La guerra. De Clint Eastwood a Carl Schmitt

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(Fotografía: AP)

1. Al margen de valoraciones técnicas, la película de Clint Eastwood titulada Banderas de nuestros padres es una excelente introducción al tema básico de nuestro tiempo: la guerra. La representación de la contienda está evocada: aunque la veremos en directo, en el fondo es una recreación hecha a partir de evocaciones, a partir de reconstrucciones de la memoria. Un anciano, angustiado por pesadillas y recuerdos desagradables, agoniza; un joven, cuyo rostro está en parte velado por la semioscuridad, entrevista a otros viejos sobre hechos del pasado, removiendo sus respectivas memorias. En principio, no sabemos quién es ni tampoco nos importa: está en la sombra, como están en la sombra las evocaciones de sus interlocutores. Al igual que en Ciudadano Kane, hay un enigma a cuya solución parcial sólo podremos acceder a través de testigos… La película es eso: relatos de guerra hechos muchos años después cuya yuxtaposición y cuyo cruce permiten rehacer lo vivido y lo ocurrido. ¿Tenemos la seguridad de que lo contado es lo cierto? ¿Tenemos la certeza de que lo narrado es lo sucedido? El mundo es relato, pero éste siempre es escaso, no lo agota: lo que retiene es sólo una mínima parte. “Cuando las cosas acaban ya tienen su número y el mundo depende de sus relatores”, dice el narrador de Mañana en la batalla piensa en mí. “Pero por poco tiempo y no enteramente, nunca se sale de la sombra del todo, los otros nunca se acaban y siempre hay alguien para quien se encierra un misterio. Ese niño no sabrá nunca lo sucedido, se lo ocultarán su padre…” y otros familiares que le rodean, añade el narrador en la novela de Javier Marías, tan llena de resonancias bélicas, tan alusiva a la II Guerra Mundial.  

En la película de Clint Eastwood, durante muchos minutos  de metraje, no vemos el rostro del joven que entrevista, ese que fue niño y que, ya adulto, trata de averiguar qué fue y qué hizo su padre. No nos importa ver el semblante de aquél: sólo los estragos que el tiempo ha hecho en esos ancianos norteamericanos que fueron también jóvenes, que participaron en la II Guerra Mundial y que ahora recuerdan para él y para nosotros. La película es un homenaje a la memoria de los testigos, de los protagonistas que habiendo estado en el lugar de los hechos pueden evocarlos a pesar de las injurias del tiempo y de las manipulaciones de los Gobiernos. El pasado es ciertamente irrecuperable, algo definitivamente desaparecido que intriga a los contemporáneos de hoy, pero la evocación guiada y sincera de lo sucedido nos devuelve parte de lo que fue. Es un esfuerzo personal que remueve antiguos dolores que los años no han aliviado del todo, un empeño que tiene algo de paradójico: los entrevistados fueron héroes o al menos fueron tenidos por tales, homenajeados por la nación en armas tras un lance bélico, vistosamente exhibidos después con fines propagandísticos y recaudatorios. Cuando la guerra aún no ha acabado, las proclamas de esos héroes permitirán  recolectar fondos para sufragar  y mantener al ejército.

Es decir, el joven que entrevista es una especie de investigador o de historiador que examina lo ocurrido a partir de los vestigios que quedan en la memoria, y eso ocurrido es algo aparentemente claro, diáfano, que deslumbró a todo un país: la participación de estos soldados norteamericanos (Marines) en la toma de la isla de Iwo Jima y en la izada de la bandera norteamericana en el monte Suribachi.

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(Fotografía Joe Rosenthal)

Estamos hacia el final del conflicto mundial, en febrero de 1945, cuando la guerra del Pacífico no acaba de terminar. La isla de Iwo Jima tiene un gran valor simbólico para el ejército japonés. Es un trozo de tierra pequeño y mefítico, con un pestilente hedor a azufre (el olor del Infierno, no lo olvidemos), pero es sobre todo un espacio estratégico decisivo para el control de aquella región del Pacífico. Es un campo de batalla en el que los soldados norteamericanos que desembarcan han de librar un fiero combate para eliminar al enemigo. Las bajas estadounidenses sumarán más de seis mil; las japonesas, unas veinte mil. La liza es definitiva. Si no hay rendición, no cabe el desalojo: sólo su destrucción impedirá que los japoneses sigan dominando la isla y sobre todo el monte Suribachi, el punto más alto en el que están instalados y ocultos los nidos de ametralladoras y la artillería…

