Las palabras de Zaplana

                       

zaplana.jpg     “Mientras «El Mundo» pague, les cuento la Guerra Civil”. Eso es lo que confesó meses atrás Emilio Suárez Trashorras, procesado por la matanza del 11-M, una revelación publicada por El País (13 de septiembre de 2006). Se le imputa dirigir la trama de explosivos que fueron a parar a la célula terrorista que preparó y ejecutó los atentados contra los trenes de Cercanías en las estaciones de Atocha, El Pozo y Santa Eugenia.  

“Hemos asistido”, dice el editorial  de Abc (14 de septiembre), “a un nuevo episodio de la retroalimentación de intereses entre el diario El Mundo y Federico Jiménez, director del programa de la cadena Cope La mañana, para ganar cuota de mercado a golpe de teorías conspiratorias, alentadas por sectores muy concretos y extremos del PP que están causando un grave daño a los intereses generales del centro derecha. Sin entrar a considerar en profundidad lo que estas supuestas informaciones periodísticas pudieran tener de agresión a la deontología profesional, resulta evidente que se ha puesto en marcha una campaña contra las instituciones del Estado de la que no es ajeno el portavoz del Grupo Parlamentario Popular, convertido en satélite de aquellos medios y amplificador de supuestas exclusivas”. 

Hace casi tres años publiqué un artículo sobre Eduardo Zaplana. También era portavoz,  pero no del grupo parlamentario de la oposición, sino del Gobierno popular, al que pertenecía. Entonces como ahora llamaron la atención su facundia y sus arrestos verbales. Algún día habrá que estudiar el estilo de su oratoria, de qué modo se expresa y discursea y hasta qué punto enreda. Mientras tanto podemos valernos de un pequeño libro que les recomiendo. Es de Harry G. Frankfurt y su título es On Bullshit, o sea, literalmente caca de toro. Con esa expresión, en inglés se refieren a la palabrería, a la charlatanería, a ese bla bla bla al que “cada uno de nosotros contribuye con su parte alícuota”, dice Frankfurt. Todos contribuimos, aunque algunos más que otros, desde luego.  

El charlatán o el palabrero es alguien dotado para la expresión gárrula, pero especialmente para la maraña verbal que adultera o nubla. En efecto, humo y excrementos son las dos expresiones que Frankfurt emplea para describir la esencia de la  charlatanería. Añade este autor que el charlatán es dado a soltar paparruchas, a soltar lastre, pero este verbalismo no es necesariamente mentiroso, sino material excedente, una ganga oral que confunde por exceso. En realidad, más que falsear, el palabrero habla y habla sin preocuparse del valor veritativo y descriptivo de sus enunciados, profiere humo, simple vapor. Es por eso por lo que su discurso es vacío, fraudulento, trivial, sin sustancia ni contenido: suele encontrar en la cháchara o en el faroleo la expresión de su irresponsabilidad, y su voz no tiene por qué enunciar convicciones profundas o no tiene por qué ser manifestación de “lo que cree inequívocamente verdadero”.  

He regresado a mi artículo de hace tres años y he visto que lo que yo describía entonces se asemeja bastante a ciertas cosas defendidas por Frankfurt. Dice nuestro autor que el mentiroso tiene un respeto grave por la verdad, la considera, y justamente por eso la evita (para salvarse, por ejemplo); el charlatán,  en cambio, no se preocupa por los hechos, se desentiende de la correspondencia que su discurso ha de tener con el mundo.  “Por ello”, concluye Frankfurt, “la charlatanería es peor enemigo de la verdad que la mentira”, pues el embustero sabe qué es cierto y qué no y, por tanto, aunque sea indirectamente, rinde homenaje a la verdad. El palabrero, por el contrario, se desentiende produciendo una espesa maraña de enredos.  Me parece un análisis brillante el que hace Frankfurt. Lo que ya no tengo tan claro es que, como dice en On Bullshit, charlatanería y mentira puedan separarse tan fácilmente.  Hay casos en los que la ganga oral y el embuste salen de la misma boca y a la vez.

