Vejez, acaso

 

0. La vejez indiferente

 

 

Acabo de leer El bálsamo de la indiferencia (Calima ediciones), de Juan Planas Bennásar. Un libro que contiene tres poemas absolutamente desolados (que no desoladores): “Recinto de Voces”, “Cántico Intermitente” y “El Bálsamo de la Indiferencia”. Se expresa en ellos una voz que a la vez es una y se desdobla (en redonda y en cursiva, con “líneas entrecruzadas”, como “arrugas densas”), una voz empeñada en acometer el mundo, sabiendo además que su empresa es literalmente imposible: “[Escapo del paisaje / y dejo atrás / la creación intacta]”. Eso es: la contradicción insalvable que niega toda acción perdurable. De hecho, en el libro la voz –insisto: desolada y desdoblada– se duele de lo contradictorio y de lo fragmentario: sabiendo que ese acto de nombrar es a la vez urgente, cotidiano, constitutivo. ¿Ustedes imaginan qué significa eso? “Ahora andamos deshaciendo la creación. / Pedimos a los mares que nos muestren / su vegetación sumergida. A los cielos / que se alcen más allá de sus nubes. / A la tierra que se hunda en sus raíces.”

 

Proponerse nombrar las cosas, imaginar lo real, calificar lo sucedido y lo fantaseado y salir llagado e indiferente. “[Nos gusta retorcer frases antiguas. / Someterlas al riesgo de las variaciones / y a los equívocos de la memoria]”. La clave de El bálsamo… está en esa contrariedad de lo real: lo que contradice y es accidente y dolor: un “rigor de oxímoron”. ¿Cómo afrontarlo? Pues, por ejemplo, convirtiendo “…el paisaje en un refugio / y acampar en su centro…” ¿Es posible? Las voces de Planas manifiestan un empeño una y otra vez frustrado: hay necesidad de acceder a un mundo, el mundo, pero ese espacio es sobre todo un lugar ignoto que exige ser nombrado, un espacio con velos que hay que levantar. “A veces tropezamos / con una última celosía. / Más allá está el mundo. / Como nosotros / en paradero desconocido.” Ese nosotros alude a todos, unos personajes del yo y alude a esas voces que se interpelan e interrumpen en cada uno de los tres poemas.

 

¿Una pluralidad de voces como ilusión, como juego? No: es algo más doloroso y trágico. En realidad, el autor parece buscar la identidad fija de las cosas, la del propio yo, admitiendo el fracaso egregio de tal empresa. Un diálogo presunto que, en realidad, es monólogo en dos tiempos. “Imposible negar la claustrofobia. / Aquí no hay nadie y sin embargo, / este monólogo simula / el discurrir coral del mundo.” No hay solución polifónica, no hay coro de voces comunes, sino un estridente silencio, quizá. “¿Puede una voz / resumir / las otras?”. Tampoco el espejo es un juego o una ilusión. Es un dolor infligido en el yo incurable, narcisista. Porque, en efecto, el espejo no nos devuelve un yo que subsiste, sino un rostro irreconocible. Ése no soy yo,  ése que ahora soy no era yo. Entre aquel que creía ser y éste que ahora veo hay una identidad imposible. ¿Lo mismo igual a lo mismo? ¿Y cuándo detenemos el tiempo para fijar esa identidad?

 

“Ahora la parálisis. No queda señal alguna / del pasado en el rostro, sólo la tez amarillenta, / el cabello raído, las uñas huérfanas, el olor / próximo de la muerte y lejano de la biografía.” Adviértase que la parálisis de ese tiempo no retiene el pasado; lo que queda de lo pretérito no es más que el resto irreconocible de ese yo remoto: así no fuimos, así no éramos. Lo que subsiste como huella es la ruina y la precipitación y el cese. Insisto: “del pasado en el rostro, sólo la tez amarillenta, / el cabello raído, las uñas huérfanas, el olor / próximo de la muerte y lejano de la biografía.” O, como leo en “Cántico intermitente”, el segundo poema, “Todo tiene su nombre. Postración. Inercia. / Decrepitud. Vejez, acaso. Pero todo va perdiendo / sentido y los sentido corren lejos, se esconden / como niños traviesos entre los cortinajes de la amnesia / y el aire a pergamino de la habitación cerrada.”. Aunque, bien mirado, el cese nunca es definitivo, “La desaparición nunca es completa”. ¿Por qué? “Envejecemos en los otros, en la arcilla / de sus manos, la súbita mortandad, el triunfo / de la indiferencia sobre la pasión.”

 

En otros de sus poemarios, Juan Planas me había hecho reflexionar sobre la amenaza del mundo, sobre el yo rodeado de sombras, sobre el cerco del que no puede escapar. Ahora, me hace reparar en un fin, en la muerte. “[Desde siempre lo supe. Escribo / porque temo a la muerte]”, me dice la voz en cursiva e interior. Pero ahora no: ahora la voz que se expresa directamente lo hace desde la indiferencia de quien se sabe superviviente: sobrevive en lo que no sabe, en lo externo, en lo que ya hizo y es resto y no posesión.

