5. El fin de la poesía (18 de abril)
El fin de la poesía es poder ser leída, recitada, escuchada: escuchar ese lenguaje creador, fundador de realidad. ¿Comunicar? Más que transmitir, su fin básico, su primera acción, es el nombrar que instaura el ser y la esencia de las cosas, como sostuvo Martin Heidegger. Las cosas carecen de nombre y ese pequeño dios que es el poeta se adueña de la palabra, forcejea con ella emprendiendo una acción que es propiamente lingüística. Pero el suyo no es un decir caprichoso, una explosión de verbosidades. El decir del poeta es una acción fundadora, aquella que establece y fuerza los límites de la expresión, de lo enunciable. El poeta hace público todo cuanto después hablamos y tratamos en el lenguaje cotidiano, añadía Heidegger en Hölderlin y la esencia de la poesía. Por tanto, ejecuta una acción constitutiva que permite su uso colectivo, su perduración: no es mero ensimismamiento expresivo, sino arte propiamente creador. Es por eso por lo que el poeta no toma el lenguaje como algo preexistente, como un material ya moldeado del que servirse con rutina y pericia, al modo de un artesano resabiado: la poesía misma hace posible el lenguaje primero al nombrar y al forzar el sentido último de las cosas designadas, dificultosamente designadas. Hay, pues, algo de originario, de primitivo: hay propiamente la instauración del ser y de sus nombres, de cada uno de los seres que lo materializan, que lo actualizan. Por eso, por ser el diálogo el fundamento de la existencia humana, por ser el diálogo el propio acontecer del lenguaje, la tarea de la poesía es instauradora. Hay, sí, una tradición con que el poeta acarrea; hay otros poetas que lo preceden, pero al final es en cada instante de expresión poética, de iluminación, cuando el creador rehace lo ya hecho, lo expresado. Ése es su fin, su objetivo; y ése es su fin, su final.
El jueves 17 de abril asistimos a un acto poético en la Casa del Libro de Valencia. En esa circunstancia, la voz quebrada y potente de Miguel Veyrat agigantaba cada uno de los poemas recitados, creaciones que expresan estados de ánimo frente al mundo, frente a la interioridad también quebrada y frente a un exterior amenazante pero aún prometedor. Al escribir (y al recitar), hay que hacerlo como si ese acto de enunciación fuera el último. O el primero, en términos de Heidegger. La creación –la escritura– puede parecer un juego. Desde luego no lo es: no induce al reposo inactivo, o a la familiaridad. No es un adorno que embellezca la existencia. Tampoco es pasajera exaltación, añade Heidegger. La poesía acalora y enfría a la vez: despierta el elemento fantasmagórico que las rutinas nos velan y destapa ese lado irreal que nos desfamilariza. Nos creemos habitantes de una realidad palpable y ruidosa, nos creemos como en casa, y de repente un poema enérgico recitado con impostación suficiente nos altera o conmueve: no es acaloramiento. Es tensión.
En tensión nos puso Veyrat, dando voz a la palabra primera en la que resuenan los ecos remotos de lo primitivo, de lo primordial, ajeno al lenguaje neutro y meramente transitivo de la prosa ordinaria del mundo. Recitaba con pausa, buscando el significado insólito de los vocablos viejos cuando se expresan en contexto nuevo. En muchos momentos, su poesía tiene el propósito (heideggeriano) de inaugurar el lenguaje-mundo, una arrogancia de naúfragos que se saben dioses, de cigarras que esperan sobreponerse a la muerte y al amanecer que cesa: sus versos trata de hacernos regresar al momento primitivo en que las palabras y las cosas coincidían, a aquella fase en que el hombre robó el fuego o en que la cigarra cantaba sin freno. ¿Lo consigue? Quiero pensar que la voz de Veyrat consiguió doblegar a los presentes, al público allí reunido y a quienes le acompañábamos en la mesa: a Juan Planas, a José Vicente Peiró y a mí mismo. Juan Planas, qué descubrimiento. No sólo como poeta: también como persona, como fino humorista a quien seguiré en sus crónicas en El Mundo. Me prometo leerle de continuo… Como a Veyrat. Siempre.
