
¿Era preciso hacer ese cartel? ¿Era imprescindible enfrentar la contienda electoral catalana con ese señor en cueros, algo entrado en carnes? Le faltan quizá algunas sesiones de gimnasio para aligerar esa flacidez: yo estoy en ello… Cuando se presentó el primer Manifiesto de Ciutadans ya tuve oportunidad de pronunciarme a propósito del pijismo que se les atribuía: “pese a lo que ha dicho Felip Puig, portavoz de Convergència i Unió, no es rigurosamente cierto que la empresa de crear un nuevo partido no nacionalista en Cataluña sea una iniciativa pijo-progresista”. Es más, añadí, “quiero pensar que los pijos de Cataluña son otros: son los amos de las fábricas, los especuladores del capital financiero, los constructores, los retoños o los nietos de aquellos burgueses rapaces y codiciosos que tan brillantemente retrató Eduardo Mendoza en La verdad sobre el caso Savolta (al que, por cierto, no veo entre los firmantes del manifiesto). O eso quiero creer: que los auténticos pijos se parecen a los ideados por el novelista. Que a Boadella, a Azúa o a Espada les guste vestir bien no les hace inmediatamente burgueses. Se han hecho retratar en los soportales, supongo, de la plaza barcelonesa en la que presentaron el manifiesto. Se les ve cómodos, como un grupo de amigos, de camaradas o de colegas a la salida de un curso de verano. Que para la fotografía de grupo la mayor parte de los varones se hayan puesto un indumentaria desenfadada, ropa easy wear, atavíos de entretiempo o, mayoritariamente, americanas beige, no les convierte en el retrato de la gente fina y principal, esa que amasa fortunas en la oscuridad o en las covachuelas del poder, sin afectación ni ostentación”.
Frente al pijismo de marca o de entretiempo o de paño fresco, veo ahora la desnudez adánica de quien empieza desde cero. Semanas atrás ya tuve oportunidad de comentar lo que me parecía ese adanismo que ahora encarna Albert Rivera, el candidato al Parlament que sustituye a Albert Boadella o a Arcadi Espada. Algunos analistas malintencionados hablaron de que los intelectuales abandonaban el barco, de que no querían medirse en los comicios, temerosos tal vez de ser batidos por los políticos rutinarios y corrientes. Yo no creo que sea exactamente una dejadez o una incuria de intelectuales. Me decía: creo, más bien, que tienen un concepto entre utópico y vanguardista de la política. Utópico y vanguardista, pero equivocado. Por adánico, precisamente. No quieren capitalizar el respaldo mediático, añadían. No quieren atraer sobre sí todo el interés y, por eso, dejan a Albert Rivera, un joven abogado de 26 años (ahora de 27), como presidente del nuevo partido, integrado básicamente por ciudadanos anónimos dispuestos a tirar del carro. ¿Le hacían ascos al respaldo mediático?
“Huiremos del dogma izquierda-derecha”, dijo Rivera en El Mundo del 10 de julio de 2006, y ahora vuelve a repetir. “Queremos ser el partido de las ideas y de los valores, aunque es cierto que nuestros objetivos pueden ser progresistas”, admitía con renuencia el nuevo líder. No sé, no sé. El Mundo insistía en que este dirigente era y es un desconocido abogado residente en Granollers”, como si este dato demográfico, como si la falta de celebridad, fuera un obstáculo electoral o una virtud cívica. No quiero creer que los Ciudadanos pongan el énfasis en la trascendencia mediática del liderazgo, porque de ser así entonces estaríamos ante una opción partidista corriente, equiparable a las ofertas que ya hay. Creo más bien que subrayaban algo especial: “Mucha gente decía que era imposible lo que hemos conseguido: crear un partido de ciudadanos”…, desnudos.
No les importa, dice ahora el cartel de Rivera, dónde ha nacido cada uno. Tampoco qué lengua habla. En lo penúltimo veo una coincidencia con lo que yo planteaba: “no nos importa qué ropa vistes”, añade Rivera. Lo dije tiempo atrás y ahora veo que concuerdan. No son pijos, no les importa la ropa que vistes. Ayer, domingo 17 de septiembre, Arcadi Espada hacía hermenéutica de ese póster y nos recordaba lo que señaló el publicista al que se le ocurrió la idea: hay que “tener cuidado con la arrogancia, con la juventud, con la fuerza, con la candidez y con el erotismo. Algo de todo eso, pero sin que predomine nada”. Nada. ¿Cómo que nada? “Lo consiguieron”, añade el periodista catalán. “Predomina el adanismo”, que no es cicciolismo, apostillaba Espada. ¿Por qué razón? Porque “esto de Rivera es más humilde y más civil: un candidato que se quita la camisa. Y que deja a los otros en metáfora picada”, sin slip, ya ven. Eso decía Espada, adversario de las metáforas. En realidad, la metáfora no es ésa. La imagen es la del ombligo, como bien nos advirtió el más serio estudioso del nacionalismo: Ernest Gellner.
En su libro Naciones y nacionalismo nos recordaba que en el discurso esencialista es fundamental el mito del origen. De lo que se trataría es de rastrear la raíz primigenia de un agregado que siendo contingente se presenta como una comunidad necesaria, como una comunión permanente (Catalunya, mil anys enrera, por ejemplo). Justamente por eso, por la irrealidad del atavismo nacionalista, Ernest Gellner se preguntaba con guasa: ¿tienen ombligo las naciones? Si el nacionalismo es un fenómeno moderno, ¿hasta dónde cabría remontar la historias de la nación proclamada y evidente? Tomemos el caso bíblico, nos dice Gellner. Por ser el origen mismo del hombre, una humanidad creada por Dios, Adán carecía de ombligo: no le habían cortado cordón umbilical alguno. Aunque, ahora que lo pienso, Adán sí que tenía sus atributos sexuales y sólo fue al caer en pecado cuando el primer hombre se tapó sus vergüenzas, como el Albert Rivera de la fotografía. Pero…, uf, vamos a dejar las metáforas.
O no, porque no acaban ahí las paradojas. Los más célebres cómicos catalanes —de soca i arrel o importados–, Albert Boadella y Pepe Rubianes, son muy mal hablados, dicen cosas feas y escandalizan los oídos castos de España y del Principado. ¿Triste espectáculo? No es eso lo que deploro expresamente: lo que lamento es que ambos sólo se arropen con metáforas obvias, no sé si adánicas, pero sí primitivas y complementarias: uno dice desear que le revienten los huevos a España, a la España eterna; y otro pide los tanques para frenar el separatismo de la Cataluña que quiere separarse por huevos. Qué espectáculo: un día va y se desnudan de verdad enseñándonos los… ombligos.

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