El terrorismo es un acto de violencia –una explosión, un disparo, un secuestro, etcétera– que provoca consecuencias inmediatas: daña, hiere o mata a personas que eran objetivos de una organización; daña, hiere o mata a individuos que pasaban por allí, viéndose por ello afectados. Gracias a las películas y a las series americanas, sabemos que el espacio en que se ejecuta la acción se denomina escena del crimen. Lo llamamos así, en traducción directa del inglés, y esa expresión revela indirectamente uno de los sentidos del acto violento: agigantar el efecto, atraer la atención de un público vasto, muy vasto, que no necesariamente está presente.
El terrorismo necesita muertos y heridos, dañados y amenazados, pero necesita sobre todo damnificados indirectos o potenciales: espectadores que alteran su vida cotidiana para interesarse por lo sucedido, para echar un vistazo a los rostros de los detenidos; espectadores que se dejan impresionar por la violencia, que es muy llamativa; espectadores que son o se sienten víctimas vicarias y eventuales gracias a las ondas expansivas de los mass media. La televisión y los periódicos cuentan lo que sucede, pero lo cuentan particularmente cuando los hechos narrados rompen las expectativas y lo ordinario, creándonos con ello una realidad sobrevenida o sobreañadida. Es entonces cuando el ciudadano se siente imantado: busca la noticia en el periódico (generalmente ilustrada con alguna instantánea del acontecimiento), leyendo, confirmando, averiguando. También es entonces cuando el espectador escruta las imágenes y escucha las voces de las víctimas y de los victimarios, de los vecinos, de los expertos y del gran público que, como nosotros, poco sabe pero mucho puede expresar con sus sentimientos revelados.
Detienen a presuntos terroristas, se celebran juicios, y lo primero que hacemos es contemplar su rostro en pantalla…, o su fotografía policial. Esas imágenes no han sido captadas de cualquier manera, no son casuales, por supuesto: responden a unos cánones establecidos, a unas poses específicas y a unas indumentarias previsibles. En el libro Fichados (Alba), Giacomo Papi reconstruye la historia de la fotografía identificativa a través de trescientos y pico rostros retratados, gentes conocidas que fueron sorprendidas cometiendo un presunto delito, gentes desconocidas que después lograron celebridad como artistas o como asesinos o, en fin, gentes anónimas que sólo formaron parte del submundo del crimen, de las sentinas del horror. Uno de los más famosos, Al Capone…
Todo empieza hacia 1848, con los daguerrotipos de una prostituta y de un ladrón, técnica después reemplazada por la fotografía en papel. Retratados de frente y de perfil para que así la cara manifieste su detenida normalidad, para que así exprese todo de lo que ha sido capaz el arrestado. Las imágenes más antiguas que registra el libro nos muestran a individuos temerosos, sorprendidos, algo ajenos y extrañados. Uno supone la puesta en escena, el fogonazo que deslumbra, el desconcierto de lo venidero, la falta de experiencia. Captar el rostro, pues. ¿Pero cuál, en qué estado? «La cara es móvil, tiene mil expresiones», añade Papi. «¿Qué expresión hay que atrapar si se quiere representar la culpa y, además, detener eternamente al culpable?», insiste.
En principio, en el Ochocientos, el retrato policial ha de evitar las asperezas y el nerviosismo, esos tics o recursos que convierten al arrestado «en un improvisado transformista de la mímica de su rostro», según decía Umberto Ellero, de la policía de Turín. De lo que se trata es de congelar la normalidad presunta, de captar con naturalidad, que es lo mismo que la inexpresividad, algo también propio del mundo burgués de entonces. Sin embargo, muchas décadas después, ya en nuestro tiempo, los rostros retratados los vemos «cada vez menos extrañados, cada vez menos culpables, cada vez más seguros de sí mismos», dice Giacomo Papi. Cada vez más desafiantes: tal vez sabedores de que serán vistos y reconocidos por miles, qué digo miles, por millones de espectadores, el colmo del éxito en la sociedad de masas.
Eso es precisamente lo que nos sucede cuando echamos un vistazo a las imágenes policiales de presuntos terroristas buscados o detenidos: que reconocemos o confirmamos lo que nos temíamos. Su indumentaria corrobora una identificación, una uniformidad, una banda; con un cultivo expreso del feísmo adolescente y atronador entre los bárbaros del Norte. Esas imágenes nos los muestran arrogantes, enfrentando el objetivo de la cámara con chulesca expresión. Bien es verdad que si la foto es de un fichado policial, éste no podrá hacernos sarcasmo o burla, pero aun así veremos en sus ojos un destello de jactancia, de atrevimiento. Aunque lo grave es que, si nos fijamos bien, esa imagen generalmente no nos devuelve la cara de un monstruo, sino el rostro de un tipo banal. Como el de cada uno de nosotros. «Cuatro detenidos por los atentados frustrado en Londres y Glasgow«, leo en la prensa del día 1 de julio e inmediatamente me veo buscando las fotos de los arrestados. No las encuentro, de momento, y experimento una desazón imprecisa: noto una frustración de espectador. Y sí, así es: en cuanto se hagan públicas, pronto me apresuraré a escrutar las fotografías policiales. ¿Confirmando qué?


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