1. Hace unas semanas publiqué un artículo titulado «La retirada de Zaplana«. Días después añadí en este blog una entrada, «Eduardo Zaplana Hernández-Soro«, que obviamente trataba de la misma persona. ¿Hay razones de actualidad que me justifiquen? ¿Exhumo arqueológicamente a un personaje olvidado? Creo que para hablar de Zaplana hay razones bien actuales. En mi caso, la reconstrucción de su figura, de su proyección, no es algo sobrevenido, pues llevo varios años rastreando su puesta en escena, examinando los efectos que su protagonismo público, político, provoca. ¿Una manía particular?, me pregunto. No lo creo: Eduardo Zaplana sigue siendo uno de los activos del Partido Popular, mal que les pese a algunos. En efecto, hay antiguos seguidores o correligionarios o conmilitones o periodistas que prefieren olvidarlo, relegarlo, confinarlo, como igualmente puse de relieve en un artículo meses atrás. Esa actitud se da, por ejemplo, entre columnistas o reporteros del grupo Vocento. En Abc, sin ir más lejos, la cantinela antiZaplana es ya un lugar común. Parece que para ellos se ha convertido en un personaje ambicioso, materialista y voraz, quizá poco recomendable. ¿Lo es? Tengo para mí que Zaplana sigue siendo lo que siempre fue y no ocultó. Aparentemente no hay nada nuevo ni nada actual justificaría que yo mismo escribiera sobre él.
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2. Eso parece decirme Rafa Marí, periodista de Las Provincias (también del grupo Vocento) responsable de un libro titulado Eduardo Zaplana. Un liberal para el cambio en la Comunidad Valenciana, un volumen de 1995. Como dije días atrás, Rafa Marí, que entrevistó al político para escribir dicha obra, me interpelaba en Las Provincias. Supongo que su mención se debía al comentario que yo había hecho de su libro –tantos años después– en un reciente artículo en Levante-Emv. Leo: “Entrevisto a Suso de Toro, autor de Madera de Zapatero (RBA), un ensayo sobre la personalidad del presidente del Gobierno. Es un libro que interesará mucho al profesor Justo Serna, muy atento a lo que él llama subgénero literario. Lo es. Rara vez tienen vuelo dialéctico estos volúmenes. Suelen ser productos de compromiso. Pero no está de más precisar que en algunos casos se trata de libros sobrios e informativos publicados hace 12 años sobre políticos en la oposición, y otros son entusiastas loas bien recientes de políticos en el poder. En ese punto, hay diferencias. Serna, librepensador inteligente, sabe ver esos matices. En sus crónicas los analiza siempre con objetividad. Estoy ansioso por conocer su opinión sobre Madera de Zapatero. Seguro que si algo no le gusta, lo dirá, igual que hizo la semana pasada Antonio Elorza. El problema somos nosotros y nuestras ambiciones”.
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3. Respuesta de JS del 29 de diciembre de 2007: Apreciado Sr. Marí, le remito la lectura que de Madera de Zapatero he hecho. Espero no decepcionarle con mi escueto análisis. Decía usted en Las Provincias que estaba ansioso por conocer mi opinión sobre Madera de Zapatero. Aquí la tiene: en Levante-Emv no va a poder ser. Ni en corto ni en largo. Pero sí en este blog.
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4. Respuesta de Rafa Marí del 9 de enero de 2008: aquí. Quizá larguísima.
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5. Respuesta de JS.
¿Zaplana o Zapatero? ¿Eduardo Zaplana. Un liberal…, de Rafa Marí? ¿O Madera de Zapatero, de Suso de Toro? El señor Rafa Marí tiene la amabilidad de contestarme explayándose en un comentario muy extenso, larguísimo: exactamente como lo que él dice de mi artículo sobre Madera de Zapatero, incluido en este blog. Sin embargo, mi artículo no es larguísimo: es una reseña in progress que fue escribiéndose a lo largo de varios días, conforme la lectura y la relectura del libro me sugerían énfasis o subrayados. Nada más empezar su comentario –insisto, larguísimo–, el señor Marí me dice inmediatamente de lo que no quiere hablar: ni de Zapalana ni de Zapatero, ni de su libro ni del de Suso de Toro. Francamente, creo que desechar esos objetos de análisis es un pérdida que nuestros lectores no entenderán. Y más, admitiendo como hace el señor Marí, que «ninguna de las obras es buena, desde luego». Precisamente eso es lo que deberíamos debatir: ¿por qué la literatura áulica no suele dar buenos resultados?