 

¿Puede leerse un poema como leemos un libro de instrucciones o un prospecto publicitario? ¿Tiene su concepción algo de ambos géneros? El poema nos da reglas explícitas o implícitas y nos muestra, nos destapa: un manual de instrucciones nos enseña a activar los engranajes, a hacer funcionar lo que está inerte. El poema saja, abre. Por su parte, la publicidad es la desnudez del yo, la exhibición del dolor transfigurado bajo la forma de lo apetecido, de lo deseable. Pero las instrucciones son un principio de realidad que mata la vida, lo imprevisto, lo aleatorio; y la publicidad es una maquinaria que procura un placer raquítico: sofoca lo sublime, lo primario, lo pulsional. El poema niega esas reglas operativas y esa exhibición mercantil. Hoy, en el mundo joven de hoy, sobrevivimos técnicamente con manuales de instrucciones y con publicidad. Por eso, ahora también, la poesía sólo es apta para minorías que han alcanzado ya la indiferencia, que no es el cinismo.

 

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2. La vejez lectora

 

Para sobrellevar el trastorno reflexivo que Juan Planas nos provoca, nada mejor que  abandonarse a una nouvelle de Alan Bennet: Una lectora común. Se trata de una obra encantadora, muy británica, un juego amable sobre la vejez. ¿Amable? No crean que Bennet les liberará de Planas. En realidad, esta novelita ahonda satíricamente en algo muy grave: cómo hacerse cargo de la propia existencia. ¿Hay alguna persona que alguna vez no se haya planteado seriamente qué está haciendo de su vida? Y esa pregunta que todos nos podemos formular no es fruto de una crisis generacional, ese momento en que nos interrogamos si hemos hecho bien las cosas… profesionales o familiares. Es algo más grave y profundo: la quiebra de toda certeza. 

 

La reina de Inglaterra, de edad provecta, descubre por azar la felicidad de leer, de leer desordenadamente, sin provecho utilitario, sin lección práctica, sin finalidad, por puro placer personal, egoísta. La reina de la contención, del freno… Eso ven con horror sus asesores: alguien que fue morigerado ahora se despeña con desmesura. Por que la lectura no es un entretenimiento ligerito, sin consecuencias. No: los consejeros, los secretarios e incluso el primer ministro asisten despavoridos a esa ruina institucional. Pero no acaban ahí los trastornos de esta anciana, de pronto irónica y adorable. La vejez es una decadencia pero es también el momento de la clarividencia. Es raro empeorar siendo un anciano. Quienes fueron regulares u obraron dolosamente suelen mejorar; y quienes fueron perspicaces y avispados se vuelven más descreídos y humanos. No conozco anciano que no acabe siendo mejor de lo que fue. Lo digo por experiencia: por quienes me rodean.

 

Pero no acaba aquí la cosa. La reina descubrirá también la escritura. ¿Otra diversión inocua para soberanas aburridas? El poeta Planas, el columnista Planas negaría rotundamente esa gratificación menor. En realidad, y no les digo más, la señora se precipita pronto en un pequeño abismo de proporciones insospechadas: por culpa de la lectura, por culpa de la escritura. Todo dicho con guasa, pero todo expresado con enérgica y disolvente broma. Feliz Bennett… Podemos tomarnos las cosas a la tremenda, con gravedad, o podemos distanciarnos sabiéndonos perdidos: o recuperados para nosotros mismos. La vejez puede ser esa epifanía personal. Es curioso: Bennett nos atempera con su humor trepidante y Planas nos desasosiega con el  bálsamo de la indiferencia, con esa vejez sobrevenida que no tiene que ver la cronología. Yo no puedo inclinarme por una u otra literatura, pues me gustan estas aleaciones de lo insoluble, de lo que nunca estuvo junto. Me alivio con las chanzas de Bennett de la punzada de Planas. No sé: mi edad es próxima a la del escritor mallorquín, pero mi tendencia es la de un optimismo insensato, probablemente más cercano al humor de Bennett. Aunque, ahora que lo pienso, el columnista Planas se expresa habitualmente así: con angustia satírica.

 

51 comments

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  1. Juan Planas

    Me descubro en tus interpretaciones… qué otra cosa puedo hacer? Seguir leyéndolas como transitando un juego de espejos.

    Muchísimas gracias, Justo.

  2. Marisa Bou

    Porque se entiende demasiado, tengo yo el corazón encogido en este momento. Admito que mi ánimo ya estaba (desde ayer) en disposición de aqlcanar las cosas por su lado triste. Quiero leer el poemario del señor Planas (¡Hola, ¿cómo está?) pero lo haré cuando haya recuperado un poco del amor y respeto al prójimo que, provisionalmente, he perdido.

  3. jserna

    Descubrí a Juan Planas gracias a Miguel Veyrat. Y es de Veyrat la primera cita de El bálsamo de la indiferencia. “Nombra / cada cosa / una a una / Y después calla / Como hace el Sol / cuando amanece / Para ocultarse luego”.

    Ustedes no lo saben, pero yo he vivido ese poema: sin intención, sin pretenderlo, claro. Ésa misma historia se la contaba a mi hijo cuando era bien pequeñito. Por supuesto no creo ser nada original. El Sol salía, increíblemente, de su esconcrijo y con él, cada día, nombrábamos una a una todas las cosas. Luego al oscurecer, sólo quedaba un rescoldo inestable, un mundo que no era fijo. ¿Qué hacer? No tener miedo. Al día siguiente, había que repetir la proeza.

  4. Fuca

    Me gusta el comentario de Justo Serna a la obra poética de Juan Planas, parece una poesía interesante, así que compraré y leeré “El bálsamo de la indiferencia” cuando los de la editorial Calima tengan a bien mandarnos los libros que le pedimos desde Galiza; mi librero va a volver a intentarlo, pero no tiene muchas esperanzas.

