Fotografías: Luis Gaspar y Xurxo Lobato.
1. Madera de Zapatero. ¿La cubierta?
23 y 24 de noviembre de 2007
He de leer Madera de Zapatero, escribía días atrás. ¿Qué me deparará?, me preguntaba. Tal vez sea un volumen moderado en su perfil y en sus promesas, profetizaba. O quizá sólo sea la hagiografía de un hombre feliz, me decía. ¿Quién sabe? Ardo en deseos de leerlo, añadía. Pues bien, cumplo mi palabra. No he querido consultar las reseñas que de este libro se han publicado, algunas de la cuales se enlazan aquí mismo, en la sección de Hemeroteca. Las he enlazado pero no he querido saber qué dicen hasta completar mi Madera de Zapatero. Las leeré, por supuesto, pero posteriormente: para que Arcadi Espada o Matías Vallés, entre otros, no me condicionen…
En un libro, lo primero que hay que examinar es su cubierta. Los grafismos y los paratextos nos dan una información más o menos abundante, más o menos reveladora. Llama la atención un primer plano de Rodríguez Zapatero, un primerísimo primer plano que secciona y deja fuera parte de su rostro y de su cabeza, como si con esa imagen incompleta la editorial advirtiera ya de los contenidos. Como me gusta repetir con Louis Ferdinand Céline, «tout ce qui est intéressant se passe dans l’ombre. On ne sait rien de la véritable histoire des hommes«. Perdonen la pedantería, pero la fotografía (de Luis Gaspar/Cordon Press) produce esa impresión: el propio retratado se tapa la boca con la mano izquierda, con gesto de escucha o de timidez, ocultando, pues, lo que piensa o lo que está a punto de decir. Se le ve en estado de espera, mirando fijamente, con esos ojos claros que es lo primero que sorprende de su rostro. El primer plano revela los estragos del tiempo o del cargo: con unas ojeras que ya arrastran incipientes bolsas, con unas canas que abundan, con unas arrugas que surcan la frente. A pesar de ello, la imagen aún refleja juventud.
Los ojos parecen mirarte expresamente, pero si los observas bien te das cuenta de que no es así. Miran sin ver, algo que nos sucede frecuentemente: como cuando nos desenganchamos de la realidad sin cerrar los párpados, como cuando estamos pensando en las musarañas, como cuando nos preocupa algo hasta el punto de abstraernos. La fotografía, pues, da la impresión de semipenumbra o de silencio, algo que se compadece bien con leyenda de la contracubierta. Al principio de ese paratexto leemos: «El 23 de julio de 2000, José Luis Rodríguez Zapatero fue elegido Secretario General del PSOE. Casi nadie sabía quién era. ¿Lo sabemos hoy? Sobre él se han escrito libros y largos reportajes, muchos de ellos inspirados por una voluntad de descrédito que llega a lo grotesco. A pesar de ellos, José Luis Rodríguez Zapatero sigue siendo un desconocido…»
Pero regresemos a la cubierta. En ella se aprecia inmediatamente el tamaño del apellido, ese ZAPATERO que aquí destaca como reclamo: unos milímetros que aún no llegan a las mayúsculas crecientes con que AZNAR pone su apellido en las cubiertas de los libros. El subtítulo es descriptivo: no es propiamente un autorretrato, como veremos, sino un volumen que compendia Suso de Toro con voces que lo retratan verbalmente. Pero en dicho subtítulo hay algo extraño. En la fotografía del libro que circula en Internet (que es la que he puesto aquí) pone Retrato de un Presidente. En cambio, en la cubierta de mi ejemplar leo Retrato de un presidente. ¿A qué se debe esa minúscula final? ¿Es titubeo o es modestia?
