De miedo

 

0. Stephen King 

Stephen King no tiene buena prensa. A pesar de estar influido por H. P. Lovecraft (o tal vez por eso), sus ideaciones suelen ser repudiadas por los intelectuales de postín. Yo, qué quieren, he leído historias suyas que son recreaciones terroríficas muy refinadas. Pero no me engaño: no conseguirá librarse de la mala fama. En efecto, de este escritor se dice que es rudimentario, algo así como un tipo tosco que sólo sabría concebir historias poco sofisticadas. Insisto, yo no creo que todo King sea así. Bien mirado, muchos de sus relatos son sutiles. O con esa impresión quiero quedarme. ¿Recuerdan El resplandor, de Stanley Kubrick? Pero, claro, digo Kubrick y debo disculparme… En su momento, esa película fue vapuleada por ciertos críticos. Vista y vuelta a ver, hemos de convenir en que dicha historia es igualmente sofisticada. O, quién sabe, quizá sólo sea una película irreparablemente kistch. Días atrás hablábamos del kitsch.

Indicaba Umberto Eco, en Apocalípticos e integrados, que esa categoría estética alude al mal gusto, entendiendo por tal la prefabricación e imposición de un efecto artificiosamente culto. Es decir, un producto kitsch es aquella creación dedicada a confirmar las preferencias y reconocimientos de quienes tienen una cultura media (midcult). Deseosos del menesteroso y redundante buen gusto, los espectadores o lectores medios se dejarían llevar por un producto enfático, destinado a consumidores poco exigentes.  Mozart en El Corte Inglés, o Vivaldi en el Metro, Goya en el kiosco: todas las formas del esteticismo o de referencia esforzadamente culta. ¿Es así? ¿Son así Kubrick o King? Quizá, no lo niego. Pero hay veces en que a uno le gusta abandonarse a lo medianamente culto, incluso a lo que carece de sofisticación…

Cuando estuve en Roma la última vez, pude recrearme con la Exposición alemana dedicada a Kubrick. Fui un par de veces para abandonarme a una sugestión, la que tuve en aquellos momentos de los respectivos estrenos: el de 2001 o el de El resplandor,  momentos que me dejaron absorto, sin palabras, ajeno a las críticas justificadas o rencorosas que denostaban el estilo grandilocuente de Jack Torrance, así como otros gadgets. ¿Se imaginan? En Octubre de 2008, esa muestra llegará a Valencia. Por supuesto volveré a verla, irracionalmente. Sí, ya sé: este director era pomposo y desmedido y algunas de sus películas, como Eyes Wide Shut, provocaron una legión de contrarios. Pero, qué quieren, este cineasta me produce una fascinación que no puedo justificar. Dejemos, de momento, al cineasta fallecido y volvamos sobre el terror o al puro miedo, a lo inminente, a lo que está a punto de sucedernos: eso que se cierne sobre nosotros, eso que no tiene explicación. Quiero comentarles varios casos.

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1. La niebla  

No sé ustedes pero yo, cuando olfateo una película de terror que pueda ser aceptable, no me la pierdo. Me gusta pasármelo de miedo… Bueno, miento: me he perdido algún film reciente por puro estremecimiento, sabedor de que no podría aguantar el pánico que el tráiler anunciaba: sabía que no podría soportar tanta realidad, tanto terror. Me refiero a [Rec] (2007), de Jaume Balagueró y Paco Plaza. Hace meses vi una película espléndida, 28 semanas después, film sobre el que escribí un artículo en el que apenas podía expresar el impacto que esa historia me había ocasionado: “Terrores londinenses” lo titulé. Ahora mucho tiempo después voy al cine con el mismo fervor infantil.

