
Fotografía: Max Weber en 1918
1. Max Weber diferenció la ética del científico de la del político. Es archiconocida esta distinción, pero en momentos como éste –y en debates como el que mantengo con Gregorio Martín— quizá sea conveniente recordarla. Al científico se le pide que se deje guiar por los principios, por la convicción. Uno no puede cambiar las reglas a su antojo: debe, por el contrario, disciplinarse, someterse, contenerse. Perdónenme esta reliquia: el viejo positivismo del Ochocientos lo dictó cuando pensaba en la ciencia de la sociedad. Hay una meta que se formula como objeto de conocimiento, una meta a la que no podemos renunciar y que se plantea en términos de hipótesis; hay unas reglas a las que hay que atenerse, que son las convenciones que todo investigador debería cumplir; hay unos procedimientos a seguir, técnicas comprobadas, verificadas; hay unas pruebas a realizar, pruebas que permiten corroborar o descartar la hipótesis inicial. ¿Rutinario? Quizá. Tal vez, todo ello no haga del científico un genio, sino una figura metódica. Pero necesitamos eso: gente que se ciña a unos pasos que todos podrían seguir si quisieran reproducir las etapas de la investigación. Esos pasos o las audacias del investigador (pues en ocasiones se sale del guión y de ahí viene el descubrimiento) no pueden invalidar el punto de partida, el objeto: uno no puede renunciar de manera arbitraria o por conveniencia a lo que halla, le confirme o no. A esa manera de proceder, entre rigurosa y exigente, Weber la llamaba ética de la convicción. Es la de quien se atiene a los principios…
¿Se le pide al político que actúe igual? Por supuesto que no. Weber describió cuál era el tipo ideal de político: aquel que se ciñe a la ética de la responsabilidad. Tiene unos principios genéricos que le mueven e incluso que le guían en el día a día. Tiene unas convicciones por las que cree valioso batirse, pero no hace de ese ideal una condición sine qua non. ¿Quiere decir eso que el político weberiano es un chaquetero, un pancista, alguien dispuesto a sacrificar cualquier principio? Por supuesto que no. Es, por el contrario, un tipo responsable en el sentido de que teniendo como fin último unos principios que cree moralmente dignos, unos principios que cree buenos, es capaz de demorar su consecución: es capaz de transigir en lo accidental y en lo negociable; es capaz de llegar a pactos para no agravar el estado del mundo. El político que dice guiarse por la convicción y sólo por la convicción es un tipo temible. No espera la ruina ni la destrucción pues se sabe guiado por un ideal que él juzga irreprochablemente moral y valioso y bueno.
Hace varias semanas, José Antonio Zarzalejos firmaba una Tercera en Abc especialmente crítica con Rodríguez Zapatero. ¿Qué le reprochaba? Entre otras cosas, un comportamiento inmoral, el propio de quien abandonando todo principio se entrega a la tesis del mal menor. El mal menor. Ética política en una era de terror es un libro de Michael Ignatieff, un autor de simpatías explícitamente weberianas que al director de Abc le servía para arremeter contra el Presidente del Gobierno. Según la lectura de José Antonio Zarzalejos, aceptan el mal menor quienes están dispuestos a negociar con los terroristas: quienes abdican de sus principios (que son morales, pero también políticos, en una aleación al final inextricable). ¿Que tenemos que aceptarles ciertas concesiones a los negociadores? Pues no pasa nada, se acepta y ya está. ¿Que tenemos que saltarnos la Constitución para así integrar a los terroristas si éstos renuncian a la violencia, evitando con ello sus atentados? Pues no pasa nada, se acepta y ya está. La imagen que trazaba José Antonio Zarzalejos era la de un político sin escrúpulos, alguien que parece haber renunciado a la convicción y, por tanto, alguien desecha todo principio. En ese retrato de Rodríguez Zapatero había, sin embargo, un desajuste: simplemente la tesis del mal menor descrita por Michael Ignatieff no respondía a la lectura hecha por el director de Abc. Seguramente leído deprisa y meses atrás, el volumen había dejado una impresión confusa en José Antonio Zarzalejos.
Creo haber hecho una lectura más pausada de dicho volumen. Para Ignatieff, el político que defiende el mal menor frente al terrorismo no es el que negocia para evitar males mayores dispuesto a desembarazarse de principios, sino el responsable que cree que es aceptable saltarse la Constitución y los derechos haciendo uso de una violencia extralegal. «Cuando las democracias luchan contra el terrorismo están defendiendo la máxima de que su vida política debería estar libre de violencia», empezaba Ignatieff. Combatir en serio el terrorismo es estrictamente necesario, por supuesto. Lo que no está tan claro es que los procedimientos tengan que ser ilegales e invisibles, porque si se empieza por emplear esos recursos de manera sistemática, entonces se destruye la superioridad ética de quienes combaten el terror. Entonces, ¿qué podemos hacer con los terroristas? «Su derecho al debido proceso legal, a ser tratados con una dignidad básica, es independiente de la conducta y es irrevocable en toda circunstancia. Creemos que incluso nuestros enemigos merecen ser tratados como seres humanos», añadía Ignatieff. Además, y «en cualquier caso no podemos detener de forma preventiva a todos los que no están satisfechos en nuestro entorno”.