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El portavoz

Justo Serna

El País, 23 de diciembre de 2003 

Uno de los hechos frecuentes de la liza política es la controversia verbal. No hay nada que objetar, ya que en ello se fundamenta la supremacía del régimen parlamentario. Nos referimos, en efecto, a aquel sistema en el que la palabra es ejercicio de convicción, de deliberación. En eso consiste parlamentar, en conferenciar con la parte contraria para intentar llegar a algún acuerdo o para zanjar diferencias. La elocuencia democrática no es pirotecnia verbosa que deslumbre, que encandile, sino pensamiento expresado en voz alta, la proclamación de unas pocas ideas con el fin de que los ciudadanos reflexionen en el espacio público, examinándolas, refutándolas incluso. Decía Ralf Dahrendorf en Después de la democracia, un libro dialogado, un volumen precisamente oral, que uno de los peligros más graves que amenazan al sistema representativo es la crisis de la argumentación, el significado torticero y manipulador con que tantos pervierten o desnaturalizan las palabras. Ahí, en el mundo exterior, ocurren cosas y eso que sucede no cobra dimensión hasta que lo designamos, hasta que lo nombramos. Dominar el lenguaje, adueñarse de la semántica, es calificar ese mundo, pero es asimismo construir lo que nos sobreviene al darle espesor verbal. Desde luego, mentir es negar los hechos realmente acaecidos, empecinarse en ocultar lo consumado. Pero decir embustes es también apropiarse de un significante para rellenarlo con un significado contrario a las evidencias o, sin más, reinventar el sentido que atribuimos a las circunstancias y que la generalidad suscribe. Reparemos en el habla del portavoz del Gobierno.  

Seguramente, la principal tarea que se le encomienda no es la de mantener la limpieza de su expresión, ni la de articular con justa dicción. Lo que se le pide, lo que se le exige, es hablar con vehemencia o con facundia o con convicción, con un torrente verbal que anegue la duda, la vacilación, que descarte todo embarazo o reparo. Cumpliendo su tarea, habrá de exhortar, de dar ruedas de prensa, de conceder entrevistas, de entregar este o aquel dossier a los informadores con el fin de hacerse propagador de sí mismo y de su Gobierno. No está mal que obre así, no esta mal que se explique. ¿Pero se explica realmente Eduardo Zaplana? Llaman mucho la atención los modos, las formas, la actuación del actual portavoz. Con gesto llano o con prosopopeya, con media sonrisa o con gravedad, con suficiencia, con ademanes de galán otoñal, departe. Hemos de admitir que es un personaje de recursos, dado a la representación. A pesar de haber perdido parte de su energía olímpica, alcanzada tiempo atrás accionando aparatos de musculación, aún suele presentarse con ligereza, atildado, afectando garbo, quehacer y dinamismo, con el cabello esculpido a navaja, nunca legañoso, nunca greñudo. O, como dijo Manuel Vicent en un daguerrotipo poco caritativo: «Eduardo Zaplana viste siempre muy planchado y da la sensación de que asoma la cabeza por el cuello alto y acartonado de la camisa como si la hubiera puesto sobre una de esas figuras de los barracones de feria donde te sacan un retrato con tu rostro y el cuerpo de un torero, de un vaquero o de un caballista, sólo que en este caso el cuerpo pertenece al propio Zaplana».