2. Madera de Zapatero. ¿Una novela política?
25 de noviembre de 2007
Decía que este libro está compuesto de voces que retratan verbalmente al personaje. La información que los intervinientes dan es interesada, como corresponde a un volumen concebido para celebrar a un mandatario. En la literatura política norteamericana o en la francesa o en la italiana, esto es perfectamente normal: que sea un libro militante no significa que sea desechable. Si leyéramos los tratados, los ensayos, los panfletos… con sentido crítico, todo podría sernos útil: miraríamos oblicuamente para captar entre líneas lo que se dice y lo que no se dice, lo manifiesto y lo implícito, el retrato en negativo. Me sorprende que tantos rechacen la lectura de libros políticos: de Aznar, de Rodríguez Zapatero, etcétera. Estos volúmenes no son prescindibles sin más. Si empleamos el sentido crítico (que no las anteojeras), estas obras nos documentan sobre la vida real, sobre las fantasías de nuestros mandatarios, sobre sus quimeras o audacias. Yo las leo como los expedientes de un archivo, con el mismo interés, con la misma emoción. En efecto, estas lecturas repiten una situación que me es muy familiar: me recuerdan cuando acudo al archivo para desempolvar legajos examinando la prosa de los antepasados. Lo que hace aprovechable el documento no es si nos cuenta toda la verdad, como algunos ingenuos esperan; lo que lo hace aprovechable es la lectura sintomática, indiciaria, de lo que hay o no hay escrito.
Tengo la impresión de que la mayor parte de lo que en Madera de Zapatero se nos traslada es básicamente aprovechable: aprovechable en el sentido de que nos proporciona una versión de los hechos en la que los actores creen y que nosotros leemos sintomáticamente. Es, por tanto, un documento, vale decir, testimonia con mayor o menor sesgo lo que el presidente dice o no dice de sí mismo o lo que sus afines defienden. No tengo por qué desconfiar de los panegíricos, incluso de los ditirambos, que a Rodríguez Zapatero le dedican sus amigos y colaboradores. De hecho, esas alabanzas a la labor realizada (sacar al Partido Socialista del descrédito en que había caído a finales de los noventa) parecen estar justificadas retórica y políticamente: no es tan sencillo convencer a una organización derrotada, con el liderazgo fracturado, de que no está tan mal. Como dijo el 22 de julio de 2000 cuando presentaba su candidatura a secretario general ante los delegados al XXXV Congreso: «Quiero deciros en primer lugar que yo subo aquí convencido de que no estamos tan mal», sabedor de los apoyos y poderes locales y autonómicos de que aún disponían, cosa que parecían haber olvidado muchos de sus correligionarios.
Los elogios que a Rodríguez Zapatero se le hacen subrayan este aspecto: en un momento de absoluto desconcierto, hacia el año 2000, el aspirante supo trasmitir optimismo. No sé de dónde se sacó esa energía. Para él mismo, la convicción le vino y aún le viene de su familia: del ejemplo lejano de su abuelo, el capitán Lozano, ajusticiado por los vencedores; de su madre, voluntariosa y decidida hasta la muerte; y sobre todo de su padre, un abogado de provincias que ha sabido sobrevivir en un contexto político hostil. Son breves las páginas dedicadas en este libro a dichas cuestiones, pero revelan un relato familiar que no es improbable ni infrecuente. La pesadumbre y la violencia del franquismo volvieron retraídos a muchos de quienes lo padecieron. La dictadura y la humillación hicieron secretamente fuertes a muchos que lo sobrevivieron. Desde este punto de vista, el nieto del capitán Lozano no exhumaría una historia antigua, sino que se nutriría de un relato familiar bien vivo que aún lacera. ¿Hasta qué punto?
