Yo, de mayor, quiero ser magnus

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1. En cierta ocasión incumplí un encargo de Ojos de Papel: me había comprometido a escribir una tribuna más o menos extensa sobre el terrorismo, ese complejo  fenómeno. Debía entregarlo en un mes de septiembre de hace un par de años, creo. Con un interés bien circunstancial, con una furia y un placer que algunos ya me conocen, me entregué a la lectura de algunos volúmenes que con rigor trataran dicho asunto. Entre otros muchos leí libros de Jason Burke, de Rohan Gunaratna, de Bernard Lewis, de Walter Laqueur, de Fernando Reinares, de Emilio Lamo de Espinosa. Conforme me hacía una idea cabal del fenómeno, conforme me documentaba, empezaba también a experimentar una crisis, un bloqueo. Comprendía la gravedad, la extrema complejidad de la red terrorista, los factores históricos que habían contribuido a su fundación y extensión desde Afganistán. Pero reparaba igualmente en mi dificultad para encajar todas las piezas de aquel puzzle. Alguna vez ya lo he dicho: escribir sobre un tema que te interesa y del que estás informado es como un juego de paciencia. No debes precipitarte, ni abreviar. Debes observarte a ti mismo como tu principal adversario: la información que has reunido, los libros que tienes encima de la mesa, las fichas que te has hecho o los esquemas que te has anotado pueden impedirte avanzar. Justamente lo que me pasó en aquella ocasión en que incumplí el encargo de Ojos de Papel: durante semanas, los varios meses de un largo verano, había estado haciendo acopio de datos, de noticias, de análisis que se me agolpaban hasta impedirme su asimilación. Tanto fue así que al llegar la fecha de entrega, con estupor tuve que renunciar a dicho compromiso.  

¿Qué es lo que debería haber hecho para impedir dicho bloqueo? Para empezar, debería haber dejado pasar varios días, incluso semanas, antes de sentarme a la mesa para ponerme a escribir. En segundo lugar, debería haber evitado los libros leídos. Quiero decir, debería haberlos apartado de mi vista:  los  tenía allí mismo, justamente, al lado de mi ordenador y sus lomos y cubiertas eran un reclamo, una interpelación, un aviso de lo que tenía que decir. Los libros leídos (o incluso los que aún tenemos por leer pero que sabemos de su contenido) son como interlocutores que nos piden la vez en una discusión. Compiten entre ellos, exigen su sitio y, a poco que nos interesen, ejercen sobre nosotros un influjo contradictorio que llega a paralizar: son como cebos distantes a los que no podemos dirigirnos simultáneamente.  Por eso, para escribir, el plan que me impongo siempre es expresar primero lo que uno ha retenido de sus observaciones, de sus lecturas, para sólo después corregir con erudición –o documentar con precisión– lo que únicamente era el embrión, el esbozo.   

Al revelarles todo lo anterior, comprenderán por qué ahora he quedado muy satisfecho al leer un libro que con gran soltura y manejo ha hecho aquello que yo no pude realizar: una síntesis problemática de lo que significa el nuevo terrorismo. Es un volumen la mar de interesante sobre cuyos contenidos otro día volveré. Se titula El perdedor radical. Ensayo sobre los hombre del terror, de Hans Magnus Enzensberger, ese gran ensayista alemán, ese gran autor al que debemos textos penetrantes y  breves, sintéticos, análisis que radiografían el estado moral y político de nuestro tiempo. Con mano firme, Enzensberger aborda un asunto difícil, un tema que tiene ya una bibliografía inmensa, inacabable, esa que a mí me saturó. Esta obra tiene pocas páginas, pero en ese breve espacio trata lo fundamental, examina con rigor lo que sin duda es y seguirá siendo la lacra de nuestro tiempo. Como comprenderán, no me quiero comparar con Enzensberger, pero –salvando las distancias– me pasa lo mismo que le ocurría a Gustave Flaubert: “los libros que más ambiciono escribir son precisamente aquellos para los que menos medios tengo”, aquellos para los que carezco de suficientes recursos intelectuales. En una página de las suyas recuerdo haberle leído a Fernando Savater un elogio de Hans Magnus Enzensberger –con razón, claro–, un homenaje que yo también le rindo. Jugando con el nombre del ensayista alemán, decía Savater: cuando sea mayor, yo también quiero ser magnus. Toma… ¡y yo! Enzensberger es de la misma generación que mi padre y acumula saber y prudencia, que es aquello que engalana a los viejos y por lo que les debemos atención.  