Pese al malestar que le provoca el adjetivo «áulico», pese a que yo le llamara «interlocutor áulico» en un artículo, creo que esa calificación es descriptiva, no necesariamente peyorativa: designa, en efecto, lo cortesano, lo propio de palacio. Designa a aquel que presta servicios a quien ejerce el poder o espera ejercerlo, en acto o in spe. No es infrecuente que el gobernante o el opositor se rodeen de glosadores que le ayuden a explicarse o incluso a expresarse. Esos auxiliares ejercen un papel interesante. Muchos políticos parecen necesitar a estos profesionales de la escritura, pues de ellos dependen la buena o la bella prosa, el orden expositivo y la claridad de enunciados: el lucimiento o los trucos de magia. Por ejemplo, uno de los personajes de la ficción de Javier Marías era un monarca campechano, un virtuoso de los flippers, un frecuentador de todo tipo de cuchipandas; era un soberano simpático, con metas y objetivos incluso sensatos, un rey que tenía algunas ideas, pero al que -según decían- le costaba ordenarlas. Para eso estaba el cortesano: para ordenarle las ideas, para completarle los párrafos o para rellenar sus vacíos.
Dice el señor Marí que no quiere hablar de Madera de Zapatero ni de Eduardo Zaplana. Un liberal… Dice eso, pero inmediatamente habla de ambas obras: a la primera la descalifica como encomiástica; a la segunda, la suya, la califica como «una larga entrevista (en nueve capítulos) para dar a conocer los proyectos de un candidato, poco conocido y entonces en la oposición en el gobierno autonómico». Lo encomiástico puede expresarse con ditirambos: los que hacen los familiares y los amigos del político. Pero lo encomiástico puede expresarse también prestando un servicio verbal: prestándose a hacer una entrevista cómoda que facilite la racionalización, la justificación, las promesas de un candidato.
Pero el grueso de la intervención del señor Marí se dedica no a esto, sino a criticar a Suso de Toro. Él, el escritor gallego, sí que sería un cortesano socialdemócrata, un tipo capaz de escribir con ditirambos, cosa que yo habría evitado denunciar. No es cierto. Por ejemplo, me parecía y me parece un exceso increíble convertir a Rodríguez Zapatero en «un nuevo Arturo», como hace Suso de Toro. Literalmente decía yo mismo aquí: «me parece igualmente inverosímil e hiperbólico que el prologuista identifique a Rodríguez Zapatero con el mito de Arturo, aquel joven que se coronó rey«. Y añadía: «La hipérbole del seguidor, del militante, del amigo puedo comprenderla, porque se fundamenta en una verdad exagerada en la que el afín cree: en función de ella obra. Pero hay un problema: el elogio desmesurado agiganta virtudes reales hasta convertir en un monstruo al individuo real, amenazado siempre por el engreimiento del poder, del poder gubernamental o de partido». En un monstruo: las alabanzas de los amigos te pueden convertir en un monstruo. ¿Más claro? ¿Necesita, el señor Marí, que me exprese con mayor claridad?
Por otra parte, como si yo fuera un analista adocenado o apesebrado, el señor Marí, añade generalizando: «Los mejores pensadores de la socialdemocracia, y a usted le tengo por uno de ellos, se cuidan mucho de llamarle cortesano al cortesano provisto con una buena carga de melaza, si se trata, como es el caso, de un cortesano socialdemócrata. Prefieren escribir un nuevo y repetitivo artículo sobre Rajoy, Acebes y Zaplana. El miedo a ser políticamente incorrectos ha convertido a la mayoría de comentaristas e intelectuales en apologistas de las propias filas».