Para algunos de sus críticos (que en este libro no aparecen, desde luego), esa convicción de Rodríguez Zapatero revela la hostilidad de un nieto agraviado, o muestra el adanismo de quien empieza de cero, o demuestra la inconsciencia de quien sólo es un joven inexperto. Pero no creo que sea tan incontestable la explicación que la derecha nos propone: esa según la cual los radicalismos de hoy vienen de una laceración familiar, una suerte de rencor productivo que el joven habría sabido aprovechar para hacerse un líder nuevo y presuroso dispuesto a todo. Los determinismos familiares –una suerte de novela familiar, dicho al modo de Freud— no explican suficientemente la naturaleza de su liderazgo: como tampoco explican sus audaces o acertadas o equivocadas decisiones. Antes bien, por lo que parece, Rodríguez Zapatero mide bastante las opciones calculando su chance y sus tiempos, evaluando sus riesgos. Ya lo dije hace meses: con maquiavelismo, con realismo. Los amigos y familiares que en este libro testimonian coinciden en un par de cosas que no son necesariamente positivas: es muy calculador y, sobre todo, escucha, escucha en silencio, en espera, quizá sopesando siempre qué efectos tendrá en su proyecto y en su persona aquello que se le dice.
Un partido político –y éste es un volumen de partido– ha de ser una maquinaria bien engrasada para ganar elecciones, pero sobre todo es un ámbito de lucha interna en la que los rivales son vecinos. Lo sorprendente no es que Rodríguez Zapatero haya sabido rebasar a sus adversarios socialistas en un contexto de derrota electoral (2000). Lo llamativo es haberlo hecho con tanta astucia: sin que se le notaran las ganas, sin que se le viera el ansia, evaluando, eso sí, el peso de sus apoyos.
¿Por qué el entorno del presidente ha tardado tanto tiempo en confeccionar Madera de Zapatero? ¿Por qué hemos debido esperar a 2007 para ver impresa una obra que le sea partidaria, una obra que le eleve ante la galería? «Sobre él se han escrito libros y largos reportajes periodísticos tanto bien como mal intencionados», dice Suso de Toro, el prologuista y el autor de la composición que ahora leemos. Lo raro es que de Rodríguez Zapatero aún nos falte «conocer su propia versión de sí mismo«. Podemos pensar que los libros políticos no se leen y, por tanto, podemos pensar también que un volumen como éste tiene poca venta y escasa repercusión. Pero estas obras no están concebidas como best-sellers, sino como testimonios que duran lo que dura una contienda electoral. No se leen pero provocan presentaciones (increíble, culpablemente en el Instituto Cervantes) y repercusión: que hablen de mí…, que es la lógica mediática de nuestros días.
En todo caso, este volumen pretende eso justamente: recrear al personaje a partir de testimonios favorables, con un envoltorio que reclame la atención, que ocupe una parte de nuestro interés. Insisto: en la literatura política de otros países, estos libros son frecuentes. Piénsese, por ejemplo, en Walter Veltroni, alcalde de Roma. Si acudes a Librería Feltrinelli, la sección de actualidad está repleta de libros de y sobre él, de sus ideas, de los testimonios de sus amigos, de sus modelos (Kennedy), de sus ideas, de sus proyectos. Es todo un género. En el caso de Madera de Zapatero, lo que no acabo de entender es que el prologuista califique dicha obra de «una especie de novela política». Que sea política, lo entiendo. ¿Pero novela? Yo no creo que esta obra tenga que ver con la ficción (que es la condición de lo inventado verosímil), sino con el diálogo, con la declaración, con el retrato más o menos acertado: con la versión de sí mismo… Pero, otra vez, en este libro hablan más sus compañeros que el propio protagonista. Admitiremos que es extraño que sean otros quienes den preferentemente esa versión. Tal vez por ello, el retrato de la cubierta muestra contención, freno verbal. Tal vez por ello, los amigos y familiares destacan su capacidad de escucha. ¿Y cuál es el resultado de dicho retrato, de ese perfil trazado colectivamente?
