1. Lo hemos oído y leído… Pensemos en esa frase común.
«¿Por qué no te callas?» Ese enunciado podría ser precisamente uno de los lemas y temas de Tu rostro mañana, la última novela de Javier Marías, cuyo tercer volumen, Veneno y sombra y adiós, acaba de aparecer. Imaginemos un narrador que se interpelara a sí mismo, que se reprochara lo hablado: entonces podría muy bien decirse…: ¿por qué no te callas? Si hemos de creer lo que dice el colofón de Veneno…, este libro cierra dicho ciclo, una novela que empezó como la confesión de un ex espía integrante de un grupo del MI6. En el primer volumen, el narrador de esta historia comenzaba admitiendo que uno no debería contar nada, que uno no debería atarse con palabras que comprometen y crean realidad, que uno debería cerrar el pico. Es, sin duda, una formulación paradójica para un relator que habla durante más de mil quinientas páginas: las que componen Tu rostro mañana. Si se tienen poderes anticipatorios o, mejor, si se poseen capacidades predictivas, no sabemos si acertamos con la premonición o si, por decirla (por contarla), se cumple (o se incumple) precisamente. En Veneno y sombra y adiós, el narrador de Marías –llamado Jaime, Jacobo, Jacques, Yago o Jack Deza— descubre con horror el efecto de su presciencia. En esta obra hace explícito el efecto que el habla ocasiona: contar abre la puerta a ulteriores revelaciones, confesiones comprometedoras, gestos con los que deberemos cargar. Si aventuras la conducta de alguien a partir de la apariencia puedes acertar o equivocarte, pero lo sustancial es que puedes poner en marcha una consecuencia imprevista o indeseada con tus palabras.
Observando el rostro y el comportamiento, observando la conducta, Deza anticipa y adivina qué hará el observado, pero el observado muere… ¿Tiene algo que ver con lo que él predijo? La novela es una extensa disquisición o divagación. Es el monólogo de alguien que, espantado con las consecuencias de su palabra, con los compromisos que verbalmente contrae, renuncia a hablar; alguien que decide callar para que no se cumplan sus predicciones. Pero este tercer volumen es algo más. Es una reflexión sobre el uso de la violencia, sobre la banalidad moral de la violencia gratuita y vista, la que se contagia como veneno, como un tóxico. Es una indagación sobre el pasado, ese objeto extraño y alejado al que –en este caso– se llega gracias al relato del padre y de un amigo anciano del narrador. Y es el examen de una amenaza: la de la muerte. ¿La violencia, el pasado y la muerte?
En realidad, aquello a lo que Marías vuelve es al relato que frena infructuosamente la muerte, el pasado, la violencia. O, como dice un personaje (Reresby) en este tercer volumen, «…siempre hay quien se mira actuar, quien se ve a sí mismo como en una representación continua. Quien cree que habrá testigos que relatarán su generosa o ruin muerte y que eso es lo que más importa. O que se los imaginan si no puede haberlos, el ojo de Dios, el escenario universal, lo que tú quieras, todo eso. Quien cree que el mundo depende de sus relatores y los hechos de que se cuenten, aunque sea muy improbable que nadie vaya a molestarse en contarlos, o en contar esos concretos, quiero decir los de cada uno. La inmensa mayoría de las cosas sólo ocurren y no hay ni hubo nunca registro de ellas, aquello de lo que nos llega noticia es una porción infinitesimal de lo acontecido. La mayoría de las vidas, y no digamos de las muertes, nacen ya olvidadas…»
Son palabras con una resonancia idéntica a las del final de Mañana en la batalla piensa en mí. Lean el último párrafo y verán. «…Cuando las cosas acaban ya tiene su número y el mundo depende entonces de sus relatores, pero por poco tiempo y no enteramente, nunca se sale de la sombra del todo, los otros nunca se acaban y siempre hay alguien para quien se encierra un misterio…»
Hablamos, escribimos, relatamos, nos remitimos cartas (ya no) y, ahora, nos mandamos correos electrónicos. El mundo nuestro acaba dependiendo de sus relatores, cierto, pero con esos relatos de que nos valemos provocamos malentendidos: sin pretenderlas ni buscarlas expresamente producimos confusiones, efectos no deseados que resultan de nuestras palabras. Leía días atrás que, según los expertos, los e-mails provocan todo tipo de malentendidos entre los remitentes. No hace falta ser un especialista para llegar a tal conclusión: tenemos aquí, entre los ususarios de este blog, suficiente experiencia. La escritura electrónica y la correspondencia postal y la conversación oral tienen sus reglas y tiene sus sobreentendidos y… confusiones, insisto. En un diálogo no todo lo decimos: hay cosas que se sobreentienden, que no hace falta explicitarlas porque forman parte del marco al que se someten los interlocutores. Hay una reglas de comunicación, que son normas de cortesía, normas que nos hacen mutuamente accesibles, pautas de comportamiento que nos permiten evitar los encontronazos. Pero en ese diálogo, repito, lo que efectivamente decimos puede interpretarse torcida o erróneamente, puede causar efectos indeseados o aberrantes…
La novela de Javier Marías, en la que hay numerosas disquisiciones sobre la lengua, sobre los usos lingüísticos, sobre los marcos culturales que invisten de significado a las palabras, es un habla que espera decirlo casi todo, precisarlo todo, con la recurrencia, la digresión y la repetición que son propias de nuestra comunicación. Esa novela no deja de ser un monólogo en el que vemos el esfuerzo de Deza por aclarar el sentido de lo que ve, de lo que le dicen, pero también de lo que no ve ni le dicen. Tanteamos, observamos.
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2. Hemeroteca
-Reseña de JS de Veneno y sombra y adiós en Ojos de Papel
-«La muerte en directo«, recensión breve en Levante-Emv (Posdata), 9 de noviembre de 2007
-Reseña de las partes primera y segunda de Tu rostro mañana en Ojos de Papel
-«Rojos«, Levante-Emv, 12 de noviembre de 2007
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MAÑANA DEL SÁBADO 17, NUEVO POST EN ESTE BLOG.
PERDONEN LA DEMORA…


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