El pasado fin de semana se estrenaba en las pantallas españolas La niebla (2007), un film de Frank Darabont basado en un relato de Stephen King. En muchas de sus imágenes recuerda otra película evidente (y contemporánea de El resplandor): La niebla (1979), de John Carpenter. La de Darabont parece un producto de serie B, pero bien realizado, con medios. Sin abandonar un toque menesteroso, los monstruos que allí salen son la encarnación del mal y tienen el aspecto de aquello que nos atemoriza desde niños: los tentáculos de pulpo, las garras de ave rapaz, lo viscoso, las  larvas, los insectos, los híbridos. Un monstruo es algo informe o gigantesco; pero también una figura con alguna de sus partes anormalmente alterada. Este exceso es lo que nos trastorna y lo que nos inquieta, lo desmedido: si además esa figura nos acecha y nos amenaza en un medio conocido (o precisamente por ello), entonces el horror se despierta. En dicha película, la mayor parte de la acción transcurre en un supermercado, uno de esos lugares comunes a los que acudimos, un espacio reconocible. Es en un sitio así en donde el terror puede llegar a la angustia absoluta. El miedo, decía Lovecraft en frase mil veces repetida, es “la emoción más antigua y más intensa de la humanidad”, sí: “y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido”.

 Allí, ante la tienda o entre sus pasillos, está el mal. Es algo inconcreto, esa niebla inespecífica que por carecer de forma se adapta, se filtra. Pero tiene fuerza y de su interior invisible salen monstruos. La niebla es como una pesadilla infantil, en efecto. En nuestros malos sueños hay un vapor que vela, un vaho que oculta, unas nubes que no dejan ver: en principio, de allí procede lo que nos amenaza. Así sucede en la película. Si estoy solo me muero de miedo, pero si estoy en compañía de otros formo un agregado con el que defenderme y defendernos. Los consumidores que accidentalmente están en el supermercado no son únicamente individuos: tienen la fuerza del número. ¿Pero qué pasa si los otros son el infierno, si hay una locura contagiosa que nace de la religión fanática? Vamos a morir, ¿no es cierto? Pues esto sólo puede deberse al pecado, a los numerosos pecados que hemos cometido contra Dios, dice algún personaje. ¿O acaso se debe a alguna extraña manipulación científica?, conjeturamos. Lovecraft tiene una página en la que habla del miedo relacionándolo con la ciencia expansiva y la misticismo religioso. Parece escrita expresamente para esta película.

 ¿Hay posibilidades de un horror sobrenatural? ¿Lo favorecen la religión o la ciencia en este mundo cada vez más racionalizado?, se preguntaba Lovecraft en los años treinta. “Combatido por una ola creciente de tedioso realismo, cínica petulancia y sofisticado desencancanto, recibe el aliento, sin embargo, de una corriente paralela de misticismo cada vez mayor, debida tanto a la reacción cansada de los ‘ocultistas’ y a los defensores de los fundamentos religiosos frente a los descubrimientos materialistas, como a la estimulación del asombro y la fantasía a causa del ensanchamiento de las perspectivas y la ruptura de barreras que la moderna ciencia ha provocado con su química intraatómica, sus adelantos astrofísicos, su teoría de la relatividad y sus tanteos  la biología y el pensamiento humano”, concluye Lovecraft. Más allá de las imprecisiones del narrador o más allá del sentido apocalíptico final que le da a sus palabras, lo cierto es que el terror preternatural que hoy aún se cultiva tiene esas fuentes. De ahí que, como en otros momentos, la alegoría sea el discurso cinematográfico de La niebla. El supermercado es, sin duda, la sociedad humana, tan frágil, tan expuesta a la acometida bestial de los seres monstruosos; pero es también el microcosmos en el que toda relación se agrava, en donde todo fanatismo tiene su asiento. Ahora bien, el héroe y algunos de quienes le acompañan no se resignan al temor cerval: se proponen hacer frente al hostigamiento de lo inaudito, a la amenaza del determinismo, del fatalismo… El coraje, la supervivencia de la humanidad, el valor de lo humano: todo ello está en juego para una sociedad que vive un pánico justificado e infantil. Y hasta aquí puedo leer…

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2. ¿Un fundamentalista?
 
