0. La vejez indiferente
Acabo de leer El bálsamo de la indiferencia (Calima ediciones), de Juan Planas Bennásar. Un libro que contiene tres poemas absolutamente desolados (que no desoladores): “Recinto de Voces”, “Cántico Intermitente” y “El Bálsamo de la Indiferencia”. Se expresa en ellos una voz que a la vez es una y se desdobla (en redonda y en cursiva, con “líneas entrecruzadas”, como “arrugas densas”), una voz empeñada en acometer el mundo, sabiendo además que su empresa es literalmente imposible: «[Escapo del paisaje / y dejo atrás / la creación intacta]». Eso es: la contradicción insalvable que niega toda acción perdurable. De hecho, en el libro la voz –insisto: desolada y desdoblada– se duele de lo contradictorio y de lo fragmentario: sabiendo que ese acto de nombrar es a la vez urgente, cotidiano, constitutivo. ¿Ustedes imaginan qué significa eso? «Ahora andamos deshaciendo la creación. / Pedimos a los mares que nos muestren / su vegetación sumergida. A los cielos / que se alcen más allá de sus nubes. / A la tierra que se hunda en sus raíces.»
Proponerse nombrar las cosas, imaginar lo real, calificar lo sucedido y lo fantaseado y salir llagado e indiferente. «[Nos gusta retorcer frases antiguas. / Someterlas al riesgo de las variaciones / y a los equívocos de la memoria]». La clave de El bálsamo… está en esa contrariedad de lo real: lo que contradice y es accidente y dolor: un «rigor de oxímoron». ¿Cómo afrontarlo? Pues, por ejemplo, convirtiendo «…el paisaje en un refugio / y acampar en su centro…» ¿Es posible? Las voces de Planas manifiestan un empeño una y otra vez frustrado: hay necesidad de acceder a un mundo, el mundo, pero ese espacio es sobre todo un lugar ignoto que exige ser nombrado, un espacio con velos que hay que levantar. “A veces tropezamos / con una última celosía. / Más allá está el mundo. / Como nosotros / en paradero desconocido.” Ese nosotros alude a todos, unos personajes del yo y alude a esas voces que se interpelan e interrumpen en cada uno de los tres poemas.
¿Una pluralidad de voces como ilusión, como juego? No: es algo más doloroso y trágico. En realidad, el autor parece buscar la identidad fija de las cosas, la del propio yo, admitiendo el fracaso egregio de tal empresa. Un diálogo presunto que, en realidad, es monólogo en dos tiempos. “Imposible negar la claustrofobia. / Aquí no hay nadie y sin embargo, / este monólogo simula / el discurrir coral del mundo.” No hay solución polifónica, no hay coro de voces comunes, sino un estridente silencio, quizá. “¿Puede una voz / resumir / las otras?”. Tampoco el espejo es un juego o una ilusión. Es un dolor infligido en el yo incurable, narcisista. Porque, en efecto, el espejo no nos devuelve un yo que subsiste, sino un rostro irreconocible. Ése no soy yo, ése que ahora soy no era yo. Entre aquel que creía ser y éste que ahora veo hay una identidad imposible. ¿Lo mismo igual a lo mismo? ¿Y cuándo detenemos el tiempo para fijar esa identidad?
“Ahora la parálisis. No queda señal alguna / del pasado en el rostro, sólo la tez amarillenta, / el cabello raído, las uñas huérfanas, el olor / próximo de la muerte y lejano de la biografía.” Adviértase que la parálisis de ese tiempo no retiene el pasado; lo que queda de lo pretérito no es más que el resto irreconocible de ese yo remoto: así no fuimos, así no éramos. Lo que subsiste como huella es la ruina y la precipitación y el cese. Insisto: “del pasado en el rostro, sólo la tez amarillenta, / el cabello raído, las uñas huérfanas, el olor / próximo de la muerte y lejano de la biografía.” O, como leo en “Cántico intermitente”, el segundo poema, “Todo tiene su nombre. Postración. Inercia. / Decrepitud. Vejez, acaso. Pero todo va perdiendo / sentido y los sentido corren lejos, se esconden / como niños traviesos entre los cortinajes de la amnesia / y el aire a pergamino de la habitación cerrada.”. Aunque, bien mirado, el cese nunca es definitivo, “La desaparición nunca es completa”. ¿Por qué? “Envejecemos en los otros, en la arcilla / de sus manos, la súbita mortandad, el triunfo / de la indiferencia sobre la pasión.”
