La felicidad, ja, ja

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1. LA FELICIDAD, JA, JA

Hay un anuncio televisivo que me produce estupor. En el spot se habla de la felicidad. O, mejor, de un artículo cuya posesión nos procurará la felicidad, dicen. Se trata de un coche…

Hace unos días comentaba dicho spot con mis alumnos (en Historia y cultura en la época contemporánea). Estábamos hablando del concepto de felicidad de que se valen los revolucionarios del siglo XVIII –un concepto alumbrado por décadas de Iluminismo, de hedonismo parisino– y la anécdota del anuncio me sirvió para mostrar la profundas diferencias semánticas que pueden darse para un mismo vocablo: la felicidad en el Setecientos significa una cosa y otra bien distinta en 2007. ¿De qué modo se empleaba y se emplea dicha voz? Los usos lingüísticos han variado enormemente y, sin duda, un individuo feliz de 1789 no se parece gran cosa a otro del siglo XXI: un abismo histórico los separa.

En el preámbulo de la Declaración de derechos del hombre y del ciudadano, de 1789, se dice que el público conocimiento de los derechos naturales, imprescriptibles e inalienables, permitirá el recto gobierno. Si los poderes se atienen a esos principios sencillos (la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión), entonces podrá disfrutarse de una “felicidad general”, se proclama Literalmente Bonheur de tous.

Bonheur: es una noción compleja que, en contexto, no significa lo que ahora, inmediatamente, pensamos. Sin duda, es el precedente remoto del concepto actual de bienestar, pero ambos –la felicidad y el bienestar– no pueden identificarse sin más. Aquella felicidad tiene que ver con la civilización como progreso moral; tiene que ver con la dulzura de las costumbres que limita lo impulsivo, lo pasional, lo irracional; tiene que ver con la suavidad de trato, con esa sociabilidad contenida gracias a la cual unos y otros se hacen mutuamente accesibles; pero tiene que ver también con la virtud, palabra equívoca que se fundamenta en la idea de perfectibilidad humana y que algunos revolucionarios del Setecientos harán suya para forzar a los ciudadanos, para ajusticiarlos también. El Terror de Robespierre se basa en esa perfectibilidad humana, en la posibilidad de enderezar el fuste torcido de la humanidad: algo que parece muy noble y bienintencionado aunque su consecuencia es la violencia ortopédica o, a largo plazo, totalitaria. En efecto, los totalitarismos del siglo XX se basaron en el ideal del hombre nuevo, del individuo finalmente virtuoso: algo que esperaba Robespierre y que los totalitarios casi lograrán en el Novecientos.

Pero regreso al siglo XXI; regreso a ese concepto probablemente trivial que aparece en el anuncio televisivo (y sobre el que ahora quiero reflexionar). En el spot de promoción del vehículo se nos anuncia la felicidad, alguna otra forma de felicidad. Creo recordar que dice algo así como: si no le hace feliz, le devolvemos su dinero. Es decir, si el coche que le vendemos no le procura la felicidad, nos lo llevamos sin coste para usted. Sin duda, es una banalización de esa antigua bonheur, algo que tiene que ver con la sociedad de consumo y con el progreso material (una meta que, por cierto, estaba presente entre los viejos ilustrados). En Occidente vivimos en el sueño de un hedonismo consumado y consumido, en una creencia indolora que tiene sus aspectos positivos y negativos.

En primer lugar, esa quimera en parte real nos hace menos pasionales y violentos. Al menos, en principio: rodeados como estamos de bienes materiales –protegidos como estamos por un entorno que, de entrada, no nos hostiga–, nos volvemos menos impulsivos y quizá menos utópicos, cosa que resta tragedia a lo público, a las efusiones de la política, por ejemplo. Aferrándonos a lo posible –porque eso que es posible es materialmente accesible–, nos desenganchamos de lo utópico. Ya lo predijo Max Weber cuando quería hablar del realismo: “la política significa horadar lenta y profundamente unas tablas duras con pasión y distanciamiento al mismo tiempo. Es completamente cierto”, admite. Pero, a la vez, el sociólogo sabe del acicate de lo imposible. “Toda la experiencia histórica lo confirma”: “que no se conseguiría lo posible si en el mundo no se hubiera recurrido a lo imposible una y otra vez”. Por eso, en segundo lugar,  el hedonismo nos inhabilita para aguantar el dolor, para demorar la satisfacción, para soportar la frustración o para imaginar una realidad distinta de ésta que nos acoge.

La felicidad era una meta utópica y equívoca en el Setecientos: algo que podía dañar, incluso. Hoy se ha convertido en una promesa banal: algo que nos aseguran una marca automovilística o el líder de un partido. He leído los viejos y nuevos libros de José María Aznar, de Jaime Mayor Oreja, de Eduardo Zaplana (próximamente en esta pantalla). He de leer Madera de Zapatero. ¿Qué me deparará? Tal vez sea un volumen moderado en su perfil y en sus promesas. O quizá sólo sea la hagiografía de un hombre feliz. ¿Quién sabe? Ardo en deseos de leerlo… Bueno: a lo mejor no tanto.

En cualquier caso, podemos hallar esa trivialización de la felicidad a derecha y a izquierda. En mayores o menores dosis. Pero, a bote pronto, para ejemplificarla me viene a la cabeza un compromiso bien concreto: el de un candidato popular (liberal-conservador) en visperas de las pasadas elecciones. Yo no daba crédito: nos prometía la felicidad. Es raro, pues en Occidente los conservadores siempre han sido gentes extremadamente contenidas que no aseguran la dicha del porvenir.  También los liberales han sido morigerados en la expresión de sus metas. Ahora que se avecinan las siguientes elecciones y que los partidos se aprestan a establecer sus compromisos, supongo que la felicidad reaparecerá entre las promesas. La disputa ya es, definitivamente, empeño propagandístico o, mejor, reclamo publicístico que se lanza al viento. ¿Al viento? ¿Un brindis al sol? No exactamente: los compromisos de los candidatos quedan por escrito o registrados. Algún día, pues, podríamos afearles la conducta si han incumplido una tras otra las promesas hechas. Pero podría suceder también que los ciudadanos no diéramos demasiada importancia a muchos de esos compromisos que preceden a las elecciones: en el fondo no atan, pues los candidatos saben que luego los votantes no regresaremos al programa –que jamás hemos leído– para verificar lo dicho. Más aún, es posible que algunos de esos compromisos sólo merezcan el olvido (en el caso de que se recuerden), por ser sólo promesas demagógicas.

En general, los automóviles son decepcionantes. En comentario aparte de este blogMiranda dice ser  una “adicta conductora” y añade que, para ella, “no puede haber felicidad mayor que la de estrenar un buen coche. Ese ruido, ese ir conociendo sus peculiaridades, ese olor…” En efecto. Cada vez más, la publicidad nos vende los autos no por lo que son sino por lo que nos sugieren, por lo que nos provocan: no por su utilidad, sino por el placer que nos procuran, por el simbolismo que llevan aparejados, por la imagen de que están revestidos. A poco fiable que sea el vehículo, su función de utilidad dura, pero su efecto placentero pronto decae. Esto lo analizaba Albert O. Hirschman en Interés privado y acción pública, un libro dedicado al ciudadano-consumidor. Hay en dicha obra páginas espléndidas destinadas a aclarar las formas de la decepción.