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4. Invitación (17 de abril)
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3. Miguel Veyrat (16 de abril)
El arte más persistente no es mero asalto; la creación más conmovedora no es la que nos deslumbra de una vez, con el estrépito de lo evidente. La obra se recibe al principio con resistencia, pues nos incomoda, pero hay un momento en que su arte nos derriba: reduce nuestra incredulidad hasta adueñarse de la impresión. Creemos apropiarnos de ella, de la obra, cuando en realidad se nos apodera; es entonces cuando nos preguntamos por qué antes no veíamos su estallido, por qué no estábamos ni estamos tocados por la inspiración del autor. Tendemos, entonces, a confirmar la idea del arrebato, a creer en la teoría de los estros: un creador, conmovido, escribiría igual que expulsa, expelería lo que le trastorna. Pero no es exactamente así. Al menos no siempre es así. La obra es elaboración y reelaboración de esbozos, compilación, elección, rechazo, descarte. La improvisación como arrobo místico que trastorna es algo excepcional: excepcional en todos los sentidos de la expresión. Lo que hay es una percepción embotada que finalmente fluye y se la encauza, como si se consumara lo que llevaba tiempo en sazón. Por eso, frente al tópico más extendido, Nietzsche llevaba razón cuando decía: «Los artistas son a menudo individuos desenfrenados precisamente, en tanto que no son artistas». En cambio, cuando obran como tales, se someten a unas disciplinas poco comunes para así expresar con contención lo que antes no tenía forma o no se sabía que se sabía. Expresar con contención lo bello, pero también el espanto, lo que debilita y acongoja al hombre, lo que le hace hijo de la decadencia, de la incapacidad. Eso sí: sin moralizar, por favor; sin mejorarnos, sin reforzar el prejuicio o la pereza perceptiva. El buen poeta hace de la palabra su empeño, abreviando, condensando y expandiéndose a la vez, siendo profundo, no pareciéndolo. Ése es el auténtico creador, pues –como dijera Nietzsche otra vez– lo que distingue a la mente propiamente original no es que sea la primera en ver algo nuevo sino que vea lo viejo como nuevo, que vea de otro modo aquello que ya ha visto todo el mundo y que había pasado inadvertido. Nada más. Nada menos.
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2. Luciérnagas (15 de abril)
En los poemas de Juan Planas Bennásar que he leído, una mansión es el centro del mundo. En ellos, el autor se proyecta en una mirada y en una voz que no son suyas: son las de alguien que avanza tentativamente por los corredores de una mansión, por los pasillos de una oquedad, de la nada. Son la mirada y la voz de alguien que observa tras las ventanas sin saber qué hay más allá, ese resto inacabable del mundo. Estos poemas afirman un sentimiento de angustia ante lo desconocido, pero sugieren también audacia ante eso que malamente se distingue fuera de la casa. Juan Planas se afirma de modo plural, poniéndose en el lugar de alguien que observa y que para mirar acarrea vivencias dolorosas o placenteras, incluso sueños lascivos, con evocaciones de personajes de los que nunca llegaremos a saber gran cosa: Edith, Nicolás, Elizabeth, Emir son ectoplasmas de la experiencia, seguro.
En Alrededores…, un narrador –porque es, propiamente, un narrador– enuncia y se expresa adoptando la perspectiva de ese ser recogido pero que se aventura avanzando por los espacios de la casa, sumido en el desconcierto y en la amenaza del mundo que está del otro lado. Insisto: hay una imagen poderosa que es la de la propia mansión, ese centro desde el que se divisan destellos. ¿Símbolo maternal de protección y acogida? En realidad, no es sólo eso. Si tal cosa sostuviéramos, estaríamos reduciendo de manera simple la potencia interpretativa de dichas palabras, confusas, ambiguas, abiertas. La mansión es un yo rodeado: más que protegido, un yo solo, aislado, ajeno a ese mundo que nos amenaza y del que el observador no se puede librar. Insisto: la mansión es un yo cercado por la ignorancia del adulto y por un miedo prácticamente infantil: como son el pánico y el desconcierto del hombre.
