29, 30 de septiembre y 1 de octubre de 2006
Meses atrás leí una separata que amablemente me había mandado desde París Jordi Canal, un artículo suyo en donde repasa con lucidez y erudición la larga serie de exilios en los que se han visto envueltos numerosos españoles de distintas generaciones. Escribí una nota, luego perdida en el ciberespacio. La recupero ahora y la retoco y amplío como cierre de esta revisión sucinta que hemos hecho del franquismo.
Jordi Canal repasa los exilios: no sólo los de quienes tuvieron que abandonar el país en 1939, sino también los destierros religiosos a que se vieron obligados judíos, moriscos, tantos y tantos súbditos de la Corona que fueron juzgados como antiespañoles, ajenos a la condición católica, expresión de la españolidad. El título del ensayo es revelador: “Historias de destierros: algunas reflexiones sobre exilios y guerras civiles en España”. Los plurales que Jordi Canal introduce no son una mera cuestión de estilo: son un modo de mostrar dolores innumerables, desgarros personales que de siglos a esta parte se han sucedido.
De todos los exilios, la emigración liberal de los exaltados del Ochocientos fue la primera que mandó al extranjero a numerosos creadores, escritores, libreros, revolucionarios que creyeron posible edificar un Estado moderno, un Estado constitucional. Pero el exilio de 1939, como nos recuerda Jordi Canal, fue una derrota cultural sin paliativos, con una oleada ingente de intelectuales que debieron abandonar sus cátedras, sus bufetes, sus columnas periodísticas. Algunos de estos emigrados reflexionaron precisamente sobre esa circunstancia y otros indagaron en la historia de los numerosos destierros españoles. Leyendo las páginas de Jordi Canal, que condensan los dolores de varias generaciones, no puede uno sino apiadarse ante la violencia que a tantos se les infligió: tantos exiliados que sólo habían cometido el crimen del librepensamiento, que únicamente se habían atrevido a pensar de otro modo, con imaginación y con audacia. ¿Qué habría sido de ellos si Franco no hubiese ganado el conflicto? ¿O qué habría pasado si el General hubiera sido apeado tras la Guerra Mundial?
A esta forma de preguntar, que es un modo de conjeturar, la llamamos ‘historia virtual’. Un par de libros recientes, que debemos a Niall Ferguson (Historia virtual, Taurus) y a Nigel Townson (Historia virtual de España, Taurus) han difundido entre nosotros ese experimento cognoscitivo. Desde antiguo, los historiadores se empeñaron en reconstruir lo realmente acontecido. La frase, como se sabe, corresponde a Leopold von Ranke y nuestro distinguido antecesor la pronunció en un contexto intelectual bien preciso: aquel en el que un historiador se distanciaba de la especulación hegeliana, de las inmoderadas generalizaciones filosóficas. Permítanme que me aleje ahora de la literalidad de lo dicho por Ranke y que aproveche el tiempo transcurrido para defender otra cosa bien distinta. Lo sucedido es una parte de la historia; la otra parte es lo posible, lo que pudo suceder. Toda la historia que investigamos y que finalmente trasladamos a un texto es historia posible en el sentido narrativo. Por ser siempre una selección hecha sobre vestigios insuficientes, la historia sólo puede ser uno de los relatos eventuales, es decir, no hay un modo único ni definitivo de contar una historia. Habrá, pues, tantas posibilidades como narradores actualicen en un relato lo que sólo era potencial, lo que esperaba ser puesto al día, a partir de estas y no otras palabras, a partir de estos y no otros hechos.
Pero hay otro modo de hacer historia posible, hay otra forma de abordar lo potencial: conjeturando itinerarios o cursos de acción que no se han dado pero que pudieron haberse dado, con consecuencias distintas en el caso de que las cosas hubieran ido de otro modo. Esta certeza se va abriendo camino a partir de la historia virtual. Las hipótesis ‘contrafactuales’ no son un inútil entretenimiento, puesto que pueden ser un modo de averiguar jerarquías intencionales, causales, la relevancia de los hechos y las consecuencias que de ellos se derivan. Cuando hablo de conjeturas históricas, de historia posible, me refiero a la tarea común, universal e irrefrenable, de imaginar escenarios hipotéticos. Precisamente, una de las formas más sutiles de la inteligencia se manifiesta de ese modo: evaluando itinerarios potenciales a partir de la memoria, a partir de las experiencias que atesoramos. Los jugadores de ajedrez operan justamente así: anticipando situaciones y desenlaces a partir de esquemas previos.
