1. LA FELICIDAD, JA, JA
Hay un anuncio televisivo que me produce estupor. En el spot se habla de la felicidad. O, mejor, de un artículo cuya posesión nos procurará la felicidad, dicen. Se trata de un coche…
Hace unos días comentaba dicho spot con mis alumnos (en Historia y cultura en la época contemporánea). Estábamos hablando del concepto de felicidad de que se valen los revolucionarios del siglo XVIII –un concepto alumbrado por décadas de Iluminismo, de hedonismo parisino– y la anécdota del anuncio me sirvió para mostrar la profundas diferencias semánticas que pueden darse para un mismo vocablo: la felicidad en el Setecientos significa una cosa y otra bien distinta en 2007. ¿De qué modo se empleaba y se emplea dicha voz? Los usos lingüísticos han variado enormemente y, sin duda, un individuo feliz de 1789 no se parece gran cosa a otro del siglo XXI: un abismo histórico los separa.
En el preámbulo de la Declaración de derechos del hombre y del ciudadano, de 1789, se dice que el público conocimiento de los derechos naturales, imprescriptibles e inalienables, permitirá el recto gobierno. Si los poderes se atienen a esos principios sencillos (la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión), entonces podrá disfrutarse de una «felicidad general», se proclama. Literalmente Bonheur de tous.
Bonheur: es una noción compleja que, en contexto, no significa lo que ahora, inmediatamente, pensamos. Sin duda, es el precedente remoto del concepto actual de bienestar, pero ambos –la felicidad y el bienestar– no pueden identificarse sin más. Aquella felicidad tiene que ver con la civilización como progreso moral; tiene que ver con la dulzura de las costumbres que limita lo impulsivo, lo pasional, lo irracional; tiene que ver con la suavidad de trato, con esa sociabilidad contenida gracias a la cual unos y otros se hacen mutuamente accesibles; pero tiene que ver también con la virtud, palabra equívoca que se fundamenta en la idea de perfectibilidad humana y que algunos revolucionarios del Setecientos harán suya para forzar a los ciudadanos, para ajusticiarlos también. El Terror de Robespierre se basa en esa perfectibilidad humana, en la posibilidad de enderezar el fuste torcido de la humanidad: algo que parece muy noble y bienintencionado aunque su consecuencia es la violencia ortopédica o, a largo plazo, totalitaria. En efecto, los totalitarismos del siglo XX se basaron en el ideal del hombre nuevo, del individuo finalmente virtuoso: algo que esperaba Robespierre y que los totalitarios casi lograrán en el Novecientos.
Pero regreso al siglo XXI; regreso a ese concepto probablemente trivial que aparece en el anuncio televisivo (y sobre el que ahora quiero reflexionar). En el spot de promoción del vehículo se nos anuncia la felicidad, alguna otra forma de felicidad. Creo recordar que dice algo así como: si no le hace feliz, le devolvemos su dinero. Es decir, si el coche que le vendemos no le procura la felicidad, nos lo llevamos sin coste para usted. Sin duda, es una banalización de esa antigua bonheur, algo que tiene que ver con la sociedad de consumo y con el progreso material (una meta que, por cierto, estaba presente entre los viejos ilustrados). En Occidente vivimos en el sueño de un hedonismo consumado y consumido, en una creencia indolora que tiene sus aspectos positivos y negativos.
En primer lugar, esa quimera en parte real nos hace menos pasionales y violentos. Al menos, en principio: rodeados como estamos de bienes materiales –protegidos como estamos por un entorno que, de entrada, no nos hostiga–, nos volvemos menos impulsivos y quizá menos utópicos, cosa que resta tragedia a lo público, a las efusiones de la política, por ejemplo. Aferrándonos a lo posible –porque eso que es posible es materialmente accesible–, nos desenganchamos de lo utópico. Ya lo predijo Max Weber cuando quería hablar del realismo: «la política significa horadar lenta y profundamente unas tablas duras con pasión y distanciamiento al mismo tiempo. Es completamente cierto», admite. Pero, a la vez, el sociólogo sabe del acicate de lo imposible. «Toda la experiencia histórica lo confirma»: «que no se conseguiría lo posible si en el mundo no se hubiera recurrido a lo imposible una y otra vez». Por eso, en segundo lugar, el hedonismo nos inhabilita para aguantar el dolor, para demorar la satisfacción, para soportar la frustración o para imaginar una realidad distinta de ésta que nos acoge.