Pues bien, el otro día, en el blog de Arcadi Espasa, leí una descalificación intelectual del último Enzensberger. Decía concretamente: “el librito de Enzensberger sobre los terroristas (El perdedor radical) es obvio y banal. Pero lo peor son sus fragmentos de pensamiento acomodado. Este, por ejemplo: “Un indicio del efecto que puede conseguir una docena de bombas vivientes son los controles diarios a los que el mundo se ha acostumbrado. Alrededor de 1700 millones de pasajeros de avión tienen que soportar año tras año cacheos tan penosos como humillantes. Por otra parte también es de compadecer el personal de seguridad que tiene instrucciones para incautar, con cara de seriedad, toneladas de tijeras de uñas.” Palabras claves: soportar, año, cacheos, penosos, humillantes. ¡Dios mío, si tuvieran que ir a la guerra! Ni este precio está dispuesto a pagar por su libertad (que es lo que está al fondo de la seguridad) nuestro buen burgués, el ganador radical”. 

¿Obvio, banal, pensamiento acomodado, buen burgués, ganador radical? ¿Sólo porque Enzensberger deplora las incomodidades a que se ven sometidos los viajeros en los aeropuertos? La extracción de un párrafo, su amputación, provoca estos efectos, estos espejismos. Si lees deprisa y, sobre todo, si seccionas un argumento a mitad de su desarrollo, entonces el resultado es monstruoso, caricaturesco. Y así, por ejemplo, Enzensberger aparece en el blog de Espada únicamente como un burgués acomodaticio, sólo temeroso de perder su bienestar occidental como consecuencia de los controles antiterroristas. “Pero ésta es la menor de las pérdidas de civilización que el terror trae consigo”, dice Enzensberger inmediatamente después del párrafo resaltado por A. Espada. “Puede generar un clima de ansiedad generalizada y desencadenar reacciones de pánico”, prosigue el ensayista alemán. “Incrementa el poder y la influencia de la policía política, de los servicios secretos, de la industria de armamento y de las empresas de seguridad privada; propicia la puesta en marcha de leyes cada vez más represivas; intoxica el clima político y lleva a la pérdida de derechos de libertad conquistados a lo largo de historia. No se necesitan teorías de conspiración para entender que haya personas que ven con buenos ojos esas secuelas del terrorismo. Nada mejor que un enemigo exterior cuya existencia puedan invocar los aparatos de vigilancia y de represión. La más peligrosa de las consecuencias del terror es la infección del adversario”. Y es entonces cuando Enzensberger acaba el párrafo y el argumento: “también la democracia norteamericana se ha dejado contagiar, según se ha demostrado, por sus enemigos islamistas, tomando del repertorio de éstos herramientas tales como el encarcelamiento arbitrario, el secuestro y la tortura”.

 Muchas veces, es lo oculto, lo elidido, aquello que da la clave de un repudio o de un disgusto, algo que Sigmund Freud estudió en su Psicopatología de la vida cotidiana. Es esta conclusión excluida aquello que parece molestar especialmente al blogger catalán. La lectura rápida y la amputación dejan fuera la crítica que el ensayista hace de la deriva de la democracia norteamericana. Sajar –ese procedimiento de recorte– es, lamentablemente, un hábito en Espada cuando el autor o lo que trata le disgustan, un modo de expresarse como un augur, una manera de dar razones para no leer a quienes no leen porque tal escritor o tal autor no es de los suyos…  Por mi parte, yo sí que les invito a leer el libro de Enzensberger (y sobre el que volveré, insisto). Es entonces  cuando comprenderemos que el ensayista alemán no es el buen burgués que habla obviamente, banalmente, según dice Espada. Es, por el contrario, el ensayista magnus a quien Savater quería parecerse.  Si excluimos de la crítica a los Estados Unidos; si excluimos de la crítica a los aliados; si excluimos de la crítica a quienes consideramos de los nuestros, entonces el militante y prosélito reemplazan al periodista. Aquí, en España, está empezando a pasar…    

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2.  Deprisa, de Prisa.  Los acontecimientos se suceden y los protagonistas, también. La exaltación. De Hermann Tertsch al boicot del PP.

