Internet: ¿deprisa y corriendo?

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1. Internet provoca ilusiones ópticas (2007)

Con un buscador encuentras de inmediato lo que buscas. Pero aquello que buscas es lo que hay: al lado de miles…, qué digo miles, al lado de millones de referencias.  Lo instantáneo es el nuevo modo de relación y de percepción, algo que se ha agudizado con el desarrollo de Internet. Todos podemos tener nuestro espacio electrónico; todos podemos ser fuentes de información; todos podemos tener opinión. La multiplicación exponencial de nuevos medios, la facilidad de su acceso, la rapidez de uso, etcétera, nos habitúan a lo inmediato. Es un logro, indudablemente. Pero es también una pérdida. Hasta hace poco tiempo, el mundo no estaba organizado ni concebido con fines informativos.  En ese escenario, lo próximo o lo distante aún tenían una medida humana. Podíamos desplazarnos y comunicarnos, desde luego, pero ese mundo siempre estaba muy lejos y el viaje era arriesgado, azaroso. Como el conocimiento, que era custión de demora. Paciencia: había que tener mucha paciencia. Ahora, con la revolución de los transportes y de las comunicaciones, todo parece estar al alcance del ratón: al alcance de un clic, por ejemplo. Hace casi tres años, publiqué en mi primer blog una reflexión sobre  las prisas, sobre las prisas de tantos lectores electrónicos: era, en parte, una cavilación compartida con Rogelio López Blanco. Ahora, este amigo me informa de un artículo que trata este asunto en el diario El País. Creo que el objeto es importante y creo que sigue siendo válida la reflexión que escribí. Lo recupero y, si les parece, discutimos sin prisas.

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2. Leer blogs (2005)

“Son lectores compulsivos que quieren abarcar muchas cosas, visitar otras webs”, admite Rogelio López Blanco. Por eso, “consumen de forma televisiva los textos, sobre los que, en consecuencia, apenas fijan su atención”, añade. “Hay un déficit de capacidad de concentración patente”. ¿Por qué razón? Pues porque muchos usuarios, sobre todo los más jóvenes e impacientes, “no son capaces de asumir que los textos pueden ser complejos, que tienen varias implicaciones y significados que se van sumando, como si fueran tomas de cámara desde distintos ángulos”, incapacitados para reconocer que “deben leerlos más de una vez. Y así nos va, consumen pero no entienden, no crecen, sino que engordan”, concluye.  

Este diagnóstico que, insisto, debo a Rogelio López Blanco describe con precisión lo que son hábitos de lectura muy frecuentes entre muchos internautas y sobre todo entre tantos visitadores de bitácoras. La consulta instantánea que salta entre párrafos, que acude a las negritas o a los enlaces, que revolotea sin demorarse. “La ley de los weblogs es la remisión permanente –mediante los links— a cualquier otros sitio de la web”, admitía Alejandro Piscitelli en Internet, la imprenta del siglo XXI. “En este sentido, violan el principio de pegajosidad (stickiness) que impera generalmente en la red y que exige no dejar que el visitante abandone nunca el propio sitio. Así, atraen a sus lectores para expulsarlos, lo que constituye finalmente el éxito pírrico de muchos weblogs”.  

Ahora bien, el propio autor reconocía que las mejores bitácoras crean para sus lectores “capacidad de invención/descubrimiento amplificada”, es decir, nos suministran “información que desconocíamos, autores valiosos que ignorábamos, asociaciones [de ideas] que nunca se nos hubiesen ocurrido y sobre todo orientaciones de cómo y dónde saber más acerca de algo cuyo conocimiento nos moviliza y fascina” a partir de unas palabras que en parte son residuos de tiempos prebabélicos, de esos tiempos que canta con angustia el poeta Miguel Veyrat, y en parte hallazgos de ahora mismo, inauditos. De lo que se trata es de abalizar el itinerario con criterios.  

