Hay que reflexionar una y otra vez sobre la condición de ciertos pensadores originales, audaces: individuos que se distancian de la gente corriente gracias a una clarividencia especial, a un empeño incluso obsesivo por analizar las cosas, por arrojar luz. Son creadores en el sentido más exacto de la expresión: realizan algo diferente y, por eso, son mal comprendidos o aceptados. Pueden ser capaces de sacrificarlo todo a su lucidez analítica, cosa admirable y temible a un tiempo. Es cosa admirable porque se saben dueños de una perspicacia que no se puede derrochar en banalidades, razón por la que son ellos en primer lugar quienes se consagran con denuedo; es cosa temible, sin embargo, porque son sus familiares, las personas más cercanas, los segundos a quienes sacrifican, aquellos que inmediatamente padecen su obstinación. “Esa especie de malestar que se siente cuando se intenta imaginar la vida cotidiana de los grandes hombres…”, decía Cioran. En efecto, muy frecuentemente esa “vida cotidiana de los grandes hombres” suele ser tan adversa o incluso tan desastrosa que su conocimiento acaba siendo para nosotros tan interesante o más que la obra que aquellos producen. Leemos sus creaciones, pero leemos también las biografías que de ellos se escriben, quizá como ejemplos a evitar o como modelos a los que emular.
Reflexionaba sobre estas cosas, sobre la biografía y sobre los grandes creadores, y por chiripa llego a Karl Marx. Acabo de leer una simpática y sencilla obra que nos devuelve el interés por la vida y por los libros de este pensador. Es un texto menor pero eficaz. Es un volumen titulado La historia de El capital de Karl Marx, cuyo autor es Francis Wheen. Acaba de aparecer en castellano, ahora en febrero de 2007. Convendrán conmigo en que resulta temerario que una editorial española (Debate) se aventure publicando una obra de estas características. Todo es De Juana Chaos y sus dolencias; todo es Rajoy y sus inquisiciones; todo es Rodríguez Zapatero y sus decisiones. Que Marx pretenda rivalizar con ellos es, pues, paradójico. Estamos viviendo una época en la que lo formativo, lo básico, lo esencial acabamos descuidándolo para abandonarnos a lo efímero.
“Todo lo sólido se desvanece en el aire”, leemos en un pasaje del Manifiesto Comunista, un pasaje que destacó especialmente Marshall Berman para titular uno de sus libros más interesantes. El mundo moderno, que era lo que Berman estudiaba, es el tiempo de lo fugaz, de lo rápidamente nuevo y perecedero, el momento de la iluminación y de la oscuridad inmediata. Los medios de comunicación que Marx no pudo conocer (él sólo pudo emplear la prensa, colaborando en ella con artículos incendiarios, sarcásticos, enciclopédicos y compendiosos) han agrandado esa sensación de lo caduco, de la sucesión y del vértigo. Me pregunto si lo perecedero es Marx y otros que, como él, no gozan de actualidad, otros que son literalmente intempestivos; o si los caducos son los protagonistas de nuestro presente que tan pronto se esfuman. La circunstancia política española es tan convulsa, tan dada a sectarismos, que, por ejemplo, me resulta inimaginable un lector interesado por la obra de Marx a pesar de no ser su acólito. ¿Alguien se imagina a un militante fervoroso de la derecha degustando por primera o por enésima vez una página del pensador alemán? ¿O alguien se imagina a un izquierdista esforzado leyendo a Isaiah Berlin?
Ayer mismo, en su columna habitual, Hermann Tertsch presentaba fogosamente a Isaiah Berlin, entre otros, haciendo uso para ello de unas palabras tan inmoderadas (las propias de un neocon) que, de leerlas, seguro que espantarían a los elogiados. Éste es sólo un ejemplo de la prosa doctrinal y militante que se impone y que hacen odioso al elogiado. Los autores celebrados por Tertsch son mucho más interesantes de lo que el neocon dice, porque eso que dice de aquéllos sólo sirve como validación de lo que el presunto discípulo ya sabe, ya sostiene o ya piensa. Hay que saber leer; hay que saber leer a los grandes pensadores: siempre resultan intempestivos y provocadores. Escriben contra los propios adeptos, al menos para que éstos no puedan apropiarse fácilmente de sus palabras, unas palabras que, a buen seguro, serán suficientemente ambiguas y audaces, hasta el punto de incomodar a los fanáticos. Es su talento el que les lleva a tomar todas las precauciones necesarias “para ser mal comprendidos”, como decía Cioran. Esto es, no facilitan su rápida y militante asimilación.
Aunque parezca mentira (si atendemos a la larga nómina de seguidores que se reconocieron en él), Marx no facilitó su rápida y militante asimilación. Dedicó décadas y décadas a escribir “la obra maestra desconocida”, por decirlo con Balzac, una obra maestra que era El capital y que se dilató o se demoró por los múltiples escritos ocasionales a que Marx se entregó o por las polémicas que mantuvo. De Francis Wheen había leído tiempo atrás una biografía dedicada al pensador alemán. Ahora en La historia de El capital de Karl Marx, resume algunas de aquellas revelaciones y, sobre todo, nos muestra el proceso de gestación de la obra, la dolorosa vida privada del creador: con exilios agotadores (hasta finalmente recalar en la Gran Bretaña), con forúnculos que lo atormentaban o con hijos que se le morían mientras él se entregaba con furia vesánica a la ideación que iba a cambiar el mundo.
