Me han pedido un artículo sobre el revisionismo antirrepublicano, sobre los desmanes interpretativos de Pío Moa y otros. Como sostuve con él una polémica en la que yo le reprochaba su desaliño historiográfico, su falta de atención a los criterios mínimos de la profesión, regreso a este asunto que tanto está dañando el clima político de nuestros días. Justamente porque la historia se convierte arma arrojadiza. Agradezco que me pidan ese ensayo, pero, cansado de leer enormidades, me pregunto si tiene algún interés examinar la obra de esos publicistas y polemistas que se ocupan del pasado y que tanto estrépito ocasionan.
El historiador académico puede estar tentado de debatir sólo con sus iguales, dado que los textos de aquéllos no alcanzan los requisitos historiográficos mínimos que todo investigador solvente debería cumplir. En principio hace bien, pues una discusión sobre objetos históricos necesita un marco común, unas exigencias mutuas y unos criterios compartidos. No te puedes comunicar con quien no emplea un mismo lenguaje. Por eso, en la Universidad, lo que los historiadores aprenden no son sólo unos contenidos, sino sobre todo unas convenciones que hagan comprensibles nuestras futuras investigaciones. Cuando se creó la Revue Historique (1876), una de las publicaciones más importantes del siglo XIX, los fundadores dieron por acabado el tiempo de los historiadores literatos. Había llegado el momento de los investigadores que paciente, laboriosa y modestamente llevarían a cabo sus pesquisas según criterios comunes para después comunicarlas sometiéndose a un lenguaje compartido.
Aceptemos o no todos sus requerimientos, aquellos pioneros trataban de evitar la arbitrariedad del historiador o la reducción de la obra histórica a la ocurrencia particular, al genio individual o a las presiones políticas externas. Los profesionales académicos no siempre han sabido cumplir con esas obligaciones, pero gracias a que la mayoría se atiene a ellas el resultado ha sido el del crecimiento de la disciplina. Se pueden organizar debates en los que los intervinientes saben a lo que atenerse, qué consensos hay que respetar y en qué se puede disentir. Más aún, al valernos de esas convenciones (desde la obligatoriedad de las fuentes hasta los modos de exposición), hemos podido comunicar, en fin, los resultados de las investigaciones siendo comprendidos por nuestros interlocutores.
Por eso, precisamente, entiendo que los historiadores académicos se abstengan de participar en lizas mediáticas sobre el pasado, en encarnizadas discusiones con publicistas que dicen ser investigadores aun cuando no respeten los requisitos mínimos de la profesión. Y, sin embargo, es un error abstraerse de ese combate, ya que no podemos dejar pasar la difusión de ideas nocivas, de enfoques empeñosamente erróneos o mixtificadores sobre el pasado. La historiografía es el examen de lo que los historiadores escriben, cierto; pero también de lo que otros dicen sobre ese pasado, de lo que los contemporáneos proclaman con acierto o embuste.
En España, hay una tendencia de influencia creciente a la que por comodidad llamaremos revisionismo, con el mismo rótulo que también se ha empleado en otros países. Quienes profesan estos revisionismos aquí y allá tienen la característica común de separarse de lo que los historiadores académicos sostienen. ¿Con qué fin? Con el propósito de abatir consensos historiográficos, con el objetivo de interpretar el pasado con claves interesadamente políticas, sesgadas. Podríamos parafrasear al clásico y decir que todas las historiografías académicas se parecen, pero los revisionismos lo son cada uno a su manera. En efecto, aquí y allá, los historiadores académicos deben someterse a esas normas comunes, a esas claves de la profesión y a esas reglas básicas de la comunicación intelectual de las que antes hablaba. Eso nos iguala. Cuando ese flujo de intercambios se da, entonces nuestra profesión se convierte en un aula sin muros, en un colegio invisible en el que coinciden investigadores y autores de distintas procedencias y nacionalidades. En cambio, los revisionistas de la historia alemana, italiana o española, por ejemplo, no son idénticos, no se parecen: cada una de esas corrientes tiene sus propias características y cada una establece una relación distinta entre pasado y presente. Unos pretenden negar el Holocausto, otros esperan rehabilitar el nazismo, otros se empeñan en embellecer el fascismo.
En el caso español, la relectura del pasado hecha recientemente por los revisionistas es, por supuesto, antirrepublicana. Ahora bien, la rehabilitación del franquismo sólo es indirecta y vergonzante: los revisionistas suelen invocar el liberalismo, la democracia, pero sólo para justificar la dictadura como dique anticomunista, como régimen que facilitó el desarrollo económico, como sistema que procuró el bienestar. La evidencia de una España atrasada se achaca a los desmanes de la época republicana y a las consecuencias de la Guerra Civil, cuyos efectos destructivos justificarían el empobrecimiento posterior a 1939. Silencian, claro, la política económica desastrosa de la autarquía, la miseria añadida que provocó, el retraso de muchos años que los españoles debieron padecer. Así, finalmente, los efectos históricos de una época de crecimiento occidental –de los que se benefició una España esquilmada— no se contemplan como realidad común de aquella Europa de posguerra, sino como epopeya particular de un dictador benevolente.
Pero el presupuesto de ese revisionismo más importante no es el del crecimiento económico o el bienestar, sino un presunto silogismo político: si la etapa de la II República fue un período convulso y violento en la que no fue posible la democracia, si los republicanos fueron apoyados por la URSS durante la contienda, entonces… la República no era un sistema democrático, los republicanos sólo eran unos totalitarios filobolcheviques. Con ello, el franquismo se redime políticamente. Pero hay más silogismos. Si las innovaciones y empeños sociales y políticos de aquel régimen no fueron los de una democracia, si la izquierda actual invoca aquel referente como lejana inspiración reformista, entonces… los socialistas de ahora sólo son unos totalitarios, una reedición de la tiranía. Pero estos razonamientos no son silogismos, sino sofismas en los que hay premisas en apariencia verdaderas que dan como resultado conclusiones supuestamente ciertas. A esta forma política de argumentar se le llama falacia. Pues bien, los revisionistas cometen toda suerte de falacias que en nuestra disciplina cobran la forma de infracciones historiográficas: la presentación del tiempo histórico bajo el supuesto implícito de la fatalidad, del determinismo retrospectivo; el anacronismo, o sea la mezcla de hechos de contextos distintos con el fin de hacer analogías con la época actual…
Pero no les canso más. Regreso al principio y vuelvo a preguntarme si vale la pena escribir sobre esos historiadores de pacotilla. Les pido disculpas por hablar tanto y tan seguido de interlocutores cuya historia no merecería atención si no fuera por el daño y la mixtificación que provocan.
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Polémica de JS con Pío Moa

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