Enterrado vivo…

cementeriogotico.jpg Uno de los rasgos más evidentes de nuestro estado de ánimo es el miedo difuso, el pánico que  provocan las informaciones constantes sobre atentados espantosos cometidos aquí y allá. La presencia del terror retransmitido globalmente hace que seamos damnificados mediáticos, hace que nos sintamos víctimas de una intimidación:  varios terroristas son capaces de provocar más de ciento sesenta muertos accionando su detonador o inmolándose, como así sucedió el jueves en Bagdad; las ciudades occidentales mejor protegidas han sido sacudidas por el espanto de las explosiones. En unos u otros casos, sigue siendo la figura del terrorista suicida aquello que más amedrenta, aquello que anonada. Tanto es así, que al terrorista que obra de esa manera se le ha llamado nihilista… Días atrás, la prensa recogía la presencia de Joanna Bourke en Barcelona para participar en un ciclo organizado por el Centro de Cultura Contemporánea de aquella capital. ¿El motivo del encuentro? El mundo después del 11-S. Por ser la autora de un volumen titulado El miedo: una historia cultural, que estoy deseando leer, me interesó la entrevista que la investigadora concedió a Jacinto Antón. Hablaba de los pánicos medievales y de los temores contemporáneos, de emociones ancestrales, pavores o sobresaltos algunos de los cuales se remontan a la infancia del hombre. De todas los terrores enumerados me interesó vivamente el miedo al enterramiento prematuro. Leo: 

En el siglo XIX el miedo dominante era el miedo a la muerte súbita, a morir de manera inesperada, sin preparación. Ahora es al contrario: el miedo mayor es a permanecer mucho tiempo en tránsito. En el XIX no se temía, como en nuestra época, al dolor que antecede a la muerte, el dolor al morir era incluso algo positivo, era algo expiatorio. Hay otros miedos pasados que nos sorprenden: entre 1870 y 1910 se tenía un pánico absoluto al entierro prematuro, a que te sepultaran vivo. Eso era lo peor de todo. Hasta el punto de que para conjurar ese miedo se inventaron nuevos métodos y hasta aparecieron nuevos profesionales que te garantizaban que al morir estarías indiscutiblemente muerto…

El entierro prematuro…, qué gran relato de Edgar Allan Poe. La primera vez que conocí esa historia no fue porque la leyera, sino porque se me leyó: a los catorce años, en la montaña de Alicante, en un casa de campo semiabandonada en la que pernoctábamos varios muchachos, un grupo de siete u ocho personas al frente de las cuales había un adulto generoso. Hablo de 1973. Interior noche, sin luz eléctrica: con sólo una bombona de camping-gas y con las sombras oscilantes de la chimenea, aquel guía o director nos deslumbró con Poe, con El entierro prematuro en versión de Julio Cortázar. Aún me sobrecojo cuando lo recuerdo: todo el entorno era atrezzo, todo era efecto especial. El crepitar de las llamas (sí, ya lo sé: forma parte del tópico literario) y el ruido de los animales nos hacían temer lo peor. O al menos eso es lo que, angustiados, esperábamos. Fue entonces cuando descubrimos que cabía esa posibilidad: que te inhumaran vivo, aquejado de catalepsia, aparentemente muerto. Poe fue para mí un fogonazo del que todavía no me he repuesto. Periódicamente lo releo y vuelvo a maravillarme con el miedo que es capaz de avivar, con la desazón que un relato suyo te puede provocar. Crecí pensando que esa ocurrencia –la posibilidad de ser enterrado prematuramente— sólo era una alucinación morbosa del escritor. 

 Luego, andando el tiempo, cuando yo ya era historiador, cuando ya comenzaba con Anaclet Pons a frecuentar los archivos, me sumergí en documentos notariales, en testamentos en los que el responsable adoptaba determinadas precauciones.  Estábamos a finales de los años ochenta y con un esfuerzo de la imaginación queríamos trasladarnos al siglo XIX:  durante meses y meses consultamos escrituras de últimas voluntades para recrear la vida burguesa del Ochocientos valenciano. En protocolos que amarillean leíamos testamentos en los que las personas más distinguidas establecían cláusulas muy inquietantes sobre las exequias. No era infrecuente hallar testadores reclamando que sus cadáveres no fueran inhumados hasta presentar “signos evidentes de descomposición”. Así, por ejemplo, lo fijaron los valencianos Santiago Luis Dupuy o Pedro Salvá o Francisco Sagrista. “Es ésta una expresión de temor característica de la muerte romántica”, decíamos en La ciudad extensa (1992), “de la que la literatura nos ha dado pruebas fehacientes, desde las narraciones de Allan Poe hasta Madame Bovary, en las que la catalepsia preside el pánico final”. 

