tuve sueños persistentes de fuga, pues el descontento adolescente con la casa o con la familia al menos no me forzaban a ello, pero sí que tuve una decepción creciente con los maestros, con la escuela, con los colegios que frecuenté y probablemente sustituí aquel mundo infantil por una ficción que de forma vicaria me llevaba a otros parajes y me hacía tratar con otros adultos. Como ven, se trata de una reacción muy previsible. Frente a ello, la realidad infantil que mi padre me relataba y aún me relata era totalmente distinta: él tuvo la fortuna de contar con un maestro, con un Maestro con mayúsculas que sobre todo les hizo aprender historia, literatura y geografía: tuvo la dicha de aprender con un educador que les incitaba a seguir los pasos del Correo del Zar para así averiguar y localizar en un mapa los parajes rusos por los que atravesaba aquel personaje de Verne. Mi padre siempre ha hablado con reverencia y mejor recuerdo de aquel docente humilde cuya estatura se agiganta gracias a sus palabras. En parte, de él le viene su afición a los libros y, tal vez, en aquel maestro está el origen de mi propia inclinación lectora. Aquel hombre lo pasó mal, fue depurado y su rastro acabó perdiéndolo mi padre. Se trataba, claro, de un Maestro republicano. Hoy he querido recordarlo y, basándome en los recuerdos agradecidos de mi padre, he querido evocar la figura del gran docente, porque nadie olvida a un buen maestro.

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