15, 16 y 17 de septiembre de 2006
En la primera época de este blog discutí un día, amistosamente, con Rogelio López Blanco. Rogelio es un excelente lector y publica reseñas enjundiosas en El Cultural, de El Mundo, acerca de historia, política y terrorismo. No hay novedad que sobre estos temas aparezca que no reciba un tratamiento serio por parte de este refinado estudioso. Debatí con Rogelio López Blanco a partir de la recensión que él había hecho sobre un volumen circunstancial y analítico publicado por Espasa: Terrorismo y democracia tras el 11-M, de Edurne Uriarte. La reseña que escribió López Blanco era breve pero tenía las líneas suficientes para ensalzar a la autora vasca, para celebrar sus arrestos a la hora de enfrentarse al terrorismo local. Más aún, a Rogelio, la lectura de aquel volumen le había demostrado el coraje de Uriarte: no se dejaba llevar por lo políticamente correcto. Así, el libro mencionado sería un ejemplo, como lo serían las columnas que regularmente publica en Abc. Pues no, lejos de compartir ese juicio, yo criticaba a Uriarte. No era un volumen especialmente documentado: parecía más bien escrito con premura con el fin de destinarlo a un público ávido de informaciones sobre la violencia; pero sobre todo parecía un libro lastrado por un fallo argumentativo, lógico.
Como digo, me parecía cuestionable su escasa documentación para abordar un fenómeno muy complicado, que tiene detrás una bibliografía que crece día a día. Uriarte citaba a Walter Laqueur (La guerra sin fin) o a Rohan Gunaratna (Al Qaeda) o los volúmenes de otros pocos especialistas entonces en el mercado. Pero si leemos estos libros, o el de Fernando Reinares y Antonio Elorza (El nuevo terrorismo islamista), o estudiamos las obras de otros expertos en el mundo islámico o en fundamentalismo o en terrorismo, como Bernard Lewis (La crisis del Islam), Jasón Burke (Al Qaeda) o John Gray (Al Qaeda y lo que significa ser moderno), cosa que hicimos, entonces se advierte la precariedad del texto de Uriarte, con escaso aparato bibliográfico, insisto, con una única tesis fuerte: aquella según la cual el terrorismo no tiene causas, aspecto éste en el que coincidía con un autor insólito, Alfredo Urdaci. En su libro exculpatorio y retador, Días de ruido y furia, el antiguo director de los Servicios Informativos de TVE decía algo semejante, aunque con menor refinamiento: es la izquierda la que habla de causas del terrorismo sólo porque hay gente que piensa que «detrás de un suicida o de un pistolero existe una razón, y por tanto una causa justa». En fin…
En el contexto en el que se inserta Edurne Uriarte, decir que el terrorismo tiene causas parece una abdicación y una derrota y, por tanto, parece exculpar la responsabilidad de los asesinos, que siempre podrían invocar el hambre, la explotación, las humillaciones padecidas, cosas así. Que las causas del terrorismo no sean las que habitualmente se proponen por quienes disculpan a aquéllos, que la indagación sobre las causas del terrorismo pueda acabar en un ocioso o enmarañado trabajo intelectual, no significa que debamos abandonar su estudio.
Los mayores especialistas mundiales del fenómeno hablan de causas, claro que sí, cómo no iban a hacerlo, sólo que su mirada y su documentación son más complejas que las que proponen los simpatizantes que exculpan a los violentos. De aceptar la tesis de Uriarte, entonces deberíamos decir que el terrorismo no tiene causas, efectivamente, pero que la guerra sí que las tiene, porque en la polemología o en la historia militar nadie (que yo sepa) ha negado el estudio de las causas. Todo tiene su etiología, un incendio fortuito del bosque, un asesinato motivado en una circunstancia: lo que ocurre es que el incendio carece de intenciones, mientras que el crimen siempre las tiene. Por eso decía Jon Elster –y yo insistía en esta vertiente– que los análisis sociales requieren una explicación causal-intencional-funcional. Y son éstas, las intenciones, aquello que mejor puede redondear la explicación circunstancial, el entorno contextual que activó al asesino. Su propia percepción patológica, por ejemplo, le lleva a cometer un crimen en un contexto que lo facilita.