Cuando comparece ante la prensa después de un Consejo de Ministros se expresa con su simpática locución regional, lejana del decir de la Corte, pero más que el habla copiosa, gárrula y campechana, sorprende la retórica de sus exposiciones. Así, uno de sus hábitos más arraigados es el de difundir un relato contrario a los hechos, a las evidencias y a las pruebas, un espeso y torrencial sermón que recubre, que tapona, que oculta lo que cualquiera está en condiciones de ver o de sostener. Su discurso vocinglero es como un cuento en el que todo parece encajar, un apólogo pronunciado con tono ceremoniosamente sencillo, franco. Pero la afectación de buenas formas no tiene por qué ser ejemplo de hábito o de talante democrático. Podemos ser educados y, a la vez, revelar índole autoritaria; podemos obrar con estudiada gentileza y, al mismo tiempo, negar legitimidad y fundamento a la palabra del adversario. ¿Cuántas veces no habremos tenido la sensación, la explícita y abierta sensación, de que Eduardo Zaplana se expresa con trampas, con fullerías, y que lo hace con simpatía y con la sonrisa en los labios? Es frecuente que evite voces peligrosas reemplazándolas por otras que no le dañan o incomodan; es habitual que emplee tópicos que no admiten, en efecto, controversia; es común que plantee oposiciones verbales que no son tales para así hacernos debatir sobre lo que no tiene opción; es normal que distorsione el significado de vocablos tomados del adversario reinvistiéndolos con acepciones inauditas; es corriente que formule generalizaciones dudosas como si fueran certezas documentadas. Pero, sobre todo, el colmo del descaro es cuando afirma una cosa y su contraria valiéndose de un discurso que pretende coherente. Algunos calificarán estos ejercicios orales como propios de una estafa verbal. ¿Es así?

Permítanme dudarlo. Pero no por la simpatía que el personaje me pueda despertar, sino por el fracaso mismo de la operación. Para que una impostura produzca consecuencias, para que un embeleco sea creíble y dure, entonces el fingimiento no debe apreciarse y el fingidor tiene que hacerlo con entusiasmo y solvencia, ya que de lo contrario se arruina su efecto. Pues bien, desde que Eduardo Zaplana está en la Corte ejerciendo la nueva función de portavocía, desde que está obligado a comparecer y a departir con frecuencia semanal, no sé por qué pero el caso es que el personaje resulta cada vez menos plausible, más bronco, más intemperante, y sus vocablos encubridores acaban diciendo, revelando, incluso proclamando, lo que justamente querían ocultar. Tal vez porque, como precisaba Jorge Luis Borges, omitir siempre una palabra recurriendo a metáforas ineptas y a perífrasis obvias es la manera involuntaria, torpe, enfática de indicar aquello que se quería evitar. O tal vez porque ya no es, ya no pude ser, la promesa del régimen y ante la indiferencia del jefe, la ingratitud del delfín y el desplante de su audiencia se le agria el gesto hasta convertirse en mueca, en avinagrado mohín. 

0 comentarios

  1. En castellano precismente existe la expresión «vender humo»,que creo que se explica y se aplica por sí misma para el caso de Eduardo. Aunque lo que él hace es bastante más grave que un simple prometer para quedar bien, un asegurar verbal para no aparecer como que se puede fallar (estos son los comportamientos típicos de los vendedores de humo). Eduardo es que no solo vende el humo, además lo fabrica, y lo hace en compañía de otros industriales del humo: Acebes, el que parecía que no Rajoy, y el de la multinacional: Aznar.
    Armas de destrucción masiva, complots político-terroristas, quiebra del país, etcétera. Pero que no se molesten los de la derecha (en concreto esos que visitan este blog en busca, espero, de algo de civilización. No desesperen, seremos pacientes), en los partidos progres también se vende y se fabrica buena cantidad de humo.
    Qué buenos somos, qué malos son (regla única de participación política en la televisión)

  2. La gente como Zaplana, aquellos que buscan mucho las palabras que creen que deben decir (y que la gente quiere oir generalmente) son en realidad los que menos cosas tienen que decir o más mentiras difunden. No es lo mismo decir » no tenemos ni idea de cómo salir de ésto» a «estamos trabajando en buscar una salida para ésto», así funciona la política, supongo.
    Además, Zaplana, ´no es sólo charlatán sino también mentiroso, todo en uno, no lo soporto, tanta palabrería pero a la hora de actuar así nos va: mucho palau de les arts i les ciéncies, de la música…e incluso lo de la ciudad musical en benicàssim…venga! y que el Carmen parezca cada vez más un agujero negro…
    Pongo este tema como ejemplo, aunque no creo que sea el único en el que «nuestros representantes» están metiendo la pata.