Como resulta evidente, existe un conexión profunda entre el viaje y el saber. Viajar es sobre todo una experiencia mental y, según se sabe, una metáfora de la condición humana, del tránsito de soledad que vive alguien entre lo conocido y lo desconocido. En los mejores casos, mudar de sitio, de sitio físico o de sitio web, provoca un cierto desorden interior, un desplazamiento de los referentes y un desvanecimiento de los asideros fuertes: nos desfamiliarizamos y lo obvio deja de ser incontrovertible para presentarse como extraño, confuso. A partir del siglo XVI, el viaje de descubrimiento no es sólo una posibilidad imaginaria, como la que se nos narra en la Odisea, en los fantasiosos periplos de Marco Polo o de Sir John de Mandeville: es o comienza ser un dato cierto de la experiencia. Por eso, los primeros Diarios de abordo son un esfuerzo intelectivo y perceptivo, una tarea de exploración, de conocimiento y de registro. Con ello, el viaje se convierte en una especie de laboratorio privilegiado para atisbar lo que hay y que tanto nos desmiente, pero sobre todo se convierte en la expresión de un yo que se deja impresionar y que debe traducir en lenguaje algo para lo que no siempre hay palabras. 

“Si, por azar o por milagro, las palabras se volatilizasen” decía Cioran en su Breviario de podredumbre, “nos sumergiríamos en una angustia y alelamiento intolerables. Tal súbito mutismo nos expondría al más cruel suplicio. Es el uso del concepto el que nos hace dueños de nuestros temores. Decimos: la Muerte, y esa abstracción nos dispensa de experimentar su infinitud y su horror. Bautizando las cosas y los sucesos eludimos lo Inexplicable: la actividad del espíritu es un saludable trampear, un ejercicio de escamoteo; nos permite circular por una realidad dulcificada, confortable e inexacta”.  

Pues bien, el mejor viaje que Internet nos procura es una exploración nueva para la que nos faltan palabras y para la que las experiencias se viven conforme se crean. “Cuando Adán fue expulsado del paraíso, en lugar de vituperar a su perseguidor se apresuró a bautizar las cosas: era la única manera de acomodarse e a ellas y de olvidarlas (…). Es muy natural pensar que el hombre, cansado de palabras, al cabo de machaconeo del tiempo desbautizará las cosas y quemará sus nombres y el suyo en un gran auto de fe donde se hundirán sus esperanzas. Todos nosotros correremos hacia ese modelo final, hacia el hombre mudo y desnudo”, añadía Cioran en su Breviario.

Vivimos, pues, en esa tensión irresuelta: Internet es el gran depósito de las palabras, allí en donde se acumulan, en donde se acumularán palabras y palabras, pues, como indicaba Umberto Eco, nunca como ahora se ha leído tanto: gracias a la Red, por supuesto. El problema es que esas palabras muy frecuentemente están gastadas, han perdido su brillo, y las nuevas…, ah, las nuevas están todavía por crearse, pues en el exuberante mundo electrónico muchas cosas carecen de estabilidad y para designarlas hay que pulsar el ratón. Esa forma de operar tiene sus ventajas, claro, pero genera también sus patologías. Porque, como admitía el filósofo estadounidense Hubert L. Dreyfus, en su obra Acerca de Internet, “cuando todo puede vincularse indiscriminadamente y sin obedecer a algún propósito o significado concreto, el tamaño de la Red y la arbitrariedad de sus enlaces hacen extremadamente difícil para un usuario encontrar exactamente el tipo de información que busca”. En eso estamos… abalizando el terreno.  

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3. ¿Los blogs son tabernas? (2007)

Leo “La entrada en la taberna”, artículo de Julio A. Máñez en El País. Hace una analogía extraña  probablemente injusta, inadecuada: es una generalización que no describe, aunque es una comparación bien gráfica. Un blog sería algo así como una taberna, ese sitio en el que los parroquianos beben, murmuran y escupen arrojando al suelo huesos de oliva, restos de gamba, colillas y otras inmundicias. Pero sobre todo la taberna es un blog en el que finalmente se grita (o al revés): ese sitio en el que los machotes efectivamente cantan sin rubor, desafinando y retándose sin ser conscientes de sus limitaciones o de sus ignorancias. Con esa analogía se expresa Julio A. Máñez. No es la primera vez que eso lo escribe en El País. Tampoco es la primera vez que le he discutido su generalización. Perdonen que exhume parte de un comentario que escribí hace un año, en noviembre de 2006:

