Historiadores de pacotilla

 francohitler1.jpg    Me han pedido un artículo sobre el revisionismo antirrepublicano, sobre los desmanes interpretativos de Pío Moa y otros. Como sostuve con él una polémica en la que yo le reprochaba su desaliño historiográfico, su falta de atención a los criterios mínimos de la profesión, regreso a este asunto que tanto está dañando el clima político de nuestros días. Justamente porque la historia se convierte arma arrojadiza. Agradezco que me pidan ese ensayo, pero, cansado de leer enormidades, me pregunto si tiene algún interés examinar la obra de esos publicistas y polemistas que se ocupan del pasado y que tanto estrépito ocasionan.  

El historiador académico puede estar tentado de debatir sólo con sus iguales, dado que los textos de aquéllos no alcanzan los requisitos historiográficos mínimos que todo investigador solvente debería cumplir. En principio hace bien, pues  una discusión sobre objetos históricos necesita un marco común, unas exigencias mutuas y unos criterios compartidos. No te puedes comunicar con quien no emplea un mismo lenguaje. Por eso, en la Universidad, lo que los historiadores aprenden no son sólo unos contenidos, sino sobre todo unas convenciones que hagan comprensibles nuestras futuras investigaciones. Cuando se creó la Revue Historique (1876), una de las publicaciones más importantes del siglo XIX, los fundadores dieron por acabado el tiempo de los historiadores literatos. Había llegado el momento de los investigadores que paciente, laboriosa y modestamente llevarían a cabo sus pesquisas según criterios comunes para después comunicarlas sometiéndose a un lenguaje compartido. 

Aceptemos o no todos sus requerimientos, aquellos pioneros  trataban de evitar la arbitrariedad del historiador o la reducción de la obra histórica a la ocurrencia particular, al  genio individual o a las presiones políticas externas. Los profesionales académicos no siempre han sabido cumplir con esas obligaciones, pero gracias a que la mayoría se atiene a ellas el resultado ha sido el del crecimiento de la disciplina. Se pueden organizar debates en los que los intervinientes saben a lo que atenerse, qué consensos hay que respetar y en qué se puede disentir. Más aún, al valernos de esas convenciones (desde la obligatoriedad de las fuentes hasta los modos de exposición), hemos podido comunicar, en fin, los resultados de las investigaciones siendo comprendidos por nuestros interlocutores. 

Por eso, precisamente, entiendo que los historiadores académicos se abstengan de participar en lizas mediáticas sobre el pasado, en encarnizadas discusiones con publicistas que dicen ser investigadores aun cuando no respeten los requisitos mínimos de la profesión. Y, sin embargo, es un error abstraerse de ese combate, ya que no podemos dejar pasar la difusión de ideas nocivas, de enfoques empeñosamente erróneos o mixtificadores sobre el pasado.  La historiografía es el examen de lo que los historiadores escriben, cierto; pero también de lo que otros dicen sobre ese pasado, de lo que los contemporáneos proclaman con acierto o embuste. 

En España, hay una tendencia de influencia creciente a la que por comodidad llamaremos revisionismo, con el mismo rótulo que también se ha empleado en otros  países. Quienes profesan estos revisionismos aquí y allá  tienen la característica común de separarse de lo que los historiadores académicos sostienen. ¿Con qué fin? Con el propósito de abatir consensos historiográficos, con el objetivo de interpretar el pasado con claves interesadamente políticas, sesgadas. Podríamos parafrasear al clásico y decir que todas las historiografías académicas se parecen, pero los revisionismos lo son cada uno a su manera. En efecto, aquí y allá, los historiadores académicos deben someterse a esas normas comunes, a esas claves de la profesión y a esas reglas básicas de la comunicación intelectual de las que antes hablaba. Eso nos iguala. Cuando ese flujo de intercambios se da, entonces nuestra profesión se convierte en un aula sin muros, en un colegio invisible en el que coinciden investigadores y autores de distintas procedencias y nacionalidades. En cambio, los revisionistas de la historia alemana, italiana o española, por ejemplo, no son idénticos, no se parecen: cada una de esas corrientes tiene sus propias características y cada una establece una relación distinta entre pasado y presente. Unos pretenden negar el Holocausto, otros esperan rehabilitar el nazismo, otros se empeñan en embellecer el fascismo. 

