1. Una conversación con Juan José Carreras
En diciembre de 2006 falleció Juan José Carreras, un gran historiador, un español cuya formación se había completado en la Alemania de la posguerra: en ese país que se rehacía cultural, académica y políticamente después de la barbarie nazi. Juan José Carreras fue una persona afable y exigente, un individuo capaz de instruirse y de reírse de sí mismo… Hace un tiempo, Anaclet Pons y yo escribimos un artículo sobre su figura o, mejor, sobre su saber historiográfico: el que se compendia en el volumen Razón de Historia. En dicho libro, Carlos Forcadell recopiló diversos ensayos sobre la disciplina, sobre la profesión y sobre la epistemología que Juan José Carreras había ido publicando en distinta fecha.
Cuando a nadie más parecía interesar la historiografía, cuando a tantos se les antojaba una cavilación huera, Juan José Carreras nos mostró cómo y por qué hacerla, enseñándonos cuáles son los réditos intelectuales que se obtienen de reflexionar sobre el oficio de historiador. De él siempre recibimos una palabra generosa y de él aprendimos un estilo desenfadado y riguroso de tratar la teoría, la metodología y la práctica. Desenfadado: es decir, sin enfado, sin énfasis alguno, sin esos envaramientos que son tan propios de los académicos. No había presunción en sus reflexiones: había ironía y ternura, libertad intelectual y consistencia analítica.
Echo un vistazo al folleto y al póster que anuncia el homenaje que la academia y sus amigos le rinden. Hay imágenes de distintos tipos y personajes, imágenes tratadas a la manera de Andy Warhol, al modo, pues, del Pop Art. Podemos verlos como referentes de su quehacer, como estímulos de su pensamiento. Si no me equivoco, distingo a Karl Marx, a Marilyn Monroe, a Max Weber, a Louis Amstrong, a Walter Benjamín, a Nosferatu. Son personajes bien distintos, difíciles de casar, distantes. Supongo que no es una elección arbitraria: es decir, que realmente fueron elementos dispares de su vida. Dispares: sin duda lo son. Pero, bien mirado, ese elenco reúne a individuos trágicos, gentes que reaccionaron contra la evidencia de su tiempo a la vez que resumían sus respectivas épocas. Aventuro esta idea y, sin que Juan José Carreras pueda desmentirme, conjeturo la razón de su estima: por qué figuran como ilustración de dicho homenaje, por qué les dispensó su aprecio. Tomo esas imágenes como documentos heterogéneos, ahora mudos, que despertaron al observador, al historiador. Dicha mezcla –insólita pero no arbitraria– es la propia de quien no quiso reducirse al académico que fue; la de quien no temió la osadía ni la amalgama intelectual.
En ello, en la apertura, Juan José Carreras fue un individuo audaz, un historiador abierto. Los investigadores que desean profesar el especialismo, sólo atienden a lo que, de entrada, interesa para sus pesquisas. Uno tras otro irán cayendo los volúmenes de una larga lista de obras que tratan el mismo tema, ese justamente del que se ocupan con obstinación, con dedicación. ¿Es incorrecto obrar así? Leer la bibliografía básica de nuestras investigaciones no es una virtud, es una obligación: no puedes irrumpir en un tema ignorando –culpable e inocentemente a la vez– lo que otros ya escribieron, aquellos historiadores que te precedieron. Pero entre los colegas también debería ser común otra forma de investigación, de inspiración: la de quien halla luces, vínculos y concomitancias entre libros distintos o referencias distantes; la de quien espera encontrar lecciones provechosas al sumar obras heterogéneas; la de quien desea alimentarse con nutrientes variados, incluso contradictorios. En ese caso, el historiador, más que escribir y leer, aquello que hace es observar, escuchar y divisar. Aspira a conocer todo, lo bueno y lo malo, lo pasado, pero también lo que ahora mismo se está escribiendo como síntoma de la época. La mezcla, la hibridación, el encuentro fortuito.
En Juan José Carreras se apreciaba lo que de aleatorio e insospechado tiene la pesquisa histórica. Todo se relaciona con todo y la erudición –incluso la banal, la que despreciamos por vulgar o corriente— permite atesorar múltiples referencias para percibir los ecos y las interpelaciones entre obras alejadas y personajes separados. Mirar así es hacerse una competencia errabunda y compleja, justamente como erráticos y diversos son el mundo y la vida, como heterogéneos son los héroes del póster y del folleto. Si no me equivoco, Karl Marx fue para Juan José Carreras el marco y el punto de partida, el hallazgo genial de un autor que quiso pensar la totalidad, el mundo que le tocó vivir y el que le precedió. Marirlyn Monroe fue para él la rubia inteligente y sensual, por supuesto, aquella belleza voluptuosa tras la que latían el drama y el dolor. Max Weber fue para él el esmero conceptual, la precisión metodológica, el rival exigente con quien polemizar y de quien aprender. Louis Amstrong fue para él la cultura subalterna elevada a la máxima expresión, el deleite de lo heredado y nuevamente ensayado o improvisado, una interminable jam session. Walter Benjamín fue para él la audacia intelectual y el desamparo reflexivo, el marxismo culto y judío, el Apocalipsis del pensamiento. Nosferatu fue para él la historia y la ficción, el pasado y el presente, un héroe infausto, ese vampiro que sobrevive desde hace siglos con la esperanza de adueñarse del mundo. Todos ellos fueron trágicos e intempestivos y, la verdad, todos ellos han sobrevivido a su época, a su contexto, al pasado concreto en existieron.
