Me tomo unos días de descanso para reponerme, para airearme, para caminar incansablemente, para mirar a distancia, para leer en corto y para quitarme esta segunda piel que se me ha puesto. Necesito desenchufarme, desescamarme, sacudirme esta capa que me cubre, levantar esta coraza que me tapa, sacarme el dichoso yelmo. No es un slogan de vida sana: es el plan que tengo previsto antes de volver a las clases. Ustedes sabrán perdonar mi silencio. El lunes 7 de enero regresaré aquí con más brío y, seguro, con mayor número de comentarios. Las Navidades dejan esto muy frío y algo desangelado, y uno tiene la impresión de que habla con eco, de que escribe con voz metálica, de que hay una resonancia: sólo unos pocos amigos esforzados y analíticos –siempre interesantes– me han hecho la caridad de acompañarme dejando sus réplicas por escrito. Les agradezco su fidelidad bloguera y sus discrepancias. Me desenchufo, pues, hasta el 7 de enero. Me voy a caminar, a leer y a esperar la publicación de mis novedades más inmediatas, esas que aparecerán en los próximos días: una reseña sobre Un día de cólera, de Pérez Reverte, en Ojos de Papel; y un artículo titulado Tres autorretratos de Aznar, en Claves de razón práctica.
Felices lecturas.


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