Marx cambió el mundo no porque ciertos regímenes políticos desastrosos o criminales invocaran su nombre, sino porque su modo de mirar, su forma de examinar, su manera de estudiar y de leer para averiguar el perfil y la estructura de la realidad han sido determinantes. Entre las personas que gozan de cierta cultura se puede repudiar la etiqueta de marxista (de hecho, Marx también la rechazaba, aunque por otras razones); pero lo que no puede es dejar de admirar y de temer a un autor que, sabiéndose ajeno a su tiempo, quiso escrutarlo valiéndose de todos los recursos disponibles. De ahí su enciclopedismo, sus lecturas inacabables en la Biblioteca del Museo Británico. De él procede un legado que aceptamos y rechazamos a un tiempo, que sirve y no sirve, que en muchos de sus puntos está averiado (como mostrara Jon Elster hace años al referirse a la teoría económica); que en otros es simplemente erróneo, tan erróneo que sólo puede traer funestas consecuencias (como, por ejemplo, su desdén por los derechos…). Etcétera. Hay, sin embargo, algo en Marx que me sigue admirando: su estilo de escritura. Y ello por tres razones.
En primer lugar, por la forma irónica, incluso sarcástica, que le dio a su frase. Lo indicó espléndidamente Umberto Eco: “No se puede sostener que algunas bellas páginas puedan cambiar el mundo ellas solas. Toda la obra de Dante no sirvió para devolverles a los comunes italianos un Sacro Romano Emperador. Con todo, al recordar ese texto que fue el Manifiesto del Partido Comunista de 1848, y que sin duda ha influido conspicuamente en la historia de dos siglos, creo que hace falta volverlo a leer desde el punto de vista de su calidad literaria o, al menos, al no leerlo en alemán, de su extraordinaria estructura retórico argumentativa (…). Se trata de un texto formidable que sabe alternar tonos apocalípticos e ironía, eslóganes eficaces y explicaciones claras y (si de verdad la sociedad capitalista pretende vengarse de los trastornos que estas no muchas páginas le han procurado) debería analizarse religiosamente todavía hoy en las escuelas para publicitarios”.
En segundo lugar, el estilo de escritura de Marx es fruto de la mezcla, de la hibridación; un estilo que nace de las múltiples referencias con las que se tuvo que manejar y en las que la literatura es fuente. De las novelas o del teatro o de la poesía toma metáforas, imágenes, alusiones que son aderezo y a la vez efecto productivo.
Pero, en tercer lugar y más importante, la literatura le sirvió a Marx para imaginar qué realidad tenía enfrente. Quiero decir, las novelas, por ejemplo, no eran sólo un depósito del que abastecerse de imágenes con las que ornamentar su prosa. La literatura le daba esquemas con los que captar el mundo. El capital, nos recuerda Francis Wheen, puede leerse como una larga novela gótica, como un drama victoriano, como una comedia negra, como una tragedia griega, como una utopía satírica. De todas las referencias que Wheen propone y rastrea me interesa la alusión a Mary W. Shelley. Cuando Marx habla de la alienación, el monstruo de Frankenstein está bien presente en su imaginación: es la realidad de quien vive enajenado, extraño, distante del mundo que lo repudia. El monstruo de Frankenstein nos habla en la novela y evoca para sus lectores lo que fue su “infancia”, la inocencia prístina de quien aún no se había corrompido. ¿Pero qué descubrimos con Marx? Que no hay un Robinson previo, que no hay inocencia presocial como el monstruo parece reclamar. Hay, por el contrario, una máscara que a todos nos identifica: la mirada del otro nos constituye y también a la criatura la convierte en monstruo. Pero de un ser rechazado y alienado no puede esperarse una respuesta pacífica y, por eso, la venganza de aquella criatura se dirige contra la humanidad que lo impugna y, personalizando, contra aquel que debiéndole la vida se convierte en un padre ausente, irresponsable, horrorizado de su propia obra. El monstruo es víctima de su violencia irrefrenable, víctima de un delirio que le ha convertido en un ser depravado. Etcétera.
Como antes decía, resulta cada vez más impensable que autores que no nos son afines los leamos por el placer de reconocer una proeza intelectual, aquejados como estamos de tanto sectarismo. Resulta cada vez más extraño dedicar tu tiempo a disfrutar con un autor que tantos objetan ignorándolo. Citábamos antes a Hermann Tertsch, que con militancia cansina perora desde su columna de El País. Ya me ocupé de él en otro momento, pero regreso ahora a su reciente artículo. Hacia el final del texto, el periodista citaba una serie de intelectuales que él juzga imprescindibles, entre ellos, Isaiah Berlin. Gran autor y gran liberal, por supuesto: ajeno, por completo, a Marx. O, quién sabe, quizá no tanto. En este tiempo de sectarismo no se me ocurría recomendarle a Tertsch la lectura o la relectura de Marx. No es uno de los suyos, no figura entre los creadores atendibles y punto. Así vamos. Pero sí que le recomendaría que leyera o releyera a Isaiah Berlin que, como Francis Wheen, trata a Marx con gran respeto e interés a pesar de la distancia que le separa. La biografía que Berlin le dedicara es un ejemplo de lo que digo. Allí, entre sus páginas aparece un Marx brillante, laborioso, genial, perseverante, estudioso, autoritario, enciclopédico, tosco, sutil, insensible, abnegado, amoral, clarividente, colérico y, a ratos, disciplinado. Isaiah Berlin respeta la figura, la vida y la filosofía del biografiado, pero no la comparte. El autor se expresa y se pronuncia desde un liberalismo exquisitamente inglés y, lejos de sectarismos, analiza con detalle, con profundidad y sin contemplaciones la obra de Marx. Lamentablemente, el estilo pausado y elegante de Berlin –que también colaboró en la prensa— está desapareciendo de los periódicos. Ojalá Marx nos sirviera como excusa para leerlo con distancia e interés. Tristemente no creo que cunda el ejemplo.

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