3. Madera de Zapatero. ¿Un héroe de clase media?
26 de noviembre de 2007
«…él se debe a la gente. Es un hombre muy libre, muy independiente. Es un ciudadano de clase media, de provincias, de una familia decente. Igual que su padre, como abogado, se debe a sus clientes y es un hombre honesto, pues en su honor, en su crédito personal, le va la suerte profesional…» Eso afirma José Andrés Torres Mora en Madera de Zapatero. Lo dice del presidente del Gobierno y, sin duda, describe una impresión compartida: la que tiene Torres Mora, la que tiene el círculo de amigos y familiares y, sospecho, la que el propio mandatario debe de tener de sí mismo. El protagonista de este libro no es un líder de extracción obrera. Tampoco es un dirigente sindical. No es un funcionario acreditado. Es, por el contrario, un ciudadano de clase media: un abogado que, a diferencia del padre, ha dedicado su esfuerzo a la política y no a la profesión. No ha padecido estrecheces materiales; no ha debido dejar los estudios para sostener la economía familiar, como otros tuvieron que hacer. Esa condición no es la de un privilegiado: fue bastante común en la España de la prosperidad y de la transición. Fue, en efecto, la de numerosos muchachos nacidos a finales de los cincuenta o principios de los sesenta para cuyas familias los estudios eran el medio de ascenso o de confirmación de estatus, familias que con empeño pudieron costear licenciaturas.
Además, en el caso de Rodríguez Zapatero, parece ser que el ejemplo del abuelo ajusticiado y el silencio reflexivo y dolido del padre le llevaron a emprender lo que uno u otro no pudieron hacer, aquello que no estaban en condiciones de realizar. Así lo leo en este libro y, a falta de otras fuentes, así he de aceptarlo como testimonio: es la imagen que da de sí mismo y la que los amigos corroboran. Y eso que sus mayores no pudieron consumar es, precisamente, la acción política. Pero decir política durante la transición es decir Parlamento. Precisamente por eso, más que un abogado en ejercicio, Rodríguez Zapatero será parlamentario. Fue el diputado más joven y durante varias legislaturas ha renovado su acta. El auténtico aprendizaje empieza ahí: su verdadero ensayo como dirigente de un partido, sabiendo qué se juega, qué son las alianzas, que es la micropolítica. «Él crece en el parlamento», dice Julián Lacalle. «Ya no es estar en León», su circunscripción electoral, añade Lacalle. Hablando de los socialdemócratas alemanes, ya decía Robert Michels en 1911 que el conflicto más grave de una organización viene cuando el líder orgánico no es a la vez parlamentario. El diputado se faja, se curte y, sobre todo, aprende disciplina y demora. O, como dijera Enrico Berlinguer, el parlamentario ha de ser un culo di ferro, alguien que sabe esperar, que sabe hablar, pero sobre todo alguien que sabe resistir y negociar sin agotarse. Es la cualidad clásica e imprescindible de la liza política. ¿En qué consiste? En no abandonar la mesa hasta el fin de las negociaciones; en no mostrar cansancio o hastío; en decir sin dar más para así persuadir y cansar. Eso sostenía Berlinguer: hay que tener paciencia, deliberación expresa, convicción y ascendiente.
En las páginas de Madera de Zapatero, la cualidad más destacada por quienes celebran al protagonista es precisamente ésa: «nos sentábamos siete u ocho a la mesa», admite Antonio Cuevas, «y él ya tenía ascendiente», con su característica expresión de escucha, de atención o de reflexión. No sólo hay que escuchar, atender o reflexionar, sino que, además, hay que mostrar esa actitud, hay que impostarla incluso. Sin duda, todos los parlamentarios no son así, pero aquel que aspire a dirigir un partido necesitará crearse afines, necesitará hacerse conocer y necesitará dominar el poder en escenas, hablando o en silencio, con decisión y con contención, con pragmatismo. Rodríguez Zapatero, el joven diputado que en 2000 se postula finalmente –digo bien: finalmente— a la secretaría general de su partido, es y se sabe epítome de su tiempo, ejemplo de su generación: reúne varias características sociológicas imprescindibles y las hace valer con astucia, con maquiavelismo, insisto. Es y se sabe un calco de mucha gente. Por eso pone el énfasis en su condición corriente, en su aspecto normal: eso que tantos esperan de un tipo muy parecido a ellos.
