¿Qué es lo que nos pasa?

0. La incertidumbre

Los desafíos de la cultura ante el nuevo siglo: esperanzas y temores. Ése es el título de una Mesa Redonda en la que he de participar el sábado 21 de junio. ¿Qué es la cultura? Perdonen que me ponga pesadamente académico para responder. En el libro que Anaclet Pons y yo publicamos hace unos pocos años titulado La historia cultural abordábamos esta cuestión. En ese punto concreto no pretendíamos decir nada nuevo ni original, por supuesto: tan sólo esperábamos ordenar lo dicho cargando con las mil y una definiciones que se han dado. Abreviaré: la cultura es un esquema general de funcionamiento o, si prefieren la metáfora, una falsilla con la que escribir recto. La cultura es una suma de códigos de intervención, un repertorio de modelos de percepción, de significación, de imaginación, de acción con los que afrontamos el mundo, un mundo real o virtual, auténtico o inventado.

Con la cultura aprendemos las reglas que nos vienen dadas, las normas que otros adoptaron y los valores que otros idearon o aceptaron, las prescripciones y prohibiciones que se revelaron eficaces y cuya aplicación ahora, en el tiempo presente, nos será útil para desenvolvernos. Unos y otros nos observamos y, gracias a indicios múltiples, muchos de nuestros actos son previsibles. En efecto, la cultura es un conjunto de expectativas que hemos ido aprendiendo y que nos sirven para reducir la incertidumbre. Cultura es, así, suma de tradiciones: esos esquemas de percepción, de significación, de imaginación, de acción. La religión cumple un papel fundamental en el orden cultural y, por tanto, durante siglos –qué digo siglos: durante milenios– ha proporcionado claves de conducta para el creyente, esquemas operativos e indiscutibles. La religión instituye una comunidad moral que obliga a sus miembros. Pero la religión también dispensa sentido: el catolicismos, por ejemplo, ordena las cosas, encaja los hechos, traza parentescos entre cosas del pasado y del presente y hace vivir con la esperanza escatológica del Juicio Final. Cada uno recibirá su merecido y Dios examinará el pecado y las increencias. Eso es cultura o, en términos de Sigmund Freud, un delirio colectivo.

Pero regresemos a la cultura. Ésta se inserta en el proceso histórico, que es cambiante: no todo se transforma, desde luego. Hay rasgos de la naturaleza humana que perduran y hay hechos propiamente históricos que son de larga duración, que permanecen casi inmóviles por debajo de la espuma de los acontecimientos, que diría Fernand Braudel. Ahora bien, hay aspectos que mudan profundamente, que sufren un trastorno manifiesto. Es entonces cuando ciertas prescripciones o prohibiciones culturales pueden quedar obsoletas. Si el cambio es repentino o se consuma en poco tiempo, los individuos nos vemos forzados a reinventar parte de las reglas, normas y valores de que nos habíamos servido, esas convenciones que ordenaban los actos posibles en cada una de las esferas en que nos movíamos. La educación –es decir, la transmisión cultural– o la catequesis, entre los creyentes, nos ayudan a identificar y a aprender la naturaleza de dichos espacios, permitiéndonos reconocer cuáles son las conductas correctas en cada una de dicha esferas.  Vivimos transitando entre marcos de acción, decía Erving Goffman, que son lugares con códigos de conducta reglamentaria o aceptable, fijados de antemano. Sin embargo, hay momentos en la vida y en la historia en que casi todo deja de funcionar según lo supuesto. Un cataclismo, una revolución o, simplemente, un profundo cambio tecnológico alteran la marcha ordinaria de las cosas: ya no parece haber previsión que razonablemente anticipe ni expectativa que se cumpla exactamente. Entonces, es frecuente que se viva con azoro o con angustia lo que es un presente ingobernable o un futuro incierto. Incertidumbre, ésa es una de las palabras-clave.

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1. La secularización

Para orientarme en el tema de la mesa redonda, para preguntar qué esperanzas y temores son esos que nos acucian,  he hecho distintas averiguaciones en fuentes diversas que radiografíen el estado de la cultura actual, esos desafíos que nos retan. Lo mejor, casi siempre, es acudir al pensamiento reaccionario. No es broma. Los reaccionarios suelen tener una especial sensibilidad para detectar lo que nos pasa, lo que nos duele, aunque sus soluciones sean nostálgicas y, por tanto, erróneas. Son un indicio muy interesante, revelador de todo un estado de ánimo.