    No conozco a Alan Bennett y no creo que lea esa novela, para humor intrascendente ya leí el Pomponio Flato de Mendoza. La obra que acabo de terminar de leer, “El animal moribundo” de Philip Roth (en esta obra está basada la película “Elegy” que, por cierto, no me gustó), también trata de la vejez, de la decadencia, con humor, mucho humor:

    “El sexo es lo que desordena nuestras vidas normalmente ordenadas. Lo sé tan bien como cualquiera … No obstante, … ¿qué haces si tienes sesenta y dos años y el impulso de apropiarte de lo que aún puede ser tuyo es irresistible? ¿Qué haces si tienes sesenta y dos años y te das cuenta de que todos esos órganos invisibles hasta ahora (riñones, pulmones, venas, arterias, cerebro, intestinos, próstata, corazón) están a punto de empezar a hacerse penosamente evidentes, mientras que el órgano más sobresaliente durante toda tu vida está condenado a reducirse hasta la insignificancia?” (p.34).

    “Para quienes todavía no son viejos, ser viejo significa que ‘has sido’. Pero ser viejo significa también que, a pesar de haber sido, además de haber sido y aunque hayas sido en exceso, sigues siendo … Uno es inmortal mientras vive” (p.36).

    Ps. ¡Ánimo, amiga Marisa!, a ver si tu mano te deja pronto compartir tus ideas con nosotros.

  5. jserna

    Sra. Fuca, no quiero convencerla a usted ni tampoco a ninguna de las personas que frecuentan este blog con mis lecturas subjetivas o con mis aleaciones arbitrarias. Pero yo creo –y quiero– leer como la reina de Bennett. Ya lo decía más arriba: leer desordenadamente, sin provecho utilitario, sin lección práctica, sin finalidad, por puro placer personal, egoísta. Así he leído a Planas. ¿Y qué he encontrado? Lo que temía: un disolvente muy desasosegante. En lo que no estoy de acuerdo es en que Bennett sea, según dice usted, “humor intrascendente”.

  6. Paco

    serna. fraude. a tu edad hablas de la vejez? venga ya hombre! uy que bonito serna lee como una reina. god sabe the queen!

  7. Fuca

    Somos distintos, querido Justo Serna, porque yo sí intento convencer a los que me rodean de las lecturas que me apasionan, el problema es que cada vez son menos las obras que me maravillan. Creo que tus interesantes comentarios literarios nos animan a leer obras que de otra forma no conoceríamos; lo que pasa es que yo soy más ordenada en mis lecturas y tengo que leer muchas veces por obligación; cuando leo por placer, intento que sean obras que, aparte de humor, me ayuden a entenderme mejor a mí misma y a los demás. Disculpa por lo del “humor intrascendente” referido a la obra de Bennett; no debí escribirlo porque no la leí, así que no puedo opinar sobre esta novela.

  8. jserna

    Le agradezco, sra. Fuca, sus amables palabras. Igualmente le digo que hay obras con mucho humor que al menos a mí me sirven para entenderme. O para enredarme aún más, no sé.

  9. Juan Planas

    Fuca, si le pides al editor de Calima un ejemplar -y lo haces de parte mía- estoy seguro de que te lo hará llegar sin cargo alguno… Ya le he avisado. Su email es madrid arroba calimaediciones punto com.

    Saludos

  10. Alejandro Lillo

    Muy interesante se presenta, sin duda, la poesía de don Juan Planas Benássar,y no parece coincidencia ni que la editorial sea Calima, ni que la primera cita de “El bálsamo de la indiferencia” sea de Don Miguel Veyrat (por cierto, qué frase preciosa esa de : “Nombra / cada cosa / una a una / Y después calla / Como hace el Sol / cuando amanece / Para ocultarse luego”). Intentaré conseguir ese libro de poemas.

    La promesa de la risa, del poder benéfico de la risa, del humor. Tan solo ese presagio, que puede concretarse o no, es motivo suficiente para agarrar un libro y perderme entre sus páginas. Si me hace reir, trascenderá.

  11. Miguel Veyrat

    No puedo dejar de intervenir en homenaje de un poeta al que adopté inmediatamente al leerle, a quien pedí que escribiera un preliminar para la reedición de mi libro “El Incendiario” —que por cierto, pese a su edad está cosechando más éxitos que sus hermanos mas recientes—. Me ha leído Juan Planas por tanto muy a fondo, haciéndome el honor de presidir su poesía reciente con esos versos procedentes de “La Voz de los Poetas” y que tantos recuerdos íntimos han despertado en Justo Serna. Es un estupendo poeta que está empeando a ser leído en serie por críticos universitarios, pero del que carezco de la suficiente distancia u objetividad crítica, por todo lo dicho, para opinar. Pero sí dispongo del gusto suficiente para recomendarla a ustedes. Es una lectura que remueve las vísceras físicas y mentales.
    En cuanto al editor de Calima, nuestra pobre amiga Fuca tiene ya,debido a sus frustrados deseos de comprar mi obra publicada en esa casa, experiencias funestas pese a enviar continuas peticiones: No te canses, querido Juan Planas, Galiza no existe para Calima, yo te doy su dirección y tú mismo le mandas tu libro dedicado. Merece la pena, es una gran lectora, honda, inteligente y sensible.Tanto como generosa.