El Proceso Vasco, el Partido Popular, la Iglesia Católica y Prisa… Lo que he pensado y lo que está ocurriendo.

a. El periodista Hermann Tertsch y El País

(Hermann Tertsch, en Los  archivos de Justo Serna, 2005).

(Hermann Tertsch 2, en Los archivos de Justo Serna, 2005).

b. Fernando Savater (Los archivos de Justo Serna, 2005).

c. Las declaraciones de Jesús de Polanco sobre la derecha.

d.  Boicot del Partido Popular a todos los medios de Prisa.

e.  Editorial del periódico El País al PP.

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3. La Cataluña real, artículo de JS en Levante-EMV 

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4. Atención, actualización del blog:  nuevo post en esta bitácora en la tarde del martes 27 de marzo…

0 comentarios

  1. Eh Serna: què piensas ahora de Tersch? Lo han echado del Pais. Junto a el, ha estado Savater. En Madrid.

  2. Hombre señor Paco, ya está usted por aqui. Por qué no comenta el artículo de J. Serna en vez de provocar? Ha leido a Enzenberger?

  3. Yo creo que la situación política que hay en España está llegando a lo insoportable.Y los medios de comunicación contribuyen diariamente a que todo se tense. La democracia necesita parar el choque pp/psoe.

  4. Yo creo que J Serna tiene una fijación con Arcadi Espada. Es posible que tenga razón en que no es correcto trocear los textos para criticar, pero déjelo hombre. Por qué Serna vuelve a Espada y a Tertsch y a Savater?

  5. Los partidos políticos no se ponen de acuerdo ni en elecciones ni en período legislativo. Son cada vez más intrensigentes e inflexibles. En mi opinión, necesitan una cura de humildad a la par de una profunda reflexión sobre cuales son los objetivos de la democracia, y no los del correspondiente partido.

    Yo de momento no he leído a Enzenberger. No hace falta dilucidar mucho para comprender que el señor Espada iba ya con una idea preconcebida del autor que iba a leer. ¿Por qué se ha de ser burgués acomodado por molestarse con las incomodidades? Es humano. Esto es algo que no entiendo ni entenderé. El confort, afortunadamente, se ha democratizado, ya no es un lujo. Y … seguramente el señor Espada se duchará con agua caliente, utilizará el microondas o tendrá su calefacción central, por decir algo.

    Respecto a lo que dice Espada de “…si tuviera que ir a la guerra…”, es un argumento muy socorrido en determinadas personas. Como si por decir esto fueran mejores. Si tuvieramos que ir a la guerra, iríamos y la padeceríamos como la padecieron otras generación; pero no por gusto.

    un saludo a todos

  6. Suscribo de pe a pa lo dicho por Concha. El confort forma parte de nuestra civilización –civilización “tecno-científica”, vuelve a calificarla el propio Savater en su último libro–, una civilización que deberíamos hacer todo por extenderla, por universalizarla: los derechos humanos (y no la restricción de los derechos o la vigilancia extrema o la guerra preventiva). Y, por otra parte, ante el reproche que Ana me hace –“Yo creo que J Serna tiene una fijación con Arcadi Espada”–, le diré que no: simplemente me enteré del expeditivo varapalo que AE dedica a un anciano sabio que acaba de publicar un libro sensato, moderado e inteligente y creí que había que corregir, que matizar.

  7. Mi apoyo, y felicitaciones al señor Tertsch por haber sido despedido por el señor Polanco, dada la “contradicción” que supone no estar de acuerdo con la política antiterrorista del gobierno y haberlo manifestado públicamente allí donde ha sido invitado. Mi enhorabuena porque hay despidos que son medallas. Mi desprecio a la actitud prepotente del sr Polanco que no tuvo la mínima deferencia hacia una persona que trabaja con ellos desde hace años, al anunciar en la reunión de accionistas el despido de semejante manera. Eso es el capitalismo más rancio y equivocado. Pero sólo retrata al ejecutor.
    Miré a ver si encontraba alguna nota amable sobre el sr Tertsch y compruebo con tristeza que sólo veo un link a un artículo del propio autor, antiguo como él sólo, en el que dejaba clarita su opinión.
    Al igual que en el anterior caso, las circunstancias hacen que cada uno se retrate.

    Sr serna, ya no le molestré más, es mi última aportación a su blog. No pensaba escribir más, porque ni soy bien recibido ni disfruto con ello, pero la simpatía que ha despertado en mi el sr Tertsch me ha hecho decidirme a un último comentario en su defensa.

