1. El atentado de Barajas ha provocado tal desconcierto entre los políticos y los analistas que resulta difícil orientarse con sensatez en medio de la algarabía. Más que los reproches habituales que se le han hecho al Presidente (que se había entregado a los terroristas, que aceptaba y suscribía todo lo que exigían), confunde su temerario optimismo. “Zapatero tendrá que cargar el resto de su carrera política con sus imprudentes palabras del pasado viernes”, decía Josep Ramoneda el día 2 de enero. “Los hechos han convertido su proverbial optimismo –dentro de un año las cosas estarán mejor— en trágico sarcasmo”. Que es, precisamente, lo que fue inmediatamente aprovechado por sus adversarios: resultaría una confirmación de su talante improvisador, propiamente temerario. “Su imprudencia levanta serias dudas sobre la solidez de su apuesta. Es legítimo preguntarse si su osadía es ignorancia sobre cosas que estaban en el ambiente, que todo el mundo decía: que ETA se estaba rearmando, que los comandos tomaban el mando, que la organización se había renovado, que los planes de Batasuna habían sido desautorizados, y así sucesivamente”, añade Ramoneda. Si sobre el atentado no había ni más remota idea, si sobre lo que se fraguaba no había ni el más remoto indicio, más que osadía reprochable es fallo de los sistemas de información. No es concebible que el Presidente recibiera datos concretos sobre la preparación de un atentado y que se descartaran como imprecisos o inverosímiles. Aunque, bien pensado, todo es posible: el anterior mandatario recibió informes reiterados de CNI sobre la inminencia o posibilidad de ataques islamistas y, al parecer, no se atendieron debidamente.
“Debo reconocer”, concluía José María Aznar en Ocho años de Gobierno, “que tal vez la opinión pública española no era lo suficientemente consciente, hasta el 11 de marzo, del alcance de la amenaza del terrorismo islámico, o por lo menos no tanto como lo ha sido de la amenaza del terrorismo de ETA. Si es así, el Gobierno tiene sin duda una responsabilidad que asumir. Quizás los propios éxitos conseguidos en la lucha contra ETA en los últimos años nos han llevado a bajar la guardia ante la amenaza fundamentalista”. Esa evaluación es muy defectuosa en un mandatario. Que la población sea ignorante de ciertas amenazas que sobre ella se ciernen (por ser otras muy explícitas: ETA) no excusa ni justifica al Gobierno de entonces para bajar la guardia ante una acometida probable advertida con antelación por los Servicios de Información. En el caso de hoy, resulta simplemente inverosímil la ignorancia pretextada por el Gabinete actual. Los comentaristas que le son contrarios suelen reprochar a Rodríguez Zapatero su aventurerismo y su radical soledad cuando de tomar decisiones audaces se trata. Pero cuesta creer que las providencias y mandatos del Gobierno (de este o de cualquier otro) se tomen sin la asesoría pertinente, sin las asistencias institucionales, sin los consejeros informados, sin los ministros sabedores. ¿Es posible?
“A Zapatero el optimismo de la voluntad a menudo le hace descontar demasiado deprisa el pesimismo que aporta la inteligencia. En esta coyuntura, la ciudadanía necesita poder confiar plenamente en el Gobierno. Y el patinazo de Zapatero más bien genera dudas. Demasiadas veces el presidente ha dado la sensación de confundir con suma facilidad sus deseos con las realidades. La anticipación es una virtud del liderazgo político. Pero requiere medir adecuadamente los pasos necesarios para alcanzar el objetivo anticipado, de lo contrario se convierte en imprudencia”, concluye Josep Ramoneda con una entonación abiertamente gramsciana. En términos semejantes se pronuncia Javier Pradera también en El País, aunque con un tono menos crítico, menos decepcionado: “Las consecuencias del atentado de Barajas sobre el sistema político español –en vísperas de un agitado año electoral que comenzará con las municipales y autonómicas y concluirá con las legislativas– son de difícil previsión. Sin duda, la imagen de Zapatero ha quedado seriamente dañada por la ruptura de la tregua: la fortuna premia a los audaces pero también castiga a los osados cuando equivocan sus apuestas”. Como en el caso de Ramoneda, también el artículo de Pradera rezuma gramscismo.
