El héroe de las novelas

lailsadeltesoro.jpg La edad de las novelas es una interesante expresión que Antonio Muñoz Molina ha empleado con alguna frecuencia, al menos en un par de ocasiones. La primera, en un artículo que con ese título el escritor jiennense publicara hace unos años en Claves de razón práctica (núm. 113, 2001). La segunda, hace pocos meses, en un texto publicado en Campo de Agramante (núm. 5, 2005), la revista de literatura que edita la Fundación Caballero Bonald (y que amablemente me hizo llegar Alfons Cervera). En la anterior etapa de este blog ya hablé sobre estas coincidencias, el significado que Muñoz Molina le da a dicha expresión y ya reflexioné qué es y cuando se da esa edad de las novelas. Cito ahora de memoria, probablemente sea impreciso, pero no importa, porque lo que retengo no es embustero y recrea en mi interior lo que esas palabras me sugieren. Añado, pues, lo que esa lectura me suscita, esa resonancia que en mi interior despierta. Así leo. 

En aquel primer texto,  en aquel que publicó en Claves, Muñoz Molina hablaba de sí mismo, claro, de cuál fue la edad en que más novelas había leído. Hacía referencia, pues, a la mocedad, a ese tiempo de cambio, de trastorno y de crisis emocional y personal en el que necesitamos leer novelas, al menos algunos púberes voluntariosos. Hay, en efecto, un momento en nuestras vidas en que la maduración se convierte en el horizonte inevitable: nos alejamos del muchachito que hemos sido y emprendemos una huida o un crecimiento tumultuoso, lleno de alteraciones apreciables e indescifrables. Nos vemos rodeados de adultos misteriosos o decepcionantes, de padres dolorosamente reprochables y, a la vez, emprendemos un tanteo estrictamente personal: debemos buscar al tipo experimentado en que queremos convertirnos. Es justo entonces cuando muchos leemos novelas, cuando las grandes narraciones nos proporcionan lo que la triste, la amarga o magra existencia no nos  da: un repertorio de vivencias, de aventuras, de modelos de excelencia que no hallamos en nuestros progenitores, en nuestros mayores. Es una manera de probar, de ensayar vicariamente lo que la realidad no nos facilita. Pongamos algunos ejemplos, algunos casos que, además, proceden de la gran literatura del siglo XIX. Lloyd Osbourne, 1885

¿Por qué ha tenido tanta repercusión La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson? Fernando Savater contribuyó enormemente a su reciente éxito español. En aquel animoso libro que se titulaba La infancia recuperada (1976), el filósofo nos enseñó a desentrañar lo mejor en novelas poco apreciadas por la tradición del canon literario. Stevenson aparecía como un autor para adolescentes, liviano, para esa edad de las novelas… Y, en efecto, como nos advirtiera Savater, en las páginas de La isla del tesoro está el joven Jim Hawkins, el muchacho que debe sacar coraje de sí, que debe emprender un camino propio, alejado del hogar, como es tradición hacer en la Gran Bretaña, en la marinera Inglaterra. Una buena novela para adolescentes no es un relato menor, sino esa narración de aprendizaje que nos enseña a ser mejores, incluso héroes, a cursar la enseñanza de la vida sin embozo ni fingimiento. Como cualquiera de nosotros, también Hawkins tiene miedo, claro que sí: tiene miedo de esos piratas despiadados con quienes debe hacer la travesía. Teme su crueldad y su embrutecimiento, siempre aturdidos por los tragos, por ese ron al que rinden el tributo de sus vidas.

Pero a Hawkins le atrae el pirata más sibilino, hasta el punto de querer amistarse con él: el bucanero de sentimientos furtivos, Long John Silver, un tipo equívoco, con dobleces, con sabiduría mundana, con más sesera que sus compinches siempre embriagados y temibles. El muchachito debe agenciárselas para no perecer, para sobreponerse a sus aprensiones, para hallar el tesoro, que es real y es metafórico, para maniobrar la nave de tres palos como un piloto experimentado, para volver a casa como un veterano. Si no leímos en la adolescencia esa novela u otras de su misma estirpe, la edad adulta es todavía una buena época para regresar al tiempo del arrojo juvenil, para averiguar qué hace Jim cuando no tiene un padre cuya autoridad le guíe o cuando no tiene una madre atenta que lo agasaje. El mentor Long John Silver no es precisamente lo más recomendable, pero esa guía o tutela le sirve, como nos sirven sus enseñanzas releyendo ahora dicha novela. Aprenderemos aún, seguro. Yo leí esa novela por cuarta vez hace poco tiempo (no hago, pues, como Savater que decía leerla cada doce meses) y que me aspen si no me instruí con John Silver, un corsario inquietante y atractivo, cauteloso, con capacidad diplomática, con inteligencia mediadora, capaz de afectar docilidad y de amedrentar a sus amigos y enemigos. El tiempo de las narraciones no se agota, pues, con la consumación de la pubertad. 

