1. Los púgiles
Echen un vistazo a la imagen que encabeza estas líneas. Es la cubierta de un libro, una ilustración debida a Fernando Vicente. Representa una escena de boxeo. Vemos a dos púgiles en combate: Mariano Rajoy parece amagar con un derechazo; su contrincante, José Luis Rodríguez Zapatero, se protege con la izquierda. Esta ilustración no fue pensada para representar el debate televisivo del pasado 25 de febrero, sino para resumir una legislatura, cuatro años en que los contendientes habrían estado al ataque y a la defensiva… ¿Que es una metáfora muy gastada? Seguramente: es una imagen mil veces repetida, pero hemos de admitir que sirve, que sirve para mostrar la circunstancia de la discusión pública.
En el debate televisivo del 25, Mariano Rajoy hizo acusaciones graves, acusaciones frente a las que Rodríguez Zapatero se defendió con mayor o menor contundencia, con un punto de irritación. De tristeza, decía mi madre: como si al candidato socialista le aturdiera tanta evidencia que el adversario no quiere ver. No sé, no me acaba de convencer esa impresión de tristeza: no me imagino a un púgil fajador lamentándose de la pegada del otro. Creo, más bien, que el rostro contrito de Rodríguez Zapatero es una puesta en escena, una legítima puesta en escena. Desde ese día, los medios han agigantado la colisión haciendo drama del choque y sondeando el efecto del acto televisivo. Por su parte, los propios partidos políticos han procurado sacar ventaja de lo que el debate fue o de lo que las encuestas dicen.
No hay nada que reprochar en esta dramatización que moviliza o suma votos. Tampoco hemos de escandalizarnos de los ultrajes verbales que unos u otros se dedican: ese imbécil, por ejemplo, que Felipe González le ha espetado a Mariano Rajoy. Suena verdaderamente ofensivo y con toda probabilidad el ex presidente podía haberlo evitado: por dignidad institucional, añado. Pero ese dicterio es un insulto infantil comparado con las acusaciones reiteradas que José María Aznar ha vertido contra Rodríguez Zapatero; o comparado con las mofas y chanzas que le han lanzado otros políticos populares; o comparado con las descalificaciones que sobre el candidato socialista han difundido columnistas muy ocurrentes a la hora de denostar.
Quizá estemos llegando al punto de saturación. Tal vez no está lejos el día en que muchos ciudadanos puedan cansarse de tanta tensión verbal: una tensión muy espectacular desde el punto de vista mediático, pero muy poco edificante si lo que exigimos es convivencia. Me digo lo anterior y a la vez no quiero pecar de ingenuo. La adhesión electoral parece requerir ese estado de verbalismo y de agitación: también lo exige la presión periodística de los medios afines. Sin embargo, inmediatamente me corrijo: entre los ciudadanos parece detectarse un hastío creciente, un hastío que alguien podría acabar pagando. ¿Quién? ¿Quizá el Partido Popular o el Partido Socialista?
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2. ¿Censura ciudadana?
¿Es posible vivir sin una tensión emocionalmente tan devastadora? ¿Es posible organizar la vida pública sin que los grandes partidos se enfrenten por lo básico o por lo nimio? La política se retransmite y se presenta como espectáculo de alto voltaje y de alto rendimiento; la realidad y los sondeos se confunden; todos tenemos o creemos tener una opinión… En esas circunstancias no es probable que el choque se alivie. De momento. Pero no es menos cierto que estamos al borde mismo de la saturación. Hay algunos observadores que manifiestan ese cansancio. Uno de ellos es Enrique Gil Calvo.
Este sociólogo acaba de publicar el libro de cuya cubierta hemos tomado la ilustración que encabeza: el profesor de la Universidad Complutense y contertulio de la Cadena Ser hace aquí las veces de augur y de analista, de ideólogo y consejero. Se pronuncia sobre esas cuestiones que yo mismo les planteo en el blog una y otra vez. ¿Cuál es su diagnóstico? El dictamen es ciertamente discutible: por eso mismo vale la pena debatirlo. Hay un hastío general, dice Gil Calvo, que acabará pagándose: un aburrimiento que deberíamos hacérselo pagar a los partidos dominantes, añade. «Sólo los ciudadanos podremos poner fin al callejón sin salida de la crispación política actual. Y eso podemos conseguirlo de varias formas posibles».