Sus más célebres adversarios –por ejemplo, el célebre y entrañable ordenador Deep blue, capaz de considerar miles de millones de posiciones antes de tomar una decisión— hacen algo similar: eligen a partir de un cálculo objetivo, dado que el escenario del combate tiene unas condiciones constantes. Sin embargo, en la vida real, esos temibles oponentes tendrían insuperables dificultades y, al menos de momento, mostrarían una grave carencia: la de tener que obrar con información insuficiente y la de ser incapaces de aventurarse con audacia y clarividencia. En efecto, aún les falta imaginación y sobre todo imaginación narrativa, capacidad para contarse y contarnos una buena historia. Entre otras cosas, contar una historia es, pues, eso: poner en relación las experiencias que nos constituyen y extraer de ellas una enseñanza eventual y falible para el futuro que nos aguarda.
Pues bien, ¿por qué reservar al porvenir esta técnica anticipadora? ¿Por qué no podemos aplicarla sobre el pasado? ¿No son el novelista o el historiador gentes que profetizan lo que ya ha ocurrido? El pasado no esta clausurado, en primer lugar, por el conflicto social e interpretativo que aún provoca y provocará, por esas narraciones en competencia que nos enfrentan a historiadores que pertenecemos a una misma cohorte de edad o a aquellos otros con los que no compartimos generación, ideología, sentimientos e inclinaciones. Pero, en segundo término, el tiempo pretérito no está cerrado individual y colectivamente porque hay una forma especial de ensayo que es el de sopesar lo que hemos ganado y lo que hemos perdido con la historia efectiva, constatable, real, que nos ha sucedido.
Precisamente, uno de los modos de evaluar esos itinerarios es enjuiciar lo razonable de nuestros actos, las consecuencias que se han derivado de lo que hicimos, de lo que no hicimos y de lo que pudimos hacer. La historia virtual plantea hipótesis contrafactuales explícitas y a partir de ellas recrea el escenario posible de esas acciones no dadas en la vida real. Como aprendimos de Max Weber, los hechos son infinitos, inagotables, consienten conexiones distintas y su relevancia o jerarquía son variables. Es decir, se trata de inventar, pero de ‘inventar’ en su sentido inmediatamente etimológico: ‘invenire’ significa ‘encontrar’. Se trata, en efecto, de encontrar hechos a partir de lo que uno mismo lleva dentro, a partir de las resonancias que esos hechos nos provocan; de aventurar relaciones inauditas o insospechadas de hechos jamás avecindados para buscar nuevos significados, para descubrir significados allí donde parecía no haberlos. A esta técnica analítica dedicó páginas memorables un gran liberal: Raymond Aron.
Seguro que los exiliados que tuvieron que marcharse, forzados a irse a otras geografías menos inhóspitas, soñaron con otros destinos menos crueles. Seguro que los desterrados que se vieron expulsados o que escaparon a tiempo para no ser víctimas de la sevicia franquista alimentaron conjeturas retrospectivas. Como, por ejemplo, Max Aub. Nada repara el mal consumado, ni nada compensa el daño infligido, pero el recuerdo que ahora les dedico, casi treinta y un años después de la muerte de Franco, quiere ser un homenaje pequeño a quienes tuvieron que morir en México o en Francia, por ejemplo. Habrá lectores que interpreten estas palabras mías como si de un tributo ‘guerracivilista’ se tratara, como si fuera el pago republicano e izquierdista que la generación de hoy hace a unos antepasados belicosos. Hay muy buena literatura sobre la venganza imaginaria. Estoy pensando, por ejemplo, en Manuel Talens. En Venganzas (Tusquets), un espléndido libro de relatos, Talens reunía un conjunto de cuentos, generalmente narrados en primera persona y enmarcados en una época crucial de la historia reciente, la que va de la República al final del franquismo. La clave de todas esas peripecias y personajes era la dignidad, la cualidad humana de aquellos que no renuncian a su condición y que se rehacen. Las ‘venganzas’ del título lo son, sí, pero desde esa dignidad. En alguno de esos relatos, el desquite se consuma desde la justicia poética: como es la muerte de Franco por asfixia excrementicia.
Pero yo no quería preguntarme sobre venganzas conjeturales y retrospectivas, sino sobre historia virtual, sobre lo que España podría haber sido si el General no hubiera permanecido durante cuarenta años, si la Guerra Fría no hubiera congelado al Régimen dándole una solidez mineral. Pero ya acabo: hay que decirle adiós a Franco, decirle adiós leyendo sobre él y sobre su Régimen. Esto que hemos hecho aquí durante esta semana no ha sido un ejercicio de nostalgia de los derrotados ni tampoco una sesión de espiritismo: ha sido una aproximación crítica, reflexiva, a la actualidad del fenómeno histórico. No hemos hablado de Franco como podríamos haber hablado de Viriato. Lo hemos exhumado para comprender qué grandes cuestiones son las que aún nos preocupan, como historiadores y como ciudadanos.

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Muy generosamente, Julia Puig me manda el enlace a esta pieza documental de Carlos Esplá escrita en su exilio mexicano. Forma parte del Archivo Carlos Esplá y se encuentra en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Aquel que fuera secretario y amigo de Azaña trata con humor la propia figura de Franco, con ironía y con sarcasmo. Lo voy a leer.

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