“…La prensa concede un espacio a la opinión y en los periódicos publican periodistas, intelectuales, profesores, expertos. Allí aparecen columnas o tribunas –breves, inevitablemente breves– en las que se vierten datos, informaciones, así como opiniones. No sé si las dimensiones de esos textos (que yo también escribo) sirven para abordar con profundidad las cuestiones que nos atañen o, si por el contrario, simplifican los hechos y sus interpretaciones. En cualquier caso, un diagnóstico positivo o negativo del género artículo de opinión no depende de las convenciones generales, sino de cada caso particular. Hay articulistas que descifran, hay otros que nunca aciertan, y hay otros…, pues otros que unas veces salen airosos del tema tratado y otras se atoran en la forma (fea, desaliñada) o el fondo (erróneo). ¿Deberíamos condenar el género por las torpezas, por las pifias, de los articulistas?  

“Algo semejante podríamos decir o preguntarnos sobre las bitácoras: son espacios de opinión en los que el blogger se retrata, así como sus comentaristas. Abordar de manera expeditiva y desinformada un asunto es lamentable; tratar sectariamente los problemas también es deplorable; creer que algo se ha explicado valiéndose de recursos panfletarios no es menos triste. ¿Hay blogs en los que suceden estas cosas? Por supuesto que los hay y no siempre la responsabilidad de la mala opinión se debe en exclusiva al blogger. En ocasiones las palabras altisonantes de algunos comentaristas, la presencia de trolls u otros defectos de la Red convierten las bitácoras en tabernas (según decía el periodista Julio A. Máñez) o en auténticos y bien conocidos manicomios… (al decir de Alain Fienkielkraut). En este blog que ustedes amablemente leen tuvimos algún momento de crisis: fue cuando esos trolls que no firman se internaban y escribían con el fin de boicotear este espacio de reflexión. Con auxilio técnico y con filtros hemos conseguido evitarlos y ahora esta bitácora es un dominio electrónico generalmente sereno en el que solemos evitar el panfleto…”

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4. Crónica del acto de concesión del XIX Premio Stendhal a Miguel Veyrat por la mejor traducción (2007)

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5. Hemeroteca

Javier Rodríguez Marcos, “Leemos, pero a ritmo de ‘zapping’“, El País, 15 de diciembre de 2007

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6. A pesar de algún contratiempo familiar que ha sido grave pero no fatal, un contratiempo que ahora me imposibilita…, espero poner un nuevo post el lunes a última hora: a poqueta nit. Si no hay cambios, el título será La vuelta de José María Aznar.

20 comments

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  1. GGuille

    La opinión de López Blanco puede caracterizar a algunos lectores de blogs, sean o no la mayoría, pero ciertamente no caracteriza a todos. ¿Cómo saber cómo son los lectores de blogs cuando los hay de todos las razas, colores, culturas y lo-que-sea? Lo único que tienen en común es que… leen blogs, que también existen de todo el espectro de colores.

    Y la “abalización”, esta clasificación de la que habla que estamos haciendo, bueno, si hay algo que ha quedado en desuso son los archivos, el encasillamiento, a tal punto que tengo que aclarar que estoy hablando de los viejos gabinetes que contienen carpetas ordenadas alfabéticamente y no el conjunto de ceros y unos que vemos al abrir Mis Documentos.

  2. Nicolás

    Hola Justo, tanto tiempo. Me da la impresión que la nota del diario El País es un buen ejemplo de eso que los programadores llaman función iterativa o que se “llama a sí misma”. Para empezar, en algún lugar -lejos, muy lejos- hay un equipo de investigadores estudiando formas de lectura, géneros, interacciones. Para Sevillano, sin embargo el tema trata sobre los “clicantes” compulsivos: un verdadero ejemplo de lo que lo que pretende sugerir, esto es que se lee poco y rápido. Incluso el diario destaca frases que ni remotamente expresan el sentido del texto: un recurso que apunta decididamente al grupo de los clicantes. ¿Por qué dice el encabezado, finalmente pregunto, “examen a la educación secundaria”?