Los coches son bienes durables verdaderamente decepcionantes, decía Hirschman: transcurrido un tiempo, el auto sigue marchando, cierto, pero ese brillo original y esa pátina se han ido perdiendo, y otros modelos nuevos vienen a desplazarlos. Es cuando comprobamos que no podemos deshacernos de un vehículo que precisamente dura: hay que amortizarlo. Mengua entonces la función de placer manteniéndose la función de utilidad. Sustituyan ustedes placer por felicidad y así regresaremos al principio de este post. Que nos prometan la felicidad con un coche es un compromiso o muy arriesgado o muy facilón: total, no hay oficina de atención al consumidor entristecido. Tampoco hay oficina de atención al elector decepcionado. El votante siempre puede castigar al político que le prometió la felicidad optando por otro partido, pero, por favor, que nadie se engañe (y nadie se engaña ya): la felicidad, la ofrezca quien la ofrezca, no es asunto de coches ni de candidatos.

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2. HEMEROTECA

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-“La retirada de Zaplana“, Levante-Emv, 19 de noviembre de 2007

-Todos los artículos de JS en Ojos de Papel

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3. NOVEDADES BIBLIOGRÁFICAS

A. Gilles Lipovetsky:

La felicidad paradójica. Ensayo sobre la sociedad de hiperconsumo. Barcelona, Anagrama, 2007.

He leído bastantes ensayos sobre Lipovetsky, alguno de los cuales aquí hemos analizado o citado. Sus libros suelen tener la medida exacta de empirismo, imaginación, rigor académico y comunicación ágil, y la verdad es que, esté o no de acuerdo, nunca me han decepcionado. Este que ahora menciono, La felicidad paradójica, aún no lo leído (cosa que haré pronto), pero por sus contenidos veo que se ajusta perfectamente a alguna de las cosas que en este post abordo.

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-B. Miguel Veyrat:

Fronteras de lo real. Palma de Mallorca, Calima ediciones, 2007.

El incendiario. Palma de Mallorca, La Lucerna, 2007

Instrucciones para amanecer. Palma de Mallorca, Calima ediciones, 2007.

50 comments

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  1. Miguel Veyrat

    Gracias, Justo, la felicidad, así a bote pronto y antes de entrar plenamente en materia, es tener amigos como vosotros. Un abrazo a todos, y permíteme añadir otro link del gran poeta malagueño Pepe Infante. Tiene algunas erratas el poema que reproduce, pero como decía André Breton, las erratas mejoran el texto: http://www.fotolog.com/afor_visuales2

  2. Pipiolo

    Eh serna dice El país que Zapatero se compromete a no usar “nunca más” el terrorismo en el combate político.

    PROMETE LA FELICIDAD. JOJOJO

    El jefe del ejecutivo pide a sus compañeros de partido que “suden la camiseta” porque “las elecciones no están ganadas”
    ANABEL DÍEZ – Madrid – 17/11/2007

    Zapatero ha pedido hoy que “nunca más” se use el terrorismo en el combate político ya que estas deben ser unas elecciones que han traído consigo la sentencia del 11-M. “Nosotros pasamos página y establezo el compromismo solemne de que nunca el terrorismo forme parte de la confrontación política”.

    El jefe del Ejecutivo, en el comité federal de su partido, ha hecho una llamada al Partido Popular para que, aunque estemos ya en el último tramo de la legislatura, “camine junto al Gobierno y a todos los demócratas contra el terrorismo de ETA”.

    Zapatero, en un discurso de hora y media, ha desgranado el balance de la legislatura y ha animado a sus compañeros de partido a que “suden la camiseta” para ganar las elecciones. “Estamos bien, pero no nos vamos a confiar ni un minutos. Las elecciones no están decididas”. Al final de su intervención, el presidente del Gobierno volvió sobre el asunto para advertir de que “para ganar las elecciones hay que merecerlo”.

    Aunque de su balance se desprendió que hay razones para que los ciudadanos vuelvan a darles la confianza, precisó que la opinión y la decisión están están en manos de los votantes.

    En un largo apartado sobre “convivencia democrática” incluyó los últimos episodios de política exterior y el rifirrafe con el presidente venezolana, Hugo Chávez. “Diálogo y firmeza”, es la receta que Zapatero seguirá en política exterior y frente a los que reclaman otro tipo de medidas, les pidió “responsabilidad para salvaguardar los intereses de España”.

    Zapatero, por último, consideró del todo inaceptable la respuesta del alcalde de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón, al escándalo de la corrupción de funcionarios de esta corporación. “La respuesta nunca puede ser privatizar los servicios, cuando los ciudadanos ponen en manos de los servicios públicos sus intereses”.

  3. Tobías

    Acaso las ideas de felicidad y confianza en el ser humano que defendían los ilustrados hayan quedado ampliamente desbordadas por los nuevos tiempos y las nuevas costumbres. La felicidad, como casi todo en un régimen liberal “avanzado y moderno”, se ha convertido en una mercancía más, y nuestros hábiles creadores de felicidad a la carta nos la presentan como fácilmente conseguible, tan fácil como acudir al concesionario.

    Es la felicidad virtual, aquella que deslumbra por su ostentosa exhibición de luces y oropeles atrayendo a los desesperados del Tercer Mundo, pero que oculta una profunda miseria moral.

    Ciertamente era una meta utópica y equívoca para los ilustrados pero sus esperanzas eran sinceras. Rousseau ya nos había prevenido contra lo que se nos venía encima, contra las cadenas que iban a esclavizarnos si continuaba el culto acrítico hacia el progreso. Sin embargo no quiso arrebatarnos la esperanza y podemos pensar con él que llegará el día en el que se abran las grandes avenidas. Al menos eso consuela.

  4. Miranda

    Abusando del anfitrión participar que envié al evento Veirat a unos buenos amigos, siete en total, que según me cuentan estuvieron encantados, como no podía ser menos.

    Respecto a la entrada de Don Justo decir que como adicta conductora no puede haber felicidad mayor que la de estrenar un buen coche.
    Ese ruido, ese ir conociendo sus peculiaridades, ese olor…

    Así que según mis neuras, la idea no es mala, no…
    Yo no lo devolvería por esa condición.

    Besos.

    M.

  5. Kant

    Me permitirán un pequeño aviso para tres de nuestros contertulios: les he dejado una intervención mía referida a uds tres en el anterior “post”. Me refiero a la señora Pavlova, doña Francisca (Fuca para el resto) y don Miguel Veyrat. Lo hago así para no mezclar temas de “posts” diferentes.

    Por otro lado, he de partir a una pequeña excursión – ¡no llamaremos a esto expedición! – arqueológica que me tendrá ocupado hasta el lunes. Regresaré – Dioses mediantes – entonces. Pasen uds. un buen fin de semana.

  6. Miguel Veyrat

    Gracias, Kant, pero la habilidad de leer “con despacio”, como toreaba, por ejemplo don Antonio Bienvenida, se da tras mucha lectura, tal como también vos habéis practicado, y también doña Francisca, quizás Fuca. Es el único modo de leer poesía, género que no “busca”, como el filosófico, sino que “encuentra”, como creía doña María Zambrano (“Filosofía y poesía”, Fondo Econónomico de Cultura, México, 1939). Regrese pronto, hijo de Hermes y Atenea. ¿O sobrino acaso?

  7. Fuca

    Supongo que la felicidad en abstracto no existe pero sí momentos felices; si estos abundan en la vida de una persona, tal vez esta persona se declarará feliz.

    “La felicidad de leer” es el subtítulo genérico de uno de los apartados de este magnífico blog de Justo Serna y creo que esta felicidad nos une a casi todos los contertulios, disfrutamos leyendo, aunque creo que no con las mismas lecturas; a mí no me apetece leer ni a Aznar ni a Mayor Oreja ni a Zaplana ni siquiera a mi paisano Suso de Toro escribiendo sobre Zapatero, me gusta leer a Javier Marías, a Miguel Veyrat o a Hermann Broch (estoy leyendo “Los sonámbulos” en estos momentos).