  3. A Zaplana se le ha llamado ya «payaso» en todo los tonos desde que asumió la cartera de Trabajo, pero encuentro particularmente acertada la descripción como cartón de feria donde asoma una cabecita por cuya boca arroja disparates y delirios. Su glosolalia sin sentido frente a los argumentos racionales de sus interlocutores parlamentarios me recuerda sin embargo algunos momentos estelares de este mismo blog. Pero lo peor de todo en el caso que nos ocupa acerca de la inmensa estafa periodística que vivimos con el caso del delincuente Trashorras, es que ante las abrumadoras pruebas aportadas por la cúpula policial que trabajó con Acebes (otro que tal baila, aunque con otro estilo) y las publicadas no solamente por «El PAís» sino por el subdirector de la revista Epoca, nada sospechosa de ser antipepera, el clown Zaplana ha seguido hablando solo repitiendo su discurso aprendido «caiga quien caiga». Da pena, de verdad, asistir a la transformación que cual retrato de Dorian Gray está viviendo el Partido Popular. Somos legión quienes aplaudimos sus esfuerzos por abandonar la extrema derecha que se agrupó en torno a Fraga tras la asunción por el Rey de la Jefatura del Estado dejada vacante por Franco. Y no podemos alegrarnos de que un partido que había alcanzado importantes cotas de comportamiento democrático esté echando por la borda todo ese capital. Y Zaplana no es el único, si escuchan atentamente el discurso de Esperanza Aguirre no les entrará humo tan sólo en el cerebro, sino también el mensaje torvo del fascismo más primitivo, expresado con esa simplicidad sin matices propia de los fanáticos. Zaplana es huero como huevo podrido, pero en el seno de la Aguirre se incuba el huevo de la serpiente. Por último ¿qué les parece a ustedes el sinsentido (los ingleses lo llaman «nonsense» con más propiedad) de la paradoja expresada por Rajoy anoche en conversación con Gabilondo en «Cuatro»: «Yo no sé si ha habido una trama. Lo que quiero es que se investigue»?

  4. Lo he intentado, de verdad, hasta tres veces. He empezado a escribir mi opinión sobre este asunto y me he tenido que detener porque lo que estaba diciendo de este personaje me llevaba a que mis comentarios fueran censurados. Y a que me pusieran en adobo. Ya saben que cuando una dama quiere insultar y zaherir se las pinta sola.
    Por tanto : ¡¡¡¡sdfasdadfasdfasdxoxicox!!! Y bastante más de lo que puedan imaginar. Como tener una serpiente en tu cama.

    Señor Serna, me parece muy oportuno la moderación de comentarios.

  5. No había leído el «aviso» que figura a pie de página. No puedo menos que aprobar la medida. No es censura sino felpudo para que quien entre en la casa a la que está invitado, al menos limpie los zapatos de todo el «bullshit» que lleve pegado en ellos. Evitaremos infecciones. Gracia, Justo.

  6. Estupendo el artículo de Justo Serna y los comentarios de ustedes, pero yo, como Russafa, es que no puedo, de verdad que no puedo comentar nada sobre Zaplana y sus secuaces. No sólo es la indignación que me provoca, es la profunda depresión que siento al comprobar lo poco que les importa su partido, la derecha, el país y todo lo que no sea su propio beneficio y lucimiento ¿Lucimiento? Qué bochorno infinito produce que gentes de esa calaña, de esa nula preparación, de ese discurso, estén donde están y los han puesto ahí tantísimas personas, supongamos que de buena fe, que, a veces, pierdo la esperanza de que tengamos arreglo. No pueden engañar a nadie, no es posible que haya nadie tan tonto ¿Entonces?

    Sus mentiras, sus campañas de descrédito de quien está en el punto de su mira, sin ningún fundamento, con cosas tan pueriles como «Anda que tú»; el negarle el pan y la sal a todo el que no sea ellos; el negar la evidencia; el narrar hechos que hemos vivido todos, que no están en la noche de los tiempos, de un modo en que no los reconoce ni su padre; su suficiencia despectiva y, en Zaplana, esa risita cínica, repugnante, desde la camisa a la que le ha dejado el cartoncito de embalaje… Han regresado, a toda prisa, o lo pretenden, a la España que era su cortijo y, si pudieran, a todo el que so lo impidiera, lo pasarían por la armas. A mí me dan miedo.