  3. Kant

    Banalización. Yo le llamaría banalización, Cuanto más se engrosa la Red de información con millones de entradas para una sola cuestión, cuanto más creen las personas que se comunican por que hacen uso de sus recursos tecnológicos para enviar y recibir mensajes, más banal se vuelven sus monousuarios. Los que sólo tiene la Red como instrumento y han acabado por confundir el medio con el fin. Pues Internet, aunque le cueste entender a alguno, es un medio para alcanzar algo, no es un fin en si mismo. Una información masiva, desordenada, mezcla de fuentes y de intereses, acrítica, indigerible para una sola mente en un tiempo razonable, efímera, desubicada de referentes, con conexiones irreflexivas a otras entradas las cuales, a su vez, reproducen el mismo caos… ¿eso es informar? Una comunicación intermediada, distante, oculta, fácilmente escamoteable, sin responsabilidades ni compromisos, sin el uso de los sentidos (no hay tacto, no hay vista directa, no hay sonido real, no hay olfato), sin más llanto que el dejar de escribir ni más risa o sonrisa que el uso de los dos puntos, el guión y el cierre del paréntesis en un ideograma imposible; con internautas que están atendiendo a la vez a dos o a mil estímulos simultáneos, con escritura ansiosa y desaliñada, sin tiempo para ver volar la voluta de un cigarrillo (quien fumara) o paladear el sabor del armañac en un silencio durante una conversación (quien bebiere), dispersos… ¿eso es comunicar?

    Pues no les digo yo que dentro de un par de generaciones esos aspectos que acompañan el indudable progreso que aporta Internet estén superados o asumidos como normales pero hoy por hoy, y más concretamente, en España, donde todos los indicadores internacionales muestran el permanente retroceso de los índices de aprendizaje (y por ende, de inteligencia) de los españoles, donde cada vez se lee menos, donde sólo se asiste a actos culturales si están revestidos de espectáculo e imbuidos de insubstancialidad, donde vemos la intransigencia cada día más afincada en este solar, el pensamiento crítico es cada vez más extraño y el vacuo se promociona desde medios otrora serios (que no aburridos) y hoy devenidos triviales gacetillas de la intrascendencia y el consumo convulsivo, ¿qué quieren?, me parece un despropósito deshumanizado atribuir a Internet nada más allá de ser un mero instrumento para comenzar a organizar de otra forma ceros y unos (Leibniz, “dixit”) con vistas a que en el futuro – si a él llegamos – otras generaciones más inteligentes, que esta penosa nuestra, le den mejor uso que el que ahora damos.

    Eso, claro, en el supuesto optimista que exista una generación que reniegue de la imbecilización en la que nos sumimos paulatina pero imparablemente y así, esa, libre de dicha tara, sepa manejar la Red (no ser manejado por ella, como es nuestra actualidad) para superar los inconvenientes antedichos. Porque si la trayectoria no se modifica, si se asumen semejantes banalidades como las descritas “up supra”, el concepto banal se nos quedaría muy corto y debería substituirse por el de cretino. No habrá banalidad, habrá cretinización. Y, mire ud. lejos de parecer una idea descabellada, hay una auténtica legión de gente dispuesta a conseguirlo.