    Leer a Miguel Veyrat no es fácil, su poesía necesita tiempo, reflexión, pero a mí eso no me asusta; lo que me parece complicado es conseguir sus obras aquí en Coruña. Mi librero tardó varias semanas en conseguirme “Babel bajo la luna”; para que no me pasara lo mismo esta vez, acudí a la fnac (acaban de abrirla en mi ciudad) pero fue peor, allí ni siquiera les aparecía en sus archivos el nombre de Miguel Veyrat. Me parece que me adelanté, porque acabo de comprobar que ni siquiera en la editorial Calima aparece el título de “Instrucciones para amanecer”, habrá que esperar unas semanitas.

    Seguiremos charlando sobre la felicidad.

  8. Miguel Veyrat

    Ser feliz es una peculiar relación de equilibrio con la realidad, con el mundo, una adecuación individual al ser colectivo. Je est un autre, decía Rimbaud, que en el fondo quería decir que el individuo podía ser “otro” en otro nuevo proporcionado por la droga o el alcohol, la enajenación; algunos pensamos que felicidad es adecuarse al “otro” que está frente a nosotros, del otro lado del horizonte, hacia donde miramos de modo natural. Ismael, el personaje increíblemente humano de Melville en la historia de la ballena blanca, se maravilla de que dios, si hubiese querido que el hombre mirase hacia él, hubiese colocado sus ojos en lo alto del cráneo, en cambio los colocó frente a él, en la cara, en línea del horizonte. ¿Para mirar al otro, descubrirlo, intentar aproximarse a él, amarlo quizás? Quizá. Y la felicidad está en ese viaje.
    Fuca, por otro lado, le envío el email de Calima: es cierto que hace tiempo que no renuevan la página web. Se lo tengo dicho a Javier Jover, el editor.. Le puede pedir los libros directamente. Si no, pídale a Justo mi email, y yo tendré el sumo placer de enviarselos. Javier Jover- madrid@calimaediciones.com

  9. Miguel Veyrat

    Perdón, Fuca, se me olvidó recomendarle la lectura de “La Muerte de Virgilio”, opera magna de Hermann Broch ante de partir hacia su infeliz exilio norteamericano. No lo olvide. Me lo agradecerá.

  10. Pavlova

    Señor Kant, siguiendo su ejemplo, le he contestado en la anterior entrada del Señor Serna.

    Me parece, ya puestos y ya aquí, que hablan todos de la felicidad de muy pocas personas, aunque, real y desgraciadamente, sean las que cuentan, las que contamos. Para la inmensa mayoría de las personas de éste mundo, comer todos los días es la felicidad; abrir un grifo y que de él salga agua, una orgía que muchos ni imaginarán y no sigo poniendo ejemplos porque todos saben de qué hablo, que me parece que no es de lo mismo de lo que aquí se habla, pero es que hay tantas felicidades… La felicidad de esos millones de personas es la misma que fue hace mil años; en ellos no ha cambiado nada. Ya, ya sé que hablamos de una felicidad mucho más intelectual, a la que repugna, a mí me repugna, el anuncio del coche y todos somos conscientes de que la mayor felicidad es conformarse con lo que uno tiene, pero es que lo que nosotros tenemos, al margen de lo que poseemos, es el arte, la música, la poesía, la contemplación de un paisaje, todas esas cosas que, sin nada que comer o con que cubrir nuestra desnudez, no tendrían sentido ¿Quién no se ha cuestionado alguna vez la utilidad de lo que hace ante los millones de seres que carecen de lo más imprescindible?.

    Sí, la felicidad de nosotros ha evolucionado, cambiado como todo; la de otros muy próximos no. En las afueras de mi ciudad, de la suya, viven personas en chabolas para las que la felicidad sigue siendo lo mismo que para los que vivieron en chabolas hace un siglo ¿Qué será la felicidad para ellos? Sea lo que sea, para nosotros es mucho más difícil alcanzarla.

  11. Fuca

    Yo, como Ana Pavlova, también he contestado a Kant en la entrada anterior.

    Lo que allí escribimos sobre la banalización de las palabras, también podría servir para esta, ¿qué entendemos por felicidad?, porque, como muy bien dice nuestra amiga Ana Pavlova, muchas personas serían felices si tuvieran cubiertas sus necesidades básicas.

    Gracias, Miguel Veyrat, por tu ofrecimiento, pero quiero comprar tus libros, quiero ir a mi librería y pedirle al librero tus obras y hablarle de tu poesía, para que empiecen a conocerte por estas latitudes; ¡te lo mereces! “La muerte de Virgilio” ya la leí, me parece que es una obra para leer despacio, muy despacio, como tu poesía; hay que ir saboreándola poco a poco, sino uno se puede indigestar con las contradicciones de Virgilio en su lecho de muerte.

  12. Miranda

    Sopla!, veo con estupor que Don Justo me menciona en su entrada.
    Me he quedado turulata por la deferencia, así que intentaré explicarme con mis placeres.
    Creo que el consumo forma parte de nuestra existencia de muy diversas maneras.
    Parece que por su cualidad material (plástico o metal) han de colocarse los productos en según que estantería de la calidad perceptiva.
    Lo del coche es un ejemplo. Voy a ello. A ver…
    Mi relación con los coches empezó fatal. El primero que caté, de mi tío/padre, ya que hizo ese papel en mi vida, me sentaba muy mal. Era un coche inglés, grande, alto, negro, que según me metían en él me daban ganas de vomitar. Durante un tiempo se pensaron que era que me mareaba. Nada más lejos de la realidad, era ascazo a aquel olor de plástico quemado.
    El siguiente coche lo arregló todo. Era un Mercedes de aquellos redonditos, con asientos de cuero. Y según me ponían allí inmediatamente me dormía. Tal era la cosa que cuando por las tardes me entraba la murria, me metía en el garaje y me tumbaba en aquella cuna.
    Luego hubo muchos más, y más recuerdos, mi tío llevándonos a la playa a mis amigas y a mi, y nosotras detrás cantando, riendo, saludando a todo tipo de viandantes, personas, perros, vacas…
    Cuando cumplí 18 años ya sabía conducir, me había enseñado él pacientemente y con una valentía digna de encomio, habida cuenta de que mi forma de aprender a andar en bici fue tirarme por la cuesta más empinada de mi pueblo hasta que me sostuve.
    Mi primer coche fue un 2CV de “pi” mano. Adoraba ese coche, no sólo porque fuera mío, principal motivo, sino porque además se dejaba hacer. Me metí en un taller de la Citroën de pinche y aprendí a arreglar lo más sencillo, lo que me ahorraba tener que meterle en un garaje cuando se engrasaban las escobillas o se rompía el cable del embrague, cosa que tenía la mala costumbre de suceder a menudo.
    Con ese coche fui a la Universidad, y cargada de amigos hasta el rebose, de meriendas y demás sesudas actividades.
    El segundo fue otro 2CV, más avanzado, igual de eficaz, de sencillo, de fiel.
    Con ese coche he ido a Versalles, a un curso de música, durmiendo en esa campiña francesa que es como un lago verde, junto a él, tumbada en una manta, abrumada por la inmensa cantidad de estrellas que parecía que se iban a desplomar encima, de lo cercanas. He hecho la ruta de Becquer, la del románico catalán, la de la plata por esas carreteras imposibles que había en Extremadura, y mil y una veces la de Santiago, a estudiar y luego a trabajar con los amigos que aún me siguen aguardando
    En ese coche he llorado muchas veces, por crueles y letales razones, así me parecían, y allí sentada, con la cabeza sobre el volante he recuperado el resuello y he seguido viviendo.
    El día que fue llevado al desguace porque el robo de un tocino sin veta del pueblo le había definitivamente inutilizado, lloré en la calle mientras desaparecía en una esquina llevado por una fea y destartalada grúa.
    Luego tuve uno automático, un placer que nunca pensé sentir. Pensaba en mi prepotencia de conductora europea, herencia de motera, que la cosa de la conducción “deportiva” y “negociadora” era lo fetén. Eso de andar cambiando y haciendo doble embrague. Una estupidez. Conducir aquel coche fue un placer libidinoso. Tenía además piloto automático, con lo que apretando un botoncito él sólo subía a la velocidad y revoluciones programadas, así que en trayectos largos no se me acababa subiendo la bola de la pierna derecha, como tiene por costumbre.
    A partir de ahí procuré no rebajar el nivel, y salvo un AX resistente y tozudo, además de ruidoso, el resto han sido ya cochazos de los de ir bien sentada, cómoda, y dentro de lo que cabe, segura. Coches a ser posible de alta cilindrada y con mucho peso. A loa que les puedes pedir una salida veloz en un adelantamiento así que vayas subiendo Piedrafita.