2. A los japoneses nunca los veremos claramente, con el rostro preciso que identifica a una persona. El enemigo está emboscado, oculto en las madrigueras del Suribachi, cosa que a los invasores confunde. No sabemos cuál es su estrategia ni sus sentimientos, qué piensna o qué esperan. El punto de vista es siempre norteamericano: siempre  la perspectiva de aquellos que evocan y ahora relatan al joven que investiga y entrevista. Pero, además, en un combate fiero como aquél, el enemigo carece de fisonomía. Los japos son simplemente un blanco a abatir, un obstáculo que se opone al avance estadounidense y que hay que remover. El combatiente es víctima o verdugo y la vesania de su oponente esta fuera de toda duda. De hecho, los principales rivales de los americanos, los japoneses (como los principales rivales de los soviéticos, los alemanes), no se preocuparon de declarar la guerra en 1941. Este hecho no es irrelevante. Las viejas contiendas eran conflictos entre Estados que declaraban hostilidades mutuas antes de empezar cualquier acto de guerra. Es decir, algunos de los conflictos más sangrientos del siglo XX han comenzado sin que los contendientes se acogieran al derecho internacional. ¿Qué cabe pensar de este hecho?

Leo sobre ello. Coincide la exhibición de esta película con la publicación de un libro titulado La guerra, editado por Nicolás Sánchez Durá y publicado por Pre-Textos. En dicha obra participo con un capítulo titulado “Guerra, civilización y barbarie”.  Pero no es de ese texto del que quiero hablar, sino de otros que ahora leo y que me ayudan a entender mejor el fenómeno de la guerra y sus implicaciones antropológicas e históricas. Leo, por ejemplo, “Lo real y lo imaginario en la experiencia del soldado”, de Josep E. Corbí.  Aunque me parece precipitada la identificación que el autor llega  a hacer sobre la violencia de la guerra y de la tortura (hay verdugos y hay víctimas), su contribución es luminosa sobre la patología del combatiente. Justamente lo que, en la película de Clint Eastwood, padecen los héroes supervivientes de Iwo Jima que narran su experiencia muchos años después.  Es un síndrome equívoco.

Por un lado se comportan como verdugos que deben infligir todo el daño posible al enemigo sin reparar en su rostro ni en su humanidad (aunque sólo sea por la pura supervivencia). En las viejas guerras tipificadas por Karl von Clausewitz, al adversario no se le extermina: se le desarma. La guerra total del siglo XX es, por el contrario, una guerra civil: a los enemigos no les asiste el derecho, pues son rebeldes, traidores, felones… Por eso, como dice Enzo Traverso en el capítulo que escribe para este libro (“Entre Behemoth y Leviatán”), la clave de las guerras mundiales es que son, paradójicamente, guerras civiles: “los dos bandos opuestos colocan al enemigo en el no-derecho”. ¿Cómo va a asistir el derecho a unos combatientes (los japoneses) que ni siquiera declararon la guerra?

 Pero, por otro lado, los muchachos supervivientes de Iwo Jima se sienten en parte traidores porque sus compañeros caen abatidos por las balas sin que ellos puedan salvarlos o auxiliarlos. Apoyándose en Jean Améry, Josep E. Corbí nos recuerda la clave para soportar la violencia: todos esperamos que nadie toque nuestra piel sin consentimiento, que nadie la dañe, pero si somos víctimas sobre todo esperamos el auxilio. “La víctima”, añade Corbí, “no mira a las terceras personas como meros espectadores, sino como seres de los que se espera cierto tipo de respuesta. Sólo si esa respuesta se produce, puede la víctima retener su confianza en el mundo a pesar de que su cuerpo haya sido herido por otro ser humano”. Los supervivientes de Iwo Jima, que son instrumentalmente jaleados como héroes, se sienten mal, en especial quienes ejercían de enfermeros. ¿Por qué razón? Porque a pesar de todos sus esfuerzos en el campo de batalla no consiguieron salvar a sus compañeros o aliviar su agonía. ¿Se puede ser héroe en esas circunstancias?, se preguntan.

3. Scriptorium. “Aunque las guerras actuales ya no son tan numerosas y cotidianas como antes, puede decirse que se han vuelto tanto más arrolladoras y totales cuanto más han perdido en frecuencia numérica y cotidianidad. La situación de guerra sigue siendo hoy día el momento de las veras. También aquí, como en tantos otros casos, puede decirse que lo excepcional posee una significación particularmente decisiva, que es la que pone al descubierto el núcleo de las cosas. Pues sólo en la lucha real se hace patente la consecuencia extrema de la agrupación política según amigos y enemigos”.

“Cada guerra adopta así la forma de la guerra última de la humanidad. Y esta clase de guerras son necesariamente de intensidad e inhumanidad insólitas, ya que van más allá de lo político y degradan al enemigo al mismo tiempo por medio de categorías morales y de otros tipos, convirtiéndolo así en el horror inhumano que no sólo hay que rechazar sino que aniquilar definitivamente [por ser malo y feo además de enemigo, de hostis]; el enemigo ya no es aquel que debe ser rechazado al interior de sus propias fronteras”.

Carl Schmitt, El concepto de lo político (1932). Madrid, Alianza, 1991.