Acabo de leer una novela de Mohsin Hamid titulada El fundamentalista reticente, recién publicada en España por Tusquets editores. Ha recibido distintos galardones y aquí ha sido acogida con interés. A mí, la verdad, no me ha gustado nada. Nada. ¿Por qué ha triunfado en ciertos ambientes? Quizá algunos hayan pensado que con esta novela acortábamos el atajo: que con ella podríamos acceder al universo cultural, a la complejidad étnica de un Oriente siempre distante y extraño. Hay párrafos de sociología sintética, de historia abreviada, de psicología de urgencia, de antropología apresurada. Hay descripciones absolutamente tópicas. Para retratar a una mujer, por ejemplo, se escribe: “baste decir que, comparada con los actuales iconos femeninos de su país [de Estados Unidos], estaba más cerca de Gwyneth Paltrow que de Britney Spears”. ¿Se puede describir peor a una dama? ¿Se lo atribuimos al narrador, a esa voz enigmática que habla en primera persona? ¿A ese paquistaní joven y acomodado que perora todo el tiempo? Desde luego, el relato está concebido para dar miedo, para hacer pensar, como una tesis pesimista y esforzadamente reflexiva. Atención: reflexiono, parece decirnos el narrador. Insisto: está pensada para darnos miedo o para que veamos a qué conduce el miedo. Otra cosa es que efectivamente lo consiga. Todo me resulta previsible, adaptado al gusto de occidentales dengosos, llenos de dudas y de mala conciencia. La leo y releo párrafos y no puedo quitarme la impresión de que es una alegoría muy evidente, excesiva. Hay alegoría también en La niebla: pero allí todo es puro juego de terror, un sermón sobre el fin del mundo y sobre el fanatismo que uno no puede tomarse muy en serio. De ahí ese sentido de serie B que el director asume explícitamente.

En cambio, en El fundamentalista reticente todo adquiere un tono de gravedad tremenda, de tesis, con una  severidad enfática políticamente correcta, sin pizca de humor. Tanto es así que parece la confesión de un ex adolescente desengañado que mezcla su dolor personal y el del resto del mundo. ¿Alguien de tez oscura educado en Harvard descubre de repente que Norteamérica puede ser un sitio poco hospitalario? Parece muy obvia la respuesta, como obvias son sus llamadas; como obvio es algún guiño cultural abiertamente kitsch, reclamo para cultos: “desde entonces me he sentido un poco como un Kurtz esperando a su Marlowe”, dice en algún momento con errónea transcripción. “He tratado  de vivir con normalidad, como si nada hubiera cambiado, pero me he visto asediado por la paranoia, por la sensación recurrente de que alguien me observa”. Uf, con una confesión así habríamos denostado a Lovecraft por simple y por explícito…  

 

En Lahore (Pakistán), un joven local se dirige a un norteamericano allí presente. Transitan por la ciudad y paran en un bar. La novela es un diálogo del que únicamente tendremos una parte, el parlamento de uno solo de los interlocutores, de aquel que se constituye en narrador. Quizá ello sea lo más notable de la novela: que sólo podamos acceder a lo que para nosotros es monólogo, el monólogo de un acto en el que en realidad dos hablan, dos escuchan, dos se interpelan, dos se interrumpen. ¿Quién amenaza? ¿Quién está dispuesto a infligir el mal? Me permitirán que no siga. No me ha dado miedo alguno y la tesis que sostiene ya me la conocía, luego… poco he aprendido. Hay veces en que las novelas te provocan tal tedio, que sólo puedes curarte leyendo otra ficción. Espero que sea de miedo. Buenas tardes. 

 

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Hemeroteca

 

Nuevo artículo de Justo Serna

 

Reseña de Lugar común. El motel americano, de Bruce Bégout

 

Descubrí a este autor gracias a tres personas: gracias a David P. Montesinos, Francisco FusterAlejandro Lillo. Uno lo mencionó con sutileza, provocándome un interés que yo no tenía; otro me prestó su ejemplar de Zerópolis, demostrando otra vez ser un fino lector; y otro me habló con entusiasmo de Lugar común mientras lo disfrutaba, que es lo que debe hacer el mejor lector, el mejor librero. A los tres les debo algo: les dedico esta reseña-artículo. Gracias.

