“Durante bastantes años escribí columnas semanales, y al cabo de un cierto tiempo noté con mucha fuerza el cansancio, el peligro tremendo de la repetición, de la autoparodia, del exceso de confianza, incluso del compadreo con el lector o con otros colegas”, dice Antonio Muñoz Molina en “Literaturas de periódico”, un artículo publicado en Mercurio (núm. 95, noviembre de 2007).
Hay un placer y un riesgo en el columnista habitual, ciertamente. Como también hay goce y peligro en el lector: se establece una fidelidad con nuestro autor, la de quien se “habitúa al encuentro periódico con una columna, se reconoce en ella o disiente de ella, en ese juego de búsqueda, hallazgo e identificación que es la base de toda literatura”. Esa fidelidad –que, sin duda, es una satisfacción narcisista para quien publica (ya que se sabe seguido)— puede convertirse “en coartada para la pereza mental. El lector perezoso y sectario es alimentado por el columnista en su pereza y su sectarismo, y le pide a cambio no que le deslumbre o que le desafíe, sino tan sólo que le confirme en sus prejuicios”.
Comparto muchos de los reproches que Antonio Muñoz Molina dedica al columnismo, un género que él practicó semanalmente durante bastantes años y al que yo también me he encadenado durante meses y meses. Como al autor de El jinete polaco, también a mí me repugnan el sectarismo de quienes aprueban o condenan, los juicios expeditivos, las opiniones de vuelo gallináceo y el mero reconocimiento o compadreo. Creo que hay que ser exigentes como lectores y como autores para evitar estos males. En junio de 2006 publiqué un artículo en el diario Levante-Emv que llevaba por título “Periodismo sectario”. Veo con satisfacción que, aparte del aprecio por sus novelas, me une a Muñoz Molina una concepción semejante de lo que es la literatura de periódico.
El 11 de marzo de 2006 comencé a colaborar semanalmente en Levante-Emv con un artículo titulado “Los liberales y la calle”. El 26 de noviembre de 2007 se publicaba mi última columna en dicho periódico: “La cena de los políticos”. Desaparece, pues, la rúbrica bajo la que escribía, Lente de contacto, un rótulo poco original –lo reconozco— pero que me ha servido para decir que yo miraba valiéndome de recursos ajenos; que yo leía para entender; que yo me servía de prótesis para extenderme. Espero no haber sido eso que tanto detesto: sectario. Quizá se me reconozcan ciertas simpatías ideológicas, pero me siento cómodo leyendo a quienes me desmienten o me obligan repensar las cosas. En el primer artículo que publiqué en Levante-Emv empezaba citando a Ralf Dahrendorf; en el último, sin saber aún que iba a ser el último, vuelvo a mencionarlo. Cito el mismo libro y por la misma razón: por la agudeza de su autor. Quién me iba a decir a mí que el ciclo se cumplía con estas simetrías imprevistas.
¿Las razones de mi marcha de Levante-Emv? Me permitirán la discreción (porque así se me ha pedido y porque así lo aconseja la prudencia). Se me ha cuidado en dicho periódico y no tengo nada que reprochar del trato dispensado: no recuerdo censura alguna. Empecé de la mano de Juan Lagardera –amigo– y continué después de su marcha. Es decir, que allí me han soportado durante meses sin el amparo de Juan. Sabía que la colaboración con Levante-Emv tenía que acabar en enero de 2008… (porque así se me había dicho días atrás). Yo he querido adelantar su final dado que no deseo ser una carga. Quedo libre, pues, para nuevos compromisos. Deberé hacer el duelo –como dicen los analistas–, después de un ejercicio semanal que me obligaba a estar en forma. ¿Y el blog? La bitácora que ahora están leyendo ustedes está actualmente asociada a Prensa Ibérica. Ignoro cómo resolveré su futuro: no sé si en este mismo servidor o en otro. Mi deseo es continuar. Pero, aparte del blog, espero seguir escribiendo artículos en prensa. Eso sí, como apostilla Muñoz Molina, ojalá la libertad de columna no me lleve a la “autoindulgencia, especialmente si no hay un editor que pueda llamarle [a uno] la atención, sugerirle que no se repita, proponerle temas alternativos”. En el blog de todos ustedes, en este que ahora leen, no hay ese riesgo: son los lectores quienes amonestan, corrigen, enmiendan, apostillan.
Muchas gracias.


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