Ilustraciones: M. y V. Serna
1. Leo el último libro de Sergi Pàmies, Si te comes un limón sin hacer muecas, y me recreo en lo cotidiano: lo diario, lo vulgar y lo ordinario tienen en el cuento una de sus mejores formas de expresión. El relato obliga al autor a ser breve: obliga a compendiar, a detallar lo fundamental, sin aspavientos ni hinchazones. Pero el cuento también exige la máxima tensión: en pocas líneas, el autor ha de hallar a un narrador plausible, verosímil; ha de encontrar un punto de vista que permita administrar la información, siempre escueta, siempre concisa; ha de colmar ese depósito que da lo básico y que siempre amenaza con desbordarse, con convertirse en novela. Jorge Luis Borges ya lo anotó: en el cuento no hay desarrollos ni tiempos muertos; hay lo imprescindible, aquello que exigiríamos de alguien que nos relatara un avatar. Estoy leyendo ese libro de Pàmies y lamento que se acabe, tan breve, tan escueto: resulta ejemplar, característico, propio quizá del relato anémico y sincopado de nuestros días. Como yo, hoy mismo: raramente lacónico y deseoso de volver a la lectura de esos episodios menores que tan bien y también nos retratan.
Decía Gustave Flaubert que cualquier cosa observada de cerca, muy de cerca, empieza a perder la impresión de familiaridad, pero además comienza a ser interesante. Eso es lo que me está ocurriendo con Pàmies, alguno de cuyos relatos me recuerdan al mejor Cortázar. Aunque destinados a adultos, estos y aquellos cuentos me devuelven a la infancia, esos momentos en que un detalle aparentemente insignificante nos resultaba revelador, decisivo. Crecemos, envejecemos y perdemos vista, pero también perdemos esa visión inaudita de las cosas, aquella sorpresa con que mirábamos lo que nos rodeaba, justamente porque era amenazante, porque podía hostigarnos: los hábitos nos familiarizan con lo acostumbrado y el tiempo nos hace adultos previsibles. Los protagonistas de Pàmies suelen ser varones de mediana edad que han encontrado su lugar en el mundo, un espacio igualmente predecible, predecible hasta que un leve cambio de las rutinas les arroja a un abismo ordinario o a un cielo inesperado. Son como adultos que, de repente, descubren ser tan desvalidos como los hijos que ahora tienen, guardan o custodian.
Es difícil resignarse a que la vida sólo sea como esa gota de agua que se precipita desde el grifo. Así nos lo cuenta Pàmies. Sin embargo, el problema que no es sólo que la existencia sea corta, sino que nuestra vida es finalmente previsible, muy parecida a la de cualquiera. En el relato de Pàmies, la gota de agua que viaja en caída libre hasta el fregadero constata cuánto se asemeja a aquella otra hija (o hermana) que ya asoma por el caño, pero corrobora también que su viaje «termina como estaba previsto: chof». En efecto, “la gota explota y se expande en mil pedazos que, indiferentes al tacto del acero inoxidable del fregadero, vuelven a juntarse, ya no en forma de gota sino de salpicadura, nada, un escuálido hilillo que, después de salvar el obstáculo de los restos de aceite de girasol, se escurre –blop–, aspirado por el desagüe».
2. Cuentos de miedo…
El cuento de Federico (Jiménez Losantos)
¿Quién es el traidor? (De la acusación de traidor en política)
Cuentos políticos (Inspirado en el caso de E.Z.H.-S.)


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