Fotografía de Ignacio Gil para D7 (Los domingos de Abc)
De todos los periódicos que leí el domingo 17 de diciembre, el que más me interesó fue Abc. En su sección dominical, el diario conservador publicaba una larga entrevista que Josefina del Álamo había hecho a José María Aznar. Yo me encontraba en el hospital cuidando a mi padre, recién salido de un infarto, recuperándose felizmente. Entre nosotros, todo eran bromas. Leía la entrevista con fruición, con detalle, subrayándola con mi boli. La repasaba y se la comentaba a mi sufrido progenitor. Intentaba entretenerlo, alejarlo de su situación, del peligro superado. Yo me aguantaba el desasosiego y él soportaba mi cháchara, mis comentarios, mis exclamaciones, mis apostillas. Mi señor padre le daba la razón a su hijo…, y el hijo llenaba la desazón con palabras. Había una camaradería nada impostada y la entrevista a José María Aznar nos facilitaba la conversación. Lo primero el titular de portada: «Soy la víctima de la peor cacería». Convinimos ambos en que la de Aznar era una ilusión óptica. ¿La peor cacería? Desde luego hay cosas peores: peores cacerías y peores carnicerías. El ex presidente se sabe «objeto de una persecución» y lo dice así, con esa postura y con esa apostura que luce en la foto que ilustra, con forzada naturalidad y con infinita paciencia.
Admitamos que eso sea cierto: admitiremos igualmente que dicha cacería no es lo peor que le p0dría ocurrir a alguien. En política hay cosas más preocupantes y, sin duda, la animadversión que Aznar provoca tiene mucho que ver con su forma de presentar las cosas, de justificar sus decisiones; con su modo de fundamentar sus posiciones; con su manera de criticar a quien le sucede en el cargo. Él siempre pone el énfasis en el liderazgo para, inmediatamente, añadir que de eso carece el actual mandatario: «si a un presidente le da miedo que lo abucheen, como hemos visto recientemente, no se le puede dar confianza para que gestione una crisis importante». Si Aznar es el político fiable, Rodríguez Zapatero (a quien jamás nombra) es el gobernante dudoso, dicho esto –además– con el tono apocalíptico que ya le es propio: «hay momentos en la vida de las naciones para plantearse que hay personas serias y personas que no lo son; personas fiables y personas que no lo son». La idea del liderazgo es recurrente en sus declaraciones y en sus libros (que aquí hemos analizado): como es obsesiva la condena del relativismo del que Occidente estaría enfermo. «Porque hoy», precisa, «lo que prevalece en Europa es el relativismo, la ausencia de creencias, de valores, de principios».
Es por eso por lo que ha asumido José María Aznar ha asumido una tarea de preceptor. No hay que desentenderse, insiste. «Quizás una de las tareas que yo puedo hacer, desde la experiencia, es explicar esto, especialmente a los jóvenes que son quienes van a construir el futuro». Es por eso por lo que en su último libro, en sus Cartas, se dirige a ese jovencísimo Santiago a quien tutea. Ejerce de propagador, alguien que parece estar por encima de la minucia electoral; pero sobre todo hace las veces de mentor: el viejo dotado de experiencia que tutela al inexperto Telémaco para que no se pierda. La juventud es pasional: necesita doma y freno. Pero los muchachos son también hedonistas: precisan al adulto adusto, árido, al adulto que no se deja adular para que así les recuerde qué significa existir, para que así les indique cómo sobrevivir con coraje en medio de una persecución. Gobernar exige mucho arrojo. Y para eso nadie como Winston Churchill.
Pero éste, «después de ganar la Segunda Guerra Mundial, perdió las elecciones». Aznar, sin embargo, no las perdió. Dejó de ser presidente de manera voluntaria, a los 51 años, yendo contra la corriente, sin quejarse. ¿Duele? ¿Cuesta? «Supongo que si lo dejas porque pierdes las elecciones, y no por voluntad propia, todavía cuesta más», añade comparándose implícitamente a Churchill, a Felipe González y, de paso, al sucesor de su partido, Los pueblos suelen ser ingratos, admite Aznar…, y los españoles, según parece, «tienen una cierta incapacidad para reconocer el mérito ajeno. Por eso somos un país necrófilo, que ensalza a los muertos», concluye el ex presidente. Hay dolor, mucho dolor, en el reproche de José María Aznar: el desasosiego de quien no se siente reconocido suficientemente y, encima, no se lo explica; el malestar de quien se ha considerado «Presidente de España», con ese tono de jefe de Estado que le da a dicha expresión. Hay una tensión constante en su palabra: entre campanuda y obvia, enfática y evidente. No es una descalificación la que le hago: es una descripción. Admite ser un sequerón (así lo decía en Ocho años de gobierno): alguien cerrado, controlado, frío. Pero a la vez le gusta que le vean como humano y tierno, como reflexivo y cercano.
Podría continuar. Pero, qué quieren, ya me cansa examinar con detalle la letra pequeña del señor Aznar. Por mi parte no le someto a una persecución ni a una cacería. Mentiría si dijera que me sorprende su vuelta: su regreso a la primera plana de Abc, la atención que dicho periódico le concede otra vez, el editorial que nuevamente le dedica («La palabra de Aznar«). ¿Lo justifica su libro, esas Cartas a un joven español? Por supuesto que no: la novedad editorial ya estaba amortizada. La razón política de esta larga entrevista está en corroborar con su declaración que no vuelve: que es un hombre de palabra, precisamente, que»los rumores interesados que acompañan a cada uno de sus movimientos –sean reales o imaginarios– quedan ahora desmentidos con la rotundidad en la expresión que caracteriza a un personaje fiable». Que no vuelve ahora ni… después.
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