En el caso español, la relectura del pasado hecha recientemente por los revisionistas es, por supuesto, antirrepublicana. Ahora bien, la rehabilitación del franquismo sólo es indirecta y vergonzante: los revisionistas suelen invocar el liberalismo, la democracia, pero sólo para justificar la dictadura como dique anticomunista, como régimen que facilitó el desarrollo económico, como sistema que procuró el bienestar. La evidencia de una España atrasada se achaca a los desmanes de la época republicana y a las consecuencias de la Guerra Civil, cuyos efectos destructivos justificarían el empobrecimiento posterior a 1939. Silencian, claro, la política económica desastrosa de la autarquía, la miseria añadida que provocó, el retraso de muchos años que los españoles debieron padecer. Así, finalmente, los efectos históricos de una época de crecimiento occidental –de los que se benefició una España esquilmada— no se contemplan como realidad común de aquella Europa de posguerra, sino como epopeya particular de un dictador benevolente.

Pero el presupuesto de ese revisionismo más importante no es el del crecimiento económico o el bienestar, sino un presunto silogismo político: si la etapa de la II República fue un período convulso y violento en la que no fue posible la democracia, si los republicanos fueron apoyados por la URSS durante la contienda,  entonces… la República no era un sistema democrático, los republicanos sólo eran unos totalitarios filobolcheviques. Con ello, el franquismo se redime políticamente. Pero hay más silogismos. Si las innovaciones y empeños sociales y políticos de aquel régimen no fueron los de una democracia, si la izquierda actual invoca aquel referente como lejana inspiración reformista, entonces… los socialistas de ahora sólo son unos totalitarios, una reedición de la tiranía. Pero estos razonamientos no son silogismos, sino sofismas en los que hay premisas en apariencia verdaderas que dan como resultado conclusiones supuestamente ciertas. A esta forma política de argumentar se le llama falacia. Pues bien, los revisionistas cometen toda suerte de falacias que en nuestra disciplina  cobran la forma de infracciones historiográficas: la presentación del tiempo histórico bajo el supuesto implícito de la fatalidad, del determinismo retrospectivo; el anacronismo, o sea la mezcla de hechos de contextos distintos con el fin de hacer analogías con la época actual…

Pero no les canso más. Regreso al principio y vuelvo a preguntarme si vale la pena escribir sobre esos historiadores de pacotilla. Les pido disculpas por hablar tanto y tan seguido de interlocutores cuya historia no merecería atención si no fuera por el daño y la mixtificación que provocan.  

—————

Polémica  de JS con Pío Moa

  1. Serna: estás obsesionado con Pio Moa. No sabes vivir sin el. Lo que quieres es que te vuelva a hacer caso, que te machaque y que la polemica suene bien en internet. Eh?.

  2. Avatar de Gertraud Tilemann
    Gertraud Tilemann

    Sí, naturalmente que merece la pena, sobre todo merece la pena que historiadores «de verdad» pongan las cosas en claro, desbaraten la sarta de inexactitudes, de mentiras encadenadas con que esos charlatanes con pretensiones, embaucan a la gente, ya sin mucho criterio ni claridad de ideas, gracias a tantos años de dictadura y de miseria intelectual. Y, en cualquier caso, una dictadura, un Francisco Franco, no se justifican jamás.

    Me parece, Señor Serna, que es labor de usted y de los que, como usted, son historiadores académicos, la de tratar de contrarrestar esa corriente nauseabunda que los píos moas están llevando a cabo como verdaderos iluminados.

    Gracias siempre.

  3. Avatar de Javier ( el más antiguo)
    Javier ( el más antiguo)

    Para todos los «Pacos» que acudiran hoy aqui:

    Pío Moa, ideólogo de los GRAPO.
    Apoyo de Losantos a un Ciutadans encabezado en Madrid por Gotzone Mora podría hacer mucho daño a Gallardón.
    Enric Sopena hoy:»Otros medios apuntan a Rosa Díez y hasta Redondo Terreros. En el PP siempre han cotizado bien los conversos. O los que juegan con dos barajas a la vez. Mientras se proclaman progresistas, hacen el juego a la derecha. La izquierda más apreciada es aquella que complace a la derecha».
    Cristina Alberdi…etc. etc.
    La derecha extrema seria capaz de acoger a Otegui y De Juana Chaos, incluso a Txapote, con tal de verter basura sobre el PSOE y la izquierda

  4. Avatar de Javier ( el más antiguo)
    Javier ( el más antiguo)

    Quise decir: basura en forma de mentiras.