    En los coches míos o de otros ha estado, por mi trabajo farandulero, media vida mía.
    Allí se me han declarado tres de mis ex novios, allí conocí una vez la gracia de dios orgasmera un día de resobes cerca de Comillas (bendito sea aquel buen mozo del que no recuerdo su nombre), allí fui llorando a un ensayo el día que desahuciaron a mi madre, allí fui de igual manera más de seiscientos kilómetros a moco tendido la vez que supe de buena tinta lo que es una buena paliza de un hombre enloquecido. Allí he llevado mis bichos a curarse, a morir, a enterrar.
    Mi vida y mis recuerdos están siempre asociados a un coche de distinta marca.

    Si tuviera los millones que hacen falta para estrenar un coche de las características que a mi me gustan, sería inmensamente feliz conduciendo esa máquina, oliéndola, escuchando su sonido para saber qué me pide, negociando las curvas con esas direcciones asistidas que cada una es un mundo, aprendiendo sus querencias, su caída, su forma de cimbrear la fuerza centrípeta.

    Es un placer. No hay nada comparable. Es absolutamente sensual. Y esos publicistas lo saben.

    A mi…me han calado.

    Perdonen la extensión, y beso.

    M.

  13. Miguel Veyrat

    PRECIOSA HISTORIA, MIRANDA. VALÍA LA PENA LA EXTENSIÓN. TODA UNA VIDA CONTENIDA ENTRE ESAS LATAS CONUN MOTOR DELANTE DETRÁS. BESO

  14. Kant

    Regresé. Las leí, doña Ana, doña Francisca (Fuca para uds) y, en efecto, no podemos usurpar esta “camilla” que nos brinda don Justo pero, de todas formas, sus palabras me han sido tan interesantes que, realmente, lamento no poder continuar esa charla. Sólo tres breves cuestiones: una, me ha dejado ab-so-lu-ta-men-te pasmado, sra. Pavlova, con lo que me dice de la repercusión de JM entre “fans” del escritor; lo ignoraba por completo, razón por la cual ahora entiendo porqué se creó la confusión con el concepto “amor”. Dos, supongo que por mi precipitación al escribir – lo hago muy deprisa siempre – en mi redacción se confundió alusiones que hice a comentarios de doña Francisca con presuntos comentarios de doña Ana, así que, en efecto, la cosa fue como la primera adujo, con lo que su memoria no es responsable de nada, doña Ana. Y tres, bueno, de acuerdo, me comprometo a buscar y remitirles a ambas – a través de don Justo – mi trabajito con “Scachs d’Amor”, pero, caramba, ahora me da un poco de reparo pasar tan triste labor a damas de su exquisito gusto literario…

    Es curioso, ya entrando en el asunto de este “post” que, como apunta doña Francisca, en efecto, buena parte del razonamiento que se siguió en el anterior para indagar sobre el uso adecuado de la palabra “amor” y, entonces, al reparar en ella, en su origen, su utilización preindustrial y su actualidad postmoderna, verla arrastrada por los lodos de la banalidad, vulgaridad y denigración – tal como igual podía decirse de “amistad” – podría aplicarse igualmente al de “felicidad”. Creo que en ello estaremos todos de acuerdo. No obstante, me gustaría que pudiéramos discernir sobre su sentido extrínseco y práctico y su sentido intrínseco y abstracto. En el primero, en efecto, como se apunta por parte del sr. Serna, don Tobías y doña Ana Pavlova – por orden de intervención – ha mutado.

    Y digo mutado, sólo, porque si denominamos evolución es esa deriva empobrecedora, creo más correcto definirlo, involución. Aunque como de todo hay en la viña del señor conde, lo dejo en mero cambio, al albur de los tiempos y del hundimiento de Occidente. De hecho, en ese plano externo, la inaccesibilidad a la felicidad colectiva, la necesidad de concretar el fundamento abstracto de la palabra en un objeto material, es el mejor termómetro para comprender porqué en África no hay ni grifos pero sí un SIDA galopante, porqué el Islam no se diluye como el cristianismo sino que, al revés, reverdece de forma violenta y arrolladora enervando (atendí su consejo, sr. Veyrat, y en efecto me refiero a “sacar los nervios” físicamente, sangrientamente) lo que fue una religión culta, convivencial y moderada en esta forma actual y cruel, perfecta antítesis de la imagen feliz que Occidente se dibuja de si misma (de nuevo Jeckyll y Hyde), porqué Asia, lejos de ser ese lugar de encuentro, aprendizaje y mixtura que soñó Alejandro, se ha convertido en alumno aventajado de la competitividad occidental y, como tal, comienza a superar al “maestro” (en artimañas, en suciedad, en inmoralidad), en fin, ya saben, este espléndido mundo de pensamiento débil, intransigencia y estulticia que hemos construido las dos últimas centurias y en el que comer una vez al día o poder no ir desnudo, en efecto, doña Ana, se ha convertido en paradigma de la felicidad para la inmensa mayoría – repito – la inmensa mayoría de nuestros congéneres humanos. Ante ello, inmenso, ciclópeo, nuestra nimiedad individual ¿qué puede hacer? ¿cómo contener el aluvión incardinado de imbéciles?…

    Incido, pues, en su segundo aspecto, el íntimo, el personal, último refugio para una persona consciente, el que se ciñe a su sentido más estricto: el de comprender la felicidad como un estado de ánimo y, como tal, individual, imposible de colectivizar, posible de acceder – pues depende de nosotros – producto, entonces, de una construcción personal, tal vez basada en pequeños caprichos – el automóvil de doña Miranda (por cierto, me sumo a la felicitación sobre su escrito de hoy a las 14’24), el especial viaje que nos propone el sr. Veyrat, la música de la sra. Pavlova, la lectura de doña Francisca o tantas otras introspecciones de cualquier contertulio – o, sencillamente, en el equilibrio interno, en la armonía de uno consigo mismo. La felicidad sí existe, doña Francisca, sí existe. Vive en los momentos, en los instantes, en las horas o meses o años en que nos lo permitimos – en lógico equilibrio con lo que podemos – que, ojo, hay quien se empeña en no serlo – y pasa, creo, muy lejos de la demencia romántica, pasa por la ataraxia.

