1. «El arte de manejar las impresiones» 4/06/08
En todo político que se precie hay una puesta en escena, una presentación de la persona según el rostro más favorecedor: en esta fotografía, Barack Obama señala a alguien, a una parte de su público, parece. O quizá es un mero ademán. En todo caso, revela resolución, seguridad gestual. Su aspecto es inmejorable.
Hace muchos años, en 1959, Erving Goffman trató de la dramaturgia ordinaria: de La presentación de la persona en la vida cotidiana. Desde que descubrí a este microsociólogo, mis estudiantes me han oído hablar con entusiasmo de sus obras y de sus categorías. La metáfora básica que él establecía resulta hoy evidente, pero para cuando él la planteó las cosas no pintaban así. Somos actores que ejecutamos papeles, decía Goffman: papeles en parte aprendidos y en parte improvisados, guiones que nos sirven para desenvolvernos aceptablemente en un entorno que reconocemos. Hemos de aprender «el arte de manejar las impresiones», añadía. «Los gestos impensados, intrusiones inoportunas y pasos en falso son motivos de perturbación y disonancia, generalmente involuntarios, que podrían ser evitados si el individuo responsable de introducirlos en la interacción conociera de antemano las consecuencias de su actividad», insistía.
Nos sabemos insertos en marcos de sociabilidad, que son restricciones: así, de acuerdo con los códigos que en ellos rigen el comportamiento adecuado, interpretamos. Interpretamos, en el sentido de captar las reglas; e intepretamos, en el sentido de actuar, de cumplir con un guión establecido. Si, en el día a día, cada uno de nosotros se esmera por ofrecer su mejor perfil, según señalaba Goffman, imaginen qué no hará un aspirante a la Casa Blanca para evitar los pasos en falso. No sólo actuamos, sino que, además, sabemos que hay un significado tras nuestros actos. Ese significado lo damos los actores, siendo a la vez espectadores de los otros. Un político con expectativas tiene una mutitud de espectadores. Se sabe en escena, pero lo último que desearía es «hacer una escena». Un enredo, en fin: lo que los otros ven de mí no es necesariamente lo que yo quiero que vean y lo que yo quiero que vean no es necesariamente lo que yo interpreto.
Las imágenes más frecuentes que hemos contemplado en la campaña de Barack Obama nos presentan a un candidato en ciernes: recién rasurado, recién planchado, siempre impoluto, con aspecto descansado y animoso, con un toque kennedyano. De hecho, el sastre y los asesores que lo visten han acentuado ese aspecto. Parece salido de una película de los años sesenta. Los ternos son de buen paño, por supuesto oscuros, perfectamente cortados y abotonados, con excelente caída para un cuerpo delgado, alto, incluso filiforme. Piénsenlo bien: con una mano en el bolsillo del pantalón, no habrá varón más elegante que aquel que sepa moverse vistiendo una americana con el talle exacto, sin estrechuras, al modo en que lo hacía Cary Grant en las películas de Alfred Hitchcock.

Con la camisa arremangada, dirigiéndose a una multitud, parece dispuesto a ponerse manos a la obra, como un hombre de acción que no pierde la compostura. Se muestra rodeado de gentes que lo aclaman, gentes que se dejan persuadir por su verbo, por su aspecto, derrochando juventud, apelando a un modelo bien reconocible, representando un papel que ya hemos visto.
Por ejemplo, la pernera de los pantalones, siempre estrecha y corta, evoca directamente la moda de los cincuenta-sesenta. Observen esos zapatos que aparecen en la instantánea inferior. Observen esa pernera. Pero sobre todo observen el entorno. Barack Obama está hablando por teléfono. Fíjense en al auricular. ¿Notan algo extraño? La escena parece el backstage de un mitin: todo apunta a que el candidato charla con un asesor que le suministra algún dato. El entorno es provisional, urgente, como un fotograma de los sesenta-setenta. Como inspirado en una película de Alan Pakula… Hasta quien le acompaña, de quien sólo vemos su brazo y mano, parece haberse relajado. Desde luego está sentado en el suelo, con ese desenfado al que nos tienen acostumbrados las campañas norteamericanas. Ésta es una instantánea casual pero parece un fotograma…, una pose especialmente adecuada para la imagen de Obama.
2. Obama, dos o tres cosas que sé de él 4/06/08
¿Por qué sólo dos o tres cosas que sé de él? Pues precisamente porque mi conocimiento se basa sólo en pocas fuentes: pocas para formarme una opinión acabada de lo que Obama representa. Decía Umberto Eco que escribía novelas históricas porque el presente sólo lo conocía por los mass media.
Salvando las distancias, yo tendría que hacer lo mismo. Es decir, no debería escribir nada o casi nada de Obama, dado que los papeles suyos que pueda conocer son siempre escasos: La audacia de la esperanza, en concreto. Y, sin embargo, de Obama hablan muchos analistas que parecen fiarse sólo de sus impresiones. ¿Algo erróneo, condenable? No exactamente: creo no equivocarme si digo que la mayoría de quienes le voten no leerán una página suya. Quizá se basen en la apariencia fiable del candidato. En la sociedad mediática, buena parte de las acciones colectivas se fundamentan en impresiones informadas o desinformadas.
Entre los políticos, los libros autobiográficos son «signos de vinculación», según la expresión que Goffman utiliza en su ensayo Relaciones en público. Más que contratos con los electores, esos papeles son como las viejas tarjetas de visita, un resumen favorecedor de sus ideas, un autorretrato bien perfilado. Yo leí La audacia de la esperanza bajo ese prisma. Este volumen, del que me habló una y otra vez Francisco Fuster, es un eficaz producto de promoción, un resumen bien hecho (pero defectuosamente traducido). Es también un interesante libro de reflexión, algo bastante insólito en un político. Es, en fin, un atendible texto de sociología, de historia, de prospectiva incluso.
Si recordamos que Obama ejerció durante unos años como profesor en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chicago, nos sorprenderá menos su habilidad expositiva. Pero los éxitos del senador no se deben a su condición docente. Se deben a la capacidad para sintetizar el pasado (la tradición demócrata menos sectaria) y el porvenir (la esperanza con que titula su libro, un trasunto del sueño americano). Se deben, en fin, a la perspicacia de verse a sí mismo encarnando el cambio, a la obstinación tajante y modesta con que se presenta.
3. He tenido dos o tres sueños 5/06/08
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Hemeroteca (selección)
–Francisco Fuster, Reseñas de La audacia de la esperanza, de Barack Obama, en Ojos de Papel y en Claves de razón práctica. Artículo en El Boletín: 1, 2 y 3 (Las erratas que hay en estos tres textos son responsabilidad del editor).
-Justo Serna, Reseña de Lugar común. El motel americano, de Bruce Bégout, en Ojos de Papel, dedicado este artículo –como ya dije— a David P. Montesinos, Francisco Fuster y Alejandro Lillo.
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