¿De qué manera? «Por ejemplo, aumentando el nivel de abstención hasta tal punto que los partidos políticos dominantes no puedan menos que darse por aludidos, optando en consecuencia por detener el conflictivo juego de la crispación. Tampoco resultaría imposible –aunque el sistema electoral en vigor no lo haga demasiado probable– que los ciudadanos desviasen su airado voto de castigo a los dos partidos dominantes hacia algún partido bisagra, como la UPD [Unión, Progreso y Democracia] que ha fundado con este fin Fernando Savater». Son dos posibilidades, pues, las que Gil Calvo contempla y que hay que discutir.
Por un lado, la abstención. En efecto, puede darse un hartazgo, la eventualidad de que los ciudadanos rechacen las formaciones políticas que les piden el voto, simplemente por crítica al estado de partidos y al estrépito mediático: la abstención activa. Es, desde luego, una circunstancia que no cabe descartar como posible y perfectamente legítima. Eso sí: siempre que seamos conscientes de las consecuencias. No votar, reconociendo lo muy repudiables que son ciertas formas de crispación, es un riesgo real: no es probable que los partidos se corrijan y, simultáneamente, podemos deslegitimar la democracia imperfecta que tenemos. ¿Manifiestamente mejorable la democracia? Sin duda, sin duda: pero es la que tenemos. Además, al mal funcionamiento del sistema contribuimos los propios ciudadanos con nuestro desinterés político o público y, por supuesto, contribuyen también los medios de comunicación: siempre que alientan el estrépito por partidismo, por sectarismo. Hay periódicos que toman partido –cosa legítima– pero para convertirse pura y simplemente en prensa doctrinal. Enrique Gil Calvo cree que es posible imponer un severo correctivo a los partidos dominantes, pero no nos muestra de qué modo podríamos hacer algo semejante con los diarios agitadores, en papel y en Internet.
Por otro, tenemos, admite Gil Calvo, el voto creativo, regenerador. En efecto, cabría la posibilidad de votar a partidos nuevos, a partidos-bisagra que proponen literalmente regenerar la democracia. Entre ellos está UPyD. No entiendo por qué el sociólogo olvida a Ciudadanos, que compite por el mismo electorado descontento. Pero lo que entiendo menos aún es por qué he de confiar en una formación política nueva que me promete no hacer lo que los partidos dominantes han venido haciendo. ¿Es que, acaso, la buena voluntad y el crédito de algunas personas garantizan su buen funcionamiento? ¿Y por qué la experiencia de Ciudadanos, apoyada por algunos de esos mismos descontentos, ha acabado en enfrentamiento interno? ¿Qué será de UPyD cuando el apetito de poder o los malos resultados despierten al partido tradicional que inevitablemente es? Si esto es así, ¿entonces por qué yo no debería votar a alguno de los partidos dominantes? No creo que sean sustancialmente peores que ese nuevo que se nos anuncia.
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3. ¿El decálogo?
Pero lo más discutible de lo dicho por Enrique Gil Calvo es el decálogo final, ese repertorio de normas de buena conducta democrática con el que cierra su volumen. Lo que empezó como un análisis empírico del sistema político español acaba siendo una teoría normativa de la democracia. Los partidos, nos dice el sociólogo, han de someterse a una autorregulación.“Hace falta que la clase política aprenda a autorregularse evitando su doble tentación actual de caer en la crispación y manipular las instituciones”, dice Gil Calvo. “Igual que sucede con las demás adiciones a vicios adquiridos (fumar, beber, drogarse, etcétera), la adicción al vicio de la crispación se puede llegar a superar mediante apropiados ejercicios de desintoxicación y reciclaje”. ¿Cuáles serían estos ejercicios? Hay que seguir una tabla. O, mejor, hay que obedecer una serie de reglas, que forman un decálogo, es decir, que funcionarían como mandamientos.