  4. Miguel Veyrat

    Releyendo anoche el ensayo de Gadamer “La Actualidad de lo Bello” (Paidós, 1991) me ha llamado la atención este párrafo de las conclusiones porque podría ayudarnos a reflexionar acerca de la propuesta de hoy. Tras afirmar que la fiesta es lo que nos une a todos, considerándola como “celebración” de lo bello, dice —y donde dice arte leamos cultura, y donde dice fiesta leamos actividad lúdica en Internet—, “Comete un craso error quien crea que el arte es sólo el arte de las clases altas. Olvida que hay estadios, salas de máquinas, autopistas blibiotecas populares, escuelas de formación profesional que, a menudo y con todo derecho, están instaladas con mucho más lujo que nuestros excelentes y viejos Gymnasien de humanidades —que yo, con toda franqueza echo de menos—, en los cuales el polvo escolar era casi un elemento de nuestra formación. Finalmente, olvida también los medios de comunicación de masa y su influencia sobre el conjunto de nuestra sociedad. No debemos olvidar que siempre hay un uso racional de tales cosas. Ciertamente que un peligro enorme para la civilización humana acecha en la pasividad que ha producido el uso, demasiado cómodo, de los múltiples canales de la cultura, especialmente en lo que se refiere a los medios de comunicación de masas. Pero justamente ahí está el reto humano para todos —para el adulto que educa y atrae, para el joven que es educado y atraído—, de enseñar y aprender con su propia actividad. Lo que se exige de nosotros es precisamente esto: poner en actividad nuestra ansia de saber y nuestra capacidad de elegir en presencia del arte y de todo lo que se difunda por los medios de comunicación de masas. Sólo entonces tendremos la experiencia del arte. La indisolubilidad de forma y contenido se hace efectiva con la no distinción por medio de la cual el arte nos sale al encuentro como lo que nos dice algo y como lo que nos enuncia”.
    Siguiendo el pensamiento del discipulo de Heidegger recientemente fallecido a la edad de 102 años, diríamos que Internet nos ofrece una presencia en forma de gran coro polifónico, pero tal como se podía sentir en una catedral medieval, no como la mera asistencia a un concierto: estamos ante el desarrollo de un coro de tragedia griega que nos repite quiénes somos y cómo somos a diario, a cada segundo, a través de los blogs, con trolls o sin ellos, pues todo forma parte de esta ópera de dos céntimos. En 1919, tras la revolución, le preguntaron al primer director del Teatro de los artistas de Moscú, recuerda de paso el viejo Gadamer, con qué pieza revolucionaria iba a inaugurar el teatro revolucionario. Y, con un éxito enorme,¡¡¡ representó “Edipo Rey”!!!! La tragedia antigua para todas las épocas y para todas las sociedades, en la que se unían todos, la entendían todos pese a que actualmente algunas sentencias de los coros de Sóflocles y Esquilo presenten problemas a los lectores y críticos más instruidos y perspicaces.
    ¿Algún responsable cultural del año 3000 celebrará una revolución con las aportaciones de los blogs de ahora? Sinceramente, creo que es preciso saber escuchar entre el zumbido de moscardones y demás zánganos, el trabajo de las abejas reina. Que es el fruto de un cerebro colectivo.

  5. Kant

    Sumándome a lo expuesto por el sr. Veyrat, he de añadir una pequeño comentario sobre la última aportación del sr, Serna en el “post” (¿Los blogs son tabernas?). Me da a mí que el desatino del artículo del Mañez estriba más en su vehemencia que en lo que parece querer indicar. Aprecio su interés por señalar el peligro de una Red ocupada por idiotas (y de eso en España – y más con “las autoridades” que cita en su artículo – sabemos como el primero) pero le pierde lo que él mismo critica: su gramática zarrapastrosa y su grosería o ausencia de buenas maneras, como diría Eduardo Mendoza y cualquiera que hubiera tenido la asignatura de Urbanidad en el colegio.

    A ello habría que añadirle ese ridículo pedestal, mejor, púlpito, al que se han encaramado los licenciados en periodismo (ser periodista, amigos, es otra cosa) y en el que él se ha instalado sin rubor alguno. ¿Chismes en los “blogs”?… desde luego. En su fase más inocente e incluso positiva, es lo propio de la cultura mediterránea. Pero si le damos la vuelta a la moneda y los contemplamos como un acto manifiesto de la ignorancia, aflora el fracaso de la educación que se ha repartido – más que impartido – en España desde el nefasto Plan de Estudios del sr. Villar Palasí (Pallasín, don José Estela “dixit”) del tardofranquismo hasta nuestros monárquicos días. A poco que levante el sr. Mañez la nariz de su ombligo y lea prensa – le vale hasta la misma que le publican sus artículos – descubrirá que esa podredumbre – pues contemplamos el chisme (chusme en Argentina) desde su perspectiva negativa – está perfectamente presente, patente y potente en un buen número de planas de los rotativos más prestigiosos españoles.

    Así pues, me temo que el ambiente tabernario no es exclusivo de la Red ni achacable en exclusiva – en ese plural tan generoso que utiliza don Julio – de “los blogs”. Uno lo encuentra en los lugares que frecuenta. Para que su artículo hubiese sido efectivo hubiera requerido del periodista que identificara y caracterizara los “blogs” de energúmenos, los contaminados de “trolls” y los que, puestos a ser, podrían identificarse como un ateneo, un lugar ameno donde las personas exponen e intercambian sus ideas… hasta sus chismes, con la medida que da la tertulia clásica, la convivencia sensata y el respeto mutuo. Sin embargo, ¡lástima! nos encontramos al sr. Mañez, a los gritar desde su ventana de patio de comadres, chismeando (chusmeando, en Argentina).