Juan José Carreras admiró la tragedia… No es sencillo ser trágico e intempestivo: ser de otro tiempo, ir contra el tiempo, oponerse al curso del tiempo. Quien así actúa se siente a disgusto con su época, incluso ajeno a sus contemporáneos, a pesar de que, tal vez, los resuma y compendie. Paradójicamente, esa rareza que Juan José Carreras apreciaba en dichos personajes es una fértil enajenación, muy propia de la cultura alemana con la que el historiador se nutrió. Cada época nos impone unas claves de percepción y de actuación, modos de atisbar y de obrar. Si captamos esos códigos, los marcos de un tiempo que son en parte herencia y en parte logro contemporáneo, entonces vivimos aceptablemente, instalados en una sociedad que no nos expulsa y de la que nos sentimos copartícipes, aun cuando esa integración pasable no nos procure toda la felicidad que ambicionamos. Somos mayoría quienes actuamos así: no desmentimos lo que hemos recibido y la cultura que nos ha formado la actualizamos, la ponemos en práctica. Cuando esto hacemos, decimos que obramos con sentido común.
El ser trágico no respeta exactamente las evidencias de su tiempo, ese repertorio de certezas que no se cuestionan porque parecen funcionar. Por eso, quizá, los personajes del póster y del folleto interesaron a Juan José Carreras: cada uno en su respectivo ámbito pensó u obró de otra manera, de una manera distinta a la prevista, pero sobre todo cada uno arriesgó lo mejor de sí sin obtener felicidad a cambio. Cada uno, a su modo, fue o se supo genio. El genio es, desde luego, alguien que se adelanta a su tiempo, que actúa o atisba mejor de lo que sus contemporáneos pueden. No sólo ve lo que tiene delante –eso que el sentido común no deja ver–, sino que, además, predice con la palabra o con la obra lo que acabará ocurriendo, con una cierta enajenación, pues.
Juan José Carreras no tiene una obra inacabable hecha a su vez de obras repetidas y previsibles. Fue la suya una enseñanza preferentemente oral. Era capaz de estimular, de provocar, de alentar. Pero sobre todo de enseñar y conversar: de adentrarse en un espacio en parte desconocido –la historia– valiéndose de señales nada convencionales, signos de otro tiempo que sabía leer con pericia y con osadía. De algún modo (al modo alemán, podríamos decir) tomaba los libros y los documentos como textos que había que traducir: recreando su sentido y transportando no sólo la expresión. En los libros del pasado hay múltiples resonancias, voces numerosas que se expresan y que el historiador revive: Juan José Carreras, en este caso. Pero el historiador no busca la fuente según le conviene, no selecciona sólo lo que le confirma, no suprime lo que le contraría: ha de ser respetuoso con esas voces y con las destrezas de su oficio. Por eso, dicho historiador ha de contrastar sus propias ideas con los documentos y con los libros estableciendo con ellos una especie de diálogo.
En cierta ocasión, dijo E. M. Forster que imaginaba el paraíso como una conversación inacabable con sus autores favoritos. Quiero pensar que Juan José Carreras imaginó el olimpo o el edén como un diálogo con sus personajes predilectos, tan distintos y tan trágicos. Algunos de ellos son, sin duda, los que ilustran el cartel de este sentido homenaje: como el propio historiador, que entrevemos o divisamos, y con el que seguiremos conversando quienes tuvimos la fortuna de conocerlo.
Colofón (8 de enero de 2008)
Miro y vuelvo a mirar el cartel después de lo que he escrito y descubro algo que sólo ahora veo: el Pato Donald. Donald se encarama al hombro de Carreras. No lo había visto hasta hoy mismo, cosa que me hace preguntarme por mi despiste. ¿Tan atropelladamente miro? ¿Tan superficialmente? No quiero culparme por una minucia. Pero si escribes comentando un cartel y tus ojos no reparan en un elemento esencial del póster, entonces es que hay algo que haces mal: unas prisas que no me gustan.
Miro el hombro de Carreas. Donald parece que le cuchichea algo al oído. Extiende los brazos y abre las manos. Hace ostentación: parece señalar a esos personajes que forman la torre o el puzzle del historiador, como si el Pato estuviera sorprendido de dicha nómina incongruente, extraña. Pero si veo a este personaje de Disney, inmediatamente se me activa el recuerdo, el de aquel libro militante: Para leer al pato Donald.
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2. Juan José Carreras. Enlaces:
–Juan José Echevarría, «Juan José Carreras (In memoriam)«, La Opinión de A Coruña, 9 de diciembre de 2006.
–Antón Castro, «Entrevista con Juan José Carreras Ares«, El blog de Antón Castro, diciembre de 2006.
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3. Otros intelectuales…
Slavoj Žižek, por cortesía de David P. Montesinos (su blog).



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