Primer regla: veracidad
Segunda regla: sinceridad
Tercera regla: transparencia
Cuarta regla: rendición de cuentas
Quinta regla: representación
Sexta regla: lealtad
Séptima regla: inclusividad
Octava regla: confianza
Novena regla: ecuanimidad
Décima –y última— regla: juego limpio
¿Y cómo espera aplicarlas? O, mejor, ¿cómo espera forzar a la clase política para que las cumpla escrupulosamente? ¿Será un ejercicio de buena voluntad? El propio Gil Calvo concluye su libro admitiendo que “hoy por hoy todo esto suena a música celestial. Grandes y bellas palabras, que nuestros representantes no tienen problema en suscribir ni aprobar, aunque se hallen por completo alejadas de su práctica cotidiana”. ¿Entonces? Un código de conducta funciona si su incumplimiento es más gravoso que su cumplimiento: o si la punición es efectiva. Esta sencilla regla que recordara Max Weber, el gran sociólogo alemán, parece ignorarla su colega español: Enrique Gil Calvo. Pedirle a nuestros representantes que se autorregulen y que, por ejemplo, no conviertan el estruendo crítico en su forma de hacer oposición es puro, puritito, idealismo. El propio Gil Calvo admite –y admite atinadamente— que los grandes cambios políticos se han dado en la España democrática como consecuencia de graves crisis difundidas y agrandadas con estrépito mediático. Cuando leí esa tesis en su libro convine totalmente. Era algo que yo mismo había pensado, una conclusión no muy original y que empíricamente es demostrable: la retirada de Suárez, el éxito de González, la llegada de Aznar, el triunfo de Zapatero. El ejercicio del Gobierno parece asegurar la repetición y el mantenimiento salvo que un grave descalabro o cataclismo político provoquen la caída del mandatario.
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4. Los sondeos (2 de marzo de 2008)
Leído el libro de Gil Calvo, echemos ahora un vistazo a los sondeos que el domingo 2 de marzo se hacen públicos, una semana antes de las elecciones. El de El País, por ejemplo. O el de Levante-Emv. O el de El Mundo. O el de Abc…
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5. Los efectos de composición (3 de marzo de 2008)
La encuesta de El Mundo que hoy se hace pública confirma las tendencias ya sabidas. ¿Resueltas las expectativas? No olviden que los sondeos más rigurosos, esos que están confeccionados con las máximas garantías, no dicen quién va a ganar, sino cuál es el retrato de situación en ese justo momento. Al retratar provocamos efectos. Cuando uno se mira en el espejo, ve a alguien que se le parece: que se parece a quien uno quiere ser. Pero el reflejo nos da una impresión no siempre favorecedora: por eso, procuramos mejorar lo que contemplamos, corregir lo que nos desagrada o maquillar lo que está más a la vista. ¿Cómo votaríamos si conociéramos los datos de las encuestas hasta el día mismo de las elecciones? Al averigurar los resultados probables, depositaríamos nuestros sufragios para reforzar o corregir la tendencia que hemos visto en el espejo. Por eso, no me creo esas actitudes suficientes, sobradas, de quienes desprecian los sondeos: generalmente corresponden a quienes van perdiendo en esas encuestas. Pero lo contrario no es necesariamente sensato ni exacto: no te creas el más guapo, pues puedes ir ganando en los sondeos y, sin embargo, eso no es garantía de éxito final. La tendencia que nos muestra una encuesta no es necesariamente falsa: pero, al sumar, los resultados pueden acabar de una manera o de otra. La información constante satura, desde luego. Ahora bien, los datos que se suministran, las informaciones que se filtran, los acontecimientos imprevistos…, todo ello puede confirmar o alterar aquel retrato inicial. Son lo que Raymond Boudon llamó efectos de composición. Lo que yo haga también lo pueden hacer otros, luego el resultado final es, relativamente incierto.
En su blog de El Mundo, Arcadi Espada habla de la abstención a que puede inducir la primera plana de su periódico. Con prosa escueta aborda lo que nadie sabe: que el sondeo del periódico puede provocar cambios electorales… ¿deseados? Imagino a Espada algo inquieto con la circunstancia y con las consecuencias de la circunstancia. «Habrá quien lea el titular del periódico como una sibilina estrategia de desmovilización electoral», admite. «Ni las ficciones ni las intenciones pueden desmentirse. Por lo tanto yo lanzo mi cuarto a espada y sostengo que si el titular desmoviliza a alguien será al potencial votante del Partido Popular. ¡Justo ése que, si desmoviliza, asegura la victoria del Partido Popular!», apostilla.
O no…
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5. Hemeroteca
JS, “Cháchara“, El País, 28 de febrero de 2008



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