  12. Miguel Veyrat

    Tu mensaje se cruzó con el mío, Alejandro, y como dije antes esos versos pertenecen a la primera parte (“Silencio”) del libro “La Puerta Mágica” publicado en la Trilogía “La Voz de los Poetas” (Calima, 2002). Es posible que queden ejemplares y en Valencia esa editorial sí distribuye bien.
    Nota a la entrada anterior: Una errata me hizo decir que Planas Bennásar está empezando a ser leído “en serie” por los críticos. ¡Ojalá! Quise decir “en serio”, que casi es mejor.

  13. Alejandro Lillo

    Muchas gracias, don Miguel, por la información, no dude que me haré con su libro, al igual que con el de Juan Planas. De ambos espero eso, que me remuevan las tripas para ver si, como dice Justo refiriéndose al humor, logro entenderme algo mejor, aunque sea comprendiendo el lío que tengo.

  14. jserna

    Como viene siendo habitual, una parte de las cosas placenteras que actualmente leo se las debo a Alejandro Lillo, que me sugiere, que me indica, que me recuerda obras que quizá yo ya había visto pero a las que no había prestado importancia. El volumencito de Bennett es una sugerencia personal suya que le agradezco desde aquí. Es todo amabilidad. Más tarde les hablaré de otra sugerencia del sr. Lillo que me ha dejado frío. Lo curioso es que el sr. Lillo estaba leyendo otra obra del mismo autor y las críticas y decepciones que me comunicaba eran parejas a mi irritación creciente con la susodicha obra. Luego les cuento. En cuanto al poemario de Planas, lo tengo porque el autor tuvo la amabilidad de confiar en mí: vamos que me lo iba a leer.

  15. Alejandro Lillo

    No hablemos de amabilidad, Justo, no hablemos de amabilidad… que no sabría por donde empezar.

    Espero impaciente “ese” fragmento de mi “última sugerencia” que imagino hará las delicias, entre otros, del señor Veyrat.

  16. Biblioteca-Scriptorium

    “Al principio fue un ruido sordo, amortiguado, no muy distinto al que alguien que comienza a despertar escucharía al paso de un camión de gran tonelaje; luego, durante un instante sobrecogedor, pues el oído comprendió que no era tanto una cesación del ruido como el anticipo de su expansión lo que estaba escuchando, transcurrió una pausa, un hiato que enmascaraba una especie de succión, como si el tiempo, suspenso en torno a un momentáneo agujero negro, hubiera dejado de latir; y de pronto llegó el fragor, un sonido difícil de describir, mestizo, heteróclito, bastardo, un sonido que no provenía de nada natural, fuera tierra, mar o viento, sino que era la expresión misma del ruido bruto, la quintaesencia del ruido en tanto que sinónimo de la devastación”.

  17. jserna

    El párrafo reproducido en el comentario anterior (Biblioteca-Scriptorium) es, en efecto, un fragmento procedente de una novela recién publicada. La novela me fue sugerida –como prueba, como tentativa– por Alejandro Lillo y la he leído examinando qué es lo que su autor hace para despertar tanto interés entre ciertos críticos.

    El párrafo inmediatamente superior es la descripción de un ruido: el ruido que queda tras una explosión, un aparatoso atentado cometido sin fines políticos, sólo por placer estético. Por su escritura me parece un párrafo absolutamente fallido y, más extensamente, me parece redactado con una prosa algo hueca, resonante y poco más. La novela, que responde a ese estilo de expresión, me ha decepcionado y, progresivamente, me ha irritado. ¿Por qué? ¿Qué novela es y quién su autor? De momento no creo que valga la pena descubrir quién es el responsable de dicho libro?

    La obra ha sido vista como el relato del nihilismo que hoy nos define, una anomia moral que permitiría ejercer la violencia sin experimentar sentimiento de culpa. Hay “un asesino en serie” que deja zapatos como prueba de su autoría o como juego con sus perseguidores. Hay tres amigos deseosos de alcanzar la fama a bombazos o a sabotajes: deseosos de lograr la grandeza desastrosa gracias a un espectáculo ruinoso y humeante. Al autor se le ha comparado con el expresionismo y, sin duda, trata un asunto, la violencia sin objeto, que está entre las preocupaciones actuales.

    La lectura de su novela me deja frío o, mejor, irritado. Los malvados son previsibles y característicos: son casi estereotipos de hoy. Y las descripciones son frecuentemente obvias. ¿Cómo se puede decir que era “un sonido difícil de describir, mestizo, heteróclito, bastardo”? Heteróclito es un adjetivo cuyo uso debería estar prohibido: yo mismo me inculpo por haberlo empleado. Lo que agrava las cosas es que se aplique a un sonido: ¿un sonido heteróclito? Parece un cultismo innecesario. Como innecesaria es la concesión a lo políticamente correcto que se permite el autor cuando califica el sonido como mestizo. ¿Mestizo? Todos perpetramos cacofonías, pero un creador literario ha de procurar evitarlas. ¿Qué es eso de… “el oído comprendió que no era tanto una cesación del ruido como el anticipo de su expansión”? Esa frase es horrísona. Insisto: todos nos abandonamos a la prosa urgente y a la cacofonía imprevista. Un creador refinado no puede abandonarse.