Le agradezco al señor Marí que me considere un pensador, elogio que me da reparo en aceptarle: sólo se lo acepto por la carga irónica que plantea. Lo que ya no entiendo es por qué me identifica como socialdemócrata. ¿En algún momento he calificado al señor Marí de conservador, de liberal? Creo que es una identificación ad hominem. Lo que uno diga puede ser interesante o nada interesante, se sea o no socialdemócrata. Jamás he abreviado un análisis tipificando a un contendiente: procuro tomarme muy en serio lo que dicen las personas al margen de su etiqueta política. Por ejemplo, leo con placer a Mario Vargas Llosa desde hace tiempo y jamás podrá decirse que un escrito mío resume sus ideas tipificándolo. No me gusta esa forma de operar: me gusta argumentar, extenderme, razonar y, si puedo, convencer, persuadir. Punto y aparte.
Le agradezco igualmente al señor Marí que no me considere «un intelectual deshonesto». La honradez o la probidad intelectuales son difíciles de mantener sobre todo cuando políticos en ejercicio pueden tentar tan evidentemente a profesores y perodistas. Entiéndaseme. Colaborar con el ejercicio de la democracia, entrevistando a mandamases (o juzgándolos), no es una tarea servil: es rentable y necesaria. Lo que no veo tan bien es que la interviú se convierta en mera plataforma de lanzamiento: desde hace años domina en España el periodismo de declaraciones, que muchas veces es pereza o colusión. Las entrevistas de lanzamiento no me parecen mal género periodístico: como ya dije, me divierten. Además, para mí, la lectura es como la carne de un cerdo: todo lo aprovecho, tratando de nutrirme.
Una vez que el señor Marí me salva al no colocarme entre los deshonestos intelectuales, la emprende conmigo para aplicarme lo que él llama un «liviano apunte psicoanalítico». Eso es lo que tiene el psicoanálisis salvaje (en palabras de Freud): que puede ejercerse de buenas a primeras; que puede aplicarse sin pruebas, sin reglas, sólo con datos puramente superficiales. Perdónenme la pedantería: Freud denominaba psicoanálisis salvaje al error técnico en que incurre el terapeuta ignorante cuando, a las primeras de cambio, arroja al paciente el secreto que cree haber descubierto. El señor Marí me hace, pues, ese análisis precipitado, atreviéndose a diagnosticar mi mal. Por lo que dice, es un mal inespecífico: un malestar del que yo estaría aquejado por ser algo así como «pensador socialdemócrata».
La dolencia se expresa en estos términos: yo sería «un hombre temeroso, aunque no precisamente de Dios. Temeroso y un tanto atormentado en el terreno de las ideas». Francamente, no entiendo el diagnóstico del señor Marí. Desde luego puedo sentirme atormentado por las miserias de la vida cotidiana: esas que, como dijo Freud, el psicoanálisis freudiano no puede curar, sólo aliviar. Pero no me veo atormentado por las ideas. Las ideas son para mí el terreno de la felicidad y del disfrute, del aprendizaje y de la observación. Leo todos los libros que puedo y sólo los que me gustan o me interesan; leo tres periódicos en papel y algunos más digitales; leo hasta los prospectos publicitarios. ¿Y para qué? Para reírme, para enfadarme, para aprender, para dialogar, para divertirme… con quienes sustentas estas o aquellas ideas. Quizá por eso, el señor Marí admite polemizar aquí con «un señor culto pero que no se entera de muchas cosas». Claro que no me entero de muchas cosas: por eso me informe y leo. Porque no lo fío todo a los sentidos superficiales y a las rutinas de los connaisseurs. Punto y aparte.
Quizá ese tono personal con que el señor Marí acaba su intervención se explique no por el psicoanálisis salvaje, sino por las laceraciones de las que él mismo hace muestra en su último comentario, el del 11 de enero. De verdad, lamento los ataques obscenos de los que haya podido ser víctima. Pero no entiendo por qué se me presenta el señor Marí mostrando esas heridas infligidas por otros, no por mí. La susceptibilidad, que puede estar muy justificada, no es producto de mis juicios, siempre respetuosos en una alusión que era circunstancial: sólo para comprobar que el principal compromiso de Eduardo Zaplana en el libro del señor Marí (1995), el de su retiro de la política, se ha incumplido. De momento.


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