10 comentarios

  1. He visto esta película este fin de semana y me parece interesante y de buena fotografia. Es excesivamente larga.

  2. Exacto, como siempre, Justo. Espero leer la continuación, pero, por de pronto, bravo por ese excelente final que coincide con el de la frase última del guión: “Combatieron por su patria, por supuesto, pero sobre todo por sus compañeros”. Esa fiera lealtad de tribu, casi de manada, está representada por el marine de estirpe india a quien todos llaman jefe y que siente de una manera quizás antropológicamente más aguda, más primitiva y pura, esa solidaridad frente al dolor y la muerte.
    Cuentan, sobre todo los compañeros, y para restablecer la balanza en el juicio público del marine excluído de la luz pública debido a el enredo de las dos banderas alzadas para la ocasión, el piel roja llamado héroe en todos los noticiarios pero a quien se niega el derecho a ser servido en un bar sólo para blancos, recorre a pie dos mil kilómetros hasta que halla al padre del compañero muerto y le informa de primera mano del heroísmo anónimo de su hijo.Lo mismo puede decirse del hoy anciano ex enfermero en el campo de batalla, que muere preguntándose dónde está el camarada herido al que no ha podido hallar entre el bombardeo.
    Se ha producido la respuesta de que habla José Corbí. Respuesta que se establece entre seres humanos que comparten el mismo dolor en las mismas circunstancias en los mismos momentos, con los mismos órganos… Sólo que en frente luchan y mueren otros individuos de la especie humana, sujetos de las mismas emociones, pero ajenos en la camaradería: no pertenecen a la misma célula, a la misma fe, a la misma raza o a la misma patria.
    Quiero leer la continuación de Serna, pero también la segunda parte de la película que han rodado Estwood como director y Spielberg como productor: El punto de vista de los japoneses. Mientras tanto, quedémonos con el viejo dictamen de Hobbes: en la guerra pero también en la paz, como bien demuestra la película en su lado “civil”, el hombre sigue siendo un lobo para el hombre.

  3. Antes de dejarme avasallar por la extensión que se adivina para futuras continuaciones, inevitable en un tratamiento serio de este tema dejo una sentencia:
    En las guerras primitivas moría el jefe, en las modernas morían los soldados, en las actuales muere la población civil.

  4. ¿Hace cuánto no hay una declaración de guerra “formal” entre dos paises, o entre las facciones de un mismo país? ¿Qué hace falta para declarar abiertamente lo sucedido en Argelia, hace años, o lo que hoy ocurre en Irak, como “guerra civil”? ¿Quien lo dictamina? ¿Los gobiernos, los medios, los historiadores…?

  5. La conveniencia, John. Y el desprecio absoluto por parte de los gobiernos, democráticos o no, a las Naciones Unidas y al Derecho Internacional. No es tarea de los medios ni de los historiadores, que se limitan a constatar.

  6. Carl Schmitt (1888-1985), como uno de los más importantes juristas y teóricos de la política del siglo XX, analiza en “El concepto de lo político” (1932) una amplia serie de cuestiones transcendentales, desde un punto de vista interdisciplinar: el Estado y la política, la génesis de la guerra, la despolitización, la “neutralidad”,… Entre otros aspectos, cabe destacar la aportación que realiza Schmitt sobre la noción de “político”: considera que “la distinción propiamente política es la distinción entre el amigo y el enemigo”, de forma que advierte que enemigo, en sentido político, no es un adversario privado, sino público, una totalidad de hombres situada frente a otra análoga que lucha por su existencia, o por su propia forma de existencia, frente a otra análoga, por lo menos eventualmente.
    Resulta realmente interesante releer las páginas de “El concepto de lo político” puesto que permite reflexionar sobre todo aquello que rodea e impregna el concepto “político” en el contexto del mundo actual.

  7. Estoy sumamente de acuerdo con lo expuesto en sus reflexiones. No obstante me parece que debe revisarse eso de que hoy en día el fenómeno de la guerra es menos numeroso. Las guerras, durante los últimos años, no han dejado de ser un fenómeno diario y cotidiano. La II Guerra Mundial sin duda es la Guerra Total por excelencia, pero también es el último conflicto bélico donde se pretendió dar un sentido jurídico al conflicto: declaraciones de guerra, tratados de paz, etc.
    Las guerras civiles de la posguerra fría se han cobrado y lo siguen haciendo, innumerable cantidad de víctimas. Me parece que hay un texto de P. Waldman (Sociedades en Guerra Civil) que hace un racuento sobre las guerras en la década del 90′.
    Saludos.

  8. Estimado señor Serna, desconocía este blog y, dado que le sigo habitualmente en Levante y he asistido a algunos de sus cursos, celebro poder leerle gratis. Le felicito por los dos artículos que acabo de leer, en especial en lo referente a la grandeza de la novela de Nabokov. Si me lo permite, creo que nombra en exceso a sus compañeros de gremio, lease profesores de la Facultad.

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