    Y de esto, ¿qué opinan Juan Planas o Miguel Veyrat? Ellos no se consienten las licencias sonoras en las que los demás podemos incurrir.

  18. Pedro

    Sr. Serna no juegue con nosotros. Toda su preocupación sobre el presente es el párrafo de una novela? Diga de quién es por lo menos.

  19. Angel Duarte

    Discrepo. En ocasiones, y casi rayando la indiferencia, sigue siendo un magnífico libro de instrucciones

    Mata bien
    Al padre.

  20. jserna

    Pedro, yo no juego con los lectores. Ya sabe que usted y yo no coincidimos siempre en nuestros juicios políticos. Sería un mal síntoma que coincidiéramos en nuestras evaluaciones estéticas. Hay que discutir. Para mí, un párrafo mal resuelto es un desastre. Como le dije a Antonio Muñoz Molina en la entrevista que le hice hace unos años: “Tengo la impresión de que escriba lo que escriba, usted lo hace siempre como si ese texto fuera lo último que quedara de su persona, el resto de su escritura que debiera sobrevivir. Aparte del trabajo y de la dedicación, del arte verbal y de sus recursos (muchos apartes son éstos que añado), hay, en su obra, ese secreto: escribir como si en esa página se compendiara la persona que fue y el estilo que le caracterizó. Pensado así, ningún texto es de circunstancias”. Estemos o no de acuerdo con sus juicios, Muñoz Molina no escribe una página de relleno o con el piloto automático. Eso es lo que yo querría que sucediera cuando leo una novela: que no hubiera ninguna página de circunstancias. Borges lamentaba, precisamente, los tiempos muertos de la novela: por su extensión, es normal que el autor se relaje, cosa que no puede suceder en un cuento o en un poema. Las novelas deberían concebirse con el mismo propósito.

  21. Angel Duarte

    sigo pues…

    (En un doble
    Movimiento
    De destrucción
    De ti mismo)

    y sigue… soplando fuerte en las brasas, (en or D)El Incendiario Veyrat

  22. Juan Planas

    Amigo Serna. No recuerdo la última novela que leí. Quizá fuera La peste, El Castillo, Los Hermanos Karamazov, Le Rouge et le Noir o El Péndulo de Foucault. Es decir novelas que, en realidad, son otra cosa… La razón habría que buscarla en esos tiempos muertos de los que, certeramente, hablas. Su aparición me obliga a la renuncia. Vade retro. Tampoco tengo ¿ganas? ¿edad? ¿humor? ¿paciencia? ¿tiempo? para que me cuenten historias que, a la postre, me acaban pareciendo simples curiosidades, en el mejor de los casos. De todas formas, el párrafo que pones es un muy buen ejemplo de cómo llenar una cuartilla sin tener nada que decir. Tiene su mérito y hasta su oficio.

  23. jserna

    Sr. Planas, no me curará de mi afición a las novelas. Hay que saber manejar los tiempos muertos, tan propios también de la vida. Las historias menores que en una novela nos pueden contar no son necesariamente curiosidades o irrelevancias. Lo pequeño, visto de cerca, comienza a ser interesante, indicaba Flaubert. A partir de un detalle podemos reconstruir el todo, ese todo que no conocemos bien o nada. Como hacen los arqueólogos. O a partir de un fragmento podemos conjeturar un entero… Como hacen los detectives. Esta operación no debe confudirse, desde luego, con la verborragia que engorda las páginas de algunas novelas sin alma. Thomas Mann es el rey de la digresión, de la curiosidad, del detalle y también del fragmento. Como Joseph Conrad es el escritor de lo evocado, de lo insinuado, de lo ignorado. Hay novelistas actuales que caminan por estas direcciones. Y yo leo sus obras con anarquía y placer.

  24. Juan Planas

    Dios me libre de quitar aficiones a nadie. Yo persevero en las mías y cuando consigo elevarlas a vicios, entonces, sí que sonrío satisfecho.

    Un abrazo.

  25. Fuca

    Me gustaron todas las novelas que cita el poeta Juan Planas. Podría suscribir sus palabras: “Tampoco tengo ¿ganas? ¿edad? ¿humor? ¿paciencia? ¿tiempo? para que me cuenten historias que, a la postre, me acaban pareciendo simples curiosidades, en el mejor de los casos”. La diferencia es que yo doy clases de literatura a adolescentes y, por ellos, sí tengo que leer novelas que por mí no leería y, de vez en cuando, me encuentro sorpresas agradables. Además entiendo a nuestro amigo Justo Serna cuando nos dice que “hay que saber manejar nuestros tiempos muertos”, en ellos podemos leer, ver películas, hacer sudokus o lo que nos venga en gana; pero la Literatura no se puede leer en tiempos muertos, hay que leerla en tiempos muy vivos.
    Gracias, Juan Planas, por el ofrecimiento de tu poemario; como muy bien escribe Miguel, no confío en el editor de Calima porque no cumplió su palabra; me dijo que me enviaba los libros de Miguel Veyrat y nunca me los mandó; los leí gracias a que nuestro amigo Miguel me los envió. Ahora mi librero va a hacer un último intento; le ha mandado un correo al editor de Calima pidiéndole varios libros; si los envía, volveré a confiar en él y podré comprar tu libro. Si los amantes de la poesía no podemos comprar los libros de los poetas que nos interesan porque la editorial no los manda a algunos lugares de la Península, ¿quién va a comprar esos libros?, ¿cómo vamos a saber en mi tierra que existen poetas como Miguel Veyrat o Juan Planas? Es injusto que una editorial no sepa distribuir sus libros. Os mantendré informados de las gestiones de mi librero.