 Años después, en 2002, leí un libro que hacía la historia de este pánico. Era un volumen que entretenía y mortificaba. ¿Su título? Ya lo habrán adivinado: Enterrado vivo, de Jan Bondeson. La obra era una enciclopedia de la muerte o, mejor,  del terror que la impericia médica podía provocar, de ahí que –como indicaba Bondeson— se buscara habitual y expresamente señal clara de putrefacción. Imaginé a galenos de gran pericia técnica examinando el cadáver dudoso de un burgués o de una dama… 

 Joanna Bourke vuelve ahora a hablar de la falsa muerte, de la catalepsia decimonónica, y lo hace desde la perspectiva de la historia cultural. Después de haber investigado a los burgueses, Anaclet Pons y yo hemos ido a parar también a la historia cultural, pero no para rendir tributo a la penúltima moda historiográfica, sino para analizar las percepciones, los marcos, los códigos de realidad que nuestros antecesores tenían.  El mundo no se nos aparece tal cual, sino mediado siempre por el filtro de las convenciones. El asunto de la muerte no es uno más. Es el asunto. Y, desde luego, una historia etnografiada como la que esperamos hacer (a la manera de Clifford Geertz), una investigación que tenga por fin exhumar los valores, los miedos, las normas de los antepasados, tiene que abordar las exequias, el luto, el dolor, el enterramiento, la finitud…, expresión de los sentimientos que los antropólogos han sabido examinar. 

Ahora, muchos años después, frecuentamos de nuevo el mundo decimonónico para desenterrar a un varón viajero y distinguido: eso es lo que hemos hecho en Diario de un burgués. Y, como entonces, como cuando empezamos, no podemos dejar de sorprendernos con nuestro burgués, con su familia doliente. Hacia 1850…, en Valencia, mandaron edificar un panteón a imitación de un mausoleo de París. Visitamos el panteón valenciano para verificar las lápidas. Y, al final, yo mismo aproveché un viaje a París para ir al cementerio de Père-Lachaise. ¿El objeto? Fotografiar el templete en el que se había inspirado nuestro burgués. Me ayudó mi hijo, que me acompañaba. Era un día del tórrido verano parisino. Caminábamos por las calles del camposanto, nos acercamos a la tumba de Jim Morrison –cómo no—  y después fuimos a tomar vistas de aquel mausoleo… Mentiría si dijera que no me acordé, justo entonces, de Edgar Allan Poe.

 

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Artículo de JS en Levante-EMV sobre Cioran y la visita a los cementerios

7 comments

Add Yours
  1. Maika L.V.

    Holas, Justo Serna, y holas a todos. Perdona por NO dejar komentarios ayer y anteayer, cuando teorizaste sobre la novela. Pero es que tenía que demostrar a unos TROLLS que NO estoy enviciada con internet.
    No he entendido cómo, en esa teoría de la creación novelística, no me sakas a MÍ, sobre todo porque sabes que soy LA MEJOR en el ámbito de la Narrativa, pero más sobre todo porque me dijiste que eskribirías un post sobre MI novela en la que tú sales como personaje (rekuerda que el final NO es mío).

    Sobre lo de los entierros de personas VIVAS no kiero hablar. A mí me dieron por muerta de pequeña y Poe ya eskribió sobre eso y mientras lo leía me puse a sudar de pániko.

    Buenos días.

  2. marpop

    Guten Morgen! Curiosamente, hace unos días leí en una página de internet algo sobre J. Bourke, está preparando otro libro sobre el miedo pero encaminado hacia los estudios de la violación, cuanto menos interesante.
    En cuanto al texto más directamente: miedo no, pánico a sentirse muerto, si eso se puede sentir…
    Ah, ahora mismo estoy leyando sobre otro tipo de miedo, “El miedo a la libertad”, de Eric Fromm, por si a alguien le interesa una buena lectura, también sobre el miedo y también con cierto aire psicológico, quiéno no tiene miedo a ser libre, sin reglas ni leyes…nos desorientamos, entre otras cosas.
    Saludos POP!

  3. Laura

    Es interesante este resumen de la investigación. Dice usted “durante meses y meses consultamos escrituras”.Es así? ustedes veían textos sobre la muerte que estaban enterrados?

  4. Pascual

    El miedo a la muerte es un sentimiento que nos acompaña desde el principio. No nos lo quitamos. Me extraña que el miedo al entierro prematuro solo sea del siglo XIX.

  5. Jaime

    Cementerios góticos, tumbas y Poe. Me parece que da para mucha literatura. Planteada así la historia es entretenida, pero informa y analiza? Imagino que si. Nos entretiene con un tema que da miedo. El miedo a la muerte.

  6. Joa

    Hombre, miedo a los atentados, el miedo es a nacer vivir en los países donde nacen esos “terroristas”, que allí sí que se pasa algo mal. me han dicho que si hay hambre y cosas de esas.. Pero miedo a un atentado, pues como occidental, igual soy un inconsciente, pero mucho no tengo

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