La expresión célebre, extraída de los Quaderni del Carcere, de Antonio Gramsci, es la de que el político audaz y realista es aquel que se deja llevar por el optimismo de la voluntad pero frenándose con el pesimismo de la razón. Cuesta creer, insisto, que haya faltado este freno, pero no porque yo confíe en la psicología individual de Rodríguez Zapatero, sino porque me niego a aceptar que en un sistema complejo de redes, de interconexión, de efectos imprevistos, al final las decisiones gubernamentales más graves se tomen por el individuo solo, inspirado, bienintencionado y temerario. “Creedme”, escribía Gramsci citando al abate Galiani, no temáis ni a los bribones ni a los malvados. Temed al hombre honrado que se engaña; él actúa de buena fe, cree en el bien y todos se fían de él; pero desgraciadamente, se engaña acerca de los medios de procurar el bien a los hombres”. Estas ideas, prosigue Gramsci, pueden dirigirse a distintos actores, pero sobre todo “son aplicables a todos los malos políticos que supuestamente actúan de buena fe”.
Antonio Gramsci fue un político que se había hecho comunista esperando hacer el bien, procurando los medios para la dicha de su pueblo. Justamente por eso detestaba a los mandatarios irresponsables que desconocen, que no anticipan el resultado de sus acciones. “En la vida histórica, como en la vida biológica, junto a los que nacen vivos existen los abortos. Historia y política están estrechamente unidas, incluso son una misma cosa, pero hay que distinguir en la apreciación los hechos históricos y los hechos y actos políticos. En la historia, dada su larga perspectiva hacia el pasado y dado que los resultados mismos de las iniciativas son una documento de la vitalidad histórica, se cometen menos errores que en la apreciación de los hechos y de los actos políticos en curso. Por ello, el gran político no puede dejar de ser cultísimo, esto es, debe conocer el máximo de elementos de la vida actual; conocerlos no librescamente, como erudición, sino en forma viva, como sustancia concreta de intuición política (sin embargo, para que se conviertan en élen sustancia vida de intuición será preciso aprenderlos también librescamente)”.
Esa combinación de intuición y erudición, de atrevimiento y conocimiento, de audacia e prudencia, de coraje y saber es, en efecto, la clave del buen hacer político del Príncipe Moderno, dicho en términos maquiavélicos. En ello Gramsci no se equivocaba en absoluto. La información es el acopio del dato bruto de la experiencia, la noticia y su percepción; el conocimiento es la pericia técnica, la destreza del experto o del sabio; el saber es la prudencia analítica, la sensatez y el buen sentido, la juiciosa discriminación, cosa que depende no tanto del dato o de la técnica, sino de la cordura, de eso que los clásicos llamaron la phronesis. ¿En qué medida los políticos españoles tienen información, conocimiento y saber? ¿En qué medida las decisiones se toman con prudencia? Imaginemos a un Rodríguez Zapatero tomando solo, aislado, esas decisiones temerarias que tal vez le supongan un severo varapalo electoral. ¿De verdad no tiene el Príncipe Moderno a un consejero áulico que le asesore, que le recuerde que es mortal, que le profetice el resultado probable de las acciones? ¿De verdad no tiene el Príncipe Moderno oídos para sus espías que sepan explorar el alma del verdugo? ¿De verdad quienes dialogaron los etarras no sabían anticiparse a lo que éstos pensaban?
Hace muchos meses, en Abc apareció una noticia insólita. Que yo sepa ningún otro periódico español recogía esa información. “Los espías británicos leen a Shakespeare”, rezaba el titular. Firmado por el corresponsal del periódico Emili J. Blasco, se decía que los servicios secretos británicos estaban introduciendo reformas para mejorar su eficacia, después de los fracasos de información sobre las armas de destrucción masiva de Irak. “Shakespeare les está echando una mano”, añadía misteriosamente el reportero. Según el conocido director teatral Richard Olivier, promotor de la experiencia, a la que asistieron doscientos agentes, las obras del clásico enseñan a valorar la inteligencia emocional. “Normalmente se confía a la lógica el deseo de influir en los demás, pero eso lleva su tiempo y en ocasiones no funciona. Nosotros sugerimos que ese tiempo se puede acortar si a la energía mental se añade la energía emocional. Uno puede atrancarse en el nivel lógico y en el uso de argumentos”, aseguraba Olivier, que ponía como ejemplo a seguir el personaje de Marco Antonio, cuyo triunfo sobre sus rivales se debía a una inteligencia emocional que le permitía entender las necesidades de los que le rodeaban.