  15. Pavlova

    Claro que existe la felicidad y no suele aparecer con grandes alharacas. Un paseo temprano, con todo lo que uno ama dormido, calentito, a buen recaudo en casa, con tu perro saltando al rededor y el olor de la hierva recién regada en el parque cercano y, de pronto uno siente que es eso, sólo eso. O sentarse a leer frente al mar, con ese olor intenso, su música constante y el sol poniéndose a la espalda mientras la luna sale enfrente nuestro, sabiendo que los que amamos están sanos y bien, porque eso si que no creo que haya cambiado en absoluto: la felicidad de las madres que en el mundo han sido y son, la felicidad de ver a sus hijos que están sanos y bien; esa, tengo para mí, que es siempre la misma y la condición indispensable para poder sentir todas esas otras felicidades momentáneas y dejarse envolver por ellas haciendo abstracción de tantas, tantas cosas… Pero la felicidad casi es un acto de voluntad, así es que, a ponerse, a ver si, al marcharnos de éste mundo, podemos decir como dicen que dijo Abu ‘Abd Allāh Muhammad, en cristiano Boabdil el chico, al salir de Granada: “Aquí fui feliz al menos cinco días”

  16. Miguel Veyrat

    Me apunto a Scachs d’Amor, don Emmanuel. Quiero leerle a usted más, más, más. Y enhorabuena, sí, enervar es desnaturalizar, como en una endodoncia, extraer el nervio, los nervios, desproveer algo sólido y vivo de todo su sentido. ¿Qué sería de cualquier organismo, incluidos los mentales, los morales, sin sistema nervioso? Es lo que ha sucedido con algunas — si no todas— religiones, también las político-ideológicas—que nacidas de un noble impulso de renovación intentando “religar” a adeptos a un proyecto espiritual de reforma de la manera de ver o afrontar el mundo, resultan enervadas por los chamanes que se apoderan de las voluntades de los fieles construyendo códigos de conducta y repartiendo certificados, usándolos para sus fines. Resulta d ellas un colgajo inane de normas, colgantes sin sentido como una acelga hervida.

  17. Kant

    ¡¡Pues sí que la he hecho buena!!… “et tu quoque, Veyrat?”… pero hombre, si es una traduccioncilla de chicha y nabo que hice con una osadía inconmesurable por mi parte… lo que pasa es que, haciéndola, me sentí feliz… qué curiosamente se entrelazan los temas… de pronto veo que su poesía, “Scachs d’Amor”, la felicidad y las acelgas (“les bledes”) se entreveran en una sola conversación… ja, ja, ja… bueno, es otra cosa que me hace sentir feliz.

  18. Miguel Veyrat

    Sí, la felicidad puede estar en un buen texto que sale redondo, equilibrado, repleto de sentido y bello.

  19. Miguel Veyrat

    Si les digo que me siento abrumado, dirán que practico una falsa modestia. No, ya me sentí abrumado la otra tarde, cuando recibía los elogios de mis amigos y lectores. Ya Pepe Infante en su blog decía que practico el silencio, no como tendencia poética, sino que huyo del ruido mediatico al que otros escritores son aficionados, y no los critico, seguramente obtienen réditos de ello. Yo, harto de escribir poesía en servilletas de cafeterías de aeropuertos y estaciones, como decía en la introducción de Fronteras de lo Real, decidí entregar a la escritura de poesía y la reflexión sobre ella, toda la energía y tiempo de que fuera capaz en el tiempo que me quedase de vida después de jubilarme (jubilatio, alegría, felicidad, debería ser). Esa es mi felicidad, pues. Por eso lo cuento ahora de nuevo. Sólo en el silencio de su taller, frente al atanor de la página en blanco, puede el poeta intentar una reinvención del mundo ahondando en su sentido, para proclamar luego su hallazgo con palabras frescas y nuevas, recién paridas sobre el aliento de un aire nuevo. Gracias, Juan Planas. Les recomiendo su obra. La Mansión de las luciérnagas y Duellum son dos de los más hermosos libros que he leído desde hace tiempo. O la lectura de su blog, “La telaraña”.

  20. Miranda

    Muy buenas, tengo que agradecerles lo cariñosos que han sido, y lo pacientes, y a Don Justo su generosidad a domicilio.

    Y también al señor Planas los enlaces que ha dejado. Me fué imposible asistir, pero leerlo es como si hubiera ido un poco. Veré de hacerme con el libro.

    Son ustedes una vecindad muy peculiar y agradable, hasta con vecino majareta que saca la cabeza cuando escucha el ascensor y suelta runfes, ¡que sería de un portal sin un “Paco”!.

    Es estupendo esto de internet. Produce tal cantidad de gustirrin (o felicidad) que calma la ansiedad más pintada.
    Por ejemplo la mía, que conocida ya mi adicción a coches y conducción lo más seguro fuera que acabara como Loquillo, que decía aquello de “yo para ser feliz quiero un camión”.

    Menos mal…
    Es un placer leerles, me hacen muy feliz.

    Beso.
    M.

  21. Miguel Veyrat

    Más felices seríamos, Miranda, si don Paco escribiese un hermoso texto y lo mandase. Seguro que lo que él llama ahora botafumeiro, al gustar a todos ustedes no resultaría en esa triste envidia de fláccida méntula o bálano mental, sino justa alegría de creador de felicidad.

  22. Fuca

    Pues no, amigo Kant, la felicidad no existe, no existe. Aquí, en este blog, parecemos todos felices pero yo no me creo este estado de aparente felicidad, no me creo que personas inteligentes como vosotros podáis vivir en esta sociedad y proclamar que sois felices; puede que pasemos por momentos felices –y está claro, Kant, que hay que aprovecharlos- pero de ahí a la felicidad (entendida en abstracto, como bondad o maldad) hay mucha diferencia. Vivimos momentos complicados, acaba un siglo y comienza otro, ¿será mejor? No soy demasiado optimista en este aspecto. Enlazando con el “post” anterior de Justo Serna, en la última novela de Javier Marías las partes que más me han gustado son aquellas en las que interviene el padre del narrador (identificado con Julián Marías) y Peter Wheeler. Hablando con su padre, este le dice:

    “Hoy todo da pavor y la gente es muy poco libre en lo personal y cada vez lo es menos en la educación de sus hijos. A los niños, antes, se les enseñaba muchas cosas en cuanto tenían uso de razón, por algo se llamaba así. Cosas que les podían ser útiles cuando fueran mayores, porque nunca se perdía de vista que un niño acabaría por ser mayor. No como ahora, en que lo que más bien se pretende es que los adultos continúen siendo niños hasta la ancianidad y además niños bobos y pusilánimes. Por eso hay tanta tontuna en todas partes. Es triste asistir a una época de decadencia, habiendo conocido otras mucho más inteligentes, dónde va a parar. Será una de las razones por las que no lamentaré demasiado mi marcha” (p.516).

    ¡Complicadillo este asunto de la felicidad! Prefiero no pensar demasiado en ella, sino dejaría de disfrutar de situaciones y momentos placenteros.

    Ps. Justo Serna, desearía comentarte una cuestión lingüística, una construcción que empleas en tus escritos y que no veo muy clara. Iba a mandarte un mensaje privado pero no sé cómo. Un saludo.

  23. Lázaro

    ¡Pufffffffff!. Aquí se lamen unos a otros……..terminarán engordando con tanta adulación y reventando de vanidad…

  24. Kant

    Doña Francisca (Fuca para uds), esa afirmación suya con la que inicia su última intervención me ha dejado conmocionado. ¿Cómo que no existe la felicidad? ¡Naturalmente que existe! Sólo que hay que cultivarla en el propio ser, al margen de las inclemencias en las que indudablemente vivimos.

