1. No es fácil ser intempestivo: ser de otro tiempo, ir contra el tiempo, oponerse al curso de la corriente. Quien así obra se siente a disgusto con su época, incluso ajeno a sus contemporáneos. Hay en él algo que le enajena, que le incomoda y, por eso, se resiste a ser arrastrado, a ser identificado como uno más. Trataba estos días en mis clases qué hay de común y que hay de diferente en cuatro pensadores de la modernidad, autores que supieron distanciarse de su contexto para ver diferente, de otro modo, justamente en un período a cuyas convulsiones ellos contribuyeron (1848-1839). Me refiero a Charles Darwin, a Karl Marx, a Friedrich Nietzsche y a Sigmund Freud, cuatro grandes creadores cuyas vidas no fueron exactamente cómodas ni apacibles. En algún caso, su oposición a la sociedad les llevó al límite, al delirio incluso…
Cada época nos impone unas claves de percepción y de actuación, modos de atisbar y de obrar. Si captamos esos códigos, los marcos de un tiempo que son en parte herencia y en parte logro contemporáneo, entonces vivimos aceptablemente, instalados en una sociedad que no nos expulsa y de la que nos sentimos copartícipes, aun cuando esa integración pasable no nos procure toda la felicidad o todo el bienestar que ambicionamos. Somos la mayoría quienes actuamos así: no desmentimos lo que hemos recibido y la cultura que nos ha formado la actualizamos, la ponemos en práctica. Cuando esto lo hacemos, decimos que obramos con sentido común. Actuar así es respetar las evidencias de tu tiempo, gracias a la socialización en la que has madurado. El sentido común es eso precisamente: un repertorio de evidencias que no se cuestionan porque han funcionado. Uno no se levanta cada mañana intentando desmentir lo aprendido o lo heredado. Lo normal, lo frecuente, es aceptar esos códigos que han probado su eficacia pragmática. ¿Para qué mostrar una rebeldía individual que sólo lleva a la incomodidad, al malestar personal? Mejor adaptarse, incluso poniéndose una venda en los ojos para no distinguir lo arbitrario o lo discutible. Darwin, Marx, Nietzsche y Freud cultivaron distintos saberes, fueron competentes en diferentes disciplinas, desde la biología hasta la filología, desde la neurología hasta la filosofía. Pero esos conocimientos en los que fueron educados no les bastaron y así rebasaron los límites académicos (si es que en el Ochocientos estaban marcados o los había).
Pensaron de otro modo al ser humano, pero sobre todo arriesgaron teorías más o menos fundamentadas o documentadas. Eran tesis que se expresaban, además, con un nuevo lenguaje. Es decir, no sólo repensaban lo obvio, sino que, además, proponían nuevos objetos, temas inauditos que invalidaban explicaciones comúnmente aceptadas. La peligrosa idea de Darwin, por ejemplo, ponía en suspenso el relato bíblico, el sentido del Génesis, las claves del Pentateuco. Nuevos objetos, sí, pero también –como digo— nuevo lenguaje: formas expresivas diferentes en forma de ensayo preferentemente, prosas que describían el mundo de otro modo. Darwin, Marx, Nietzsche y Freud se supieron genios. El genio es, desde luego, alguien que atisba mejor lo que hay o que creer ver mejor. Pero es también alguien que se atreve como visionario, como analista que profetiza el curso de las cosas, la marcha de ese mundo, el cambio de la especie humana. Nada menos. No sólo ven lo que tienen delante –eso que el sentido común no deja ver–, sino que, además, predicen lo que acabará ocurriendo. El genio no tiene miedo a equivocarse y, con un alto grado de autoconciencia, se descubre revolucionario y enajenado…
2. Me decía estas cosas e inmediatamente –no sé por qué— pensaba en la gente corriente, en aquellos que se adaptan maravillosamente a su sociedad sin sentir grave malestar o sin experimentar desazón. Las personas comunes obran con sentido común, por supuesto, ese sentido que cambia históricamente, pero que tiene unas claves en cada momento. Cuando hablamos de gente corriente pensamos normalmente en el obrero, en el artesano, en el campesino, aquellas figuras del pasado que han sobrevivido a todo tipo de estrecheces. Permítanme la evocación fantasiosa. Tenemos una vaga simpatía por esos personajes porque, de algún modo, los vemos como nuestros antepasados más o menos remotos: gentes silenciosas que supieron embridar la vida o sortear los cataclismos. No son gigantes del pensamiento o de la historia, no son figuras intempestivas como Darwin, como Marx, como Nietzsche o como Freud: son héroes humildes que abnegada, silenciosamente, vivieron sin vocear, sin quebrar el sentido común (no podían permitírselo). Pensamos en ellos, pero cuando hablamos de gente corriente también me viene a la cabeza otra especie humana menos heroica o digna. Son esos individuos que no se meten en pendencias aunque una hecatombe derrumbe a sus semejantes, personas que no provocan problemas y que son fieles servidores que acatan la jerarquía.