    Suerte en su andadura , sólo le aconsejaré que recuerde a Niemoller.
    Un saludo cordial de un “berzotas”

  8. Mire, señor What if…, en la anterior etapa del blog, el 20 de julio de 2005, yo escribí de Hermann Tertsch los párrafos a los que enlazo más abajo. No me retracto. Yo sabía cómo iba a acabar Tertsch, quien habiendo sido subdirector del El País ha terminado siendo un extremista verbal. Subdirector de El País: ¿usted cree que El País era entonces más sectario de lo que ahora pueda ser, según dicen sus rivales? Yo pienso, por el contrario, que dicho periódico –en lo bueno y en lo menos bueno— es exactamente igual a lo que es ahora. Quien sí ha cambiado, aventurándose por un derrotero extremado y exaltado, es Tertsch. Cuando eres una firma conocida y con poder, provocar una tensión insoportable con tu diario es una manera de que te echen en las mejores condiciones.

    En esas circunstancias, un periódico puede muy bien desprenderse de quien no le agrada si ambas partes llegan a un acuerdo, con el finiquito correspondiente. Con Tertsch no es estamos hablando del periodista de a pie que con un contrato-basura es expulsado de un diario. Por ser un reportero de fama, dicho cronista puede negociar una salida bien pactada. Si El Mundo echara a Manuel Hidalgo o a Javier Ortiz por creer que sus columnas contradicen de manera estentórea su línea editorial, no me parecería mal. Lo que me parecería reprochable es que intentara hacerlo dañando económica o profesionalmente al periodista.

    El 20 de julio de 2005, después de haberle criticado, después de haberme respondido con insultos, yo decía de Tertsch lo siguiente:

    http://www.uv.es/jserna/HermannTertsch2.htm

    En la nueva etapa de este blog hablé de las posiciones de Tertsch en esta entrada:

     http://blogs.epi.es/jserna/2006/11/09/la-tetera-de-rumsfeld-y-tertsch/

    Me reafirmo. 

  9. He leido el libro que recomendaba J. Serna. Tiene pocas pàginas y es pequeño. A veces es dificil pero es un analisis periodístico interesante que da miedo. Por qué?, porque los terroristas que \

  10. … Se me ha cortado el comentario

    porque los terroristas perdedores radicales no tienen ya nada que perder. Los etarras no son perdedores radicales. Y eso no es malo del todo. Se harán viejos y se cansarán.

  11. Recién llegado de un pequeño viaje por Latveria, me los encuentro enfrascados en diatribas que se alejan, creo, de la propuesta inicial del debate: Enzensberger y su librito sobre el terrorismo. ¿Podríamos volver al tema? Yo se lo suplico porque el asunto me desborda y requiero de su ayuda. Ando preocupado por una duda que, por lo que veo, parece que el señor Aznar resolvió de una vez para siempre dado que se acepta por el común de los contertulios. Decía el anterior presidente – y me corregirán ustedes si así no fuere, al menos en espíritu – que no hacía falta explicar el terrorismo, sencillamente, existía y eso era todo: había que acabar con él.

    Torpe como soy y sólo provisto de maestros antiguos, como se me va viendo, no consigo salir de la duda socrática sobre el significado de los conceptos y, por más vueltas que le doy, no logro saber qué es un terrorista (y, por tanto, el terrorismo). Parece que el señor Enzensberger los trata de “perdedores radicales”, una definición, no me lo negarán, cuando menos pintoresca (especialmente por lo apriorística que es, define previamente cuanto quiere definir a posteriori); por su parte, el señor Serna habla en su texto de un “nuevo” terrorismo, ergo, hubo un “viejo” terrorismo… ¿y en que se diferencia uno de otro si no definimos el término central? En fin, que no me aclaro.

    Lo dicho, rogaría de sus jóvenes mentes que alimentaran la mía y me definieran tan abstruso concepto para mí. Eso sí, les ruego prudencia porque en esta monarquía parlamentaria existe el delito de apología del terrorismo, una ilegalidad punible por traspasar unos evanescentes límites que también ignoro y, como pueden imaginar, tampoco quisiera verlos encarcelados por opinar. Qué curiosa democracia esta…

  12. Vaya clamoroso silencio… Les escribí a poco pasar las 21’30 y son las 00’30…

    Les dejaré, pues, si me lo permiten, con una frase que les cito de memoria, así que no sé si se ajustará exactamente a las palabras de su autor, pero, desde luego, no creo que falte a su espíritu, decía Benjamín Franklin (ese ¿terrorista? que se levantó contra el poder legalmente constituído, usó la fuerza de las armas para conseguir sus fines y consiguió la quiebra de Gran Bretaña a la par que la independencia de su país, Estados Unidos de América): “Quién está dispuesto a renunciar a su espléndida libertad a cambio de un poco de seguridad, no es merecedor ni de la una ni de la otra”.