Nosotros, los lectores, miramos desde una vivienda señorial que intuimos abandonada, acosada por objetos quizá inútiles, por fenómenos tal vez extraños, por sonidos indescifrables, por luces equívocas, por luciérnagas que alumbran y, a la vez, oscurecen. Las luciérnagas –que se nos muestran como motivo central de la expresión angustiada del poeta– son luces indirectas, insuficientes y ubicuas, que sirven para iluminar breve, escueta, intermitentemente. Las luciérnagas carecen de todo sentido o destino, pero alumbran desde su pequeñez: son destello mínimo de un mundo sumido en sombras. ¿Iluminan para sí mismas o para quien mira desde la mansión? Desde luego son restos de luz sin objeto, lo que queda de un sol escondido que sobrevive en lo ínfimo, en lo infinitesimal.
Toda casa tiene una ubicación. Ignoramos cuál es la que ésta tiene, a pesar de que el poema expresa la mirada desde dentro de la mansión, o justamente por eso, con el punto de vista de un personaje que vislumbra. Las observaciones están puntuadas, acotadas, con hechos que regresan, con sentimientos pretéritos, con pasados que se evocan, con nombres (Edith, Nicolás, Elizabeth, Emir) que se repiten como cifra y misterio: son palabras de cuya certeza no hay prueba y que al lector le sirven para confiar y para esperar. ¿Quién es ese personaje que nos guía? «Hay un mujer muy pálida», leo en Duellum: una sirvienta, una sirvienta que atiende llamadas telefónicas periódicas. Siempre hay un interlocutor que reclama al señor de la casa. Y siempre hay un teléfono negro que perturba. Pero el señor no está, está de viaje. Como un ritornello demente, en Alrededores… hay repetición y leves variantes que van afirmando todas las posibilidades:
–El señor no está en casa. Dicen / que no volverá nunca
–El señor no ha llegado y dicen / que es inútil la espera
–El señor no ha vuelto. No volverá / porque nadie le espera
–El señor no ha llegado. Dicen / que no tiene motivos para ello
–El señor no ha venido. No hay ninguna estrella / en el cielo que pueda traerle de regreso
–El señor no está en casa. En realidad / la casa está sitiada por espectros
–No, el señor no ha vuelto. Dicen / que los alrededores están tomados por la muerte
–No, el señor no ha llegado. Dicen / que decrepitud sólo es falta de esperanza
–El señor no está en casa. Quizá el viaje / o alguna vieja herida le retenga en Tennyson
–El señor no está en casa / y sólo existen los alrededores / repletos de luciérnagas
La sirvienta responde dando largas porque no sabe o, mejor, responde diciendo exactamente que no hay espera… ni larga ni corta, pues no está previsto el regreso del señor. ¿Una sirvienta como protagonista? Más aún, ¿alguien que «lleva unos meses al servicio / de alguien que no conoce»? En realidad, es un sujeto adventicio: lo que queda de la identidad cuando el yo está evacuado, cuando además la casa está sitiada por espectros: literalmente por la muerte. Desde luego, me ha trastornado Alrededores. Lo he leído dos, tres veces. Aún sigo repasándolo, anotándolo. Hay una atmósfera de ruina y desolación que me ha hecho evocar a T. S. Eliot y a Ezra Pound, autores a quienes Planas cita. Una crisis que me recuerda La caída de Casa Usher, de Edgar Allan Poe. Hay un sentimiento de podredumbre y un presentimiento de muerte, de jardines anegados, sombríos, húmedos: un desecho moral que me recuerda a H. P. Lovecraft en aquellos relatos en los que una mansión enferma acoge a un habitante maldito e irrecuperable, alucinado. Hay una recreación del acoso, del sitio a que está sometida la residencia, que me hace pensar en Casa tomada, de Julio Cortázar. Pero no se trata de la erudición literaria, pues hay numerosas ficciones y poemas que hacen de la mansión la figura central: prescindo de fundamentar esas sugestiones que Alrededores… me provoca.