    Decir lo mismo y lo contrario, si. Es algo muy tonto, pero actúan así en todo. Recuerdo cuando le reprochaban a Felipe González que no fuera a las comidas de Palacio con el traje de pana y basaban su falta de coherencia en ese hecho respetuoso y normal. Ahora dedican páginas y páginas a ridiculizar a un presidente porque viene en visita oficial con un jersey de rayas.

    No tienen solución, no la tenemos y me niego a analizar sus razones o motivos. Será por el día brumoso, será porque ya estoy muy cansada. No lo sé, pero, de verdad, no puedo.

    Pobre Justo, otro trabajo más. Acabará dejándonos y no se lo podremos reprochar, pero nos vamos a quedar un poquito más solos.

  7. Si alguien dice “XXXX es un cabrón asesino” creo que lo que hay que investigar es si XXXX es un asesino, después ya habrá tiempo para criticar cualquier tipo de exceso verbal del acusador. Lo que no se puede hacer es dejar de investigar o descalificar al autor de la información sólo por el hecho de que la acusación se hizo de malos modos. Y los tribunales ¿para qué están? …. A poner denuncias por mentirosos a PJ y FJL . ¿Dónde están las denuncias?
    Denuncien, coño, denuncien…… y dejen de criticar al “sindicato del crimen”.

  8. Lo más curioso de Zaplana es que el parece ser completamente consciente de su poco crédito e incluso de su socarronería y desverguenza. Así, independientemente de su veracidad o crédito, el se dedica a lanzar sus soflamas con la seguridad de que estas serán recogidas por quienes están dispuestas a aceptarlas.

    Sólo así se explican sus comportamientos, muchos de ellos de muy mala educación (p.e. durante la declaración de Pilar Manjón) de los que hace gala sin ningún pudor.

    Me resisto a emitir ningún juicio de tipo moral sobre el personaje. Supongo que a él este tipo de juicios le dan igual, y sus defensores estarán prestos a asistirle con todo tipo de argumentos.

    Me basta con saber que, tanto el como yo, independientemente de su poder, fortuna e influencias, acabaremos como cenizas y polvo bajo tierra.

  9. Señor Inquisitor, el susodicho tiene demandas, denuncias y pleitos de los que sale indemne siempre. Véase Terra Mítica, Julio Iglesias y el IVEX que son los más sonados. ¿Sucede algo? ¿Ha sucedido? ¿sucederá?

    ¿De qué justicia estamos hablando? A esa señora también se la pasa por el arco de triunfo, aunque sea ciega.

    No es de mi agrado la política, pero gente como ese la hacen todavía peor. Y, desde luego, no es el único porque en todos los bandos cuecen habas, pero no con tanta cáscara como en el que nos ocupa.

    Sí, John Constantine, su lápida será mejor que la nuestra y sus gusanos estarán bronceados, tiempo al tiempo.

  10. ¡Me ha encantado lo de los gusanos bronceados de Russafa! Y además, querida amiga, serán gusanos ¡¡¡pero serán ricos!!! Y alabo la prudencia de Constantine: ¿Para qué calificarlo si él mismo evidencia quién es, lo que es, cada vez que «actúa»?

  11. Sí, gracias a los bichitos parlantes de Disney, nos es muy fácil imaginar esos gusano tostados, con gafitas de sol y pintas de chulos que describe Russafa. A cada cual su gusano, claro que sí y nosotros tendremos gusanitos sudorosos, proletarios y, a lo sumo, con moreno Agromán.

    Gracias, Russafa, por la sonrisa que nos regalas dentro de toda esta basura.

  12. No se si se ha comentado por aquí, pero de las ultimas boutades que se han dicho hay una que me puso los pelos de punta por el significado que tras ella asoma, esa genuína negación de los principios en los que se sustenta el Estado de Derecho y el Poder Judicial, oirle decir a Rajoy, con esa serenidad de la impunidad de la impudicia:
    «Yo lo que quiero es que se investigue, lo que queremos es que no se deje de investigar nunca»

    NUNCA…ni Sta. Teresa en delirium tremens produce más terror. No terminar nunca…

    M.