  26. Alejandro Lillo

    Coincidimos, Justo, en la apreciación de Muñoz Molina. Por mi forma de entender la escritura, me gusta leer la palabra exacta en el lugar adecuado (tal vez por eso disfruto tanto con la poesía de Miguel Veyrat, aunque no solo por eso). Creo en la fuerza de las palabras, en su valor único, y estoy convencido de que utilizándolas con sabiduría se puede llegar a cualquier lector y a cualquier sitio. Creo también que hoy en día, y desgraciadamente, hay muchos libros llenos, llenísimos de palabras, de tantas palabras que no dejan hueco para el pensamiento.

    Señor Ángel Duarte: el poema que comparte con nosotros me ha puesto los pelos de punta, precisamente por lo que decía arriba, en especial, ese “y sigue… soplando fuerte en las brasas.”

  27. Miguel Veyrat

    Fue precisamente el admirado —por Justo Serna— Josep Pla quien afirmó, de la manera apodíctica con que solía opinar, que quien leía una novela a partir de los cuarenta años era un imbécil. No lo suscribo, por supuesto, ni me gusta llamar imbécil a nadie, y menos por leer. Amo demasiado la libertad como para acotar cualquier saber y entender, pero el hecho es que la novela dejó de interesarme hace años… caí en Philip Roth, y en otros más, pera luego no saber qué hacer con todo ese “convoluto” de vidas frente a un mundo incomprensible, arreglandoselas de la mejor manera para sobrevivir… Me dediqué a los géneros que me hacían pensar “a lo bestia”, como diría Miranda, y no de una manera descriptiva, excitando la sinapsis de mis enloquecidas neuronas en busca de alguna certeza. La novela me ha proporcionado muchas alegrías, como Moby Dick del genial Melville o el Ulises traducido por el gran José María Valverde (Lumen, 1976) hasta que pude hacerlo en ese inglés que reconstruyó Joyce y produjo toda la maravillosa novela contemporánea,sólo hasta mitad del siglo XX, llenando el mundo de discípulos suyos desde Faulkner a Juan Benet… Aprendí un montón con los autores que cita Juan y corrobora Fuca, pero ya no, no tengo tiempo, sobre todo si pienso que Ulises en realidad es un inmenso poema, como lo es una de las mejores novelas del siglo XX, “Senilitá” de Italo Svevo, que fue su amigo en su exilio triestino como profesor de inglés…
    Gracias a todos por la lectura de El Incendiario, que, repito, para mi sorpresa y la de mi nuevo editor de La Lucerna, el psicoanalista sevillano José Luis Reina, está llegando a los lectores como un libro más nuevo aún ue los más recientes. Espero y deseo que estos últimos triunfen a mediados del S. XXI… desde la sima en que esté, les mandaré un saludo. Y por supuesto, que mandaré algún viento fuerte a avivar las brasas.

  28. Juan Planas

    Me alegra, querido Miguel, el éxito actual de El Incendiario, que sólo viene a confirmar el desfase cultural en que vive la sociedad, pero bueno. Todo llega.

    Otrosí. Ya me pasarás la dirección de Fuca si las actuales gestiones en marcha fracasan.

    Y una broma. Es un honor mayúsculo que me hayas adoptado:-)

  29. Miguel Veyrat

    De nada, de esa adopción nace por ejemplo tu presencia no sólo como prologuista de un libro mío, sino en una antología de 25 poetas contemporáneos españoles, que traducida al francés por una catedrática especialista en poesía española, saldrá en Agosto en Lyon avalada por Jacques Darras, su editor. Por ejemplo. Y no es broma, estarás entre Pablo García de Baena, Brines, Ricardo Molina, Carnero, Colinas, Villena, Clara Janés, Alvarez Ortega, Valente, etc. etc. Eso sí es un honor.

  30. Angel Duarte

    Don Alejandro,
    todo lo que le ha emocionado era, es, Veyrat. El tiempo verbal, en este punto, creo que es irrelevante. Del todo. ¿No se te ha ocurrido, Juan, que el desfasado pudiera ser Miguel?

  31. J. Moreno

    A partir de los treinta años dejó de atraerme la novela como literatura. Solo en contadas ocasiones he recurrido a ellas, pero sobre todo para conocer el hecho social de su actualidad.
    Me aburre lo pasajero y el tiempo a mi edad es determinante el uso que haga de él.
    Me adelanté diez años a la conclusión de Josep Pla.

    Todo lo que me ayude a conocer mejor la realidad que me rodea, me interesa sobremanera. Y eso hoy día es díficil encontrar en la novela.
    Escritores de la talla de Herman Hesse, Dostoievski, Stefan Zweig, Baroja……aquello es difícil que vuelva en este tipo de sociedad.

  32. Miguel Veyrat

    Gracias Ángel por retrarme de modo tan certero, en efecto me siento no un desfasado sino algo peor, noto que un país como este no es el mío. Un abrazo.