Al final, lo relevante no es la casa, sino lo que la circunda: esos alrededores que son cerco y posibilidad. Seguimos allí, averiados en parte, sin cicatrizar: sigue allí, en un lugar «donde ocultarse del gentío / y desafiar los ciclos del tiempo, sus instantes / de creación y sus periodos de derrumbe». ¿Saldremos? Lo que hay fuera es la vida, un ovillo, pero esa vida sólo la intuimos, no la distinguimos con claridad… Exactamente como nos sucede a cada uno. No hay paraíso. «El paraíso es sólo un soborno / y su precio un exceso», leo en Alrededores… O, mejor, no hay que confiar en «la hipnosis de un soborno / y un paraíso en sombras», según se dice en Duellum. No hay paraíso que nos compense, podríamos añadir con Nietzsche. Hay que vivir ese eterno momento que no tiene sucesión ni progreso. «Puro deleite del instante / que se aniquila, / desaparece / y después nada». Nada. ¿Por qué razón?
–La muerte nos sacude sólo una vez / pero repite cuando la olvidamos.
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1. Inmersión poética (14 de abril)
Empiezo una semana de inversión poética. Era previsible. Después de Nietzsche, de demorarnos en el desgarro poético y en la tortura expresiva de Nietzsche, ¿qué esperaban? ¿Una reflexión sobre el nuevo Gobierno, sobre el poder? Me reservo para otra ocasión… Ahora, por el contrario, prefiero entregarme a las letras o, mejor, a la república de las letras. Como hoy es día 14, catorce de abril, pienso en la República y pienso en la República de las Letras, en el poder que algunos escritores tienen para abordar lo inefable, ese bullir de las palabras que son pensamientos o destellos.
Escribiré inversamente. Es decir, iré sobreponiendo y sobreponiéndome: colocando una encima de la otra las reflexiones que las últimas lecturas me produzcan. Esta semana de inmersión poética concluirá con una presentación de libros en Valencia: Instrucciones para amanecer, El incendiario, Fronteras de lo real. Desde este modesto puente de mando les invito a asistir, sabiendo que los poemas de Miguel Veyrat, que las escrituras sobre las que voy a reflexionar, no son música para los oídos: son tortura y culpa, exhumación, un mero atisbo de lo que nos importa, de lo que entrevemos y nos angustia al percibirlo o al nombrarlo. Me sucede con los libros de Veyrat. Gracias a él he descubierto, mirando con el catalejo, los poemas de Alrededores o La mansión de las luciérnagas y Duellum, de Juan Planas Benássar. He dicho puente de mando –desde el que se mira con el catalejo–, he dicho culpa y he dicho nombrar: inmediatamente pienso en Joseph Conrad, ante quien siempre acabo rindiéndome. Permítanme esta breve expansión.
El domingo 13 de abril, en una cadena televisiva, emitían la versión cinematográfica de Lord Jim. Siempre he pensado que el bello Peter O’Toole y la dirección artística de ese film –las cuidadas imágenes y su ambientación– son superiores al guión de Richard Brooks. ¿Por qué razón? Porque en la novela de Conrad todo es relato e ignorancia, espacio vacío que se completa con conjeturas, con giros imprevistos, con aproximaciones tentativas del capitán Marlow, que no sabe nada o casi nada de lo que realmente importa. Ahora, Edhasa reúne todos los relatos en los que Marlow es narrador u observador o personaje. Las he leído por separado y espero poder leerlas en ese volumen. En cualquier caso, me emociona volver a comprarlas para fantasear con la lectura inacabable de lo desconocido, de lo que no acaba de verse bien. Siempre me gusta leer sin comprender enteramente, sin percibir claramente las cosas. Un exceso de luz deslumbra porque, como ya dije, ver no es conocer. Quizá sea mejor aventurarse de modo tentativo, pues. En Alrededores o La mansión de las luciérnagas, de Juan Planas, las cosas no se ven bien y quien habla avanza tanteando. Tanteando pero sin abandonar la casa…








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