Pero, por eso mismo, coincido con Walter Laqueur, a quien Uriarte citaba profusamente aunque no siempre con el máximo aprovechamiento. «Incluso en el improbable supuesto de que todos los conflictos mundiales se resuelvan, que todas las tensiones económicas, políticas y sociales del plantea desaparezcan», dice en La guerra sin fin, «no podremos afirmar que el terrorismo ha acabado. La combinación de paranoia, fanatismo y extremismo político (o religioso) encontrará nuevos medios de expresión. Se trata de una cantera de la que han salido los seguidores del terrorismo del presente y del futuro. Tal vez no forme parte de la condición humana, pero forma parte, sin duda alguna, de la condición de algunos grupos y de algunas personas».
Esta sofisticación analítica es, precisamente, la que yo echaba en falta en Edurne Uriarte. Pues bien, meses después, ahora mismo, acaba de aparecer un volumen que les recomiendo y que es la antítesis del anterior. Se trata de un sofisticado y documentado estudio de Luis de la Corte Ibáñez titulado La lógica del terrorismo (Alianza ed.). “¿Tiene causas el terrorismo?”, se pregunta el autor. Si aceptamos con el diccionario de la RAE que causa es “aquello que se considera fundamento u origen de algo”, entonces –añade Luis de la Corte—“la idea de un terrorismo sin causas es sencillamente absurda”. El autor cita entre los defensores de esta idea sencillamente absurda a Edurne Uriarte. Uriarte tiene poderosas razones para estar asqueada por la persecución de que es objeto en el País Vasco, tiene motivos fundados para sentir miedo, dada la amenaza de muerte que pesa sobre ella, tiene justificación suficiente para detestar a quienes comprenden o legitiman la extorsión, el asesinato, el secuestro.
Pero carece de sentido cuando deja a medias la explicación sobre el terrorismo, pues entiende que cualquier análisis del fenómeno que rastree sus causas (la base material en la que se asienta) acaba exculpando a sus oficiantes, “Estas conjeturas”, dice Luis de la Corte, “y el temor a que puedan ser ciertas, a veces lleva a proferir frases absurdas desde una perspectiva racional o científica como la de que el terrorismo no tiene causas”. También el autor parte de Jon Elster, de su reflexión sobre la explicación en ciencias sociales (intencional-causal-funcional) y ese hecho, lejos de servir para exculpar a los asesinos, sirve para abordar de manera compleja el fenómeno. Pero el hecho de hablar de causas, ¿supone ya un acierto explicativo, un refinamiento analítico?
Hay explicaciones que niegan la etiología del terrorismo, como hace Uriarte, y hay explicaciones insuficientes y generalizadoras que reducen la causalidad a un solo factor. “El terrorismo”, decía José María Aznar en Ocho años de gobierno, “sólo tiene una causa en todas partes y en todas las situaciones. La causa del terrorismo es el fanatismo, es el deseo de exterminar al otro, es el fundamentalismo de la clase que sea, étnico, nacionalista o religioso. La chispa que enciende el terrorismo es siempre la misma, en cualquier circunstancia”, añadía el ex presidente del Gobierno. La explicación monocausal es absolutamente indefendible en historia y en ciencias sociales. Lo que Aznar hacía cuando sostenía lo anterior era confundir dos planos muy distintos: el plano moral con el causal. Evidentemente, “el terrorismo”, subraya Luis de la Corte una y otra vez, “constituye una actividad execrable. Por ello me atrevería a añadir que, en términos morales, todos los terrorismos deben ser considerados iguales; quiero decir, igual de reprobables”, pero “la variedad de circunstancias sociales e históricas en las que han sido aplicadas sugiere que, desde el punto de vista de sus causas, no existen dos terrorismos iguales”.
En fin, les dejo aquí, en este punto, invitándoles a leer una obra densa, académica y bien fundamentada de psicología social que nos aleja de los volúmenes circunstanciales y de las explicaciones apresuradas. Ojalá Rogelio López Blanco también la lea. La reseña que podría hacer sería una excelente defensa de un libro que, sin embargo, se ampara solo.

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