  6. Kant

    Perdón. Quise decir, en la penúltima línea “(…) Mañez, a los gritos desde su ventana de (…). Amén.

  7. Miguel Veyrat

    Claro, Kant, todos cometemos “errutas”, o actos fallidos que diría Freud, en la pasión por expresarnos. Recuerdo a un viejo profesor de periodismo que decía que “el rumor es la antesala de la noticia”. Claro, que rumor no es lo mismo que chismo o chusme de chusma. ¿Profesor de periodismo? O mejor Domine Cabra. Yo mismo lo he sido, aunque me opuse con todas mis fuerzas a la creación de Facultades ad hoc, fruto a la sazón de la mente calenturienta del ínclito Luis María Anson y del antiguo director general de prensa de Franco Adolfo Muñoz Alonso. Me hice periodista tras cursar una carrera universitaria y ampliar estudios en relaciones internacionales. Es decir, aprendí “el oficio” en directo, pues oficio es. Otras veces en este blog he recomendado a jóvenes estudiantes, como a mi propio hijo, que no se les ocurriera matricularse en Ciencias de la Información, y si quieren desasnarse, que es previa precaución para ejercer de periodista, acudan, con la prevención debida también y según el caso, a una facultad de cualquier materia que les informe acerca de la sociedad en la que tienen que trabajar, dilucidar y exponer sus problemas (como sociología, políticas, economía o derecho, incluso medicina, hay excelentes periodistas psiquiatras o internistas): no tratar de solucionarlos, que eso es tarea de otros. Son malas las F.C.I. y sus curricula están mal pensados y peor realizados. Tras estudiar cualquier carrera (el actual director de El País es ingeniero químico y estudió después el máster de El País-UAM) luego se puede cursar cualquiera de los excelentes máster que hay en el mercado y enseñan a “ejercer” con los principios de ética propia de la profesión de informar. O lanzarse al agua, si alguien te contrata de becario. Ser licenciado en Ciencias de la Información, equivale, como decíamos antaño, a “ingeniero limpiavías”. O “ingegnere di chanta di puffi” como dicen los argentinos, que llaman “chantas” a quienes como los italianos que llegaban en los albores de la inmigración al Río de la Plata, decían ser todos “ingenieros”… ¿de qué? “de clavar tachuelas” . Claro que sí, está claro que algunos han aprendido el oficio en las tabernas, o en los manuales de los discípulos de Goebbles

  8. jserna

    Lleva razón, sr. Kant.

    Tengo la impresión de que cuando Julio A. Máñez habla del blog como taberna describe implícitamente el funcionamiento de alguna bitácora, la de Arcadi Espada, a quien aquél le profesa una inquina particular. ¿Qué habría de tabernario en dicho blog? Si ustedes repasan el nickweek (sala de comentarios de esa bitácora), podrán ver que junto a intervenciones sensatas hay tipos enloquecidos que gritan con jactancia. Alguno de ellos, un troll que pedía el Nobel para Umbral con mucha murga y convicción, visitó este mismo blog tiempo atrás para boicotear cualquier discusión. También arremetía contra Haro Técglen, contra Castilla del Pino, contra Veyrat.

    La taberna es ese sitio en el que no hace falta ser responsable, ese lugar al que acudes para evacuar los malos humores, ese espacio en el que un achispado se pone pesadísimo insistiendo en cantar. No sólo eso: espera que tú le acompañes desafinando con gritos de machote.

    Me parece que Julio A. Máñez se ha equivocado al creer que todos los bares son igual, que todas las barras son lo mismo. Aquí, por ejemplo, se sirve Fino y se prohíbe escupir.

  9. Paco Fuster

    Tranquilo Justo, esperaremos lo que haga falta. Lo primero es la salud propia y de tus familiares (nosotros, los del blog, somos una “segunda família”). Esperamos que el contratiempo sea lo menos grave posible y que se resuelva de la mejor manera. Una abrazo de ánimo para tu família desde ésta, tu otra família.