¿Ha actuado Rodríguez Zapatero como Zarzalejos le reprochaba haciendo uso de El mal menor? Ignatieff trataba el asunto de Guatánamo y trataba los procedimientos extralegales de la Administración Bush. El presunto mal menor ha acabado por convertirse en mal mayor, justamente porque esas medidas excepcionales no superaban las seis pruebas que Ignatieff proponía: la prueba de la dignidad, la de la conservación (hábeas corpus), la de la efectividad, la del último recurso, la de la revisión contradictoria abierta (el control legislativo o judicial tan pronto como lo permita la necesidad) y la de solidaridad internacional (la aprobación de los organismos y aliados). El trato dispensado a los presuntos terroristas ha sido moralmente intolerable. Y, además, desde el punto de vista político las guerras emprendidas contra el terror no han sido suficientemente eficaces, como prueba la desastrosa situación de Irak.
En el caso español, desde luego no ha habido en el proceso actual una guerra sucia emprendida por el Estado con la anuencia silente o explícita del mandatario. No ha habido tampoco una propuesta de combate extralegal por parte del líder de la Oposición. Si eso hemos avanzado, si eso es lo que hemos logrado frente a otras tentaciones y atajos, ¿por qué se rompe la solidaridad básica de los principales partidos? ¿Por qué algunos ahora aplauden la ruptura representada en Cortes?
El domingo pasado ciertos columnistas del periódico Abc creyeron que había llegado la hora de los consensos. “Es menester que alguien frene esta deriva demencial”, decía Ignacio Camacho. “Quizá sea el momento de ir pensando en desmovilizar al personal y dejar la calle”, añadía Jon Juaristi. “El Gobierno y la oposición deberían comprometerse desde ahora a desalentar…”, apostillaba el escritor vasco. Nunca como hasta ahora se había alcanzado “un nivel así de perversión en la descalificación del adversario”, admitía Carlos Herrera.
Hoy, sin embargo, el diario Abc abandona la mesura que defiende y aprueba el estrépito de Rajoy. El problema del líder de la Oposición es que hace representación de su radical enfrentamiento, de su firmeza en las convicciones, de su exaltación de los principios, incluso cuando el Presidente del Gobierno propone acuerdos entre todos por responsabilidad, incluso cuando admite errores, incluso cuando integra a los partidos antes desafectos (PNV). No está claro que la ciudadanía celebre su posición y firme repudio. Y, sin embargo, Mariano Rajoy no indaga en lo fundamental que Rodríguez Zapatero calló: ¿por qué hizo una declaración tan optimista del estado de las negociaciones si al día siguiente se dio el desmentido más brutal? ¿En qué se basaba? ¿En informaciones erróneas, en convicciones irreales?
Seguimos sin saberlo. Si la fantasía no le dejaba ver la realidad, el problema no era sólo del Presidente, sino de sus adláteres, de sus informadores, de sus asesores. Del Estado, en suma. En ese caso, la responsabilidad es grave: pero tan grave es que un político se deje jalear por sus seguidores mediáticos para hacer alarde de unos principios que ponen en peligro el estado de cosas, para provocar mayor estruendo con fines exclusivamente electorales. Decía Álvaro Delgado-Gal en el Abc del pasado domingo que la nuestra es “una democracia que ha dejado de funcionar normalmente desde hace tiempo”. Hay un punto de exageración, claro, una exageración que en otros columnistas alcanza un estilo desgarrado y verboso. Si el sistema político español no funciona, ¿qué podríamos decir del estadounidense? La democracia americana que se embarca en males menores que provocan males mayores, ¿ha dejado de funcionar? ¿Hasta dónde tenemos que llegar en el estrépito verbal, en la confusión de quien dice defender sólo los principios?
Etcétera.
2. Scriptorium
“No es que la ética de la convicción signifique una falta de responsabilidad o que la ética de la responsabilidad suponga una falta de convicción. No se trata de eso. Sin embargo, entre un modo de actuar conforme a la máxima de una ética de convicción, cuyo ordenamiento, religiosamente hablando dice: “el cristiano obra bien y deja los resultados a la voluntad de Dios”, y el otro modo de obrar según una máxima de la ética de la responsabilidad, tal como la que ordena tener presente las previsibles “consecuencias” de la propia actuación, existe una insondable diferencia. En el caso de que ustedes intenten explicar a un sindicalista, así sea lo más elocuentemente posible, que las consecuencias de su modo de proceder habrán de aumentar las posibilidades de la reacción y acrecentarán la tiranía sobre su clase, dificultando su ascenso, no será posible causarle efecto, en el caso de que ese sindicalista se mantenga inflexible en su ética de convicción. En el momento que las consecuencias de una acción con arreglo a una ética de la convicción resultan funestas, quien la llevó a cabo, lejos de considerarse comprometido con ellas, responsabiliza al mundo, a la necedad de los hombres o la voluntad de Dios por haberlas hecho así. Por el contrario, quien actúa apegado a una ética de la responsabilidad toma en consideración todas las fallas del hombre medio. Tal como opina Fichte, no le asiste derecho alguno a dar crédito a la bondad y perfección del hombre, considerándose que su situación no le permite imputar a otros aquellas consecuencias de su proceder que bien pudieron serle previsibles. Siempre se dirá que tales consecuencias deben achacarse a su proceder. A la inversa quien se rige por una ética de la convicción sólo siente la responsabilidad de que no vaya a flamear la llama de la pura convicción, la llama, por ejemplo, de la reprobación de las injusticias del orden social. Prender la mecha una vez tras otra es el fin por el cual se actúa. Y que desde el punto de vista de un probable triunfo, es totalmente irracional y tan sólo puede considerársele en calidad de valor ejemplar”.
