1. Jardinería sublime
Leo la prensa conservadora, a columnistas que fueron combativos durante la pasada legislatura. Salvo Pedro Jota Ramírez o Federico Jiménez Losantos que siguen en estado de alerta, en posición de combate, la mayoría parecen desconcertados y, más aún, abatidos. Como soldados aturdidos tras la embestida del enemigo. Después de haberse empleado con ardor guerrero y con excitación, se les ve ahora entristecidos, lógicamente entristecidos, tratando de comprender qué ha pasado. Algunos de los más influyentes parecen sumidos en un estado general de melancolía, algo así como una neurastenia, un debilitamiento, un hastío profundo con pérdida de la fuerza nerviosa, una fatiga sólo en parte causada por el esfuerzo militante. El propio Partido Popular, obligado a reparar los desperfectos que la derrota ocasiona, está volcado al interior… ¿Cuál es el tono que los analistas han adoptado? Buscar desesperadamente metáforas que les devuelvan el lirismo perdido, que les permitan hacer literatura y que, a la vez, justifiquen el apocalipsis verbal con que se emplearon.
¿Por qué el peor presidente de la democracia ha derrotado a un partido tan surtido de propuestas?, se preguntan una y otra vez. ¿Qué extraña patología padece un país que da el triunfo a un insolvente, a un incompetente, a un bobo? ¿Estaremos quizá ante un nuevo Mr. Chance, aquel jardinero fronterizo que llegó a gobernante, encarnado por Peter Sellers? Hablaba literalmente de injertos y de abonos, pero todos creían que se expresaba con jardinería sublime; todos le suponían una profundidad de la que carecía. Gabriel Albiac, que fue un abstruso filósofo seguidor de Louis Althusser, es ahora un fiero crítico conservador, desencantado y no menos eminente: Contra los políticos se titula su último libro. Pues bien, Albiac fue también uno de los primeros en escribir de Mr. Chance para denostar a Rodríguez Zapatero. Concretamente en una columna que publicó en La Razón el 9 de agosto de 2006.
Las metáforas, siempre las metáforas. Ahora, los fieros combatientes de la ideología conservadora han encontrado a otro tipo averiado que les permite denostar al mismo presidente: o, mejor aún, zaherir a esos once millones de votantes que han quedado obnubilados por nuestro Mr. Chance. El nuevo monigote es Rodolfo Chikilicuatre. El personaje de El Terrat les sirve ahora para diagnosticar los males del país, para deplorar el estado de nuestra incultura, de nuestra incuria: para medir la profundidad de nuestra decadencia moral. A esta conclusión llega –por ejemplo– el martillo de izquierdistas que es Hermann Tertsch, ese antiguo reportero sobre el que volvemos una y otra vez. Pero algunos otros columnistas han ido más allá en su dictamen: somos unos irresponsables, nos dice Curri Valenzuela, la gran Curri Valenzuela que aquí examinamos tiempo atrás. “Está claro que cuando se nos llama a votar, los españoles nos decantamos por la opción más divertida. Mandamos a Rodolfo Chikilicuatre al festival de Eurovisión con la intención de que medio mundo se ría de nuestra música y elegimos a Zapatero”. Podríamos concluir que los mismos electores que han dado el triunfo al presidente socialista son quienes han votado para que el payaso de El Terrat nos represente en el Festival de Eurovisión. Se pueden perder unas elecciones, pero no se puede admitir que en la misma semana gane doblemente la estulticia. Ajá. Entendido.
“Chiquilicuatre y Zapatero, cada cual a su modo”, dice por su parte Manuel Martín Ferrand, “son síntoma y reflejo de la realidad española. Ambos cuentan con el respaldo de un buen número de votantes y concuerdan con el gusto y la estética, los planteamientos y la praxis, de una población que desprecia el esfuerzo, desestima la excelencia, confía en que el Estado resuelva todos sus problemas y se reconforta con su propia y grosera pequeñez. Chiquilicuatre y Zapatero son las proyecciones, en el espectáculo y en la política, de una sociedad dispuesta a admitir que el grafiti es un arte, que las televisiones al uso constituyen un medio informativo y la cultura no es otra cosa que una lápida que aplasta nuestra creatividad”, admite Martín Ferrand con melancolía. “Los jevis y los friquis, que también tienen sus derechos, no pueden, desde su risible minoría, ocupar el centro de la Nación y convertirse en ejemplo para la juventud”, apostilla.