    No voy a negarle ni una de sus afirmaciones, las suscribo todas. Vivimos tiempos duros, difíciles, de debilidad mental generalizada, de decadencia cultural extendida, de banalidad vital, de integrismo e intransigencia, de hambre, enfermedad y desamparo. Pero ello se da – permítaseme parafrasear al sr. Gramsci – en un largo tránsito desde un mundo que acaba (y como todo estadio terminal, aparentemente ufano de si mismo, dado al exceso derrochador, violento y estulto) y otro que no acaba de nacer (básicamente porque con los mimbres que aquel deja, triste canasto puede ensayar éste). De ahí que considere tan oportuna la cita de Javier Marías que nos aporta. Es cierto todo. Y ese todo, en nada niega la posibilidad de acceder a la felicidad, de ser feliz.

    Por eso insistí en mi anterior intervención en que lo que realmente es substancial del concepto felicidad es su aplicación práctica en un individuo dado. La felicidad como objeto final del Estado, hoy por hoy, es una empresa imposible. Pero en un ser concreto, definido, reconocible, inmerso en una vida cotidiana aprehendible ¿por qué no?. Si no mezclamos los sentidos privado – y en este caso, me inclino por la escuela epicúrea latina de Lucrecio – y público – el de la “res publica” universal – de la felicidad podremos obtener una buena perspectiva para afirmarnos como seres humanos, testigos de este difícilmente negable hundimiento secular de Occidente, capaces de conseguir la felicidad en si mismos.

    Una persona sujeta a las obligaciones sociales que le son imposible de librar y libre de las ataduras culturales que no quiera llevar; consciente de si misma y del mundo que la rodea, capaz de discernir entre lo posible y lo deseable y, de aquí, tan solidaria como solitaria, obviamente, no adocenada, con capacidad voluptuosa, con placer extraído del desarrollo intelectual, comprometida con su propio cuerpo tanto como con su mente, alegre y desvergonzada, capacitada para llorar, para dar y recibir amor (en todas las aceptaciones del DRAE), provista de risa y sonrisa, sin haber perdido ni su ilusión infantil ni su placer por jugar, con su carga de escepticismo y descarga de ataraxia, equilibrada consigo misma y capaz de encontrar en la armonía de los contrarios – oh, Janus Bifrons (nada de zarandajas pseudo orientales de “yin y yang”) – un espacio donde habitar en el tiempo que nos toca vivir, una persona así, le digo, si no se siente feliz es por ese empeño tan absurdo – penosa herencia cristiana que algunos han internizado en si, ya aceptando la religión del carpintero galileo ya, entre ateos y agnósticos, disfrazada de estoicismo – en ese absurdo empeño, decía, de negarnos lo que nos merecemos. Y todos merecemos ser felices. Y todos podemos serlo.

    PS: cualquier alusión de cualquier contertulio, referida a mi, con memeces de “autoayuda” relacionadas con esto último que he escrito, será castigada con fustazos inmisericordes hacia quien la profiriese. El que avisa no es traidor.

  25. Miranda

    Hija de esa culpa torticera que nos ponía la Iglesia como una boina (como el puñetero gorro de mi colegio, espanto de chisme) a veces digo una especie de jaculatoria “ay que pena más grande, cómo sufro…” cuando ando sorbiendo chicha de una nécora (ritual dominguero), o trasegándome un buen rioja con su jamoncin (soy del de Guijuelo) etc…
    En otras circunstancias, con compañía, lo digo por lo bajo para no espantar más que nada, no sea que se me malentienda.

    Es una especie de conjuro por si me cae una teja física o virtual.
    Da como palazo eso de ser feliz y cuando se adquiere un estado de cierta permanencia de goce, hasta vergüenza.

    No recuerdo que ministro de Franco era el que hizo correr la voz de que tenía una úlcera sangrosona para evitar la tirria que provocaba lo bien plantado que era y lo feliz que vivía con su señora estupenda.
    Así mismo, salvando las distancias, me siento.
    Y lógicamente cuando surge algún problema o disgusto valoro aún más la vuelta a la normalidad feliciana cuando la recobro.

    Con esto llego a un punto algo chungo. Siempre se ha dicho que la felicidad es cosa de idiotas o de simples…ya me dirán ustedes, yo estoy dispuesta a llegar a la matrícula de honor en panoli con tal de quedarme como estoy.

    Beso.

    M.

  26. Arnau Gómez

    Mi muy apreciado D. Justo.He leido su artículo sobre el muy elogiado Sr. Zaplana. Lo asombroso es que le produzca asombro que el sr. Zaplana no se haya ido a un despacho de abogado a “trabajar” de aquello que debía saber:de abogado.
    Siento decirle que el sr. Zaplana no pudo,no supo,no quiso, “trabajar”.No engañó a nadie más que aquellos/as que quisieron ser engañados.Lo dijo muy claro, que el que quería ganar mucho dinero en política.Y ¿para qué quiere “trabajar”?.
    Ahora lo tiene mucho más oscuro que en el momento en que se escribió un libro al dictado,aunque, no lo dude, estará en el campo político enla róxima legislatura y si gana el P.P. ¡Dios no,lo quiera!, ocuparáun cargo importante desde donde poder seguir embaucando a la gente que aunque le mire a la cara, no ve en él más que a un pobre engañado por las argucias de Zapatero con Z.

  27. Miguel Veyrat

    La felicidad llega con la liberación de toda la carga ideológica impuesta sobre la visión y utilización del mundo por las religiones e iglesia ad hoc, o cualquier dispositivo equivalente (recuerdo a la madre de Ramón Mercader que inoculó en vena la religión estalinista al asesino de Trotski) como muy bien dice Miranda. ¡Qué gozo comerse un bogavante con un buen blanco seco o un lomo a la brasa con un rioja y no sentir culpa alguna! No quiero descender, como con prudencia hace ella, a placeres más intensos, orgánicos, relajantes y placenteros. Pero la felicidad, Kant, estaría en el “enervamiento” espiritual para que nuestros sentidos enlacen “en directo” con la naturaleza en estado puro. ¿Panolis a la Miranda? Libres.

  28. Kant

    Si no le digo que no, volteriano Veyrat, si coincido con ud en esa visión final, en ese propósito último y general de la humanidad… pero mientras llega (que llegará…), no veo la necesidad de negarnos nada que esté a nuestro alcance, no veo el papel resignado, triste, del estoico cuando el Jardín de Epicuro (el de Lucrecio, puestos a preferir) está abierto de par en par. Conscientemente. Fundamentalmente. Que nos podemos regalar el placer de ser felices; eso es lo que alego.

    Y ahora, a esperar el “post” de don Justo en día tan señalado, ya saben, la muerte de Buenaventura Durruti (no le puse ni “don” ni “sr.” porque intuyo que, si nos pudiera leer, no estaría en nada conforme con tan antiguo título)… mmm… bueno, creo que hay algún otro óbito que recordar pero no consigo acordarme de quién se trata…

  29. Lázaro

    Si, la felicidad esta en comerse un bogavante de 85 euros el kilo, y un buen vino seco de 30 euros la botella. Mientras, la mayor parte de la población masca las raíces de la retama..

    Me parece que no pisan la tierra. Su vida burguesa los mantiene ciegos y sordos.

  30. Kant

    Me temo, don Lázaro, que tendrá que determinar un poco más a quién se refiere de los contertulios cuando lanza semejante exabrupto porque no uno, ni dos, ni tres, que han sido más, quienes hemos insistido en la conciencia de la situación real de la humanidad. Y yo, en concreto me he harto de pedir el discernimiento entre la parte pública y general de la felicidad – en una situación de mera ensoñación, siendo optimista – y la íntima y personal, perfectamente accesible para cualquier persona que quiera serlo. También avisé que para ese acceso individual, claro, se debe estar preparado, aunque sólo fuere por poseer la voluntad de querer serlo. No todo el mundo está capacitado para ello.