En otros de sus poemarios, Juan Planas me había hecho reflexionar sobre la amenaza del mundo, sobre el yo rodeado de sombras, sobre el cerco del que no puede escapar. Ahora, me hace reparar en un fin, en la muerte. “[Desde siempre lo supe. Escribo / porque temo a la muerte]”, me dice la voz en cursiva e interior. Pero ahora no: ahora la voz que se expresa directamente lo hace desde la indiferencia de quien se sabe superviviente: sobrevive en lo que no sabe, en lo externo, en lo que ya hizo y es resto y no posesión.
¿Puede leerse un poema como leemos un libro de instrucciones o un prospecto publicitario? ¿Tiene su concepción algo de ambos géneros? El poema nos da reglas explícitas o implícitas y nos muestra, nos destapa: un manual de instrucciones nos enseña a activar los engranajes, a hacer funcionar lo que está inerte. El poema saja, abre. Por su parte, la publicidad es la desnudez del yo, la exhibición del dolor transfigurado bajo la forma de lo apetecido, de lo deseable. Pero las instrucciones son un principio de realidad que mata la vida, lo imprevisto, lo aleatorio; y la publicidad es una maquinaria que procura un placer raquítico: sofoca lo sublime, lo primario, lo pulsional. El poema niega esas reglas operativas y esa exhibición mercantil. Hoy, en el mundo joven de hoy, sobrevivimos técnicamente con manuales de instrucciones y con publicidad. Por eso, ahora también, la poesía sólo es apta para minorías que han alcanzado ya la indiferencia, que no es el cinismo.
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2. La vejez lectora
Para sobrellevar el trastorno reflexivo que Juan Planas nos provoca, nada mejor que abandonarse a una nouvelle de Alan Bennet: Una lectora común. Se trata de una obra encantadora, muy británica, un juego amable sobre la vejez. ¿Amable? No crean que Bennet les liberará de Planas. En realidad, esta novelita ahonda satíricamente en algo muy grave: cómo hacerse cargo de la propia existencia. ¿Hay alguna persona que alguna vez no se haya planteado seriamente qué está haciendo de su vida? Y esa pregunta que todos nos podemos formular no es fruto de una crisis generacional, ese momento en que nos interrogamos si hemos hecho bien las cosas… profesionales o familiares. Es algo más grave y profundo: la quiebra de toda certeza.
La reina de Inglaterra, de edad provecta, descubre por azar la felicidad de leer, de leer desordenadamente, sin provecho utilitario, sin lección práctica, sin finalidad, por puro placer personal, egoísta. La reina de la contención, del freno… Eso ven con horror sus asesores: alguien que fue morigerado ahora se despeña con desmesura. Por que la lectura no es un entretenimiento ligerito, sin consecuencias. No: los consejeros, los secretarios e incluso el primer ministro asisten despavoridos a esa ruina institucional. Pero no acaban ahí los trastornos de esta anciana, de pronto irónica y adorable. La vejez es una decadencia pero es también el momento de la clarividencia. Es raro empeorar siendo un anciano. Quienes fueron regulares u obraron dolosamente suelen mejorar; y quienes fueron perspicaces y avispados se vuelven más descreídos y humanos. No conozco anciano que no acabe siendo mejor de lo que fue. Lo digo por experiencia: por quienes me rodean.
Pero no acaba aquí la cosa. La reina descubrirá también la escritura. ¿Otra diversión inocua para soberanas aburridas? El poeta Planas, el columnista Planas negaría rotundamente esa gratificación menor. En realidad, y no les digo más, la señora se precipita pronto en un pequeño abismo de proporciones insospechadas: por culpa de la lectura, por culpa de la escritura. Todo dicho con guasa, pero todo expresado con enérgica y disolvente broma. Feliz Bennett… Podemos tomarnos las cosas a la tremenda, con gravedad, o podemos distanciarnos sabiéndonos perdidos: o recuperados para nosotros mismos. La vejez puede ser esa epifanía personal. Es curioso: Bennett nos atempera con su humor trepidante y Planas nos desasosiega con el bálsamo de la indiferencia, con esa vejez sobrevenida que no tiene que ver la cronología. Yo no puedo inclinarme por una u otra literatura, pues me gustan estas aleaciones de lo insoluble, de lo que nunca estuvo junto. Me alivio con las chanzas de Bennett de la punzada de Planas. No sé: mi edad es próxima a la del escritor mallorquín, pero mi tendencia es la de un optimismo insensato, probablemente más cercano al humor de Bennett. Aunque, ahora que lo pienso, el columnista Planas se expresa habitualmente así: con angustia satírica.



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