  5. Paco, yo no estoy obsesionado con Moa. Simplemente es que me han pedido un artículo que resuma y sintetice las pegas historiográficos que le pongo a los revisionistas. Me parece deplorable el modo en que estos presuntos investigadores abordan el pasado. Sus procedimientos y recursos son insuficientes y deliberadamente inadecuados. Ah, y gracias a la señora Tilemann. Javier, la basura política ahora se reviste de obra historiográfica. Un saludo.

  6. No Serna: no. El revisionismo no lo destruirás. El revisionismo es insatisfaccción con las mentiras asumidas.

  7. Sigo a Serna y no siempre suelo coincidir con sus críticas y sus comentarios. Cuando le da por lo literario se pone sublime y yo no soy nada poético. . Prefiero leer ensayo y me gustan los libros de historia. Dònde están los historiadores (que no hablan) frente a los revisionistas. Hay historiadores que lean este blog? Por qu’e no se montan un blog para intervenir en la red?

  8. Diálogo de sordos. Pío Moa solamente tiene aceptación en personas que ya tienen predisposición hacia el triunfo de uno de los bandos de la Guerra Civil y su larga continuidad hasta el presente.
    Por otro lado, son muchos también los que han sublimado la violencia y atrocidades del bando perdedor; gran parte de los «llamados» historiadores, tanto académicos como relatores de desgracias colectivas.

    Descripción de hechos, una minuciosa descripción de los hechos ocurridos en ambos bandos, sin enjuiciamiento posterior.
    Dificilísima tarea del ser humano la objetividad.
    Los que ganan las guerras tratan de no dejar vestigios de sus atrocidades, eliminando todo aquello que pudiera verificar su maldad y los que las pierden, de justificarlas como defensivas.

  9. Historia y periodismo. Los problemas son los mismos: no? La objetividad.

  10. Efectivamente, se trata de un diálogo de sordos. O de creyentes, que viene a ser lo mismo. Si lo que cuentas me va bien, te creo. Si no, mientes. Lo curioso es que la religión Moa no deja de ser un remozo de la historiografía franquista que ha eliminado alguna palabra tabú (cruzada, glorioso pasado, imperio…) e incluye veladas críticas al dictador. Como bien dice Serna, se disfrazan de liberales, versión políticamente correcta del anticomunismo (digo yo, ¿por qué ninguno de los revisionistas se quedó con Gramsci?), y fundamentan sus tesis en conceptos basados en el «what if»: todas las ventajas del franquismo vienen de la hipótesis contrafáctica (recuerda un poco al último libro de Philip Roth, o a Philip K. Dick) de que el bando republicano hubiera ganado la guerra. En esa realidad paralela, España es el reducto comunista de occidente, un gulag ibérico, un 1984 mediterráneo. Afortunadamente, el caudillo lo impidió.

    Saludos

  11. Pero además Moa no ha hecho sino trasladar la historiografñia oficial del franquismo. Ni siquiera su trabajo es SU trabajo; se ha limitado a copiar de aquí y de allá, como el trabajo escolar de un estudiante de bachillerato.

  12. Una sola pregunta, sr. Serna: ¿ Es verdadero o falso que el Partido Socialista organizó la revolución de Octubre de 1.934 subvirtiendo la legalidad republicana?.
    Agradeciendo de antemano la respuesta. Muchas gracias.

  13. El primer entrenamiento de un historiador es sobre el abordaje de las fuentes De esos documentos verifica su autenticidad, constata la fecha en que fueron producidos, realiza una crítica tanto interna como externa. No obstante, un solo documento sobre un asunto no es suficiente para la reconstrucción de un hecho, por lo cual un historiador recoge todos los documentos posibles relacionados con él. Comienza así un juego de rompecabeza en el cual poco a poco comienza a dibujarse la figura, el panorama, el paisaje.

    El «revisionista» actúa de otro modo. Parte de seguridades opresunciones, nunca de preguntas. No acude a las fuentes primarias, sino a las secundarias que pretende elaborar con originalidad. Omite, sin lugar a dudas, la técnica del historiador y por eso suele magnificar el dato irrelevante para sus propios fines o tomar la parte por el todo. Escapa de matices porque lo suyo es el dualismo maniqueo, la simplificación o la parcialidad. Prefiere la polémica porque parece concederle el privilegio de una posición innovadora o situarle en idéntico plano de los profesionales de la Historia.