    Tengan ustedes muy buenas noches.

  13. Me deja usted más tranquilo, grácil bailarina, le agradezco la información, me temía algo peor.

  14. No todos los terroristas son perdedores radicales (Enzensberger)

    Enzensberger no define al terrorista como perdedor radical. Es justamente al contrario. Según el diagnóstico que el ensayista hace, no todos los terroristas padecen ese síndrome de perdedor radical. El perdedor radical es sólo aquel cuya cólera es incurable, pero también aquel que estando encolerizado con el mundo sabe esperar para consumar su venganza. No es un tipo que se deje llevar por la furia inmediata, sino un individuo que alimenta un rencor herido, una melancolía que sólo se curará cuando los más cercanos o el mundo –a los que culpa de su dolor– acaben carbonizados, incendiados en una pira humeante y salvífica. Enzensberger pone distintos ejemplos: el maltratador habitual que –podríamos decir nosotros– se encrespa hasta incendiar el coche en el que estaba su esposa indefensa; el tipo que espera vengar una herida objetivamente imaginaria que el mundo le habría infligido: objetivamente imaginaria pero que a él daña sin remedio. En esos casos, la violencia no es un medio (reprobable…), sino un fin reparador, una explosión de placer. Entre los perdedores radicales, entre esos individuos, hay una propensión al rencor que no se paga ni se apaga con la palabra, pues es una especie de resentimiento que se expresa con el fuego y con el dolor ajeno, una especie de fantasía colérica que se satisface con la violencia extrema, con su representación…

    Con tipos así no se puede negociar, dice Enzensberger, pues su herida no cauteriza: lo que debe hacerse es evitar que nos dañen, que incendien el mundo. Con otros terroristas o violentos, por el contrario, sí que es posible mantener algún tipo de relación racional para conseguir el mismo fin: que no nos maten. Con quien emplea la violencia como medio porque cree justificado su uso desde una perspectiva mínimamente racional, puede llegarse a algún tipo de acuerdo. La historia del siglo XX está llena de experiencias de este tipo. Podemos negociar hasta con el peor enemigo, siempre que ese oponente quiera sobrevivir. En cambio, con los perdedores radicales, con aquellos que reprochan todo al mundo o a sus cercanos, no es posible: hay que contener, hay que frenarlos sabiendo a la vez que no conseguiremos acabar con la floración de tanto y tanto resentimiento. Este asunto –el de la fatalidad de este resentimiento que se multiplica– es el que probablemente más ha disgustado a los lectores ‘neocon’ de Enzensberger, aquello que le han reprochado: dado que el capitalismo produce tantos perdedores materiales e imaginarios, el ensayista alemán parece aceptar la inevitabilidad de dicho resentimiento, lo cual para los ‘neocon’ sería una forma de entreguismo. O, en otros términos, que, según Enzensberger, por mucha guerra preventiva que se organice, los resentidos dispuestos a incendiarlo todo seguirán aflorando. Con ello, pues, una política de intervención militar a gran escala sólo produce lo contrario d elo que persigue: el mejor escenario posible para la representación de esa violencia sin reparación, pues el perdedor radical sólo espera la gran destrucción como forma incluso estética de expresar y de canalizar su dolor inextinguible. Pero “la perspectiva de una destrucción universal”, decía Hugh Trevor-Roper en otro tiempo, “puede ser estimulante para un espíritu estético, especialmente si no espera sobrevivir y tiene la libertad de ánimo precisa para admirar, como un espectáculo, la apocalíptica grandeza de su propio funeral. Pero aquellos que piensan que habrán de vivir entre las ruinas calcinadas del mundo, tienen mucho menos tiempo y gusto por tales experiencias puramente espirituales”. Es mi caso.