 

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Blogosfera

El blog de Àngel Duarte ha cambiado de sitio. Ésta es la nueva dirección:

http://adu1.wordpress.com/

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ESTA TARDE, MIÉRCOLES 4 DE JUNIO, NUEVO POST 

 

12 comments

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  1. Redifusión

    Marisa Bou Says:

    Junio 2, 2008 at 2:22 pm

    Querida Fuca: desgraciadamente yo nací en la aciaga época en que a los niños zurdos no les era permitido serlo y lo único (o casi) que sé hacer con la izquierda es rascarme. Afortunadamente no funcionamos con web-cam, porque se troncharían ustedes al ver cómo cazo las letras como si fueran moscas. Pero como lo que me sobra es voluntad, aquí sigo, puesto que ya no puedo vivir sin ustedes.

  2. Redifusión

    Alejandro Lillo Says:

    Junio 2, 2008 at 2:59 pm e

    En primer lugar desear un pronta recuperación a los contusionados, que veo que sufren más por no poder escribir que por tener doloridos brazos y codos. (Ya saben que con todo ese tipo de lesiones lo que hay que hacer es tener mucha paciencia).

    Dicho esto, … … )

    Lo de doña Ana Serrano sí que era duro. No me lo quiero ni imaginar… vaya pesadilla de exámenes.

    Señor Kant, no se qúe decirle… sepa que en otro tiempo y lugar fui detective… pero supongo que en este caso ha sido una coincidencia. Lo que sí es cierto es que como a usted, a mí me encantó la película “V de vendetta” (no conocía los cómics, yo soy más de Asterix, Tintín, El Capitán Trueno y el Jabato)y comparto plenamente su criterio y la necesidad del debate.

    Con respecto a su pregunta, señor Kant, diré mi opinión. Creo que en el fondo, el debate sobre el chikilicuatre ese es un debate sobre la “democratización” de los espacios culturales. Digo democratización porque no conozco otra palabra mejor. Pero para no liarme, lo diré directamente: algunas cosas (por su carácter) creo que deben decidirlas los expertos. Considero que hay infinidad de cosas que deben ser juzgadas y valoradas por las personas más cualificadas para ello si queremos mantener un mínimo de seriedad. Repito, si queremos mantener un minimo de seriedad y valorar realmente el esfuerzo. Creo que la clave está en analizar el uso que la televisión, las empresas culturales y el propio sistema capitalista, hacen de esa “democratización”, ya más bien redondea hacia abajo. Bajo esa “democratización” se esconde, cómo no, el deseo de ganar más dinero, dejando los juicios de los expertos en un segundo plano. Aquí lo que pasa es que se confunde la democracia y la libertad con decir lo que a cada uno le viene en gana, aunque no tenga ni idea de lo que está hablando u opinando (yo soy un buen ejemplo de eso, je, je.). Seguro que luego tendré explicarme mejor, pero por ahora, aquí lo dejo.

  3. J. Moreno

    Creo D. Justo que muchos españoles tienen un miedo terrible cuando piensan en la posibilidad de que de España se descuelguen algunos de los pilares que la sostienen.
    Lo de Catalunya les produce pánico, se quedarían como huérfanos.

    ¡¡Y es que no tienen confianza en ellos mismos.!!

  4. Kant

    Mientras don Justo va tejiendo su “post” – ya les aviso que coincido con él plenamente, hasta ahora – me permitiré responder a don Alejandro en su alusión a mis ideas vertidas en el anterior.

