He leído con sorpresa e incluso con estupor el artículo «Longevidad del resentimiento», que Félix de Azúa publicó días atrás.
Dicho artículo mereció un par de respuestas durísimas, una de ellas de Miguel Veyrat: tajante, contundente, exacta.

Agencia literaria Carmen Balcells
He releído el texto de Félix de Azúa y he quedado simplemente desconcertado por la inquina que dedica a tantos contemporáneos suyos, a casi todos nosotros, vaya.
¿Cuál es la clave de lectura?
La izquierda española, la de hoy, pero también la de treinta años atrás, vive en el resentimiento de los majaderos, en la impotencia de quienes no saben hacerse a sí mismos sin experimentar rencor hacia los mejores.
¿Y quiénes fueron los mejores?
Como izquierdista que fue, Félix de Azúa se lamenta por haber despreciado a Adolfo Suárez y a Felipe González; deplora su ceguera de tal; se flagela por haber creído en una ficción tóxica: el maoísmo.
Éramos jóvenes –parece disculparse– y ya se sabe que la juventud es un estado en el que se suele dar la exaltación algo bobalicona de lo simple, de lo rotundo, una exaltación hecha con empeño feroz.
Félix de Azúa era joven, pues, y maoísta, seguidor o heredero, por tanto, de la Revolución Cultural.
No sé si llegó a pertenecer a la Joven Guardia Roja o a Bandera Roja, que eran dos de las organizaciones revolucionarias que mayor prestigio alcanzaron frente al reformismo que encarnaba Santiago Carrillo.
Al Partido Comunista de España se le veía como una entidad anquilosada, aburguesada, envejecida, frente a BR o la JGR, experimentos audaces de quienes querían cambiar las cosas de raíz, sin ataduras, sin concesiones, sin contemplaciones.
Los maoístas de entonces se presentaban como lo que eran: jóvenes revolucionarios y, al igual que en el caso francés, eran la consecuencia izquierdista del 68.
Impugnaban la democracia burguesa, las instituciones occidentales, etcétera. Eran, insisto, los jóvenes de entonces. ¿De entonces? Vamos a ver.
¿De qué fechas estamos hablando? Creo que en todo esto hay una maniobra narcisista y una confusión cronológica.
Veamos en qué consiste esa maniobra narcisista.
Félix de Azúa habla expresamente de la Transición y, por tanto, sus nostalgias lo son de Adolfo Suárez o de Felipe González.
Habría sido su juventud maoísta la que le habría llevado a repudiar alocadamente a quienes eran políticos de talla, sensatos, prudentes.
Hasta aquí parece todo muy correcto y autopunitivo. Pero si nos fijamos bien hay un problema de cronología: mejor dicho, Félix de Azúa incurre en un anacronismo con el que creo que quiere salvarse.
La lógica de este procedimiento la he visto empleada en algunas memorias o autobiografías. Para dar fuerza y sinceridad a la evocación de la propia vida no hay nada mejor que ser inmisericorde con uno mismo o, mejor, con lo que fuimos.
Si censuras con crudeza lo que fuiste, si te das un severo rapapolvo por lo que hiciste, entonces la autenticidad del recuerdo pasa sin mayor problema y parece responder con fidelidad al pacto autobiográfico que estableces con tu lector.
No puedes mentir, enredar o confundir cuando la evocación de ti mismo es tan extremadamente dura. Y, sin embargo, ese procedimiento tiene truco.
Si te condenas por lo que fuiste acabas reflotándote por lo que ahora eres, de modo que siempre te salvas en presente.
Cuando fuiste maoísta te enorgullecías de serlo; ahora que ya no lo eres te enorgulleces también. Es un procedimiento de narcisismo que no entraña un auténtico autoanálisis, porque la inspección sólo sirve para preservarte en cada instante que estás viviendo en presente.
Veamos en qué consiste la confusión cronológica en la que incurre Félix de Azúa.
Cuando Adolfo Suárez es nombrado Presidente del Gobierno estamos en 1976.
Yo tengo diecisiete años y siento una vaga simpatía por el partido socialista. Ya ven, siempre he sido muy moderado, incluso cuando las circunstancias invitaban a la exaltación.
Pero no acaba aquí la cosa. Estoy en COU y con ayuda de otros organizo una encuesta multitudinaria sobre nuestras inclinaciones políticas. No me pidan exactitud científica.
El sondeo que yo hice entre mis colegas no habría superado el examen descuidado del estadístico menos riguroso.
Pero no es eso lo que ahora importa: en los resultados que yo reúno ganaban los socialistas y sólo en tercer lugar quedaba el Partido Comunista de España.
Entre mis condiscípulos también alguno decía sentir simpatías por los maoístas, algo que a mí me parecía inquietante y pintoresco.
Tanto es así que poco tiempo después me vi comprando el Libro Rojo, de Mao, para tratar de advertir cuál era el encanto –al parecer metafórico, poético— del Gran Timonel.
Ninguno, la verdad.
Hablo, ya ven, de bobadas de adolescentes. Pero Félix de Azúa no era joven hacia 1976: tenía ya treinta y dos años y, por tanto, su maoísmo no era la efusión de un púber ni la quimera de un muchacho.
Su repudio de Suárez o de González, gentes pactistas y serias que contribuyeron a crear un espacio constitucional, fue una irresponsabilidad del adulto.
¿O es que con treinta y tantos años se era aún un irresponsable? Por otra parte, en ese dolor metafísico con el que sobrevive, Félix de Azúa olvida algo fundamental.
A un protagonista igualmente sensato y serio que no menciona, cosa que prueba el capricho de sus juicios y de su memoria.
Félix de Azúa no alude a Santiago Carrillo, sólo de manera indirecta como el jefe de los majaderos, digo de los comunistas.
Con ese retrato generacional tan sesgado, la memoria rehace a su antojo la historia, expulsa a los protagonistas que incomodan y, nuevamente, se salva.
Si repudié a Suárez y González fue porque era joven y de izquierdas, o sea, majadero.
Mire, no: los comunistas españoles de entonces –esos a quienes caricaturiza haciéndolos simplemente prosoviéticos— actuaron de manera responsable, adulta, madura y contribuyeron como pocos a que la Transición discurriera por los cauces pacíficos.
Por tanto, hacia finales de los setenta, el Partido Comunista de España no era ese grupo de majaderos a los que Suárez habría puesto en cintura –tal como se infiere de lo dicho por el articulista.
Era una organización sensata a la que debemos políticas de consenso y responsabilidad.
Al final, si lo miramos bien, el texto de Félix de Azúa no es lo que parece: una evocación de la propia militancia o ceguera personal.
A la postre, el artículo es la consumación y la confirmación de una trayectoria descendente: la de quien habiéndose aupado a la columna del izquierdismo más exquisito comprueba que la política es un asco, entonces como ahora.
O, en otro términos, vistas las cosas desde el presente de cada momento, entonces como ahora siempre estoy en lado correcto.
Por eso, en estos momentos, no me extrañaría que el viejo maoísta acabara buscando y apoyando a nuestro Sarkozy local. En Francia, los antiguos maos ya lo han hecho.
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