1. Internet provoca ilusiones ópticas (2007)
Con un buscador encuentras de inmediato lo que buscas. Pero aquello que buscas es lo que hay: al lado de miles…, qué digo miles, al lado de millones de referencias. Lo instantáneo es el nuevo modo de relación y de percepción, algo que se ha agudizado con el desarrollo de Internet. Todos podemos tener nuestro espacio electrónico; todos podemos ser fuentes de información; todos podemos tener opinión. La multiplicación exponencial de nuevos medios, la facilidad de su acceso, la rapidez de uso, etcétera, nos habitúan a lo inmediato. Es un logro, indudablemente. Pero es también una pérdida. Hasta hace poco tiempo, el mundo no estaba organizado ni concebido con fines informativos. En ese escenario, lo próximo o lo distante aún tenían una medida humana. Podíamos desplazarnos y comunicarnos, desde luego, pero ese mundo siempre estaba muy lejos y el viaje era arriesgado, azaroso. Como el conocimiento, que era custión de demora. Paciencia: había que tener mucha paciencia. Ahora, con la revolución de los transportes y de las comunicaciones, todo parece estar al alcance del ratón: al alcance de un clic, por ejemplo. Hace casi tres años, publiqué en mi primer blog una reflexión sobre las prisas, sobre las prisas de tantos lectores electrónicos: era, en parte, una cavilación compartida con Rogelio López Blanco. Ahora, este amigo me informa de un artículo que trata este asunto en el diario El País. Creo que el objeto es importante y creo que sigue siendo válida la reflexión que escribí. Lo recupero y, si les parece, discutimos sin prisas.
————-
2. Leer blogs (2005)
«Son lectores compulsivos que quieren abarcar muchas cosas, visitar otras webs”, admite Rogelio López Blanco. Por eso, “consumen de forma televisiva los textos, sobre los que, en consecuencia, apenas fijan su atención”, añade. “Hay un déficit de capacidad de concentración patente”. ¿Por qué razón? Pues porque muchos usuarios, sobre todo los más jóvenes e impacientes, “no son capaces de asumir que los textos pueden ser complejos, que tienen varias implicaciones y significados que se van sumando, como si fueran tomas de cámara desde distintos ángulos”, incapacitados para reconocer que “deben leerlos más de una vez. Y así nos va, consumen pero no entienden, no crecen, sino que engordan”, concluye.
Este diagnóstico que, insisto, debo a Rogelio López Blanco describe con precisión lo que son hábitos de lectura muy frecuentes entre muchos internautas y sobre todo entre tantos visitadores de bitácoras. La consulta instantánea que salta entre párrafos, que acude a las negritas o a los enlaces, que revolotea sin demorarse. “La ley de los weblogs es la remisión permanente –mediante los links— a cualquier otros sitio de la web”, admitía Alejandro Piscitelli en Internet, la imprenta del siglo XXI. “En este sentido, violan el principio de pegajosidad (stickiness) que impera generalmente en la red y que exige no dejar que el visitante abandone nunca el propio sitio. Así, atraen a sus lectores para expulsarlos, lo que constituye finalmente el éxito pírrico de muchos weblogs”.
Ahora bien, el propio autor reconocía que las mejores bitácoras crean para sus lectores “capacidad de invención/descubrimiento amplificada”, es decir, nos suministran “información que desconocíamos, autores valiosos que ignorábamos, asociaciones [de ideas] que nunca se nos hubiesen ocurrido y sobre todo orientaciones de cómo y dónde saber más acerca de algo cuyo conocimiento nos moviliza y fascina” a partir de unas palabras que en parte son residuos de tiempos prebabélicos, de esos tiempos que canta con angustia el poeta Miguel Veyrat, y en parte hallazgos de ahora mismo, inauditos. De lo que se trata es de abalizar el itinerario con criterios.
Como resulta evidente, existe un conexión profunda entre el viaje y el saber. Viajar es sobre todo una experiencia mental y, según se sabe, una metáfora de la condición humana, del tránsito de soledad que vive alguien entre lo conocido y lo desconocido. En los mejores casos, mudar de sitio, de sitio físico o de sitio web, provoca un cierto desorden interior, un desplazamiento de los referentes y un desvanecimiento de los asideros fuertes: nos desfamiliarizamos y lo obvio deja de ser incontrovertible para presentarse como extraño, confuso. A partir del siglo XVI, el viaje de descubrimiento no es sólo una posibilidad imaginaria, como la que se nos narra en la Odisea, en los fantasiosos periplos de Marco Polo o de Sir John de Mandeville: es o comienza ser un dato cierto de la experiencia. Por eso, los primeros Diarios de abordo son un esfuerzo intelectivo y perceptivo, una tarea de exploración, de conocimiento y de registro. Con ello, el viaje se convierte en una especie de laboratorio privilegiado para atisbar lo que hay y que tanto nos desmiente, pero sobre todo se convierte en la expresión de un yo que se deja impresionar y que debe traducir en lenguaje algo para lo que no siempre hay palabras.