    No creo en las casualidades. Me parece más plausible que, en efecto, en otro tiempo y lugar hubiera sido ud. un excelente Agente de la Continental, que su deducción sobre mis máscaras se debiera al capricho de los hados. En efecto, nuestros gustos en el mundo de la historieta coinciden, lo único que, por lo que deduzco, aunque tal vez me equivoque, mientras yo seguí con ellos (nunca encontré incompatibilidad con ningún otro tipo de literatura), me parece que ud. en algún momento de su juventud, los relegó. Nombres como Jorodowsky, Bilal, Moebius, Miller o Moore no debían faltar entre sus lecturas, se los recomiendo vivamente.

    Respecto a la otra cuestión, le diré que el concepto “democratización de la cultura” existe y se refiere al tipo de política cultural que siguió Occidente tras la Segunda G. M. de la mano de la socialdemocracia. Se trataba de convertir en prestación pública del Estado del Bienestar lo que hasta entonces había sido sólo, en la Europa liberal, una actividad de orden privado. Sus resultados – tras la gestión que de ello hizo el movimientos sociocultural – fueron lo suficientemente pobres como para que el propio Consejo de Europa, promotor del primero, prefiriera, pasado el Mayo del 68, substituir esa estrategia por la de la “democracia cultural”, menos ilusa y más pragmática. Le cuento todo esto porque igual, aunque su idea creo comprenderla pues la expresa claramente, si introducimos conceptos ya definidos y los redefinimos, igual embrollamos más la cuestión que la clarificamos. Por eso, me adhiero a lo que ud escribe cuando dice: “algunas cosas (por su carácter) creo que deben decidirlas los expertos”.

    En efecto, sr. Lillo, “algunas cosas”, pero no todas. Será mejor que delimitemos este aspecto porque, de lo contrario, abrimos un espectro inabarcable. Los expertos, según veo, sólo son admisibles en cuestiones de ciencia. Discutir la esfericidad de la Tierra es, sencillamente, idiota. Tanto como dudar de la evolución, pensar que el ácido clorhídrico es bebible, los osos son de peluche o inventarse un idioma (actividad esta en la que España es fértil, véase el “gallego” o el “valenciano” o el “mallorquín”) Pero ¿en el resto?… ¿por qué?.

    Advierta ud. que desde el obscurantismo cristiano más tenebroso de la Alta Edad Media hasta la irrupción de las vanguardias contemporáneas (y con ellas, la aparición del “críticos de arte” vinculado al negocio mercantil), la figura de ese “experto” no existe. Las artes y las letras, la arquitectura y la gastronomía o la moda, crecen y evolucionan a partir del justo equilibrio entre el innovador que lanza una nueva propuesta y el común social que la admira, la aprehende, la valora y la aplaude. ¿O cómo piensa que don William Shakespeare llenaba cotidianamente la sala de teatro, ofreciendo obras de corte “experimental” o de “arte y ensayo”?. El sr. Shakespeare, como don Giuseppe Verdi, o don Antoni Gaudí, o don Leonardo da Vinci… creando su obra artística – siempre revolucionaria en su momento, siempre admirada por sus coetáneos – impulsaban la sociedad. No necesitaron experto alguno para que transmitiese a un selecto grupo de pequeños burgueses su interpretación de la obra ni del artista, como es en nuestros días cruz imprescindible.

    Convendría pues no sacralizar el papel del “experto”, apreciarlo, todo lo más, como interesante – si lo fuera – promotor de inquietudes pero nunca, nunca, juez de “lo bueno” y de “lo malo”, como, insisto, pasa hoy. Pues, siendo un papel lastimoso el del “crítico”, convierte en ridículo a quien lo sigue al despojarlo de su propia dignidad y capacidad crítica, y denigra, hasta el insulto más feroz, los gustos populares… los que se fraguaron en el ágora y el foro, en el mercado y en la gran superficie.