  10. Miguel Veyrat

    Pues que espere Aznar para volver, mientras se revuelca en la jaima de Gaddafi haciendo negocietes “con terroristas”. Lo importante, lo único que importa es la gente amada, Justo, no pienses en el blog, que como dice Pac Fuster es segunda o última familia, aunque a veces su calor equivalga a la primera.
    Abrazos y ánimo.

  11. Kant

    Lamentando el suceso que ha conmovido al sr. Serna, congratulado por su rápida y favorable resolución y a la espera de que las aguas se asienten en el hogar de don Justo, quiero subrayar la aportación que hizo doña Hemeroteca con el nexo (eso que llaman el “link”) al artículo de don Javier Rodríguez Marcos, que, a lo leído, es para mi gusto. Ya era hora. Si más arriba lamentaba la voz frustrada de otro escribiente, don Julio A, Máñez, en esta ocasión me congratulo en leer al antedicho señor.

    En resumen: sí, al aterrador nivel de lectura general – comenzando por los adultos, no por los más jóvenes – sí, a la pésima pedagogía aplicada a tan fundamental asignatura, agravada, además por la presencia de un profesorado incompetente que o bien aún rebaja más el listón, ínfimo en su punto de partida, o bien, absurdamente, pretende que un preadolescente se enfrente a La Celestina y, tras el castigo, aún quiera que le guste leer. Y sobre todo, sí, a descartar esa moral de la velocidad y ausencia de esfuerzo que todo lo impregna en esta España de crecientes analfabetos funcionales.

    Abundando en sus palabras, yo mismo he tenido ocasión – sólo una vez, también es cierto, pero lo escuché – de asistir al lanzamiento de la “maldición” contra una chica de once años por su madre: “¿más tele?, ¡ni hablar!, ¡¡a la cama a leer!!”. Lo más oprobioso de ello es que la señora progenitora de la criatura iba (va) de “megaprogre” por la vida y, tras el destierro de la chiquilla, enlazó hábilmente el tema para proseguir la velada hablando… ¡¡de literatura!! Que país de pretenciosos zotes.

    Tan sólo añadiría – que no corregiría – un aspecto: el de los dos momentos de bache lector, a los once/doce y el de los 14/16. A las indudables causas que apunta el autor añadiría una más: el exceso de oferta de consumo de ocio lanzada contra un consumidor con perfiles de crítica muy, muy bajos, embutidos en un periodo de tiempo – las veinticuatro horas de un día – en el que es materialmente imposible satisfacer dicho consumo.

    Y es que parece como si el tiempo de las personas de esas edades fuera elástico, o así parecen entenderlo ya los padres, ya los propios, inmaduros, chicos. A ver: si tienen una jornada completa de trabajo en la escuela o el instituto, si deberían, además, completar dicha labor con trabajo autónomo en casa, si sobre ello se les obliga a asistir (o tienen gusto por asistir) al aprendizaje de otras asignaturas no académicas (clases de refuerzo, una cuarta o quinta lengua, algún instrumento musical, algún arte marcial, algún tipo de baile…), si disponen de un surtido número de instrumentos mecánicos, incompatibles entre si – por ende, de uso sucesivo – que permiten, básicamente, “ir de prisa y dejar de imaginar” – juegos de reacción rápida con gráficos siempre mejorados tras cada edición, España no destaca precisamente por el consumo de juegos de estrategia o de rol sino de “matar marcianos” – y deben, claro, mantener una mínima higiene diaria – algo que también ocupa tiempo al día – así como, aunque sólo sea por rutina fisiológica, comer, descomer y dormir… ¿quieren decirme cuando leen los preadolescentes y adolescentes, instalado este cuadro en un medio hostil a la lectura, el de sus padres?

    Creo que hay cuatro claves para corregir semejante disparate. El primero es el de enseñar a valorar el tiempo y el esfuerzo, elementos estos sencillamente olvidados; el segundo es el de introducir en el mismo hecho de la lectura, precisamente, por leer, la crítica de textos, para que realmente se sepa, desde el primer momento, qué se lee y así, además, el pensamiento crítico se asiente desde la más tierna infancia; el tercero sería el de adelantar la edad de aprendizaje lector, un niño puede comenzar perfectamente a conocer las letras e hilvanarlas con tres años y acá nos esperamos a los cinco, ya me explicarán uds. porqué; y cuarto, adaptar las lecturas de clase a los intereses de los alumnos lectores, sin rebajar textos clásicos (¡menudo disparate!), ni imponer textos inapropiados, esto último es tan estúpido como guisar con exquisiteces en una cocina donde sólo hay pinches. Naturalmente que se debe leer la Celestina, pero sólo cuando se sepa paladear su contenido, sin prisas y apreciando todos sus matices, no cuando se tenga capacidad para engullirlo, como una boa constrictor un tapir amazónico.