    Pío Moa lejos de los medios académicos con los que mantiene vanamente la pretensión de polemizar. Puede, por ejemplo, hablar de una conspiración desde comienzos de siglo de izquierdistas y nacionalistas y dice descubrir su capacidad destructiva…

    En España en los últimos tiempos ha aparecido un revisionismo histórico que siempre ha movido a la duda acerca de si merecía la pena dedicarle alguna atención. Lo cierto es que, en términos de ciencia histórica, rotundamente no es así, pero tal vez la respuesta debe ser positiva en cuanto denota un deslizamiento de la derecha social y política hacia un neoconservadurismo radical. Como dice Javier Tusell: “Consigue cierto éxito entre un público lector, poco propicio a sofisticaciones, pero de ahí no deriva su peligrosidad ésta consiste en difundir una serie de presunciones que en nada facilitan la convivencia”.

  14. Cierto: «la duda acerca de si merecía la pena dedicarle alguna atención».

    Yo creo que no. El problema estriba en que «dedicarle alguna atención» no va a servir para nada. Por desgracia la historia (no la más reciente, la de anteayer, la de hace diez años, sino la de hace cuarenta, ochenta años) ha entrado en el ring de la política, y es un arma arrojadiza, si no directamente entre políticos, sí entre comentaristas políticos, entre quienes deberían ser «moderadores» de la opinión pública.

    Saludos

  15. Acabo de comprar un libro del profesor de la Universidad de Tarragona, Alberto Reig. Lo ha titulado «AntiMoa» y lleva prólogo de Paul Preston (Ediciones B). Claro que vale la pena escribir sobre las opiniones de Moa y otros revisionistas, sean o no historiadores académicos (también los trabajos de Cesar Vidal merecen una crítica profunda). Con seriedad, con ejemplos, sin entrar en cuestiones personales ni en insultos, hay que contradecir todo lo que se consideren mentiras históricas.
    Un buen ejemplo: los libros de H.R. Southworth, u otro libro del mismo Alberto Reig: «La cruzada de 1936. Mito y memoria» (Ed. Alianza).
    Animo a los historiadores, utilizad al máximo los medios de comunicación.

  16. Yo he leido el libro de Reig Tapia. O sea AntiMoa. Esta bien pero le sobra un tonillo sarcàstico.

  17. Avatar de Abu Ayyub Al Andalusí
    Abu Ayyub Al Andalusí

    Arrepiéntete Paco. No sabes vivir sin Justo serna. Estás obsesionado con él. Lo que tú quieres es que te conteste y te haga caso en Internet. Tu tiempo se acerca. Arrepiéntete. Y lee el libro de Reig Tapia. O sea AntiMoa. Alahú Akbar.

  18. Abu Ayyub Al Andalusí, gracias por su ayuda… Yo también he leído el libro de Reig Tapia. ¿Quieren que mañana lo comente…?

  19. No por Diós, Serna: cambia de tema.

  20. Avatar de Habla de otras cosas
    Habla de otras cosas

    Si sí. Apoyo a Paco. Habla de otras cosas.

  21. Avatar de Gertraud Tilemann
    Gertraud Tilemann

    Por favor, sí, Justo, coméntelo.

    Esto es una maravilla, nuestro autor trabajando al pedido de sus lectores.

    Mil gracias.

  22. Mañana lo comento, pues.

  23. Hoy me he permitido darme un «garbeo» por el blog de Moa . Algo he debido hacer bien porque unos me llamaban rojo y otros facha.
    Por cierto sr Serna , me pregunto si sería usted tan amable de comentar «The God Delusion».
    Muchas gracias.

  24. Sr. Serna: Estoy muy interesado en saber su opinión, como eminente historiador, a la pregunta que le he realizado esta tarde. Supongo que no me contesta por falta de tiempo. No importa, sigo admirando su objetividad y falta de sectarismo.
    Un saludo.

  25. Señor Jesús, a su pregunta de esta tarde que he podido recuperar (ya que el servidor había desaprobado: no vea en ello razones ideológicas: ignoro la razón) no tengo más que decirle que sí. Que una parte del partido socialista vulneró la legalidad republicana en 1934 (sin punto). La II Republica fue un régimen al que le faltó soporte democrático suficiente por parte de la derecha y de la izquierda. No olvide, sin embargo, que las provocaciones de la CEDA fueron constantes y que la propia fundación de Falange confirmaba el rumbo amenazante de las derechas. A ese rumbo amenzante se le llama ‘fascistización’.