  13. Miguel Veyrat said,

    Septiembre 14, 2006 at 17:41

    Ana, acuérdate del consejo de Ho Chi Min
    ———————–
    O de los de Pol Pot que también es de tu cuerda.

  14. Miguel Veyrat said,

    Septiembre 14, 2006 at 17:41

    Ana, acuérdate del consejo de Ho Chi Min
    ________________

    Estoy en ello, Gracias ;-)

    Me lo voy a bordar a punto de cruz sobre la franja morada de la bandera tricolor de la terraza de mi casa de la playa.

  15. Bien, a ver si se aburre y se va, amiga mía. Me ha impresionado la imagen de Miranda: «Ni Santa Teresa en delirium tremens…» Y es que el patetismo del papelón de Rajoy ayer en la Cuatro produce de verdad terror. ¿Cómo va aspirar al gobierno de una nación, un quidam al que llama «Maricomplejines» un chuleta por la radio, que tolera que llamen traidor a su candidato nada menos que al cargo de alcalde la la capital del Estado, que mantiene contra viento y marea, sostenella y no enmendalla, una delirante teoría conspiratoria… ¿Pretende acaso que el gobierno detenga a Bin Laden? ¿Qué es eso de que quiere saber quién ha sido? ¿Cómo se puede sembrar dudas sobre la autoría de Al Qaida del asesinato colectivo del 11 M cuando la propia «base» lo ha reivindicado, los terroristas se inmolaron saltando por los aires, aquél que les suministró el explosivo está entre rejas y en tratamiento psiquiátrico por esquizofrenia, la propia policía de Acebes lo desmiente? ¿Vieron ustedes su cara de desconcierto ayer noche cuando le espetaban preguntas no pactadas con alguno de los suyos? ¿Cuando quedaba en evidencia ante los cientos de miles de españoles que lo veían y escuchaban? Siento haber pasado de Zaplana a Rajoy, que no es el tema, que hoy no toca, pero es que su discurso, tan vacío como el Zaplana, monótono, repetitivo, negativo, airado, encima es dubitativo. Al menos Zaplana, el gusano payasín y bronceado, habla con toda seguridad y aplomo, a veces parece que hasta se cree lo que dice. «Yo no digo que haya una conspiración. Lo que quiero es que se investigue»… Lo que quiero es joder al gobierno todo lo que pueda, mantener viva la sospecha, en vilo a los españoles, que sigan asustados pensando que ETA es capaz de un atentado de esa envergadura… Ahora se podrá entender por qué no desean que ETA deje las armas. Hacen igual que Bush, mantener el clima de terror para manipular a gusto a sus seguidores.

  16. No entendía porque un señor (sigamos las recomendaciones de la moderación) que nunca ha desmentido aquella conversación telefónica en la que compadreaba con otro colega político y le explicaba para que quería trabajar en política, pudiese llegar a President de la Generalitat Valenciana,ministro del gobierno español, portavoz del primer partido de la oposición.Después de mucho reflexionar, un día se encendió la bombila y se hizo la luz.Ese señor ha llegado donde ha llegado porque hay muchos ciudadanos que no les importa que haya personajes que, como éste,enreden,líen, embrollen, mientan,siempre que, eso sí, sea para poderse forrar. Tal vez piensan que alguna migaja les llegará.Ilusión viene de iluso.