    No obstante, me parece que se refiere ud. más a la primera faceta. Sabida, conocida, asumida y luchando contra esa situación desde la barricada que cada cual puede alzar en su propia línea de frente ante el alud de la globalización desregularizada del capitalismo, adobada, ésta, encima, de pensamiento débil reaccionario y de un extremismo inmaduro que apenas si llega a ser progresista, ¿me quiere ud. decir que hacemos mientras llegan soluciones revolucionarias? ¿cilicio? ¿depresión?… ¿qué?… ¿lamentarnos, fustigarnos, lavar la mala conciencia dando óvolos a las oenegés patrocinadas por el Banco Mundial, militar en algún grupúsculo de iluminados, hacer profesión de fe proletaria mientras buscamos desesperadamente una hipoteca accesible, viajar al “Tercer Mundo” durante las vacaciones vestiditos de “Coronel Tapioca”?… ¿qué?…

    En fin, antes de lanzar vituperios, explíquese un poco más, por favor. O cállese. Gracias.

  31. Lázaro

    vituperio.

    (Del lat. vituperĭum).

    1. m. Baldón u oprobio que se dice a uno.

    2. m. Acción o circunstancia que causa afrenta o deshonra.

    Señor Kant, no he afrentado o deshonrado a nadie. Pregunta usted, ¿Qué hay que hacer?, ¡hombre!, lo que no hay que hacer en un blog, donde sus participantes presumen de criticar el sistema capitalista, es fardar de comer bogavante a 80 euros el kilo. Es un oprobio, para los que nunca lo hemos probado.

    Perdón por mi atrevimiento, soy un ignorante iletrado al lado de ustedes. Pero quizás, ya que fardan de su extensa cultura y de su quehacer intelectual, podrían dedicar parte de su tiempo a tratar a las gentes sencillas, conocer sus problemas reales y sus preocupaciones más inmediatas, transmitiéndoles esa sabiduría que ustedes atesoran y que tan solo utilizan para hacer florituras en el aire a través de este blog, que además viste mucho.

    Un saludo Sr. Kant. No intente desollarme con su literatura, admito que su preparación intelectual es superior a la mía. Enseñeme, Aleccioneme y baje de su fatuo pedestal intelectual.

  32. Lázaro

    Sr. Serna esta usted ebrio de elitismo intelectual y utiliza técnicas barriobajeras para desprestigiar a los que no hemos tenido ni el tiempo, ni las oportunidades para alcanzar su vida placentera y burguesa. Usted vive para los libros y en los libros, es decir, vive en una fantasía continua. Sólo habla y habla, en su blog, con sus alumnos, con sus compañeros intelectuales, habla, habla y habla, ¿pero cuándo los intelectuales actuarán? ¿y darán ejemplo de rebeldía, al pueblo? ¿cuándo se erigirán en Mesías de una sociedad futura más justa y equitativa? ¿cuándo los veremos enfrentarse valientemente, a cara descubierta, a los poderes establecidos?

    Mientras usted sólo hable, seguirá siendo un burgués apesebrado en la Universidad que sólo cacarea en el corral, para conseguir la adulación y engordar su vanidad.

  33. Lázaro

    “Cuando se encontraba en las proximidades del Hospital Clínico de Madrid (ocupado por los sublevados) fue herido mortalmente por un disparo cuya procedencia no está muy clara, existiendo diversas hipótesis sobre el origen de la bala que le hirió. Mientras algunas versiones afirman que fue disparada accidentalmente por su propio “naranjero” (versión española del subfusil Schmeisser MP28 II), otras apuntan a que pudo ser asesinado por agentes estalinistas. La versión del accidente es bastante verosímil, por cuanto el citado modelo de subfusil carecía de seguro y podía disparse por un simple golpe de la culata contra el suelo. Joan García Oliver, compañero de Durruti desde los tiempos de Los Solidarios, nos explica en su libro autobiográfico “El Eco de los Pasos”, y que fue la persona que acompaño a Durruti al frente de Madrid, vivo, y que lo acompaño de regreso a Barcelona, muerto, que nunca quiso creer está historia pues Durruti nunca en su vida usó naranjero, el mismo García Oliver nunca lo vio con ninguno, usaba pistola, ni tampoco en fotografía,recordando que Durruti se hacía acompañar permanentemente de un fotógrafo y un médico.

    Aun así, el posterior asesinato de Andreu Nin, líder del POUM, partido comunista no-prosoviético, por parte del NKVD, refuerza la sospecha que Durruti también fue asesinado por el régimen de la URSS”.

    Durruti victima del comunismo sovietico, fue en cierto modo vengado por Franco del que no se quiere usted acordar.

  34. Kant

    Don Lázaro, yo sólo desollaré a los idotas y, le aseguro, que no creo que sea su caso.

    Vengo empeñado a lo largo de varios meses, en este “blog”, en señalar que el pensamiento, la filosofía, la opinión… ya está demasiado tiempo usurpadas por los botarates que se llaman a si mismos “intelectuales”. Si nuestra cultura, la occidental, hubiese tenido que esperar la aparición de esos, aun estábamos esperando. Nos fraguamos durante milenios en el mercado del pueblo – el ágora, el foro – rodeados de gallinas y alcachofas, a los gritos, participando todos, hombres y mujeres, en construir el pensamiento clásico sobre el que se cimenta toda nuestra vida. Comadronas, zapateros, vagabundos (vagamundos)… todos ellos construyeron nuestra cosmovisión ¿cómo voy a aceptarle que se considere ud. inferior a mí? Ud. tiene sus ideas y yo las mías, las intercambiamos y ambos aprendemos del otro, ya está. Todos maestros, todos discípulos. Pensamiento libre. Aquí nadie va por encima de nadie y menos yo. Por favor, pues, no se tilde de “iletrado”.

    Eso sí, no me pida que abandone mi máscara fatua porque entonces dejaría de ser “Kant”. Sería, sólo, Manel Cantarell, y eso, al menos para mí, no es divertido. Permita que siga en mi embozo de viejo cascarrabias, egocéntrico y, sí, fatuo pero entiéndalo como un juego. Ya lo advertí, me gusta jugar.

    Hecha esta pequeña introducción, he de decirle que sí, don Lázaro, sí ha afrentado ud. Lo ha hecho a quién de forma inconcreta – “el que se pica ajos como” ¿no? – acusa de vida burguesa, ciega y sorda.

    También que dudo que nadie de los contertulios crea que criticar el capitalismo sea un acto para presumir de nada – un nuevo oprobio lanzado al éter colectivo e inconcreto de los contertulios – es la constatación de que el sistema económico en el que vivimos es inmoral (además de irracional). Y para decir eso no hace falta ser un obrero de la construcción con conciencia de clase, sólo una persona con luces.

    Yo tampoco he probado nunca un bogavante a 80 euros el kilo… pero me da que pensar sobre la clase de persona que puede encontrar la felicidad en ello ¿a ud no? Y aquí hablábamos de la felicidad personal, no de la moralidad pública.