    Sobre este particular, no estará demás leer o releer el discurso de octubre de 1933:

    http://www.rumbos.net/ocja/jaoc0011.html

    O leer ‘La Falange Teórica’ (Planeta), de Manuel Penella. Y, más breve:

    Las enseñanzas de la república

    POR MANUEL PENELLA

    Abc, 10 de septiembre de 2006

    POCO o nada se parecen estos tiempos a aquellos. Sin embargo, el período republicano, de desenlace tristísimo, nos ha dejado varias enseñanzas que parece aconsejable recordar de vez en cuando, o al menos así lo creo yo, tras una nueva inmersión en el estudio de aquellos años. La exploración del camino que nos llevó a la catástrofe es una experiencia muy instructiva, sobre todo si se sigue de paso, con el rabillo del ojo, el hilo de nuestra actualidad.

    La primera enseñanza nos previene contra el peligro de hacer un uso poco comedido de las mayorías parlamentarias insuficientes y reversibles. Quien se alza con el poder por medio de las urnas en una situación de bipolarización del ánimo colectivo, nunca debería aprovechar su valiosa carga de legitimidad de manera torpemente lesiva para la sensibilidad de la mitad contraria. Su existencia impone límites y requiere un sabio ejercicio de autodominio.

    La experiencia republicana nos enseña también que es muy mal asunto que el equipo dirigente de un país contenga una elevada proporción de elementos absolutamente incompatibles entre sí. La democracia no puede funcionar de manera eficiente si de un lado tenemos a nostálgicos de un orden de cosas premoderno, que no soportan ni la mención de Rousseau, y del otro a hombres como Besteiro, un marxista, traductor de Kant, o como Azaña, un lector de Russell. El parlamento debe contar con representantes de todas las tendencias y sensibilidades, pero no puede funcionar cuando las divergencias son tan tremendas. Haríamos bien en recordar ese problema, por cuanto todo indica que muchas personas se han habituado, como consecuencia de aquello y de los cuarenta años de dictadura, a plantear los temas en términos radicalmente opuestos a los del rival político.
    Cuando se trata de afianzar un régimen, la clase política no puede estar desprovista de cierto sentido pedagógico. Quien siembra vientos, cosecha tempestades. La cosa empieza a torcerse, nos enseña la república, cuando un político dice blanco y el contrario dice negro indefectiblemente. El problema se agrava con la pérdida las buenas formas y de la capacidad de razonar y matizar. Si los representantes políticos de un pueblo se faltan groseramente al respeto, algo va muy mal.

    La experiencia republicana también nos previene contra la prisa, contra la manía de vivir en un permanente ahora o nunca y para siempre, algo a todas luces incompatible con el tempo democrático de un régimen liberal. El no saber perder es típico de los demócratas de pega, un fenómeno habitual en aquellos tiempos y frecuente en los nuestros.

    El sistema tampoco funciona si una de las principales fuerzas políticas acepta el régimen por razones meramente «accidentalistas», sin un propósito compartido de mantenerlo en buen estado y, en cambio, con el deseo irreprimible de sustituirlo por otro lo antes posible. Para justipreciar la irresponsabilidad política de la CEDA por la derecha -anterior a la que se perpetró en el campo socialista-, imaginémonos por un momento lo que sería de nuestra convivencia si, a falta de proyecto mejor, un partido de primera magnitud empezase a cuestionar la Monarquía con la vista puesta en una Tercera República. Esto sería tanto como repetir aquel error y el resultado sería probablemente el mismo.

    Por último, de acuerdo con las dolorosas enseñanzas republicanas, parece recomendable quedar razonablemente prevenidos contra el peligro de abrazar a ciegas unas doctrinas importadas de aspecto novedoso. No todo lo que circula por el ancho mundo merece la pena, aunque nos deslumbre. Piénsese en las consecuencias de la importación del marxismo leninismo. Fue muy eficaz en la Rusia de 1917, pero si pasamos a estudiar sus efectos en la historia de España y en la andadura del socialismo español, será muy difícil verle la gracia. Y por supuesto, es obligatorio recordar los quebrantos que nos ocasionó la importación de la doctrina de Charles Maurras por parte de los hombres de Acción Española. A la sombra de Maurras, sin preocuparles que éste hubiera sido excomulgado por el papa, destacados miembros de la elite monárquica se fascistizaron a toda velocidad, Un desastre, anticipo de otro mucho mayor. Y por supuesto, entre los productos de importación dañinos, otro ejemplo inolvidable nos lo ofrece el fascismo propiamente dicho, con su correspondiente carga de violencia, de devastadores efectos para nuestra convivencia.