  17. Siento haber pasado de Zaplana a Rajoy, que no es el tema, que hoy no toca
    ——————–
    ¡Coño! como Aznar.

  18. Alguien hablaba más arriba de un error en la última obra de Muñoz Molina. Resulta tedioso responder, pero… En las novelas, los personajes dicen cosas que no son necesariamente pensamientos del autor. Es más: es hasta probable que esos personajes cometan anacronismos o incurran en errores cuando echan mano de la memoria. ¿Debemos atribuírselo al autor? Autor, narrador y personajes no son lo mismo, deberíamos saberlo. Ahora bien, cuando un portavoz político dice cosas que se prestan a confusión, a la maraña verbal, al enredo, entonces entramos en el terreno de la ficción fuera de contexto. La ficción no es necesariamente mentira: es una recreación ‘como si’ que se basa en la verosimilitud. No es, por fuerza, una falsedad; es un artificio verbal, un cuento…

    Hace cinco años escribí un artículo que titulé ‘Cuentos políticos’ (El País, 4 de diciembre de 2001). El núcleo central es el que abajo reproduzco y lo escribí pensando en don Eduardo Zaplana:

    «… Ante una demanda incómoda del periodista inquisitivo o ante la pregunta política de una oposición sensata y cortés, el interpelado cuenta un cuento, una historia completa y verosímil que permita tapar los detalles relegando lo imputable a circunstancia menor o sin significado. De lo que se trata es de oponer un discurso coherente en el que todo encaje, un discurso pronunciado con campechanía, con buen tono, sin irritación ni malos modos. ¿Quién se va a enemistar con alguien tan afable? ¿Quién se va a incomodar con alguien que se expresa bien, con congruencia, con amables palabras, con mansedumbre incluso? Los modales son imprescindibles en política y los procedimientos son básicos en democracia. Los actores se tratan con deferencia, los concurrentes se respetan y aceptan la legitimidad de aquellas posiciones que les son opuestas, la controversia no convierte al adversario en enemigo a batir ni en odioso contrincante a eliminar. Expresarse con modales y con buena educación es una agradable costumbre de la democracia y debemos dar gracias por ese logro civilizado: la guerra ha sido abolida de la arena política y la violencia física ha sido descartada. Pero que se proceda así, que el diálogo sea el modo y el procedimiento no significa que las buenas formas sean ejemplo de hábito democrático. Podemos ser educadísimos y, a la vez, revelar una mala índole; podemos obrar con deferencia y con amable trato y, al mismo tiempo, negar legitimidad y fundamento a la palabra del adversario».

  19. ¿De qué hablamos hoy? De Eduardo Zaplana. Este párrafo está escrito varios años atrás pensando en él. Si no le gusta, corríjame u olvídeme…

    “… Ante una demanda incómoda del periodista inquisitivo o ante la pregunta política de una oposición sensata y cortés, el interpelado cuenta un cuento, una historia completa y verosímil que permita tapar los detalles relegando lo imputable a circunstancia menor o sin significado. De lo que se trata es de oponer un discurso coherente en el que todo encaje, un discurso pronunciado con campechanía, con buen tono, sin irritación ni malos modos. ¿Quién se va a enemistar con alguien tan afable? ¿Quién se va a incomodar con alguien que se expresa bien, con congruencia, con amables palabras, con mansedumbre incluso? Los modales son imprescindibles en política y los procedimientos son básicos en democracia. Los actores se tratan con deferencia, los concurrentes se respetan y aceptan la legitimidad de aquellas posiciones que les son opuestas, la controversia no convierte al adversario en enemigo a batir ni en odioso contrincante a eliminar. Expresarse con modales y con buena educación es una agradable costumbre de la democracia y debemos dar gracias por ese logro civilizado: la guerra ha sido abolida de la arena política y la violencia física ha sido descartada. Pero que se proceda así, que el diálogo sea el modo y el procedimiento no significa que las buenas formas sean ejemplo de hábito democrático. Podemos ser educadísimos y, a la vez, revelar una mala índole; podemos obrar con deferencia y con amable trato y, al mismo tiempo, negar legitimidad y fundamento a la palabra del adversario”.

