La Televisión, qué podemos hacer…

tvkolster1958.jpg  Me piden antiguos lectores que reponga (como en el cine) un viejo artículo mío dedicado a la Televisión. En los últimos meses hasta seis veces me lo han solicitado. Aun siendo un texto denso creo que tiene un par de ideas aceptables. Ustedes verán. Salvo algún retoque menor y excepto alguna actualización evidente, las palabras son las mismas. No suelo reproducir lo que ya escribí, pero ante la petición de una parte del respetable desentierro esta pieza para que juzguen.  

Los Reyes Catódicos

  No es deseable ni siquiera posible la sujeción de las personas a las propiedades que las encadenan real o supuestamente a las comunidades de origen o de pertenencia, a las familias o a las naciones. Hacerlo así, forzar lo que nos ata, es violentarnos a cada uno de nosotros, es asociarnos con idéntico perfil a quienes por fuerza son distintos. Nos obliga dicha operación a vivir solidarios con una imagen predefinida de cada uno, esto es, al vincularnos por fuerza a nuestro grupo de pertenencia se multiplican efectivamente las diferencias que hay en el mundo entre los distintos grupos étnicos o culturales, pero a la vez se empobrece dicho planeta, pues éste o aquél, tú o yo, por mucho que compartamos rasgos que nos alejen de otros, somos algo más que autómatas obligados a comportarse fatalmente. Es decir, que la alegre defensa de la diferencia étnica, en el fondo, oculta la auténtica diversidad de cada cual o, en otros términos, la murga de los rasgos colectivos irrevocables que me definen impediría la diferencia efectiva.   

En el pasado, en el siglo XIX, por ejemplo, los individuos carecían de plurales fuentes de información y lo común era abastecerse con un único canal a través del cual se recibían las percepciones de lo real y las actuaciones prescritas a que estaba obligado cada uno. El hijo de un rico hacendado tendía a reproducir lo obvio, lo que era indiscutible para sus mayores y lo que por tradición o herencia le llegaba, que no era sólo un conjunto de bienes materiales, sino también una concepción del mundo congruente con el medio del que procedía. La educación formal, la socialización y la propia maduración del individuo en un espacio afín reforzaban ese patrimonio inmaterial que era el sentido común heredado (o lo que Marx llamó ideología). (Eso es, precisamente, lo que Anaclet Pons y yo mismo hemos podido constatar en la reconstrucción de ese mundo cultural en nuestro Diario de un burgués, el libro en el que detallamos la Europa del siglo XIX vista por un viajero infatigable, un muchacho distinguido y luego adulto respetable. Las percepciones que el protagonista nos da son las propias del vástago inevitable de su época, alguien que observa la realidad con los recursos y con las noticias que recibe…)  

Desde hace tiempo, las cosas ya no son exactamente así. La vastedad y la variedad de fuentes de información, tan contradictorias, el debilitamiento de las reglas comunes y prescriptivas (sustituidas, en parte, por eso que Gilles Lipovetsky llamó la moral indolora) han hecho de nuestro tiempo un mundo efectivamente hecho pedazos. La circunstancia nos concede una gran libertad, pues ni el padre, ni la familia, ni la escuela, ni las autoridades pueden sujetar una socialización que se desborda y en la que la coherencia de los datos acopiados se hace casi imposible. Pero es también nuestro infierno. Es tal la avalancha que los muchachos pueden crecer angustiados por la saturación informativa (por la vecindad de lo alto, de lo bajo, de lo relevante, de lo irrelevante) y por el deterioro o la falta de criterios de discriminación. De los padres se recibían antaño los modelos de vida y ejemplos a seguir (que después podían objetarse si se detestaban sus enseñanzas patriarcales o si repugnaban sus decisiones).  El problema es que ahora los padres tienen difícil aleccionar de manera coherente y taxativa para una existencia, la del hijo, que debe adaptarse a los cambios innumerables y al vértigo de esos cambios. Cuáles sean los asideros y cuáles los criterios resultan ser las preguntas más angustiosas. Desde luego que los modelos de vida y la razón moral que los padres puedan enseñar no son inútiles: hay en la vida de nuestros mayores un repertorio de ejemplos que conviene retener, pero esas decisiones más o menos corajudas de nuestros abuelos o progenitores sólo nos sirven como nociones muy generales de lo que deberíamos o podríamos hacer. Por eso, a tientas van creándose o recreándose los muchachos de hoy y, por eso, las series o las ficciones televisivas y cinematográficas les dan patrones que en ocasiones refuerzan o confunden o reemplazan lo que tienen más cerca: el modelo de vida familiar. ¿Entonces…, qué podemos hacer?   

Bien mirado, el muchacho tiene la habilidad para descifrar los mensajes televisivos, la pluralidad de significados y de marcos que envuelven esos mensajes. Nuestros sistemas de percepción y de descodificación van madurando a lo largo del tiempo, de suerte que es bastante probable que a los niños les gusten programas distintos de los que les agradan a los mayores. Que la falta de recursos propios de la edad deban suplirse con la presencia de los adultos no es mala cosa. De hecho, lo deseable es ver la televisión en compañía de esos adultos, trabar conversación sobre lo visto y sobre su significado: la disputa acerca del sentido es la tarea principal a que nos entregamos conforme crecemos y maduramos, distanciándonos así de las prescripciones semánticas de nuestros mayores.  Por otra parte, la programación que se destina al público infantil no es, básicamente, distinta de la que se ofrece a los adultos, no es distinta en el sentido de que está informada por valores culturales semejantes, tan elevados o tan abyectos. También en este caso la cercanía de unos mayores preocupados y atentos y su supervisión ayudan incluso a aprender de la basura y del cotilleo. Los niños suelen ser muy chismosos y no debe extrañarnos que puedan tener propensión a ver los programas de revelaciones y escándalos. En fin, no es desde luego lo más recomendable, pero lo menos recomendable es que los vean solos.  