    Un sistema político liberal siempre está expuesto, por principio, a la intromisión de novedades más o menos deletéreas, otra cosa es que deba sucumbir a ellas necesariamente. Y añadiré una última consideración: los importadores de esas doctrinas incompatibles con la convivencia, unos y otros, no estando locos como nos pudiera parecer, no habrían podido envenenar la convivencia de nuestros abuelos si aquélla no hubiera sido una sociedad fracturada, con una minoría acostumbrada a vivir fantásticamente y una mayoría con buenos motivos para no soportar la miseria ni un minuto más. Los que querían acabar con esta situación, como era inevitable, echaron mano del marxismo leninismo; por su parte, los activistas de la citada minoría echaron mano de las doctrinas contrarias, dispuestos a un combate frontal, todo ello sin que la República burguesa tuviera tiempo ni medios para desactivar el conflicto de clases subyacente. Existen doctrinas para todos los gustos, unas de aspecto científico, otras de género deliroide, y gentes que, sobre todo en situación extrema, están dispuestas a valerse de la que les parezca más útil. Pero ninguna arraiga sin motivo. Como siempre se supo -como supieron, desde perspectivas distintas, tanto Marx como Bismarck y nuestro Cánovas del Castillo-, el egoísmo continuado de las clases privilegiadas sólo puede acarrear trastornos pavorosos. La experiencia republicana vino a confirmar, con la mayor crudeza, esta antigua fatalidad histórica que, para mi sorpresa, todavía puede ser motivo no de reflexión sino de mera impaciencia, como si el problema hubiera pasado de moda. En fin, esperemos que no lleve razón Pat Buchanan, ya convencido de que «la única lección que nos enseña la historia es que nunca aprendemos de ella».

    (*) Escritor

  26. Ya sé que les molesto,pero, hasta ahora, este es un blog abierto, ¿o no Sr. Serna?, que se debe tener moderación en los comentarios,pero sobre todo los de los amigos y de los que manejan el botafumeiro.
    Me parece una blasfemia decir que Pío Moa es un historiador.¿Conoce alguno de ustedes algo peor que un vendido a una idea totalitaria,sea fascistas o estalinista, que es lo que es el sr. Moa?.
    Claro que Moa era del PCE ML reconstituido,algo así como la espuma de coca-coca con patatas.Algo de nada con algo,que eran las patatas,para darle consistencia.
    Darle el tratamiento de historiador,cuando a muchos se nos niega en este blog la categoría de seres humanos pensantes, es «demasié».
    No pierdan su precioso tiempo en este engendro y dénle carpetazo.
    Espero el chaparrón de los intelectuales.Si es de agua,será maravilloso,que falta hace.¿Han visto crecer los tréboles debajo de los naranjos,después de una lluvia productora de «guaret»?.

  27. «…a muchos se nos niega en este blog la categoría de seres humanos pensantes».

    Arnau, ¿no cree que exagera algo?

  28. Avatar de Abu Ayyub Al Andalusí
    Abu Ayyub Al Andalusí

    Grasias por comentar AntiMoa sidi Ben Serna. Pensamiento crítico muy importante para aliviar serebro de neblina, dar al corasón espasio. Chukrán.

  29. No creo que Arnau exagere demasiado.

  30. Siento no estar de acuerdo con usted Russafa: en este blog yo nunca he leído nada como lo que denuncia don Arnau. El sí que manifiesta su descarado desprecio a los que llama «los intelectuales» y de los que espera un chaparrón, nadie sabe por qué. ¿Por qué, señor Gómez? Me parece que siente usted un complejo ante lo que los chamanes y demás clérigos tratan de infundir en los demás mortales: lo que se suele llaman Pavor Sacer, o Timor Reverencialis, algo que jamás un intelectual auténtico intentará provocar en ninguno de sus lectores o alumnos.

  31. Perdón, olvidaba algo, comparto la condena —esta vez, sí— a los que la extrema derecha reverencial ha dado en titular «historiadores» y que solamente son autores de «historietas». Sin embargo, no ejercer el derecho a la función crítica que tiene la obligación y el deber de ejercitar un intelectual auténtico, dándoles carpetazo como usted sugiere, sería hacerles un favor impagable. A cada cual, lo suyo.

Deja un comentario