No sé si a nuestros políticos, espías o negociadores, habremos de recomendarles la lectura de los clásicos: Maquiavelo, algún Monarca de Shakespeare o, más cercanamente, el Príncipe de Gramsci. Ustedes deciden.
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2. Hemeroteca
El proceso, según Rubalcaba, está “roto, liquidado y acabado” (Levante-EMV, 3 de enero de 2007).
Reproches al PP (Levante-EMV, 3 de enero de 2007).
El PP exige una declaración formal de ruptura (Levante-EMV, 3 de enero de 2007).
Las concentraciones de la AVT acaban en gritos contra el Gobierno (Levante-EMV, 3 de enero de 2007).
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3. Comentarios
«Ha dicho varias veces que el tiempo les ha dado la razón, yo creo modestamente que no, porque ustedes dijeron que se había hecho una traición a los muertos, que se había negociado la autodeterminación, que se había negociado un referéndum, que se había entregado Navarra, que la agenda la estaba marcando la banda terrorista, que el Gobierno estaba atado de pies y manos… Yo creo que en eso, afortunadamente, el tiempo no les ha dado la razón. En cualquier caso, ante un hecho tan grave yo, desde luego, me siento triste. Llevo muchos años luchando contra el terrorismo y hoy me siento triste. ¿Cómo entiende usted que haya gente que esté contenta? ¿Cómo entiende que haya gente que está celebrando el que por fin les han dado la razón, que están jaleándose a si mismos y que les parezca más relevante que haya un atentado a que haya necesidad de que haya una unidad entre el PP y el PSOE?”.
José María Calleja, en 59 segundos, respondiendo a Eduardo Zaplana.
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4. Comentarios
“Si ETA no anunció el fin del alto el fuego fue seguramente porque pensaba en un atentado sin muertos -por el aviso previo- que pusiera al Gobierno ante el dilema de si rompía o no los contactos. Sin embargo, los efectos de un coche bomba son inciertos por definición; el más mortífero atentado de ETA, Hipercor (21 muertos), fue con coche bomba y aviso previo. En un aparcamiento con miles de vehículos y con esa carga, la probabilidad de que hubiera víctimas era muy alta, y los terroristas la asumieron. Sin embargo es verosímil que su intención fuera mostrar su capacidad mortífera pero no causar muertos; con la idea de que el Gobierno tuviera que optar entre romper el proceso, asumiendo el coste político de hacerlo (ante los partidos nacionalistas, por ejemplo); o continuarlo (quizás tras un periodo de suspensión), con lo que quedaba convalidado que el diálogo es compatible con los bombazos (…).
«El fracaso no invalida la iniciativa de Zapatero. Había condiciones excepcionales para intentarlo: el periodo previo sin muertos, prolongado luego deliberadamente (es absurdo el argumento del PP de que no mataban porque no podían), unido a la contradicción potencial entre necesidad de legalización de Batasuna y continuidad del terrorismo. Con o sin carta de Ternera al presidente, habría sido irresponsable no hacer lo posible por aprovechar esa situación. Sin embargo, la cosa no era tan sencilla como al parecer llegó a creer Zapatero y comunicó a personas bien dispuestas. Sobre todo, no existía esa información reservada a la que se aludía en su entorno para justificar una gestión tan personalista y sus declaraciones tranquilizadoras -el proceso es irreversible- frente a los signos cada vez más inquietantes que llegaban de ETA y Batasuna. Hoy parece claro que el gran secreto de Zapatero era que no había secreto alguno, y que las cosas no eran muy distintas de lo que aparentaban. No había un acuerdo sobre el desenlace ni una carta a sacar en el último momento (…).
“Es cierto que el futuro no está escrito, pero en las actuales circunstancias las apelaciones de Otegi y los suyos a no dar por definitivamente roto el proceso sólo podrían ser tomadas en serio si fueran acompañadas de una exigencia clara a ETA de olvidarse de treguas permanentes o indefinidas que no lo son y a dar el paso de comprometerse a una disolución definitiva e irreversible. Tras el brutal atentado de Barajas ese paso que antes figuraba como parte del proceso de final dialogado se ha convertido en su requisito previo mínimo”.
Patxo Unzueta, “El secreto de Zapatero”, El País, 4 de enero de 2007.
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5. Colofón
¿Problemas de información y de interlocución cuando se está negociando con terroristas?

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