“Mientras «El Mundo» pague, les cuento la Guerra Civil”. Eso es lo que confesó meses atrás Emilio Suárez Trashorras, procesado por la matanza del 11-M, una revelación publicada por El País (13 de septiembre de 2006). Se le imputa dirigir la trama de explosivos que fueron a parar a la célula terrorista que preparó y ejecutó los atentados contra los trenes de Cercanías en las estaciones de Atocha, El Pozo y Santa Eugenia.
“Hemos asistido”, dice el editorial de Abc (14 de septiembre), “a un nuevo episodio de la retroalimentación de intereses entre el diario El Mundo y Federico Jiménez, director del programa de la cadena Cope La mañana, para ganar cuota de mercado a golpe de teorías conspiratorias, alentadas por sectores muy concretos y extremos del PP que están causando un grave daño a los intereses generales del centro derecha. Sin entrar a considerar en profundidad lo que estas supuestas informaciones periodísticas pudieran tener de agresión a la deontología profesional, resulta evidente que se ha puesto en marcha una campaña contra las instituciones del Estado de la que no es ajeno el portavoz del Grupo Parlamentario Popular, convertido en satélite de aquellos medios y amplificador de supuestas exclusivas”.
Hace casi tres años publiqué un artículo sobre Eduardo Zaplana. También era portavoz, pero no del grupo parlamentario de la oposición, sino del Gobierno popular, al que pertenecía. Entonces como ahora llamaron la atención su facundia y sus arrestos verbales. Algún día habrá que estudiar el estilo de su oratoria, de qué modo se expresa y discursea y hasta qué punto enreda. Mientras tanto podemos valernos de un pequeño libro que les recomiendo. Es de Harry G. Frankfurt y su título es On Bullshit, o sea, literalmente caca de toro. Con esa expresión, en inglés se refieren a la palabrería, a la charlatanería, a ese bla bla bla al que “cada uno de nosotros contribuye con su parte alícuota”, dice Frankfurt. Todos contribuimos, aunque algunos más que otros, desde luego.
El charlatán o el palabrero es alguien dotado para la expresión gárrula, pero especialmente para la maraña verbal que adultera o nubla. En efecto, humo y excrementos son las dos expresiones que Frankfurt emplea para describir la esencia de la charlatanería. Añade este autor que el charlatán es dado a soltar paparruchas, a soltar lastre, pero este verbalismo no es necesariamente mentiroso, sino material excedente, una ganga oral que confunde por exceso. En realidad, más que falsear, el palabrero habla y habla sin preocuparse del valor veritativo y descriptivo de sus enunciados, profiere humo, simple vapor. Es por eso por lo que su discurso es vacío, fraudulento, trivial, sin sustancia ni contenido: suele encontrar en la cháchara o en el faroleo la expresión de su irresponsabilidad, y su voz no tiene por qué enunciar convicciones profundas o no tiene por qué ser manifestación de “lo que cree inequívocamente verdadero”.
He regresado a mi artículo de hace tres años y he visto que lo que yo describía entonces se asemeja bastante a ciertas cosas defendidas por Frankfurt. Dice nuestro autor que el mentiroso tiene un respeto grave por la verdad, la considera, y justamente por eso la evita (para salvarse, por ejemplo); el charlatán, en cambio, no se preocupa por los hechos, se desentiende de la correspondencia que su discurso ha de tener con el mundo. “Por ello”, concluye Frankfurt, “la charlatanería es peor enemigo de la verdad que la mentira”, pues el embustero sabe qué es cierto y qué no y, por tanto, aunque sea indirectamente, rinde homenaje a la verdad. El palabrero, por el contrario, se desentiende produciendo una espesa maraña de enredos. Me parece un análisis brillante el que hace Frankfurt. Lo que ya no tengo tan claro es que, como dice en On Bullshit, charlatanería y mentira puedan separarse tan fácilmente. Hay casos en los que la ganga oral y el embuste salen de la misma boca y a la vez.
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El portavoz
Justo Serna
El País, 23 de diciembre de 2003
Uno de los hechos frecuentes de la liza política es la controversia verbal. No hay nada que objetar, ya que en ello se fundamenta la supremacía del régimen parlamentario. Nos referimos, en efecto, a aquel sistema en el que la palabra es ejercicio de convicción, de deliberación. En eso consiste parlamentar, en conferenciar con la parte contraria para intentar llegar a algún acuerdo o para zanjar diferencias. La elocuencia democrática no es pirotecnia verbosa que deslumbre, que encandile, sino pensamiento expresado en voz alta, la proclamación de unas pocas ideas con el fin de que los ciudadanos reflexionen en el espacio público, examinándolas, refutándolas incluso. Decía Ralf Dahrendorf en Después de la democracia, un libro dialogado, un volumen precisamente oral, que uno de los peligros más graves que amenazan al sistema representativo es la crisis de la argumentación, el significado torticero y manipulador con que tantos pervierten o desnaturalizan las palabras. Ahí, en el mundo exterior, ocurren cosas y eso que sucede no cobra dimensión hasta que lo designamos, hasta que lo nombramos. Dominar el lenguaje, adueñarse de la semántica, es calificar ese mundo, pero es asimismo construir lo que nos sobreviene al darle espesor verbal. Desde luego, mentir es negar los hechos realmente acaecidos, empecinarse en ocultar lo consumado. Pero decir embustes es también apropiarse de un significante para rellenarlo con un significado contrario a las evidencias o, sin más, reinventar el sentido que atribuimos a las circunstancias y que la generalidad suscribe. Reparemos en el habla del portavoz del Gobierno.