“La política estriba en una prolongada y ardua lucha contra tenaces resistencias para vencer, lo que requiere, simultáneamente, de pasión y mesura. Es del todo cierto, y así lo demuestra la Historia, que en este mundo no se arriba jamás a lo posible si no se intenta repetidamente lo imposible; pero para realizar esta tarea no sólo es indispensable ser un caudillo, sino también un héroe en todo el sentido estricto del término, incluso todos aquellos que no son héroes ni caudillos han de armarse desde ahora, de la fuerza de voluntad que les permita soportar la destrucción de todas las esperanzas, si no quieren mostrarse incapaces de realizar inclusive todo lo que aún es posible. Únicamente quien está seguro de no doblegarse cuando, desde su punto de vista, el mundo se muestra demasiado necio o demasiado abyecto para aquello que él está ofreciéndole; únicamente quien, ante todas estas adversidades, es capaz de oponer un “sin embargo”; únicamente un hombre constituido de esta manera podrá demostrar su “vocación para la política”. Max Weber
3. La realidad es compleja, no hay modelo para interpretarla
Respuesta de Gregorio Martín
Justo:
Gracias por el párrafo de Weber con el que finalizas tu articulo, al que solo puedo hacer una aportación: la complejidad de la naturaleza, que el de “ciencias” estudia con la pretensión de modelizarla, explicarla y comprenderla y en su caso modificarla con más o menos cuidado (me permitirás que pase por encima de la espinosa cuestión de las ciencias sociales). Creo entender que Weber asume esta complejidad y reconoce al político, en el fondo a la sociedad que él conoció (la nuestra como sabes la considero un poco diferente, pero tampoco es de ésta la discusión) y decide moverse en ella en una alarde de valentía intelectual, que no todos tenemos, como también carecemos del carácter y de los talentos propios del político digno de tal nombre.
No podemos comprenderlo todo (de pequeño, los curas me engañaban, diciendo que solo en el cielo podría hacerlo), pero hay que hacer aproximaciones y en este sentido quiero hacer la aportación metodológica que hace la fisiología y de la cual se aprovecha la Informática. El papel del ciudadano y del político creo que están en la metáfora que me atrevo a exponer:
“ Si entendemos como servicio un “contrato” entre proveedor y cliente, en el que el primero proporciona una o varias operaciones que benefician al segundo, la Arquitectura Orientada a Servicios es una manera de organizar el software basada en servicios que soportan los requisitos de los usuarios en cada momento. Esta perspectiva serviría para explicar el cuerpo humano, que puede verse como un conjunto de sistemas autónomos trabajando en un entorno coordinado; así el sistema cardiocirculatorio está formado por elementos tan dispares entre ellos como células sanguíneas, arterias, corazón, etc., donde cada uno de estos sistemas discretos colabora para dar un servicio y así soportar otros procesos, como la respiración, los movimientos musculares, etc. Cada sistema trabaja de forma independiente, las funciones de más bajo nivel, como la oxigenación celular, son ubicuas en todo sistema y las distintas partes colaboran para el desempeño funciones que tienen una mayor integración, a través de interfaces comunes, para el funcionamiento de un determinado órgano. A pesar de lo importante que los pulmones son para el trabajo del corazón, éste parece ignorar como aquellos llevan a cabo su trabajo, lo que no impide, que cuando el cuerpo haga un esfuerzo (como una carrera) y los músculos “pidan” mas oxigeno a un servicio (el sistema cardiorrespiratorio) este responda, sin que parezca preocuparle la forma como los pulmones puedan absorber el oxigeno necesario o cual sea el mecanismo por el cual se produce el correspondiente incremento de la frecuencia cardiaca. Cuando esta demanda excede un cierto nivel, el sistema falla, pero no antes”.
Habrá que considerar que estamos ante un sistema complejo (la política y la relación entre humanos) y trabajar sobre un nivel de confianza que permita que el sistema no sea jerárquico sino colaborativo. Comprenderás que como científico no puedo en absoluto criticar el “experimento” que ha hecho Zapatero para afrontar un problema complejo. No entiendo cómo se pueden producir las descalificaciones y las contundencias que hemos vivido. La realidad es compleja, no hay modelo para interpretarla y una cierta pauta basada en “prueba-error” forma parte de nuestra limitación frente a la complejidad, y de hecho, creo que es uno de los aspectos que refleja el párrafo de Weber.

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