    Por más que no se lo crea, yo, personalmente, no tengo quehacer intelectual alguno, sólo soy un aficionadillo al nefando vicio de pensar, y me consta que la profesión de alguno de los contertulios es la de administrativo, jubilado y funcionario. Pero todos compartimos nuestro tiempo en, precisamente, conocer temas reales y sus preocupaciones más inmediatas (supongo que sabrá, porque ha sido materia de este “blog”, que soy un ferviente “granota”, a la sazón que, por ejemplo, don David Montesinos es un “xoto” convencido; o que antes de este verano estuve clamando porque se leyera más ciencia ficción y menos monsergas naturalistas) pero, además, también de temas que afectan más al interior de las personas, sus sentimientos y preocupaciones más abstractas. No son florituras, son necesidades humanas cuya carencia adocena a las personas ¿o es que vamos a vedarle a quién apenas llega a fin de mes por su ridículo salario su preocupación por los recovecos del alma? ¿por qué?…

    Por último, que la desaparición del camarada Nin – el primer desaparecido político del mundo del que se tiene constancia – y el asesinato del compañero Durruti es producto del estalinismo, creo que ofrece poca duda para nadie que no esté fanatizado, pero ¡hombre! de ahí a decir que el ex general sublevado – cuyo nombre no me da la gana citar hoy – los “vengó” hay una distancia insalvable. Y ahí sí discrepamos abiertamente si se empeña en mantener esa idea.

    Un saludo, don Lázaro.

  35. Pavlova

    Lázaro ¿Frente a quién han de alzarse Serna, Kant, Miranda (anda que menuda la ha hecho), yo misma? ¿Qué debemos empuñar y contra quién? ¿Sabe usted si estamos capacitados para ello? ¿Sabe si lo estamos haciendo? ¿Es su modo el único? Perdone, pero me saca de quicio ese reproche desde el proletariado al señorito ¿Usted qué sabe? ¿Sabe, acaso, el esfuerzo de cada uno de los que aquí participan para llegar a poder escribir cinco líneas seguidas? ¿Sabe si han fregado escaleras para poder llegar a sus estudios, sus lecturas? ¿Sabe, aparte de charlar en éste blog, como amigos, qué hacen? ¿Sabe si Miranda, que le da un aire literario a todo lo que escribe, ha probado siquiera un bogavante?

    Mire, las personas que más han hecho por la igualdad, porque todos puedan comer bogavantes (entienda la pequeña broma a la que añado que ¡por favor! nadie me someta a tal tortura -la de comer bogavantes-), prácticamente lo único que han hecho es hablar y hacerlo a sus discípulos (como Serna, ya ve usted); desde Cristo a Martin Luther King pasando por Gandhi.

    Hay un problema grave y es el resentimiento, que no digo que sea su caso en absoluto, ni que no sea completamente humano y comprensible, aunque no plausible, pero usted ha hecho que no me fíe mucho al decirnos que no puede comer bogavantes. Entiendo que debe ser muy joven; que está arrebatado y quiere salvar el mundo, pero, mire, es que no es de recibo entrar en casa ajena como lo ha hecho exigiendo explicaciones y reprochando la mesura, la cultura y… el comer bogavantes. Mire, me fio mucho más de quien lucha por los demás desde esa cultura, desde esa preparación que de quien reprocha esas cosas como si la cosa estuviera ahí ¿Por qué? ¿Es que lo quiere para él, o para todos? ¿Debemos renunciar a lo logrado con infinito esfuerzo y trabajo para no herir al que no ha estado dispuesto a hacerlo o no ha tenido condiciones o posibilidades? No me mezcle la cultura, la preparación o la mesura con las necesidades primordiales, ni confunda el logro de ellas con igualar a todos por abajo. Ayer mismo decía yo (y perdón por citarme) que raro es el que no se ha planteado la utilidad de lo que hace porque la sensación es que, realmente, mientras haya una necesidad vital por cubrir, no debería escribirse un libro, ni un poema, ni dar una pincelada, ni tañer una cuerda, pero es que, eso que no está al alcance de todos, sí puede ayudar y de hecho ayuda a un mundo mejor para todos.

    Entiendo que la broma (lo que entiendo por broma) de la felicidad a través de comidas, bebidas o coches caros, puede resultar muy insultante y muy pijo, pero no me lo compare con la labor intelectual o con unos cometarios aquí, por favor, ni hablando de su inferioridad intelectual, que no veo por ninguna parte, para lograr ese especie de sentimiento de culpa y de necesidad de justificación que he creído notar en Kant.

    Verá, usted se sentirá muy herido por lo que lee aquí (le ha faltado llamar “señoritos” a los contertulios), pero seguramente no puede hacerse ni idea del daño que puede hacer con sus palabras y lo injustas llegan a ser. Es algo que no deberíamos dejar que nos pasara en un lugar como éste en que no sabemos realmente quién es nadie, pero que nos ocurre; nos hiere lo que digan los demás y puede herirnos mucho.

    Yo quiero que todo el mundo tenga sus necesidades primordiales cubiertas (y lucho por ello) y luego que, el que no sabe lo poco que yo sé, llegue a saberlo (pese a lo poco que es, supone un gran esfuerzo) y después, que todos sepamos tanto como Kant o como Justo y podamos expresarlo como ellos y ¿sabe? Me parece que todos los que aquí participamos, en la medida de nuestras posibilidades, somos conscientes de que aquello que tenemos la fortuna de poseer, poco o mucho, tenemos el deber ético y moral de trasmitirlo. Un modo es desde aquí, desde éste blog. Perdone, Paco, que esto no va por usted.

    En fin, que le contesto porque fio en su buena voluntad, en sus altas miras, pero no es eso, Lázaro, no es eso.

    Ah, y perdón por la extensión y ya fuera de plazo, pero tampoco quiero yo acordarme de aquella miseria humana, del asesino aquel que gobernó mi país de la peor manera durante cuarenta años y que no vengó a Durruti ni a nadie; tan sólo se vengó él de su carencia intelectual, de su estatura, de su voz… de tantas cosas y se vengó en nosotros, en la mitad de un país que dejó destrozado, diezmado y humillado y que sigue dividido y lleno de secuelas del periodo más largo de la historia de carencia intelectual, moral y ética. Mire por dónde y a dónde hemos llegado, a lo que puede producir el resentimiento, la incultura y confesémoslo, en ese caso, una grave patología psicopática.

  36. Miranda

    Por alusiones.

    Yo prefiero las nécoras, la verdad.
    Los bogavantes (que ignoro el número de los que me he comido) son como los melones, hasta que no les abres no sabes si son buenos. Es un riesgo que a ese precio (unos 70€… en época cara) no merece la pena. Ahora bien, cuando salen buenos son estupendos.
    Las langostucas pequeñas en cambio siempre están llenas, pero no se de dónde coñe las traen ahora, o cuanto tiempo las tienen en acuario, el caso es que no saben a nada.
    Aquí gusta mucho el txangurro, y a veces compro alguno, pero para mi no hay nada como las nécoras, es un gusto suave e intenso a la vez, una cosa magnífica.
    Pero no las recomiendo así como así. Es todo un arte saberlas comer bien. Comerlas mal es un desperdicio sacrílego.

    Dice bien el amigo lo del precio de la botella. Un buen blanco seco no baja de ahí…o sube. Ahora bien, yo tengo debilidad por el blanco de La Nava, un blanco intenso, oloroso, medrao en barrica de jerez…mmm…

    Unas seis, con cuatro basta para aburrirse de cascarilla, pero bueno, unas seis necorillas, unos blanquines y luego algo ligero, al gusto, de segundo, es una comida muy gratificante para los domingos.

    Me resulta sumamente trabajoso hacer un cálculo de lo que le cuesta alternar al personal por sitios ahumados (con humos de otros) ruidosos e incómodos y lo barato que es comer y beber excelentemente en la casa de uno. Así que aparto de mi ese cáliz.

    Lo que yo quería decir en realidad es que agradezco mucho que hayan sacado esta conversación tan jugosa (gástricamente hablando) mañana tengo que ir a hacer intendencias y voy a ver si pillo unas cigalinas (si las hay, zas! por la mitad y a la plancha).
    Hay que aprovechar, que enseguida le triplican el precio y ya se pone todo estúpidamente caro hasta febrero.

    Beso.

    M.

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