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2. Fluidos cardíacos
¿Qué les falta a Tertsch, a Valenzuela o a Martín Ferrand? Nuestros autores son literales, se expresan viendo en la realidad un espejo de sus propias incertidumbres, y el sarcasmo sólo lo emplean para atacar al adversario. Parecen incapaces de tomarse con guasa o con distancia irónica: la España de sus dolores es un ultraje que a ellos se les inflige. Por eso se expresan con severidad ulcerosa, con acentos que ellos creen orteguianos. Yo, por el contrario, pienso que Chikilicuatre canta una pieza memorablemente sarcástica, como ya les dije. Imaginen que Baila el Chiki Chiki gana el Festival de Eurovisión. Qué conclusiones tan avinagradas se permitirán esos columnistas: Europa en declive, etcétera. De momento sólo es España la que está en decadencia: compitiendo ferozmente con el Pavo Dustin, por ejemplo. Pero no adelantemos acontecimientos.
El humor es una defensa contra las ofensas de la vida, de nuestra propia vida. Por eso quiero ver la realidad en las entretelas; por eso deseo leer periódicamente libros que me desmientan o me rebajen, que me hagan apearme de la severidad académica. Cuando, además, estos volúmenes se escriben con ironía, con sarcasmo y con prosa inteligente, mejor aún.
¿Qué nos ofrece ahora el mercado? A Tertsch, a Valenzuela o a Martín Ferrand les recomendaría Sé lo que hicisteis…, el libro que firman Patricia Conde y Ángel Martín. Si lo leen, quizá puedan olvidarse de Chikilicuatre… para confirmar lo peor: que España está poblada por monstruos televisivos. Como saben, Sé lo que hicisteis… es un programa de La Sexta. Allí se hace un repaso –un zapping— de lo que las cadenas de la competencia ofrecen, preferentemente en materia cardíaca: en asuntos del corazón. Con ironía mordaz y salaz, Ángel Martín examina imágenes y palabras, dichos y hechos de famosos y de periodistas más o menos famosos: básicamente de esos reporteros televisivos –esos profesionales— que cada día o cada semana comentan las andanzas u ocurrencias de personajes tan relevantes como Nuria Bermúdez, Belen Esteban, Pipi Estrada o Alessandro Lecquio.
Patricia Conde da la réplica haciendo de buena chica que no entiende: frente a esos aspavientos y grititos, Ángel Martín debe esmerarse, corregirse o enmendarse para no escandalizar a su partenaire. Una de las fuentes informativas de las que principalmente se nutría Sé lo que hicisteis… ha desaparecido de la parrilla: Aquí hay tomate , de Tele 5. Eso hace que el programa haya perdido algo de chispa y frescura: los tics, los guiños, los cebos del Tomate son ya pasado. Menos mal que aún quedan buena parte de sus monstruos… El libro del programa trata escasamente del espacio, pero sus páginas son una auténtica enciclopedia del famoseo: recomendable, en general muy bien escrito y con una ironía que llega al sarcasmo. En el libro hay «citas célebres» de los famosos (así lo llaman en el programa de La Sexta). Son frases inconexas o carentes de sentido, semánticamente confusas y sobre todo descacharrantes, como aquella que profirió Sofía Mazagatos cuando le preguntaron por Mario Vargas Llosa: «Pues le sigo desde hace tiempo; nunca he tenido la suerte de leer nada de él«.
La lectura de este libro produce hilaridad y sorpresa entre quienes nos rodean: tales son nuestras carcajadas, hipos y espasmos. Sus páginas reducen la presunta seriedad del mundo rosa, dejándolo en lo que es: la comidilla indigesta de esos curiosos… que somos todos. Achata la figura roma de tantos famosos y se burla de la gravedad de los periodistas, de esos profesionales que convierten la información de personajillos en fluido cardíaco. Este libro revienta desde dentro el mundo rosa y, a la vez, hace caja (como El Terrat como Chikilicuatre). Hermann Tertsch, Curri Valenzuela, Manuel Martín Ferrand u otros severos columnistas deberían evitar las metáforas lastimeras. Oigan, dejen de inculpar a la España decadente por el triunfo de Rodríguez Zapatero: lo que, de vez en cuando, deberían hacer es relajarse, leer buenos e intrascendentes libros y sacarle provecho a la televisión basura, ese sitio en el que abundan los monstruos. Entre ellos, está Rodolfo Chikilicuatre, un apuesto crooner que se contonea al ritmo del perrea-perrea. Chincha y rabia.



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