0. Lo vemos así: solo, inexpresivo, incluso temeroso, entre unas plantas, entre unos arbustos tras los que se embosca. Ignoramos su estado de ánimo y lo que después ocurrirá.
1. La casualidad ha querido que lleguen a mí dos novedades editoriales que poco o nada tienen que ver entre sí, pero que, bien miradas, poseen elementos comunes. Leer así, cosas heterogéneas, tiene rendimientos muy placenteros, depara sorpresas: hallamos luces, vínculos y concomitancias entre libros distintos o referencias distantes; encontramos lecciones provechosas al sumar obras heterogéneas; nos alimentamos con nutrientes variados, incluso contradictorios. Tengo sobre mi mesa la Historia de la fealdad, de Umberto Eco, y El mundo, de Juan José Millás. Semanas atrás, Anaclet Pons se nos adelantó cuando con perspicacia hablaba de la Storia de la bruttezza; yo, por mi parte, he procurado escribir lo más aseadamente posible de la novela de Millás en el número de Ojos de Papel que acaba de aparecer. Hay algo en común: un examen de lo feo, de lo extraño, de lo monstruoso. Del sentimiento de lo feo, de lo extraño, de lo monstruoso.
Así, a bote pronto, creemos saber qué es la fealdad. Lo contrario de la belleza, diremos: siendo la belleza aquello que se caracteriza por la armonía, por la proporción. Convencionalmente, lo feo sería, pues, aquello que carece de ambas propiedades: lo que no tiene concertación entre sus partes, aquello a lo que le falta correspondencia. Sería también lo que no posee conformidad o equilibrio: lo que, en suma, es desordenado, con elementos incongruentes. Pero, como bien nos advierte Umberto Eco, en su Historia, la fealdad es un criterio evidentemente cultural e histórico, un criterio que cambia de acuerdo con la idea misma de lo aceptable, de lo tolerable, de lo normal, de habitual, de lo convencional, de lo sano. No podemos conformarnos diciendo que todo cambia con el curso del tiempo y que, por tanto, es imposible definir lo feo. En cada momento histórico, en cada sociedad, en cada cultura, sabemos o creemos saber qué es lo que nos sorprende desagradablemente, lo que nos repugna estéticamente. Puede que no siempre sea lo mismo, en efecto, pero eso que repudiamos por su fealdad lo rechazamos valiéndonos de un sentimiento semejante: algo hay en un rostro, en un objeto, en un paisaje o en un hecho que juzgamos feo. Es decir, algo hay que vemos inarmónico, desproporcionado, contrario a su tiempo, inesperado, insoportable.
Admitido lo anterior, hay, sin embargo, dos asuntos importantes a considerar. ¿Qué pasa cuando esa percepción la tiene quien se vive feo, ajeno, distante, desencajado? ¿Y qué sucede cuando lo feo es validado, cuando es incorporado como parte de lo estético? En el primer caso, no se trata de que te vean feo, ajeno, distante, desencajado, sino de que tú te veas así. Cuando tal cosa ocurre, la impresión de extrañeza, de extrañamiento, de desterritorialización… incomoda, desestructura el yo frágil de quien sobrevive como puede. Pienso en la criatura de Frankenstein, por supuesto. Él, que era de identidad prístina, incontaminada, acaba viéndose así: como un monstruo. ¿Lo es? Para quienes lo juzgan con los criterios estéticos del Ochocientos, para su propio creador (Victor Frankenstein), es desde luego un ser espantoso, de suturas mal cosidas, de rostro tumefacto, con pliegues que lo avejentan… a pesar de su edad infantil. Difícilmente te van a aceptar los demás si tú no te aceptas, si además se hace explícito el rechazo. Pero hay algo raro en ese monstruo: si prescindimos de Victor –tan irresposable y duro–, la fealdad del ser nos conmueve. Por eso, lo hemos incorporado y lo hemos rehabilitado. Está solo, se siente solo: nadie le dispensa ternura alguna. Se pregunta para qué vive, para qué se le ha creado, y por ello interpela al mundo que lo repudia: él no es culpable de la fealdad. Lo sabemos y por ello le perdonamos. ¿Quién, alguna vez, no se ha sentido extraño, incómodo, ajeno al entorno en que existe? Es, de hecho, una constante de la condición humana. Hay al menos un momento en nuestras vidas en que nos sentimos mal encajados. El niño que no sabe cómo crecer, cómo madurar.