  33. jserna

    Por los clavos de Cristo. Pero, bueno, ¿qué tienen contra la novela? ¿Todos los géneros están caducos o convalecientes o decadentes? Les habla el optimista Serna. Salgamos del apocalipsis, que es también apocamiento y apócope: encogimiento y supresión. La decadencia está bien en pequeños sorbos. Lean a Bennett y a tantos y tantos novelistas anémicos que animan el mundo. Ese mundo siempre está a punto de acabar, pero allá donde está su amenaza nace lo que le salva. Es perezoso creer que el mundo es peor que antes: creer que las cosas siempre parecen más estrechas, presentando ahora su peor cariz, comparadas con lo que fueron en un pretérito eximio (y fantástico). De ahí la jeremiada previsible: la poesía ya no es lo que era; el cine acabó en los setenta y la novela…, pues la novela no alza el vuelo desde ‘La vida y las opiniones del caballero Tristam Shandy’, de Laurence Sterne: leída y disfrutada, por cierto, en ajustada traducción de Javier Marías. Lean a Marías y lean a Veyrat. Lean a Planas y lean a Bennett. Como no son compatibles es la mejor dieta que podemos establecernos. Lo siento, pero no me van a hacer cambiar mi medicación.

    ———–

    Ah, por cierto, tiene toda la razón Veyrat: mi admirado Josep Pla opina de manera apodíctica y frecuentemente equivocada. Es mejor cuando describe.

  34. Juan Planas

    Los tiempos verbales, Ángel, son siempre pura ficción, pero sin ellos no hay -no habría- lenguaje. Son el precio que hay que pagar para entendernos o para poner, supuestamente, orden -o caos- en el universo. En cualquier caso, la magnífica atemporalidad de Veyrat nos salva hasta de usarlos, como bien apuntas. Saludos.

  35. Fuca

    Yo no tengo nada contra las buenas novelas, que quede claro. El 80% de los libros de mi biblioteca son novelas, es el género que más leo, pero es difícil últimamente descubrir novelistas interesantes. No entiendo tu analogía, amigo Justo Serna; citas a dos buenos poetas (a Juan Planas aún no lo he leído pero por tus palabras se deduce que es un buen poeta) y a dos narradores; ¿estás comparando a Javier Marías con Bennett? Porque, si es así, mañana mismo compro la novela de Bennett.

  36. jserna

    La guasa de Bennett es cercana a la de Marías. Lo que ocurre es que Marías es felizmente torrencial y digresivo; y Bennett, no. Bennett es encantadoramente escueto. Nobody is perfect!

  37. Alejandro Lillo

    Con todos mis respetos: ¡No saben ustedes lo que se puede disfrutar y aprender con una novela! Hay cosas que los ensayos no pueden expresar, ni con mil palabras. Sé que lo que les digo lo saben, pero de verdad, no dejen nunca de leer novelas. ¿Que encuentran el panorama actual algo desolado? Lean a Luis Mateo Díez. ¿Que consideran que ya no existen las grandes novelas? Lean Sandor Marai, a Richard Ford, a Philip Roth, a Don Delillo, a Cormac Mccarthy, a Robertson Davies. ¿Que nada nos enseña más de la realidad que los buenos ensayos? Lean a Raymond Carver, a Jack Kerouac, a George Perec. ¿Que creen que el mundo en el que vivimos está caduco y sin imaginación? Lean a Stanislav Lemm, a Cliford D. Simak, a Olaf Stapledon. Podría seguir diciéndoles, créanme, podría seguir diciéndoles, pues veo que prácticamente solo he citado autores norteamericanos (han sido los primeros que me han venido a la cabeza). Cada uno administra y gestiona su tiempo como más le conviene, y no seré yo, que he perdido mucho el mío, quien les de ningún consejo de como hacerlo, pero ante esto no puedo quedarme callado.

  38. Marisa Bou

    Ni yo, amigo Lillo. Nuestros amigos se han puesto muy trascendentales. Las lecturas “ligeras” tienen también su sitio en las bibliotecas. ¡Por los dioses, diviértanse de vez en cuando! Y no me hagan escribir aún, que no estoy en condiciones.

  39. jserna

    En efecto, sra. Bou, lecturas también ligeras. Como la música ligera (que se decía en los años sesenta y setenta). Desde la yenka (que es el primer baile que conocí en la infancia menesterosa del primer plan de desarrollo) hasta el Hip Hop actual (qué grandes son los ‘Violadores del verso’, que les gustan a mi hijo y sus amigos), me deleito con lo ligero. Bailar, lo que se dice bailar, hace veinte años que no bailo en público: lo padezco en silencio. Lo último que bailé fue algo de pop inglés o los restos de la Movida, quizá Radio Futura. En el Café Concert de Valencia, luego llamado Un Sur. Qué tiempos. Entonces aún no me molestaba el ruido de los bares de copas.

  40. Pavlova

    Aquí lo que pasa es que Justo es muy joven. Cuando va presumiendo de ancianito yo me callo y sonrío, porque Justo es muy joven, insisto, porque lo es y porque quiere ser joven; porque no ha perdido el interés, la enorme curiosidad por casi todas las cosas y cuelga dibujitos, analiza las fotos hasta la extenuación, pero las analiza descubriendo, inventando detalles, cosas ocultas… sueña. Pasea, se arrebata contando cosas a los alumnos y da la sensación de que aun le fascina todo, le fascina la vida.

    Y hay un lugar común que afirma que, a cierta edad, ya no interesa la novela; poesía, ensayo. No digo en absoluto que aquí nadie actúe como voy a explicar, pero me parece que hay como un prurito de que nadie vaya a pensar que “aún” nos gusta la novela. Somos leídos, “escribidos”, cultos y superiores a la media (insisto en que no creo que aquí haya nadie así) ¿Cómo reconocer que nos fascinan las historias? ¿Cómo que somos capaces de no acostarnos una noche por acabar una novela?