4. Madera de Zapatero. ¿Un nuevo Arturo?
26 y 27 de noviembre de 2007
Rodríguez Zapatero se nos parece a muchos, en efecto. Somos como él: grises y mediocres, dice el señor Kant en este blog. Somos hijos de familias de clase media o de empleados del Estado. Poco heroicos, sí. En 2004, Rodríguez Zapatero ganó las elecciones generales sin que el éxito estuviera garantizado. Es decir, la derrota se veía como eventualidad. Hoy, tengo la impresión de que los socialistas no contemplan dicha posibilidad. ¿Qué sucedería con un partido derrotado en las elecciones? Leo en Madera de Zapatero unas declaraciones de Carme Chacón: «El poder que tiene José Luis en este momento no lo ha tenido ningún secretario general. Lo tiene en un puño».
Dicho lo anterior, advierte inmediatamente el lapsus, y tratando de corregir esa torpeza, intentando enmendar lo del «puño», añade: «pero no porque ejerza el poder con puño de hierro, sino por convicción, por afecto, por ilusión». Que el secretario general de un partido tenga a la organización en un puño porque controla los resortes del poder puedo entenderlo. Que los tenga a todos «por convicción, por afecto, por ilusión» me parece una descripción poco creíble o escasamente realista (nada acorde, por lo demás, con la actitud despierta y difidente de cualquier político en activo). Como me parece igualmente inverosímil o hiperbólico que el prologuista identifique a Rodríguez Zapatero con el «mito de Arturo, aquel joven que se coronó rey».
Insisto: ¿qué pasaría si el actual presidente perdiera las elecciones? ¿Conservaría la corona de Arturo despertando la misma convicción, el mismo afecto, la misma ilusión que el héroe épico? ¿O, por el contrario, su reino saltaría por los aires? Ditirambos semejantes he leído de Mariano Rajoy y aquí mismo los he analizado. La hipérbole del seguidor, del militante, del amigo puedo comprenderla, porque se fundamenta en una verdad exagerada en la que el afín cree: en función de ella obra. Pero hay un problema: el elogio desmesurado agiganta virtudes reales hasta convertir en un monstruo al individuo real, amenazado siempre por el engreimiento del poder, del poder gubernamental o de partido. «Recuerda que eres mortal, recuerda que eres mortal», le decía el bufón al monarca. Si el actual líder del PP saliera derrotado de la próxima contienda, ¿se mantendría la devoción que algunos le dedican? Creo que los populares contemplan como posibilidad perder las elecciones con Rajoy y creo que, por eso, hay delfines dispuestos a suceder al registrador de la propiedad, digo… al soberano. No tengo claro que en el PSOE la eventualidad de la derrota se tome tan en serio como en la organización rival: seguramente porque los efectos de la pérdida podrían ser aún más desastrosos. El desconcierto del PP no puede ser mayor al del 14 de marzo (aunque su refundación orgánica, sí); el del PSOE sería de difícil digestión. Pero, por eso mismo, el empeño de Rodríguez Zapatero parece tan obstinado, un candidato al que ahora vemos muy batallador y muy dispuesto a representar en escenas (mítines retransmitidos) la normalidad heroica de que se reviste, el republicanismo que profesa.
5. Madera de Zapatero. Fin
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A. HEMEROTECA
-JS, «La cena de los políticos«, Levante-EMV, 26 de noviembre de 2007
(Última colaboración de JS en Levante-Emv. Terminó)
-JS, «Rodríguez Zapatero y el buenismo«, Levante-EMV, 17 de abril de 2006
Sobre Madera de Zapatero:
-AE, «Tocando madera«, El Mundo, 17 de noviembre de 2007
-MV, «Zapatero de madera«, Levante-EMV, 24 de noviembre de 2007
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B. FERNANDO FERNÁN GÓMEZ
Léanlo en el blog de David P. Montesinos. No se lo pierdan.



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