Digo esto y pienso en la figura antipática, gris, anodina, de Rochus Misch. Acabo de leer un libro suyo que no les recomiendo expresamente. Carece de calidad literaria y sólo como testimonio sesgado y miope podemos tomarlo. Es un volumen que ha sido traducido como Yo fui guardaespaldas de Hitler (1940-1945). Son las memorias de un anciano, alguien nacido en 1917, alguien alistado en una unidad de seguridad de las SS y que por azares acabó siendo destinado a la guardia personal del Führer. El relato de Rochus Misch es tedioso, no arroja luz sobre casi nada y tampoco vale como exculpación: no vio nada, no supo nada, no cometió ninguna villanía especial. Simplemente desempeñó su tarea, su cometido, con disciplina silenciosa, con eficacia abnegada. “No me siento culpable. Hice mi trabajo sin hacer daño a nadie. No disparé ni un solo tiro durante toda la guerra. No me arrepiento de nada. Decir lo contrario no sería honesto. Cumplí con mi deber como soldado igual que millones de alemanes. Obedecí…” Más aún, como tantos y tantos contemporáneos suyos, no se dejó arrastrar por pasión política alguna. Pudo ser miembro de las SS sin experimentar interés alguno por eso: por la política. Nada más y ello a pesar de haber estado casado con una mujer, Gerda, que tuvo militancia socialdemócrata en el SPD, un partido al que el propio Rochus votaría después de regresar a Alemania, después de su cautiverio en la URSS. ¿Cómo concilia una cosa y la otra? “La verdad es que no he leído libros sobre la época nazi. Tengo obras sobre este período en casa, pero lo único que he hecho ha sido hojearlas”. Fíjense en la hondura de dicha afirmación. No sólo permaneció insensible a lo que ocurría a su alrededor en la Cancillería de la que él era guardián, sino que, además, se mantuvo en la ceguera obstinada cuando tuvo oportunidad de reparar en ello. El sentido común de este personaje es inapelable: juzgarse moralmente podría haberle llevado a una incomodidad existencial insoportable. Mantener la servidumbre voluntaria o la miopía fue un expediente que le dictaba el sentido común, ese depósito de evidencias, pero también de cegueras.
En pocas horas, en pocos días, he debido pasar de lo alto a lo bajo, del genio que se alza contra su tiempo… al tipo común que se deja arrastrar por la corriente; de los visionarios que se enfrentan a su época con grave coste personal.. a los hombres comunes y grises que no se interrogan sobre la moralidad de su servidumbre. Rochus es viudo y su testimonio está motivado, en parte por los efectos, por las consecuencias de una película: El hundimiento. Contrariamente a lo dicho por Hugh Trevor-Roper o por Bernd Freytag von Loringhoven, los últimos días de Hitler no fueron ese “drama de opereta” que el film retrataría. “No había fiestas ni borracheras con champaña en aquel minúsculo Fühererbunker, como se ha podido ver en las pantallas”. Es decir, ni siquiera el final del Tercer Reich tuvo esa grandeza trágica, báquica y demente del Infierno. Sólo habría sido un discurrir cotidiano, sin graves exhalaciones ni exaltaciones. El búnker sólo habría sido el último recinto de gente ordinaria, gris, corriente. Al menos, Rochus no vio eso que otros testigos o investigadores han dicho. ¿Porque quiso mantenerse en la ceguera? “Ningún miembro del equipo de la película”, dice refiriéndose a El hundimiento, “ni el historiador que trabajó con ellos [Joachim Fest], vino a verme. Nadie”, añade con rencor. La réplica es inmediata: ¿para qué iban a acudir a pedirle testimonio a alguien que ignoraba todo lo que ocurría a su alrededor, a alguien que se había mantenido en la servidumbre voluntaria sin oponer resistencia alguna, sin percibir cataclismo alguno?
Leo a Rochus, me pasmo con su sintaxis ordinaria y me obligo a regresar a los grandes, a su prosa épica… Ya está bien, me digo. Pero, ahora que lo pienso, la vida de esos genios fue dura, triste o desastrosa: más aún, frecuentemente dañina para quienes tuvieron cerca. Vidas para leerlas, nada más. No sé: regreso a mi existencia común, cotidiana…
3. Hemeroteca.
Artículos recientes de JS sobre Hitler:
http://www.uv.es/jserna/Hitlerotravez
http://www.uv.es/jserna/Eljerarcainverosimil




Deja un comentario