    Hablan de novela moderna, pero es que no me creo que nadie haya tenido tiempo (ni Justo, que no para) de leer todo lo “hay que leer” de la vieja novela ¿Se lo van a perder? Justo no, me da la sensación de que Justo no se va a perder nada, nada para lo que le alcance la vida.

    Los gustos son intocables, pero hasta aquellos que nos espantan, a mí sólo me producen sana envidia. Todo lo que me pierdo, todo lo que no me gusta, me da pena perdérmelo.

    Si hay que hacer declaración de intenciones, diré que leo ensayo, sobre todo, como un deber, como le pasa a Fuca con la novela, pero que me entusiasma la novela: la vieja (hay aún tanta que me falta…), los cuentos, que son tan parecidos en chiquito y la nueva: Por dios, no me digan que nadie ha leído a Juan Eduardo Zúñiga, a Cesar Aira, que no reciben como agua de mayo cada nueva cosa de Sánchez Ferlosio. Aparte de los gustos, por muy desencantado que esté uno, por muy mayor que sea, aunque no sea más que por el portentoso uso del lenguaje de algunos de ellos ¿cómo no beberse sus novelas? Ahora El Acantilado está editando a todo Zweig; lo que nunca había llegado hasta nosotros y me siento feliz de poder leerlo como novedad y ver que sigue ahí mi amado escritor.

    Y el cine y el arte… yo no debo evolucionar porque cada día me gustan más cosas, más exquisitas, más… digamos elitistas, pero no dejo a mis viejos amores.

    Justo, en su apasionada defensa de sus gustos no menciona la música. Es raro el músico que diga oír a Chaikowsky: a mí me han llegado a decir que es que está “superado”, como lo está Velázquez y como lo está la novela. Sigue gustándome Chaikowsky casi, casi hasta la lágrima y Gobaidulina; no caigo de rodillas ante una obra de Velázquez por vergüenza torera y me fascina, me sigue fascinando Dostoievski. Pero es que incluso me encanta oír a Gardel y releo a Guillermo. Me hace feliz Quevedo y Veyrat y Juan Planas. Es que me he dado cuenta que mí la edad ¡afortunadamente! No me está afectando en perder intereses, entusiasmos, curiosidades; lo que me noto es que cada vez me emociona más lo que no ha hecho el hombre. Es que ya hasta disfruto con una brisa suave. (Paco, como ahora me llame cursi no volveré a defenderlo, usted verá :-))

    Pero que yo diga todo esto… qué les voy a decir, como si lo dice su portera, pero que Justo desde aquí muestre esas cosas tan mal vistas, como que le encanta la novela, me parece una prueba de independencia, de seguridad, de talento, una más, colosal.

  41. Pavlova

    Estaba escribiendo cuando Justo ha colgado su comentario sobre música. Ya decía yo. Je, je.

  42. Miguel Veyrat

    Totalmente de acuerdo con el punto de vista de Pavlova. Sobre todo, leer, la libertad de leer y sobre todas las libertades, la de elegir. El problema, en mi caso, es quizás, no de juventud, pues la curiosidad la tengo viva y alerta todavía, sigo aprendiendo de todo y de todos, y sobre todo de lo que vivo, el problema es quizá de envejecimiento físico, cansancio, falta de tiempo y la necesidad de utilizar las fuerzas disponibles para “ir sobre seguro” sin perderse en probaturas. Descubro cada día el placer de releer, y de escuchar también, por cierto, Pavlova, a los clásicos, a los míos —también la pasión de Chaikovsky me conmueve a menudo— pero estoy al tanto desde Schömberg hasta los ruidistas actuales.Quizás escuchar, a cierta edad sea más fácil que leer, aunque tras ciertos conciertos, o interpretaciones, quedo totalmente agotado (Yo creí que el concierto para violín de Beethoven lo tenía ya sabido de memoria, banalizado casi, hasta que me crujieron las cuadernas el pasado jueves con la interpretación de Peter Franck Zimmermann con la Sinfónica de Sevilla, dirigida por un Pedro Halffter desbordado de sabiduría, inspiración y equilibrio). Releer, volver a escuchar, descubrir en segundas, terceras y hasta infinitas lecturas todo lo que puede ocultar la polisemia de las palabras y la gramática creadora, es un placer de dioses. Tanto al menos como el feliz descubrimiento de lo nuevo. Porque siempre es nueva la aventura intelectual por muy sabido que se crea tener un texto literario, plástico o musical.

  43. Pavlova

    Falta de tiempo, ir sobre seguro, el miedo a que no nos llegue, a que no nos alcance, sí, eso es otra historia, la terrible, pero mientras puedan volver a sorpredernos Beethoven o Vivaldi hagamos como que estamos comenzando.

    La belleza está ahí; abandonémonos a ella como recién nacidos. Me hicieron un regalo el otro día y yo aquí lo comparto.

  44. Miguel Veyrat

    La belleza está ahí, sí. Sólo hay que quitarle los estratos de indiferencia y estupidez que la cubren como nieve oscura e implacable. Gracias Ana Pavlova por tu regalo, Youtube puede proporcionar a veces algo más que verguenza…

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