“Si, por azar o por milagro, las palabras se volatilizasen” decía Cioran en su Breviario de podredumbre, “nos sumergiríamos en una angustia y alelamiento intolerables. Tal súbito mutismo nos expondría al más cruel suplicio. Es el uso del concepto el que nos hace dueños de nuestros temores. Decimos: la Muerte, y esa abstracción nos dispensa de experimentar su infinitud y su horror. Bautizando las cosas y los sucesos eludimos lo Inexplicable: la actividad del espíritu es un saludable trampear, un ejercicio de escamoteo; nos permite circular por una realidad dulcificada, confortable e inexacta”.
Pues bien, el mejor viaje que Internet nos procura es una exploración nueva para la que nos faltan palabras y para la que las experiencias se viven conforme se crean. “Cuando Adán fue expulsado del paraíso, en lugar de vituperar a su perseguidor se apresuró a bautizar las cosas: era la única manera de acomodarse e a ellas y de olvidarlas (…). Es muy natural pensar que el hombre, cansado de palabras, al cabo de machaconeo del tiempo desbautizará las cosas y quemará sus nombres y el suyo en un gran auto de fe donde se hundirán sus esperanzas. Todos nosotros correremos hacia ese modelo final, hacia el hombre mudo y desnudo”, añadía Cioran en su Breviario.
Vivimos, pues, en esa tensión irresuelta: Internet es el gran depósito de las palabras, allí en donde se acumulan, en donde se acumularán palabras y palabras, pues, como indicaba Umberto Eco, nunca como ahora se ha leído tanto: gracias a la Red, por supuesto. El problema es que esas palabras muy frecuentemente están gastadas, han perdido su brillo, y las nuevas…, ah, las nuevas están todavía por crearse, pues en el exuberante mundo electrónico muchas cosas carecen de estabilidad y para designarlas hay que pulsar el ratón. Esa forma de operar tiene sus ventajas, claro, pero genera también sus patologías. Porque, como admitía el filósofo estadounidense Hubert L. Dreyfus, en su obra Acerca de Internet, “cuando todo puede vincularse indiscriminadamente y sin obedecer a algún propósito o significado concreto, el tamaño de la Red y la arbitrariedad de sus enlaces hacen extremadamente difícil para un usuario encontrar exactamente el tipo de información que busca”. En eso estamos… abalizando el terreno.
————————–
3. ¿Los blogs son tabernas? (2007)
Leo «La entrada en la taberna», artículo de Julio A. Máñez en El País. Hace una analogía extraña probablemente injusta, inadecuada: es una generalización que no describe, aunque es una comparación bien gráfica. Un blog sería algo así como una taberna, ese sitio en el que los parroquianos beben, murmuran y escupen arrojando al suelo huesos de oliva, restos de gamba, colillas y otras inmundicias. Pero sobre todo la taberna es un blog en el que finalmente se grita (o al revés): ese sitio en el que los machotes efectivamente cantan sin rubor, desafinando y retándose sin ser conscientes de sus limitaciones o de sus ignorancias. Con esa analogía se expresa Julio A. Máñez. No es la primera vez que eso lo escribe en El País. Tampoco es la primera vez que le he discutido su generalización. Perdonen que exhume parte de un comentario que escribí hace un año, en noviembre de 2006:
«…La prensa concede un espacio a la opinión y en los periódicos publican periodistas, intelectuales, profesores, expertos. Allí aparecen columnas o tribunas –breves, inevitablemente breves– en las que se vierten datos, informaciones, así como opiniones. No sé si las dimensiones de esos textos (que yo también escribo) sirven para abordar con profundidad las cuestiones que nos atañen o, si por el contrario, simplifican los hechos y sus interpretaciones. En cualquier caso, un diagnóstico positivo o negativo del género artículo de opinión no depende de las convenciones generales, sino de cada caso particular. Hay articulistas que descifran, hay otros que nunca aciertan, y hay otros…, pues otros que unas veces salen airosos del tema tratado y otras se atoran en la forma (fea, desaliñada) o el fondo (erróneo). ¿Deberíamos condenar el género por las torpezas, por las pifias, de los articulistas?
«Algo semejante podríamos decir o preguntarnos sobre las bitácoras: son espacios de opinión en los que el blogger se retrata, así como sus comentaristas. Abordar de manera expeditiva y desinformada un asunto es lamentable; tratar sectariamente los problemas también es deplorable; creer que algo se ha explicado valiéndose de recursos panfletarios no es menos triste. ¿Hay blogs en los que suceden estas cosas? Por supuesto que los hay y no siempre la responsabilidad de la mala opinión se debe en exclusiva al blogger. En ocasiones las palabras altisonantes de algunos comentaristas, la presencia de trolls u otros defectos de la Red convierten las bitácoras en tabernas (según decía el periodista Julio A. Máñez) o en auténticos y bien conocidos manicomios… (al decir de Alain Fienkielkraut). En este blog que ustedes amablemente leen tuvimos algún momento de crisis: fue cuando esos trolls que no firman se internaban y escribían con el fin de boicotear este espacio de reflexión. Con auxilio técnico y con filtros hemos conseguido evitarlos y ahora esta bitácora es un dominio electrónico generalmente sereno en el que solemos evitar el panfleto…»
——————–


Deja un comentario