  15. Perdón. En vez de haber actuado con la prudencia de doña Concha o la inteligencia de don Jaime – la primera augurando su futura lectura de “El perdedor radical” y el segundo habiendo realizado ya la misma – me dejé llevar por mi precipitación. Sólo puedo argüir en mi descargo que la expresión “perdedor” fue la que me sacó de quicio. Me molesta especialmente ese concepto tan extendido y tan poco definido (¿quién es un perdedor? ¿quién vencedor? y ¿en qué? y ¿cómo? y ¿cuándo? y ¿dónde?… cuestiones tan obvias como silenciadas). Unirlo al de radicalidad (concepto al que contrariamente, aprecio profundamente) y al de terrorismo (otra trampa conceptual), en fin, me resultó excesivamente estimulante y me propasé en mis apriorismos, además, presididos por el delito – grave – de dudar sobre el autor sin haberlo leído (desde luego, lo que no hice fue opinar; afortunadamente aún conservo la sensatez de no hacerlo de lo que ignoro), así pues, insisto, perdónenme ustedes.

    Dicho lo cual, he de agradecer al señor Serna su explicación aunque me veo obligado a reiterar mis dudas… ¿alguien puede decirme que es un terrorista? ¿alguien puede definirme el terrorismo?

    Les diré una cosa, estando en clase de latín – cuando se daba en bachiller… en “aquel” bachiller, claro, no en este – el profesor (señor Estela) nos narró una historia de tiempos de César. Éste había limpiado de piratas el Mediterráneo y llevaba en desfile de victoria a cuantos delincuentes había captura. Uno de ellos, un capitán, al pasar ante a él, le espetó: “Puesto que sólo tengo un barco como pirata me tratas, que si tuviera una flora por almirante me tendrías”. Y desde entonces no me quito esa imagen de la cabeza. ¿Cómo evaluamos la piratería, el terrorismo, por lo que hace o por quién lo hace? Y ya ven, aún nadie me ha dado respuesta. Ninguna. A César, al menos, le dio vergüenza.

  16. Hola a todos. Estoy de regreso a este país de perderdores radicales que claman por las calles. Entiendo que Enzensberger, viejo conocido, ha definido así a la perfección a los espíritus de Rajoy, Zaplana y Acebes que se nos aparecen a los demócratas por estos tiempos de prueba y de paciencia. Me defino, como Serna, entre “aquellos que piensan que habrán de vivir entre las ruinas calcinadas del mundo”, y que “tienen mucho menos tiempo y gusto por tales experiencias puramente espirituales”. Dejemos los milenarismos maniqueos para ellos, entretenidos en rememorar los tiempos de la prohibición, del veto, del Racá bíblico, la condena al diferente.
    Y dicho esto, yo mismo me considero un perdedor, no sé con qué apellido, pues siempre me he alineado con las causas que acababan siendo marginadas, como por ejemplo la tortura. Queridos Serna, Nel.lo KAnt, ¿no somos perdedores aquellos que aún clamamos contra la buena conciencia con que se ha recibido en nuestro mundo supuestamente civilizado el renacer de la Tortura con la revitalización clamorosa de la Inquisición? Y no me refiero sólo a las procesiones y Vía Crucis armados en Extremadura contra un fotógrafo hereje, ni al Veto del PP a los diarios de Prisa, a torturas simplemente morales, sino a Abu Graib, a las cárceles ocultas de la CIA, a las decapitaciones sumarias de AlQueda… Al consenso silencioso con que lo hemos aceptado. Esos son los terroristas. No son precisamente lo que llamábamos “nihilistas”, como los rusos de la época de Tolstoi… como los “anarcos” españoles que pnían bombas al paso de los novios reales…

  17. johnymepeino: no sólo te agradezco la visita sino tu aportación. Tú ya escribías en internet antes de la moda de los blogs, los valencianos ya te leíamos en internet por aquellas fecha, de modo que no eres en absoluto un periodista metido a blogger, te honra.

    De Levante-emv no te preocupes porque su versión digital ya dice muy poco a su favor, y sus noticias sobre blogs e internet hablan por sí solas: anunció en diciembre pasado youtube como una novedad, suprimió la sección dominical sobre internet, eventos y tecnología y hace quince días en el suplemento semanal “vendía” a sus lectores la camiseta de Borjamari “No pienso leer tu blog” como un banner muy extendido entre los bloggers porque el fin de la blogosphera había llegado. Con que te diga eso… ya entenderás que la prensa escrita nos gana a calumniadores.

