Hoy, 27 de abril de 2007, hace setenta años que murió Antonio Gramsci, aquel que fuera principal dirigente del Partido Comunista de Italia, su figura intelectual. Desde hace meses, Anaclet Pons y yo estamos preparando una nueva antología de los Quaderni del Carcere, sus anotaciones de prisión, sus apuntes y reflexiones. Lo que estamos elaborando es una nueva traducción, diferente de las que respectivamente hicieran Jordi Solé Tura, Manuel Sacristán o Ana María Palos, un texto que, además, tendrá una introducción pensada, concebida para un lector del siglo XXI.
Desde luego ya conocíamos esas páginas en sus diversas versiones: hace muchos años, justamente cuando acabábamos la carrera, la lectura de Gramsci en las traducciones españolas nos acercaba a un culturalismo bien diferente del viejo determinismo marxista que todavía perduraba. En mi caso y en el colmo de la paradoja o de la temeridad, me recuerdo leyendo la Antología gramsciana de Manuel Sacristán en el Servicio Militar. Aún retengo en mi memoria la circunstancia. Me veo de guardia en la Oficina de Estado Mayor (en donde estaba destinado), zampándome dicho volumen. A mi lado, sobre la mesa he depositado un subfusil, el arma incongruente, sin munición, con la que debo repeler al enemigo potencial. Estoy allí, olvidado del mundo, leyendo, a la espera de que pasen las horas: tengo la Antología de Sacristán forrada con papel de periódico, disimulando sus tapas rojas, bien rojas, ocultando el título de su colección, Biblioteca del Pensamiento Socialista. Qué insensatez…
Pocos meses atrás, el intento de Golpe de Estado del 23-F había puesto en situación crítica los cuarteles, y la difidencia –la suspicacia– era la norma con que se trataba a los soldados. Yo era uno de ellos. De los soldados de reemplazo, quiero decir: un graduado universitario que esperaba regresar a la vida civil y que deseaba aprender lo que no siempre la licenciatura nos había dado. Gramsci aparecía como un autor de referencia, como un nutriente que podía vivificar el marxismo occidental, ya esclerótico. A pesar de no militar en ningún partido, yo lo leía con interés, con simpatía, valorando sus conceptos políticos: hegemonía, dirección intelectual y moral, clases subalternas, revolución pasiva, consenso. Me felicitaba de su culturalismo, tan distinto del economicismo marxista: me interesaban sus ideas sobre la novela de folletín, sobre el folclore, sobre la religión popular, sobre los intelectuales. Como ahora.
Más aún, su análisis del fascismo, al que yo había podido acceder a través de Francisco Fernández Buey, me parecía extraordinariamente clarificador. Gramsci sobre el régimen mussoliniano: qué lucidez. Yo sabía que el dirigente comunista había muerto en 1937 tras pasar una década en las cárceles fascistas. Lo sabía desde 1977, fecha en que se habían cumplido los cuarenta años de su desaparición. Aún conservo el póster que lo recordaba; aún retengo en la memoria aquel día de 1977 que en la librería Viridiana de Valencia pude comprar el número extraordinario de la revista Materiales dedicado a Gramsci.
La muerte de Gramsci…: desde luego hoy es incorrecto recordar una cosa así. Quizá fuera rompedor leer a este autor en aquellas fechas, pero en la actualidad aparece crudamente como lo fue, un dirigente comunista…, un dirigente comunista que no se envileció con los dogmas estalinistas: tal vez por su propio aislamiento, por su prisión. No es la primera vez que he leído este argumento: gracias a que Benito Mussolini lo encarceló (hay que evitar que piense este cerebro) pudo desarrollar con paradójica libertad su renovadora reflexión marxista sin caer en el materialismo más vulgar. No sé: me parece un coste altísimo, el más oneroso. Es más, salvar a Gramsci de su condición comunista –así, sin más– puede llevar, también, a equivocarse con el fascismo, a atemperar erróneamente la crueldad del fascismo: más aún si lo comparamos con el nazismo o si rebajamos la épica del antifascismo, como hoy es norma y de buen tono.
Desde luego, el régimen mussoliniano no fue un sistema totalitario equiparable al hitleriano o al estalinista: a pesar de la dictadura y de la represión, la sociedad civil pudo sobrevivir… “Lo cual no significa”, como nos recordaba muy atinadamente Umberto Eco (Cinco escritos morales), “que el fascismo italiano fuera tolerante. A Gramsci lo metieron en la cárcel hasta su muerte; Mateotti y los hermanos Rosselli fueron asesinados; la prensa libre fue suprimida, los sindicatos desmantelados, los disidentes políticos fueron confinado en islas remotas; el poder legislativo se convirtió en una mera ficción y el ejecutivo (que controlaba el judicial, así como los medios de comunicación) promulgaba directamente las nuevas leyes, entre las cuales se cuentan también las de la defensa de la raza (el apoyo formal italiano al Holocausto)”.
Es probable que los jóvenes de hoy lo ignoren casi todo del fascismo. Felizmente, esa cirugía política es del pasado, pero hay rasgos de dicha concepción o sistema que persisten o que pueden reaparecer: el culto de la tradición como escapismo antimoderno; la exaltación del jefe carismático, virtuoso, popular, frente a la democracia decadente; el antintelectualismo como expresión de la acción; la armonía social como forma de corporativismo político; el nacionalismo extremado, exacerbación de la homogeneidad forzada; la comunidad orgánica y la uniformidad militante frente al individuo libre. Aunque hoy no estoy enteramente de acuerdo con todo lo que Gramsci sostiene, con todo lo que de él releo, aunque nunca me sentí cómodo con el marxismo…, he de admitir que una parte de esos males ya los supo diagnosticar el autor italiano en su propio tiempo, que es la época de ascenso del fascismo. ¿Un analista fino que supo determinar el mal? Simplemente un lector curioso, atento…
Días atrás, y como homenaje paradójico a Gramsci, leí La doctrina del fascismo, un célebre breviario que firma Benito Mussolini. Se trata de un texto que yo ya conocía por otra versión, pero lo interesante es la traducción defectuosa de la que ahora me sirvo: un volumen editado originariamente en 1932 y que leo en su versión española de 1935, hecha en Florencia por Vallecchi Editore. Éste es un libro fundamental de ese confuso, de ese tóxico ideario mussoliniano que Gramsci había diagnosticado tempranamente: pero, sobre todo, esta obra, en esta edición, será un manifiesto esencial del fascismo… español.


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