  20. Don Justo, ayer nuestro ministro del interior debería haber acabado con «argumentos» contundentes con ese charlatán, que dicen ustedes que es Zaplana, vamos, que debería haber explicado el asunto de la dinamita y dar el caso por cerrado.Pero,¿qué hace el ministro?, ¿qué respuesta a las preguntas, falsas,es la que da?,pues utiliza el término «inmoralidad».¡ A santo de qué!,¿estamos en una conferncia sobre moral, usos y costumbres? Si Zplana es moral o inmoral hallá él y sus votantes. Un ministro en el parlamento tiene que destrozar las vagas acusciones , según ustedes, de Zaplana.Un ministro debe mostrar , por la vía de los hechos, que Zaplana es un charlatán, un charlatán INMORAL, si usted quiere. Un ministro no tiene que filtrar conversaciones de una institución del estado a un periódico que se ha convertido en su vocero oficioso. Un ministro no debe consentir que el señor Gabilondo le haga el trabajo sucio en una entrevista televisada.Un ministro nos debe a los españoles una aclaración, y en caso de falsedad de la oposición, hacerla patente delante de la nación en el parlamento.Pero que no nos venga con psicologías, con juicios morales. A mí, si Zaplana es un inmoral, o no, me da cien patadas, ¿es falso lo que dice?,¿es una mentira descarada?, pues a destrozarle con argumentos, a destrozar su carrera política por mentiroso.
    Las acusaciones de Zaplana se fundamentan sobre las declaraciones de Díaz de Mera en torno a un informe sobre explosivos ocultado por el ministro. ¿Es falso?,¿se ha vuelto loco el señor Mera y no sabe lo que dice?,pues a los tribunales con él. El ministerio debe velar por su buen nombre, porque su buen nombre es el buen nombre de la nación y del sistema democrático.
    Hoy el señor Mera en la Cope, sí ¡horror,la Cope!, ha hecho unas declaraciones gravísimas pero honestas, las ha hecho a pecho descubierto.Si el señor Mera miente, que lo empapelen. Pero si el ministro no se mueve, no actúa, tendremos que pensar que algo hay. Yo sé que ustedes no necesitan que les convenzan, pero hay medio país, del que también es ministro Rubalcaba, que tiene la mosca detrás de la oreja: El deber del ministro es espantarla a través de las instituciones del estado , no de los del grupo Prisa , y que ni el más cavernícola oyente de la Cope pueda decir que oye leves zumbidos.

  21. Desde que leímos a Lukács, excelentemente traducido al idioma del Estado por Manuel Sacristán, cuando vemos a un personaje como Zaplana surge inmediatamente nuestra conciencia de clase. Detectamos ese señoritismo sociológico que lo inhabilita para el pensamiento, pues tal bronceado atenta contra el sentimiento de solidaridad que tenemos los proletarios educados en la solidaridad de clase. Como diría el camarada Veyrat, dejemos que expulse toda la bilis ultraderechista que anida. Ante tanta miseria, estrategia Ho-chi-Min. No lo olvide camarada Serrano.

  22. Don Justo, estará conmigo en que Iñaki Gabilondo es un hombre de violencia implícita.Lo que ayer hizo con un honbre de la bonhomía de Rajoy simplemente no tien nombre.

  23. Iñaki Gabilondo es un nacionalista, fanático, sectario y rencoroso que oculta su más feroz faz tras ropones de afabilidad jesuítica.

  24. El concepto de Harry G. Frankfurt de “fantochadas” es fantástico. Efectivamente, la fantochada política y la palabrería sin fondo, es quizás la herramienta más utilizada por algunos políticos. Lo realmente grave resulta cuando entra en juego la mentira, la sed de poder sin límite. Su carencia de escrúpulos y de vergüenza sólo es comparable a su desmedida y hartera ambición. Estas son las habilidades de triunfo de Zaplana.

    Hablar y decir no es lo mismo, aun cuando son interdependientes. Hablar es actuar, un acto intransitivo; decir es hacer, que supone transitividad. De la diferencia entre hablar y decir se derivan dos concepciones complementarias de la retórica. La retórica se convierte así, en competencia con la filosofía, en una ciencia fundamental que influye en todo conocimiento humano de cualquier índole, pero especialmente el conocimiento práctico que supone la deliberación sobre nuestras actuaciones y el planteamiento y resolución de nuestros problemas. Pero esto de hablar con sentido es todo un arte que muchos políticos deberían de aprender.

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