    Pero sobre mi amor a la blogosphera hispana quiero que pienses esto:
    Piensa esto Justo: los gobiernos apuntan directamente a lo que escribimos. En nuestros SMS, nuestros mails, nuestos chats y de nuestros blogs las opiniones. Siguen la traza, interceptan, promulgan leyes que guarden esas informaciones y ahora planean que nadie pueda expresarse en la red sin identificarse previamente ante las autoridades. ¿Nos acabarán dando el carnet de bloggers como pide el Congreso reservarse el derecho de otorgar el carnet de periodista?. ¿Crees que se tomarían todas esas molestias si, como dices en tu artículo, un blog fuera sólo un texto en el que un particular “Se muestra, pone al servicio de sus lectores lo que juzga o cree o sospecha”?.

  18. Bienhallado, trotamundos Veyrat, ya le echaba en falta, qué vacío estaba esto sin usted…

    Nos inquiere sobre si no somos “perdedores” los que clamamos por la razón y la libertad…

    Independientemente de mi inquina contra ese concepto (lo expuse más arriba) y aceptándoselo a partir de la ideología devenida de los telefilms televisivos estadounidenses de bajo presupuesto (donde más evidentes se hacen estos “tics” sociales gringos: la culpabilidad propia, la familia agraria, la fama y la popularidad, el tener o no tener… la disyuntiva ganadores/perdedores) personalmente, no hay forma que me sienta como tal.

    Desde una perspectiva histórica, porque estratégicamente “vamos ganando”, indudablemente y le pese a quien le pese. Desde una coyuntura coetánea, sesgada por las igualmente innegables victorias tácticas neocon, por que ya es apreciable el final del ciclo… ¡Ey, no se me alarmen!, no en España, claro (la tenacidad y perseverancia en el cerrilismo nativo es homérica), sino en los propios EEUU. Ciertamente, no por altruismo sino por el descrédito ganado en el Universo Mundo con sus campañas belico-policiales globales. Y con una imagen desacreditada, se vende mal. Don Jorge Matojo – George Bush para los puristas – está cada vez más solo. Llevado esto a un extremo, me aplico a mi mismo uno de los principios del PGB pergeñado por Azagra: “derrota tras derrota hasta la victoria final”. Aunque si lo prefiere de otra manera más clásica, ya que Frank Millar ha vuelto a poner sobre el tapete las Termópilas… ¿quién ganó a la postre la guerra médica?

    Así que no, yo al menos, no soy un perdedor (y usted y Serna, tampoco. Lo afirmo).

  19. Gracias, Kant, me quedo aliviado ya agradecido por su bienvenita, tras los tomates ordenados por colores que me arrojaron hace unos días y que me zampé en ensalada. Con cebollita y aceitunas.
    Que conste que al escribir mi anterior entrada no pensaba en el “looser” de la épica cinematográfica norteamericana, algunos tan dignos como el protagonista de Casablanca… No, y además es cierto que, muy en el fondo, “vamos ganando”, porque no han podido impedirse asumir las viejas reivindicaciones de “la izquierda” desde Espartaco, por lo menos, algunas tan elementales como sacar a las mujeres y a los niños de las minas (Jean JAurés) o conseguir vacaciones pagadas, médicos, jubilación, etc. cosas que ahora parecen elementales y que sin embargo han costado sangre obrera. No son menos las morales que atañen a la igualdad, o las establecidas en la Declaración Universal de Derechos Humanos, base de todas las constituciones democráticas y las difundidas universalmente también desde el ’68.
    En lo que me considero un perdedor es que, a pesar de todo esto, los enemigos de la razón y la libertad, que han tenido que asumir por razones tácticas esos avances ya afianzados en el corazón de las sociedades, siguen asolando el mundo de las ondas y de la letra impresa —por no decir del paso marcial de sus soldados, de la lluvia de fuego de sus aviones— con sus llamamientos al pensamiento único procedente de un solo dios, una sola doctrina y quizás en “un sólo país”, que pretende un comportamiento uniformador tanto social como moral y políticamente.
    Sólo queda el consuelo de seguir recitando por esos mundos, al trote o al paso, algunos poemas enceguecidos por el viento salvaje de las emociones libertarias.Que supera incluso toda razón.
    Les regalo un poema de mi libro “Babel bajo la Luna”:

    Nadie entiende qué significa la muerte
    Pero a todos nos iguala la ignorancia
    Esperamos
    Que nos hablen de ella
    Y amenacen o bendigan con una vida futura
    En algún sitio
    No del todo claro
    Pero santo
    Como alguien decía
    Una buena mañana
    En una lengua nueva intraducible
    Para todos los demás
    Ein Reich Ein Volk Ein Führer
    Todo en un sólo cuerpo
    Un sólo dios una lengua sola un mito nuevo
    No mires nunca hacia atrás
    La Luna Llena de Marzo nos aguarda en BabEl
    Puerta de Dios en Acadio y Confusión en Hebreo
    O Jahvé terrible mezcla de taimado y horrendo.