Los significados que tengan los hechos televisivos no se imponen como si de una bala mágica se tratara, capaz de atravesar el umbral de nuestra resistencia: los significados se negocian y se renegocian y se modifican gracias al discurso y a la situación social que nos envuelve.  Enjuiciar la realidad para poder adaptarnos eficazmente a ella, a sus limitaciones o posibilidades es, con toda seguridad, la tarea más importante de la socialización. Muchos de los que deploran los efectos de la televisión suelen decir que su emisión sólo produce un discurso delirante, ya que entre su programación se pasa de la ficción a lo real sin solución de continuidad. Este hecho, añaden, produciría aturdimiento y, en el peor de los casos, confusiones acerca de lo real. La mera exhibición de individuos encerrados en una casa cuya vida se retransmite (Gran Hermano) es, probablemente, una emisión poco interesante y, quizá, les dé a nuestros muchachos ejemplos de cómo ganar dinero sin hacer gran cosa, simplemente dejándose llevar por la fama que el medio genera. Si se tomaran en serio esta forma de vida, los niños podrían ver dañados sus criterios de observación de la realidad, de su entorno y de sí mismos. Pero conozco muchachos que han visto estos programas y no han adoptado conductas delirantes o tan toscas como las del actual ídolo de GH: Pulpillo. Eso sí, siempre y cuando haya más estímulos fuera de la televisión: siempre y cuando el ejemplo de los padres y un universo propio que sobrepasa las sugestiones de la televisión les permita distanciarse irónicamente. Hay que leer, por ejemplo, pero no para no ver la tele, sino para que la lectura y otros recursos culturales enriquezcan y hagan plural el conjunto de referentes de unos jóvenes que no pueden pasar sólo por el tubo catódico, bueno, perdón, por la pantalla de plasma.   

Además, la fantasía que se suministra en televisión o en el cine es tan buena o tan mala como pueda serlo la fantasía escrita: conozco a muchachos que han devorado obras, novelas de fantaciencia, de nulo valor moral, de irrelevante valor estético y que, sin embargo, se han sobrepuesto a la perversión del gusto. De hecho, el gusto es también una recreación costosa, lenta, laboriosa, que requiere un esfuerzo de años: conozco adultos de pésima fruición y no han sido adictos a la televisión en su infancia. ¿Y la violencia en televisión? Ay, con la violencia en televisión, hemos tocado la parte más sensible y que más disgusto suele provocar en padres desconcertados. Pues bien, creo que hay que desdramatizar.   En general, los niños distinguen bien la violencia en la pantalla, su índole ficticia. Más aún, en ocasiones lo más dañino no son los mamporros o las balaceras (como diría el llorado Cabrera Infante), sino la crueldad con que se presentan las imágenes a que debemos parecernos. A veces, en efecto, la violencia es pura coreografía. Algunos de mis amigos de adolescencia admiraban a Bruce Lee (Empty your mind…) y no se perdían ninguno de sus estrenos. No recuerdo que alguno quedara especialmente afectado por aquello. Tal vez, lo mejor sea retener lo que decía Gerard Jones en su libro Matando monstruos: “Es muy fácil caer en la trampa de pensar que los jóvenes imitan al dedillo lo que ven en televisión y los conciertos (…). Hay algo de verdad en todo ello. Una de las funciones de las películas, los relatos y los juegos es ayudarles a entrenarse para lo que serán de adultos. Sin embargo, los antropólogos y los psicólogos que estudian el juego han demostrado que esos espectáculos cumplen otras funciones: una es que los niños finjan ser algo que saben que ‘nunca serán’. Explorar, en un contexto seguro y controlado, lo que es imposible o demasiado peligroso o prohibido es una herramienta crucial que permite aceptar los límites de la realidad”.  

Y en eso estamos, pues: educando a los reyes catódicos.

6 comments

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  1. Àlex

    Y sí. Yo habia leido este texto, pero creo que es atinado para tratar el asunto de la tele. De todos modos me parece que el prof. Serna es muy tolerante con la caja tonta. Bruce Lee nueva estrella de la tv

  2. Carmen

    CREO QUE JUSTO SERNA NO ES TODO LO DURO QUE HAY QUE SER CON LA BASURA QUE NOS INUNDA. POR LO QUE VEO EL PROPIO BLOGER VE GRAN HERMANO! LO QUE NOS FALTABA.

  3. Ventura

    Saludos.
    Lamentablemente en las últimas dos semanas he tenido problemas con internet y no he podido entrar en este blog, así que con algo de retraso felicito a Justo Serna y también a Anaclet Pons por la presentación de su libro, a la cual tuve el placer de asistir (y además pude presenciarla en una butaca y no de pie), aunque no me quedé al ágape por azones de horario.

  4. Luis

    La televisión ya no es el problema de nuestros días Es internet. Los chavales ya no ven la tele. Ya no son los reyes catódicos. Ha quedado antiguo el artículo pues. Lo que hacen es navegar a toda pastilla por internet. Y los padres no estan presentes!

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