    Coincido con ud en la acerada sospecha sobre “la cultura como espectáculo”, sobre “el negocio de la cultura”, sobre consumos indiferenciados de públicos desinformados… pero, ah, amigo mío, ese es el síntoma, no la enfermedad. El mal tampoco radica en ese pueblo que aplaude al Chikilicuatro sin ni siquiera ser consciente del montaje de El Terrat, disfruta con las telenovelas sudamericanas o sólo lee, cuando lee, “bests sellers” norteamericanos. Lo morboso, lo insano, está en el permanentemente fracasado sistema educativo español (desde el 39), incapaz de crear mentes críticas, poblado de un profesorado amorfo, estéril y burocratizado, con un alumnado sin estímulos, sin intereses y ultraprotegido. Ese es el caldo de cultivo en el que florecen los negociantes inmorales de la cultura y los “expertos”: charlatanes, sinvergüenzas, soplagaitas, majaderos, indecentes y peseteros (si se me permite el arcaísmo, porque “eureros” no me acaba de cuadrar) que ejercen su sacerdocio de “saber” de espaldas al pueblo (y con mofa, befa y escarnio para él, estando como está, abandonado a la estulticia de los sucesivos Ministerios de Educación y sus secuaces) y de cara a unas medianías intelectuales tan paupérrimas que son incapaces de descubrir su embuste, tan listos como se creen que son. Comencemos a escarbar por ahí y dejemos a Betty la Fea en paz.

  5. jserna

    Queridos amigos: pretendía extenderme más en el post que empecé ayer. Lo doy por concluido. No quiero revelar nada más de ‘La niebla’ y no quiero decir nada más de ‘El fundamentalista reticente’: una novela aparentemente interesante pero en el fondo muy previsible. Ustedes comprenderán que ahora me calle. En ocasiones, las narraciones aburridas (y ‘El fundamentalista…’ lo es) nos quitan las ganas. Desde luego otra cosa deberé leer para recuperar el placer de la ficción.

  6. Paco Fuster

    Gracias, Justo, por la parte que me toca de la dedicatoria. He leído tu larga reseña del libro de Bégout y me ha confirmado lo que ya hablamos: un libro interesante por el tema y sobre todo original por su tratamiento del tema. A decir verdad, el mérito del descubrimiento de este autor es cien por cien de nuestro amigo Montesinos. Yo leí “Zerópolis” con sumo interés e inmediatamente pensé que te gustaría. Lo más curioso de todo, es que no pensé nunca en que pudieras reseñar a este autor. De hecho, yo se lo recomendé a Rogelio López (él mimso lo puede confirmar) cuando lo descubrí. Le dije que se lo comentara a B.Sarabia por si no lo conocía. Y hablando de Anagrama, me gustaría leer este verano “La sociedad de la decepción”, el último de (o sobre, porque es una entrevista) Lipovetsky.

    Hablando de miedo y de Stephen King, confieso que nunca he sido fan de este autor. Si me acuerdo de haber visto en televisión – y haberme asustado un poco – hace ya muchos años, la versión cinematográfica de “It”, que por cierto era tan larga, que tenía dos partes. En general las películas de miedo o de terror me provocan más risa que otra cosa. Recuerdo un texto tuyo (le hablo a Justo) sobre “The Blair Witch Project” (ese experimento americano) y sobre porqué no te había asustado esa película. Aunque no sea lo mismo, más o menos me sucede eso, que algunas películas son tan previsibles y topicas que ya no asustan a nadie. Un ejemplo de película con la que me reí mucho – pero mucho – fue “Darkness”, precisamente de Balagueró. Convengo en que hay clásicos – “Resplandor”, sin ir más lejos – que conservan su atractivo, pero de lo hecho ahora mismo, ya hace tiempo que no me gusta nada. Prefiero cosas más elaboradas y menos encasilladas en un género, películas que te hagan pensar y que sean imposibles de captar en su totalidad con un primer visionado. Películas – y no es por hacerme propaganda – como algunas – no todas – de las que ha hecho Agustí Villaronga.