  20. Bienvenido, don Miguel. Una alegria que reanuden la discusión. Entre Kant y usted le dan altura. Los demàs leemos, estamos de acuerdo, disentimos y aprendemos. Aunque parezca que estamos silenciosos.

  21. Bienvenido, Miguel. Y Kant es usted muy oportuno con su comentario del Profesor Estela sobre Julio César… Pero ahora no puedo contestarle como he hecho esta mañana. Mi adsl me tiene frito.

  22. Gracias por su poema, don Miguel, ha sido un placer recibirlo en lo que egoístamente a mí me toca.

    Don Luís, yo estoy seguro que el señor Veyrat, el señor Serna y cualquier otro interesado en participar en este foro, aprende. Si todos aprendemos, pues, ¿por qué no participar más activamente, especialmente si se disiente?

    Por cierto, quería comentarle a don Jaime, desde hace algunas intervenciones mías, algo sobre su idea de “se harán viejos y se cansarán”. Pienso que llegados a la tercera generación ininterrumpida de etarras (el MLNV se fraguó hace unos cincuenta años, medio siglo ya) suponer que el desgaste del paso del tiempo causará más mella de la que ya haya podido causar es un poco estéril. En ese sentido, creo más factible explorar la otra vía que también usted percibe: el no ser “perdedores radicales” abre la puerta a otras soluciones y por ahí habría que actuar.

    Lo que pasa es que España posee un extraño record: entre 1816 y 1975 ha conseguido perder todas sus colonias en cuatro continentes gracias a ser el paradigma internacional del mal negociador. Algo debería haber aprendido, especialmente ahora que debería negociar, ya, sobre la superficie de la propia Península pero, visto lo que estamos viendo, parece repetirse el mismo patrón de prepotencia e irrealidad del integrismo nacionalista español. Hace un par de días la TV3 entrevistó al sacerdote irlandés que está haciendo de mediador en el conflicto vasco – no sé si usted lo vio – pero a mí me dio la sensación de haber puesto en marcha la moviola: un movimiento secesionista dispuesto a negociar y un interlocutor estatal que no sabe hacerlo… desde el Virreynato del Río de la Plata a la Marcha Verde pasando por la Cuba y Filipinas de finales del XIX.

    Don Justo ¡adquiera usted una línea decente, hombre! que nos tiene en ascuas.

  23. Permíteme Justo, amigo, que hoy no me extienda en exceso: bien sabes lo complicados que son los últimos días antes de las merecidas vacaciones que tenemos los profes. Ando liado y apenas me da la cabeza entre examen y examen corregido y protesta vecinal para lanzar una reflexión ínfima, como casi siempre, si se le pueden llamar de este modo a mis torpezas. Resumo: el problema es leer a Arcadi Espada, sin más.

    Menos mal que hay quien desenmascara al impostor. Gracias Justo por tu cuidado artículo, que como siempre resulta tentador: manzana pecaminosa y envenenada de buenas intenciones. Salud, amigo.

  24. Corroboro la afirmación de Kantarell. Yo aprendo cada día, no más abrir los ojos. Y en este foro no sólo he aprendido de todos sino que también me gustaría que personas como Jaime y como Luis y algunos que ahora no recuerdo bien, participasen, para aprender también de ellos, mucho más activamente y sin “miedo escénico”, porque supongo que se trata de eso.A veces se aprende mucho de una frase, un detalle, y hasta de una voltereta. No hacen falta discursos largos, por los que yo también me excuso.

  25. Llevo dos días desconectado, salvo alguna escapada que hago (como ésta). Yo lamento no poder intervenir más en el blog (cosa que espero se resuelva en breve, en muy breve), pero el caso es que he cambiado de servidor para la línea telefónica y adsl y no todavía no disfruto de esos servicios. Como antiguamente, vaya. Espero esta misma tarde poner un nuevo post. Disculpen las molestias.

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