    Esa incapacidad lectora, esa insuficiencia escolar generalizada, ese bajísimo nivel intelectual de los españoles, ese placer en la velocidad, ese fanatismo cotidiano, carente de razón y reflexión, el odio por las ciencias, el aborrecimiento de las letras, tengan por seguro que tiene su origen en la agonía de la lectura. Así nos va.

  12. jserna

    Perdonen la impudicia de decir esto en público, pero creo que debo una explicación, al menos cuando ya está prácticamente resuelto. Mi padre padeció un infarto el sábado, del que se ha recuperado excepcionalmente bien: está en observación y yo con él desde el sábado. Muchas gracias por sus palabras de apoyo. De modo que esta tarde “La vuelta de José María Aznar“.

    Suscribo casi enteramente lo que dice el señor Kant sobre la lectura: “el exceso de oferta de consumo de ocio lanzada contra un consumidor con perfiles de crítica muy, muy bajos, embutidos en un periodo de tiempo – las veinticuatro horas de un día – en el que es materialmente imposible satisfacer dicho consumo”

    Perdonen, pero me gustaría añadir un viejo artículo mío en El País para este pequeño-gran debate, un artículo de provocación más que de reflexión:
    Si no lees te quedas tonto.

  13. Miguel Veyrat

    Me alegro mucho de la recuperación de tu padre, Justo. No soy consumidor de “El Mundo”, pero una persona muy próxima y querida, que lo compra los domingos me ha relatado su placer al hallar y disfrutar ayer en sus páginas de un artículo tuyo. ¿Podemos hacernos clientes ya, los que no los somos, domingueros, de tal medio, que por cierto se dignifica con tu firma?

  14. Pavlova

    ¿Cómo va a ser una impudicia, Justo? Es una deferencia. Los que te queremos y no queremos molestarte en tu correo en momentos así, agradecemos saber qué te está pasando. Me alegro infinitamente de que se haya recuperado tan pronto. Llevas una racha que ya, ya. Un abrazo muy grande.

    Y la verdad es que me siento muy perpleja. No puedo negar la evidencia, ni las encuestas ni las estadísticas, pero debo ser de un optimismo desbocado porque no estoy de acuerdo. Me explico: me niego a considerar, como casi todos los padres, que “Mis niños son los más listos del planeta -y los más guapos-“; mis “niños” y sus amigos. Los que me traen a mal traer, además de sus estudios reglados, han hecho esos musicales de los que habla Kant, hasta el extremo de que ambos son músicos y tienen un equipo de fútbol y no ha habido un día de su infancia en que no los haya llevado al Retiro y son lectores voraces. Ellos, sus compañeros de colegio (salvo excepciones), y los del equipo y los de las orquestas en que tocan y… ¿Qué pasa? ¿Lo que destaca es lo preocupante, como es lógico? ¿Sólo nos fijamos en lo que hay que mejorar? ¿Sólo vemos a los porreros y de litrona? ¿Sus hijos y los de sus amigos no son chicos lectores y estupendos? ¿Entonces? Entonces es que la enseñanza obligatoria pronto va a llegar a la antigua “Mili” y los obligados a estudiar, y que no quieren, bajan la media de interés una barbaridad.

    España es un país que tiene la rémora de décadas de ignorancia y de miseria y no se sale de golpe de eso y menos con dinero. Seguramente la mía es una visión simplista, pero juzgo por lo que veo cada día, incluso por lo que veo en éste blog, donde hay gente muy, muy joven, con gran interés y no creo que san bichos raros.

    Ah, y mis hijos han tenido todo tipo de maquinitas ¿Cuando leen? cuando todo el mundo: en el baño, en el metro, quitando horas al sueño…

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