Seguramente, la principal tarea que se le encomienda no es la de mantener la limpieza de su expresión, ni la de articular con justa dicción. Lo que se le pide, lo que se le exige, es hablar con vehemencia o con facundia o con convicción, con un torrente verbal que anegue la duda, la vacilación, que descarte todo embarazo o reparo. Cumpliendo su tarea, habrá de exhortar, de dar ruedas de prensa, de conceder entrevistas, de entregar este o aquel dossier a los informadores con el fin de hacerse propagador de sí mismo y de su Gobierno. No está mal que obre así, no esta mal que se explique. ¿Pero se explica realmente Eduardo Zaplana? Llaman mucho la atención los modos, las formas, la actuación del actual portavoz. Con gesto llano o con prosopopeya, con media sonrisa o con gravedad, con suficiencia, con ademanes de galán otoñal, departe. Hemos de admitir que es un personaje de recursos, dado a la representación. A pesar de haber perdido parte de su energía olímpica, alcanzada tiempo atrás accionando aparatos de musculación, aún suele presentarse con ligereza, atildado, afectando garbo, quehacer y dinamismo, con el cabello esculpido a navaja, nunca legañoso, nunca greñudo. O, como dijo Manuel Vicent en un daguerrotipo poco caritativo: «Eduardo Zaplana viste siempre muy planchado y da la sensación de que asoma la cabeza por el cuello alto y acartonado de la camisa como si la hubiera puesto sobre una de esas figuras de los barracones de feria donde te sacan un retrato con tu rostro y el cuerpo de un torero, de un vaquero o de un caballista, sólo que en este caso el cuerpo pertenece al propio Zaplana».
Cuando comparece ante la prensa después de un Consejo de Ministros se expresa con su simpática locución regional, lejana del decir de la Corte, pero más que el habla copiosa, gárrula y campechana, sorprende la retórica de sus exposiciones. Así, uno de sus hábitos más arraigados es el de difundir un relato contrario a los hechos, a las evidencias y a las pruebas, un espeso y torrencial sermón que recubre, que tapona, que oculta lo que cualquiera está en condiciones de ver o de sostener. Su discurso vocinglero es como un cuento en el que todo parece encajar, un apólogo pronunciado con tono ceremoniosamente sencillo, franco. Pero la afectación de buenas formas no tiene por qué ser ejemplo de hábito o de talante democrático. Podemos ser educados y, a la vez, revelar índole autoritaria; podemos obrar con estudiada gentileza y, al mismo tiempo, negar legitimidad y fundamento a la palabra del adversario. ¿Cuántas veces no habremos tenido la sensación, la explícita y abierta sensación, de que Eduardo Zaplana se expresa con trampas, con fullerías, y que lo hace con simpatía y con la sonrisa en los labios? Es frecuente que evite voces peligrosas reemplazándolas por otras que no le dañan o incomodan; es habitual que emplee tópicos que no admiten, en efecto, controversia; es común que plantee oposiciones verbales que no son tales para así hacernos debatir sobre lo que no tiene opción; es normal que distorsione el significado de vocablos tomados del adversario reinvistiéndolos con acepciones inauditas; es corriente que formule generalizaciones dudosas como si fueran certezas documentadas. Pero, sobre todo, el colmo del descaro es cuando afirma una cosa y su contraria valiéndose de un discurso que pretende coherente. Algunos calificarán estos ejercicios orales como propios de una estafa verbal. ¿Es así?
Permítanme dudarlo. Pero no por la simpatía que el personaje me pueda despertar, sino por el fracaso mismo de la operación. Para que una impostura produzca consecuencias, para que un embeleco sea creíble y dure, entonces el fingimiento no debe apreciarse y el fingidor tiene que hacerlo con entusiasmo y solvencia, ya que de lo contrario se arruina su efecto. Pues bien, desde que Eduardo Zaplana está en la Corte ejerciendo la nueva función de portavocía, desde que está obligado a comparecer y a departir con frecuencia semanal, no sé por qué pero el caso es que el personaje resulta cada vez menos plausible, más bronco, más intemperante, y sus vocablos encubridores acaban diciendo, revelando, incluso proclamando, lo que justamente querían ocultar. Tal vez porque, como precisaba Jorge Luis Borges, omitir siempre una palabra recurriendo a metáforas ineptas y a perífrasis obvias es la manera involuntaria, torpe, enfática de indicar aquello que se quería evitar. O tal vez porque ya no es, ya no pude ser, la promesa del régimen y ante la indiferencia del jefe, la ingratitud del delfín y el desplante de su audiencia se le agria el gesto hasta convertirse en mueca, en avinagrado mohín.

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