Como decía, Muñoz Molina vuelve a mencionar esa edad de las novelas en el bello artículo al que apuntaba más arriba, un artículo reciente aparecido en Campo de Agramante. En este caso, más que referirse a la infancia o a la adolescencia del muchacho que empieza a labrarse su camino, esa expresión alude a la infancia o a la adolescencia de Occidente, a ese tiempo de revoluciones y de crisis que se inicia a partir de 1789. Es decir, emplea “edad de las novelas” como una fórmula metafórica que le sirve para describir la inocencia brusca y fundacional de la modernidad europea. Es el momento en que, por ejemplo, irrumpe el individuo como ser autónomo, portador de derechos, guía de sí mismo, como ese bravo luchador que se desprende de las pertenencias estamentales: solo, desasistido, fuera de lugar, ajeno al tiempo fatal del feudalismo y del absolutismo. Un héroe… Aparece el burgués sin ataduras, el burgués que debe rehacer el mundo, designarlo y componerlo, adueñarse de él, un tipo que no tiene seguridades firmes ni certidumbres estables y que debe formarse viajando o templando su espíritu en parajes distantes.

Es el momento histórico en que los lectores buscan afanosamente las experiencias que los propios personajes literarios pueden darles y que son, en parte, la aventura de probar y de ensayarse. Menciona Muñoz Molina a Julien Sorel, a Fabrice (o Fabrizio) del Dongo, a Gabriel Araceli, a esos caracteres de Stendhal o de Pérez Galdós, por ejemplo, que se hacen fuertes en la empresa de cursar su propia vida en una fase y en un proceso de grandes y de graves transformaciones que siguen a la epopeya napoleónica. El suelo tiembla por las detonaciones, la pólvora estalla y estos muchachos deben orientarse con tiento o con ojo en un mundo desalmado y sin agarraderas a las que asirse. Son, por supuesto, modelos masculinos trazados para expresar el coraje adolescente, la bravura de quienes han de abandonar a las madres para enfrentarse al mundo hostil… Pero es también la época de las mujeres lectoras (aunque Muñoz Molina no las mencione expresamente), las mujeres que se entregan con fruición al disfrute de las novelas haciendo del amor un ideal y la fuente de su perdición. Son personajes lectores, en efecto: muchachitas trastornadas por páginas vehementes, damas que aún esperan una pasión arrebatadora que los varones decepcionantes no les procuran. Comienza el bovarismo y con él un mundo burgués que penaliza y degrada a la adúltera real o imaginaria, ese mundo burgués y recatado que Anaclet Pons y yo mismo hemos observado en nuestro nuevo libro.

Decía José Ortega y Gasset en una página de su obra que “tal vez las dos cosas originales del siglo XIX que merezcan admiración son su amor y su literatura”. Así como el Setecientos fue una centuria de creación política e intelectual, el Ochocientos habría sido el tiempo del romanticismo, de las emociones, de las pasiones desenvueltas o sofrenadas…, todo ello expresado en la novela familiar. Otra vez, pues, el tiempo de las novelas. Los burgueses son recatados, circunspectos, individuos que preservan lo doméstico frente a la intromisión de lo externo, y entre los enseres de lo doméstico está la esposa, el ángel del hogar, el ángel de los sentimientos al que hay que proteger. De esa intimidad protegida es difícil saber algo. Por eso, tal vez, la novela tuvo gran repercusión en el siglo XIX: era una manera de relatar, de conjeturar, de aventurar qué pasaba en la alcoba de los burgueses, las procacidades o no que se consentían, las fantasías qué pensaban, con qué quimeras se consolaban, cómo vivían sus adulterios propios o ajenos, reales o fingidos. La comedia humana, de Honoré de Balzac, aspiraba a ser una taxonomía de las especies sociales del Ochocientos, la hecha por un naturalista. Balzac igualmente esperaba trazar una demografía copiosa, como si de una reescritura del Registro Civil se tratara. Pero su autor también la concibió como una radiografía del interior burgués, de esa era vida privada de las naciones de la que se desentendieron los historiadores, ocupados como estaban en relatar el pasado político de la colectividad.