La felicidad era una meta utópica y equívoca en el Setecientos: algo que podía dañar, incluso. Hoy se ha convertido en una promesa banal: algo que nos aseguran una marca automovilística o el líder de un partido. He leído los viejos y nuevos libros de José María Aznar, de Jaime Mayor Oreja, de Eduardo Zaplana (próximamente en esta pantalla). He de leer Madera de Zapatero. ¿Qué me deparará? Tal vez sea un volumen moderado en su perfil y en sus promesas. O quizá sólo sea la hagiografía de un hombre feliz. ¿Quién sabe? Ardo en deseos de leerlo… Bueno: a lo mejor no tanto.
En cualquier caso, podemos hallar esa trivialización de la felicidad a derecha y a izquierda. En mayores o menores dosis. Pero, a bote pronto, para ejemplificarla me viene a la cabeza un compromiso bien concreto: el de un candidato popular (liberal-conservador) en visperas de las pasadas elecciones. Yo no daba crédito: nos prometía la felicidad. Es raro, pues en Occidente los conservadores siempre han sido gentes extremadamente contenidas que no aseguran la dicha del porvenir. También los liberales han sido morigerados en la expresión de sus metas. Ahora que se avecinan las siguientes elecciones y que los partidos se aprestan a establecer sus compromisos, supongo que la felicidad reaparecerá entre las promesas. La disputa ya es, definitivamente, empeño propagandístico o, mejor, reclamo publicístico que se lanza al viento. ¿Al viento? ¿Un brindis al sol? No exactamente: los compromisos de los candidatos quedan por escrito o registrados. Algún día, pues, podríamos afearles la conducta si han incumplido una tras otra las promesas hechas. Pero podría suceder también que los ciudadanos no diéramos demasiada importancia a muchos de esos compromisos que preceden a las elecciones: en el fondo no atan, pues los candidatos saben que luego los votantes no regresaremos al programa –que jamás hemos leído– para verificar lo dicho. Más aún, es posible que algunos de esos compromisos sólo merezcan el olvido (en el caso de que se recuerden), por ser sólo promesas demagógicas.
En general, los automóviles son decepcionantes. En comentario aparte de este blog, Miranda dice ser una «adicta conductora» y añade que, para ella, «no puede haber felicidad mayor que la de estrenar un buen coche. Ese ruido, ese ir conociendo sus peculiaridades, ese olor…» En efecto. Cada vez más, la publicidad nos vende los autos no por lo que son sino por lo que nos sugieren, por lo que nos provocan: no por su utilidad, sino por el placer que nos procuran, por el simbolismo que llevan aparejados, por la imagen de que están revestidos. A poco fiable que sea el vehículo, su función de utilidad dura, pero su efecto placentero pronto decae. Esto lo analizaba Albert O. Hirschman en Interés privado y acción pública, un libro dedicado al ciudadano-consumidor. Hay en dicha obra páginas espléndidas destinadas a aclarar las formas de la decepción.
Los coches son bienes durables verdaderamente decepcionantes, decía Hirschman: transcurrido un tiempo, el auto sigue marchando, cierto, pero ese brillo original y esa pátina se han ido perdiendo, y otros modelos nuevos vienen a desplazarlos. Es cuando comprobamos que no podemos deshacernos de un vehículo que precisamente dura: hay que amortizarlo. Mengua entonces la función de placer manteniéndose la función de utilidad. Sustituyan ustedes placer por felicidad y así regresaremos al principio de este post. Que nos prometan la felicidad con un coche es un compromiso o muy arriesgado o muy facilón: total, no hay oficina de atención al consumidor entristecido. Tampoco hay oficina de atención al elector decepcionado. El votante siempre puede castigar al político que le prometió la felicidad optando por otro partido, pero, por favor, que nadie se engañe (y nadie se engaña ya): la felicidad, la ofrezca quien la ofrezca, no es asunto de coches ni de candidatos.
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2. HEMEROTECA
-«La retirada de Zaplana«, Levante-Emv, 19 de noviembre de 2007
-Todos los artículos de JS en Ojos de Papel
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3. NOVEDADES BIBLIOGRÁFICAS
A. Gilles Lipovetsky:
–La felicidad paradójica. Ensayo sobre la sociedad de hiperconsumo. Barcelona, Anagrama, 2007.
He leído bastantes ensayos sobre Lipovetsky, alguno de los cuales aquí hemos analizado o citado. Sus libros suelen tener la medida exacta de empirismo, imaginación, rigor académico y comunicación ágil, y la verdad es que, esté o no de acuerdo, nunca me han decepcionado. Este que ahora menciono, La felicidad paradójica, aún no lo leído (cosa que haré pronto), pero por sus contenidos veo que se ajusta perfectamente a alguna de las cosas que en este post abordo.
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-B. Miguel Veyrat:
–Fronteras de lo real. Palma de Mallorca, Calima ediciones, 2007.
–El incendiario. Palma de Mallorca, La Lucerna, 2007
–Instrucciones para amanecer. Palma de Mallorca, Calima ediciones, 2007.



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