Digo lo anterior y regreso a El mundo, precisamente. En la novela de Millás, que es una autoficción, el narrador reelabora su infancia: la narra y a la vez piensa y repiensa sus significados. Es la historia de un niño que se siente extraño, aunque no espantoso. Pero, a semejanza de los monstruos, se interroga sobre la filiación, sobre los padres, sobre su lugar en el mundo, sobre su encaje… Hacia el final, el narrador evoca aquella célebre película que interpretara Harrison Ford de la que en estas fechas se cumplen veinticinco años: Blade Runner. «O soy irreal yo o es irreal aquél», dice refiriéndose al niño que ahora exhuma. «Me viene a la memoria la escena…», añade, «en la que los replicantes observan las fotos de sus padres falsos, de sus hermanos falsos, de sus abuelos falsos al tiempo que construyen una historia familiar falsa». Una de las claves de esta novela de tono psicoanalítico es precisamente ésa: la impresión de haber sido un niño de filiación equivocada. Como se sabe, ésta es una de las constantes de la literatura freudiana. Me refiero a esa impresión tan común que tienen muchos individuos de no ser hijos de quienes dicen ser sus padres. A este sentimiento neurótico frecuente, Freud lo llamaba novela familiar. Podríamos resumirlo con nuestras propias palabras (indudablemente peores y más romas que las de Millás).
Ese individuo que está ahí haciéndome creer que es mi padre, haciéndose pasar por tal, en realidad es un impostor. Cuando nací, sé que hubo un error en el hospital, un cambio de cunas que nadie advirtió. Ése es el secreto de mi vida, de mi dolor, que sólo ahora descubro, dice el adolescente incomodado, extraño, feo, monstruoso. Llegará un día en que este entuerto se enderece o en que este malentendido se aclare. Entonces conseguiré librarme de esos dos tramposos que simulan ser mis padres, de ese progenitor que no se responsabiliza de mí y que me tiene secuestrado desde chico.
Sin duda, éste será un sentimiento perfectamente comprensible para alguien –para cualquiera de nosotros– que perciba el repudio del mundo, que se percate del maltrato que se le inflige: un maltrato real o fantástico, pero no menos doloroso, el de quien se ve como un monstruo, un tipo raro, un ser extraño. Insisto: como cualquiera de nosotros.
Hacer la taxonomía de muchas de esas fealdades es lo que ha pretendido Umberto Eco en su atractivo libro: es una suerte de galería de monstruos ideados por la fantasía humana o concebidos por la imaginación mimética. Lo curioso es que esas deformidades no son tan raras… Echamos un vistazo ahí fuera y las vemos , ciertamente. Pero examinamos el interior y vemos a ese doble que pugna por aparecer: a ese ser interno o previo o remoto en quien no queremos reconocernos, porque nos avergüenza. Por eso, Juan José Millás relata la vicisitud de otro monstruo: el narrador que fue niño y que fantaseó con su propia excepción o deformidad. Ese relator, un tal «Juan José» o también un tal «Millás», cuenta con angustia lo que pensó de sí y lo que ahora ya no es. El problema no es que no fuera espía o misionero (como creyó ser); el problema no es que se mintiera. La cuestión es que ordenó su vida según esas fantasías, según esas excentricidades tan comunes. Narra, pues, con la modestia de quien hace la ficción de la propia vida, de quien hace su autoficción.
Sin duda, ya no puede relatar como un autor realista; tampoco como un memorialista exacto. Ya no puede hacer de sí mismo aquello que quería hacer Balzac con la Francia del Ochocientos: escribir como un zoólogo. En el famoso prólogo a La comedia humana tenía (1842), Balzac declara su intención. «Han existido, pues, y siempre existirán, especies sociales como existen especies zoológicas. Y si Buffon llevó a cabo una obra magnífica al tratar de representar en un libro el conjunto de zoología, ¿no habría otra obra que hacer de ese estilo con respecto a la sociedad?», se pregunta. Ahora, siglo y pico después, la taxonomía ya no puede ser realista: será fantástica, porque ese ser narrado también lo es. Ya no tenemos a un sujeto seguro de su identidad (al principe, al banquero, al artista, al burgués, al cura o al pobre, de quienes Balzac quiso pintar sus caracteres): tenemos a un ser incierto o, como dice Manuel Alberca (El pacto autobiográfico, 2007), a un buscador, a «un simulador de identidades». El monstruo de Frankenstein fue, desde luego, su antepasado. Nuestro antepasado.
Fin
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2. Noticias
La Asociación Colegial de Escritores y Traductores ha concedido a Miguel Veyrat el Premio Stendhal 2007 por la traducción del libro de Jacques Darras Antología fluvial. Es posible leer su prólogo aquí. Enhorabuena.
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3. Hemeroteca
–Desde el lunes 3 de diciembre de 2007 ha acabado mi colaboración con Levante-Emv. Algún detalle de este cese lo preciso en el post anterior (Columnismo habitual).
–Reseña de El mundo, de Juan José Millás, en Ojos de Papel, diciembre de 2007. Artículo de JS.
–Celebración de Doris Lessing (Premio Nobel), en Ojos de Papel, diciembre de 2007. Artículo de Francisco Fuster.


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