    Y por último el tema del libro que citas. No lo he leído pero me fio totalmente de tu criterio. No os imaginais la cantidad de libros publicados en Estados -Unidos sobre terrorismo islámico (el propio John Updike se apuntó en su día a la moda) y sobre el Islam en general desde el 11-S. Lo hablaba el otro día con A.Bosch y coincidíamos en lo mismo: Estados Unidos ha vivido de espaldas a todo el mundo y “mirándose el ombligo” hasta hace poco. No es que no hayan espiado a todo el mundo – que lo han hecho – pero me refiero a su interés por otras culturas y su posible recepción.

    Parece que no tenga connexión pero sí la tiene. Hace poco hablé con un profesor de Murcia amigo mío, que trabaja entre otros muchos temas, la recepción de la Antigüedad en el mundo actual a través del cine. Me dijo, por ejemplo, que la película “El reino de los cielos” (una estrenada hace unos años sobre las cruzadas) debía totalmente su existencia a la obra de Samuel P.Huntington. El hombre nos lo argumentó y me convenció totalmente.

    Aunque sea ua anécdota y más allà de lo malo que sea el libro éste, lo que quiero decir es que la explosión de novelas y ensayos americanos sobre el Islam desde el 11-S es descomunal.

  7. jserna

    Nada, nada, sr. Fuster. A cada cual lo suyo. Para mí no hay mayor placer intelectual que descubrir a un autor grande que ignoraba. Que unos amigos del blog me lo faciliten es un regalo. No sea modesto. Le garantizo que las tres personas que menciono han tenido su papel en mi descubrimiento y placentera lectura. Menciona usted al último Lipovetsky. Hombre, también es casualidad. Lo tengo preparado para ser leído. Ya les diré y quien lo desee puedo prestárselo: por supuesto lleno de anotaciones, exclamaciones, tachaduras, añadidos. Por otra parte, habla usted del miedo, del género de miedo. Quizá convenga regresar sobre ello con mayor detalle. No sé: no parece que lo escrito en este post interese gran cosa. Tal vez, la sola mención de Stephen King provoca una espantada general. En todo caso, ‘El fundamentalista reticente’ no pertenece a dicho género, sino que trata de mostrar qué es el miedo en las relaciones étnicas. Pero es muy convencional: desde luego no da miedo; provoca tedio. Los comportamientos se adivinan: los buenos no son tan buenos y los malos…, pues ya se sabe. Lo peor es la clase de sociologismo que el autor imparte por boca del narrador paquistaní. Es un breviario de sociología cultural vista por un autor de Pakistán que estudió en EE UU. Un tostonazo.

  8. Miguel Veyrat

    Dientes largos me ponen, Paco Fuster, Montesinos y Serna. Teng6 ya los dos libros de Bégout encima de la mesa esperando turno pues un par de trabajos urgentes me t6man todo el tiempo, pero caerán… He empezado a ojerlos y la cata promete tesoros. Gracias.

  9. Kant

    Me comunica el Reporter Tribulete que el sr. Obama será el candidato demócrata… ¡lástima que nadie se la jugase conmigo! Sigamos en la timba electoral: el próximo presidente: don Barack.

  10. jserna

    ESTA TARDE, MIÉRCOLES 4 DE JUNIO, NUEVO POST

    ¿De qué trataremos?

    De Obama otra vez…
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    Frente a novelas excesivamente esquemáticas como El fundamentalista reticente, en cuyas páginas se simplifica qué sea Occidente, qué sea Norteamérica, es recomendable administrarse la lectura de un libro espléndido y eficaz, un antídoto necesario: me refiero al volumen de Ian Buruma y Avishai Margalit titulado Occidentalismo. Breve historia del sentimiento antioccidental. De Buruma ya hablamos en el blog muchos meses atrás. Recomiendo este volumencito contra todo tipo de abcesos y de excesos fanáticos o simplones.

  11. ikercool

    ¿Ha visto usted, ‘Amanecer de los muertos’ (Zack Snyder, 2004). Yo, también vi ’28 semanas después’, y me sentí totalmente alienado.

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