Y fue precisamente en ese hogar relatado en donde grandes novelistas descubrieron las tentaciones adúlteras de las esposas. Flaubert y Tolstoi, entre otros muchos, fantasearon con ese pecado, con esa trasgresión moral, y por eso, por sus alardes imaginativos, por su destreza narradora, Madame Bovary (1857) o Ana Karenina (1877) perduran como obras maestras. Es célebre el incipit de la novela rusa: “todas las familias dichosas se parecen, y las desgraciadas, lo son cada una a su manera”. Los apellidos de Bovary, Karenina y Ordóñez están mancillados por esas tentaciones adúlteras que llevan a la desgracia a las mujeres. Los varones incurren en la indiferencia o en la infidelidad, y las esposas, asqueadas o insatisfechas o decepcionadas, inician una carrera de impudicia y oprobio que les reportará dolor, tristeza y muerte.

Hablamos, pues del momento de la gran narración del siglo XIX, la edad de las novelas viriles (como subraya Muñoz Molina) o femeninas (como yo mismo he recordado ahora), esas aventuras de la experiencia humana en las que la ficción sólo era un expediente para hablar de las lecciones verdaderas de la existencia. Algunos de esos personajes son héroes, otros son amorales, carentes de escrúpulos, probablemente porque los viejos valores han caído y los nuevos…, los nuevos están aún definiéndose: varones que son trepadores y que se sirven de las damas para prosperar, para alcanzar la meta burguesa; mujeres que olvidan el recato y la contención que las buenas familias imponen, señoras que se  entregan a infidelidades tristes. Unos y otras pierden la inocencia para regresar experimentados o más cínicos… o muertos. Porque esas novelas también nos hablan de individuos que se curten y que se desembarazan de candor del púber. Pero tras unos y otros, nos dice expresamente Muñoz Molina, está siempre la Historia: no porque éstas sean novelas históricas, sino porque la Historia, ese pasado que persiste o ese presente grandioso que irrumpe, no es más que el marco en el que el individuo particular debe ejecutar sus acciones sin que le valgan los moldes de sus antecesores, sin que las enseñanzas de sus mayores les alivien de su responsabilidad personal.

Leí y releí a Muñoz Molina cuando yo estaba escribiendo Pasados ejemplares. Leí y releí sus obras añadiéndole todo lo que mi propia experiencia me dictaba, como si de un diálogo se tratara, como si mis vivencias y las suyas en parte coincidieran o incluso fueran intercambiables. Por eso no estoy seguro de haberle hecho justicia: más bien, seguramente le habré hecho decir cosas que no siempre él había dicho, pero no creo haber traicionado lo que el escritor se proponía decir en sus ficciones. Cuando pensabas que ya lo tenías todo leído y bien interpretado, de repente Muñoz Molina publica El viento de la Luna y ves que aquella reflexión del autor jiennense sobre la edad de las novelas se convierte en objeto de relato, de su propio relato adolescente… y, entonces, cuando debes cerrar el pico sólo para abandonarte al gozo de sus palabras, volviendo a silabear los textos. Así como suena, así como suenan las novelas de la pubertad personal y de la adolescencia europea, unas historias de las que los héroes somos nosotros: los lectores.  Una dicha.

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  1. Russafa

    Paco, ahórquese un ratito con ella que es de buena calidad.

    Una buena reflexión sobre la novela, sobre la historia y sobre nuestros héroes juveniles.

  2. marpop

    Ay, Paco, de verdad, si no te interesa no escribas, no hace falta…bonitos comentarios, a algunos nos interesan, voy a plantearme lo de adentrarme más a fondo en Muños Molina, que únicamente leí Plenilunio y poco más…Saludos!

  3. Julia Puig

    En ocasiones refrescar las lecturas de nuestra adolescencia puede conducirnos a ese sigilo valioso de sensaciones olvidadas. Como en efecto era leer a Julio Verne, Dostoievski, Víctor Hugo, creo que a según que edades es uno de los acontecimientos que perduran en nuestros recuerdos, y con la misma impavidez, los libros Enyd Blyton.
    Como escribió una vez Rosa Montero, la música, la pintura o la lectura, son las llaves que permiten el desarrollo esencial para el ser humano. La formación literaria, descubrir la lectura, adquirir experiencias a través de sus personajes, de sus héroes, formar a adolescentes con capacidad de ver el mundo con ojos críticos. Tal y como nos sugiere Antonio Molina “la edad de las novelas”, volvamos a ese momento en el que el lector busca las experiencias que los propios personajes literarios le ofrecen.

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