El pasado 19 de junio leía Alfa y Omega, semanario católico de información. Como saben es un cuadernillo que edita la Fundación San Agustín, del Arzobispado de Madrid, y que se adjunta cada jueves con el diario Abc. Sus páginas me suelen provocar pánico. ¿Que por qué las leo? Pues por lo mismo que acuda a ver cine de miedo: lo bueno de una ficción terrorífica es que nos hace regresar a la infancia viviendo por unos instantes el peligro. Pero a la vez el terror nos permite superar el riesgo al que voluntariamente nos sometemos, ese pánico que agita el corazón y que acelera el pulso. De la película de miedo salimos indemnes y hasta satisfechos; de la muerte con que se acaba nuestra vida, no. 

Si atendemos a lo que en Alfa y Omega  se dice, hemos de convenir en que el diagnóstico del presente es estremecedor. Lo normal es que el mundo esté a punto de acabarse, que el orden de las cosas esté trastocado, que el hedonismo horade la moral, que las familias estén acosadas y desorientadas, que los individuos vivan desnortados su propia quiebra, que el Estado agreda las instituciones católicas. Sus responsables no se conforman, sin embargo, con esos dictámenes siniestros. Lo habitual es que propugnen soluciones: que los creyentes se manifiesten, que hagan ostentación de su confesión, que hagan proselitismo. El mundo va a la deriva –parecen decirnos–, pero nosotros hemos de aferrarnos a las creencias que nos han constituido haciéndolas públicas. En ese sentido hemos de leer el reportaje principal de la revista, en este caso elaborado a partir de las respuestas de veintiséis reconocidos personajes católicos, gentes célebres por su profesión o por su dedicación. “La red que teje el laicismo” es el título general, las contestaciones de los veintiséis lo son a dos preguntas concretas. Primera, ¿qué opina del proceso de secularización en España? Segunda,  ¿qué aporta la Iglesia a la sociedad? Por supuesto no voy a detallar todas las repuestas que se dan. Sólo les pediré que reparen en un par respuestas, quizá las contestaciones más significativas.  

Creo que la secularización es un proceso típico de las sociedades sin esperanza de las que nos habla Benedicto XVI en su última encíclica”, dice el novelista Juan Manuel de Prada, y añade: “sociedades que han erigido una nueva idolatría, fundada en el progreso, la ciencia y la política, y que, como todos los procesos idolátricos, acabará con la sociedad convertida en escombros: ya conocemos la historia de la torre de Babel. Es un proceso que se podría resumir en tres fases: primero, se considera que el hombre por sí mismo puede salvarse, porque es bueno por naturaleza. No estando tocado por el mal, la Redención se convierte en algo superfluo; segundo, puesto que la Redención es algo superfluo, la religión se vacía de sentido: pasa a ser un conjunto de bellos mitos y dulces fábulas; y tercero, el hombre tiene horror al vacío, y como la religión ha sido vaciada de contenido, ese vacío lo llena la idolatría al hombre mismo, hacedor del progreso, la ciencia y la política. Pero ya se sabe quién se oculta detrás de esos disfraces: el mismo que les prometió a Adán y Eva que serían como dioses. En eso estamos”, insiste. “La secularización es parte de un proyecto político deplorable”, dice Ignacio Sánchez Cámara, catedrático de filosofía y columnista, que entraña la producción de un cambio de régimen y un intento de transformar las bases morales de nuestra sociedad. Se trata de un proyecto de modelación de la sociedad desde el Estado, que exhibe rasgos totalitarios. Se produce una agresión al cristianismo, que se manifiesta en la pretensión de concebir la religiosidad como una dimensión privada de la persona, que el Estado se limita a tolerar fuera del ámbito de la vida pública. No se trata de un conflicto entre integristas y laicistas, sino de una cuestión de libertades personales y de intromisión del Estado en las conciencias”, concluye.

Una de las cosas más sorprendentes de los integristas es que dan por hecho que debemos pensar como ellos. Y si tal cosa no ocurre, si no pensamos como ellos establecen, entonces es que hemos caído o recaído en el pecado o en el error. O, quizá incluso, estamos urdiendo un plan o ejecutando una conspiración –la del laicismo— contra evidencia natural de las cosas. Me he ocupado de Prada y de Sánchez Cámara en alguna ocasión anterior. No con el propósito de convencer, sino con el objetivo de entender por qué piensan así. Creo que en su defensa del integrismo hay razones que convendría tratar otra vez. ¿Es tan desastrosa la pérdida de la fe en el mundo reciente? Les doy la razón en una cosa: vivimos una época de increencia, sin duda, una etapa de pérdida de referentes confesionales. Qué sucede entonces.

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2. ¿Qué es lo que nos pasa?

A la hora de evaluar el estado de la religión y la sociedad, hay numerosos diagnósticos sin duda menos apocalípticos que los que plantean los integristas. Uno de los más atendibles y probablemente más mesurados, uno de los que mejor recrea la tradición francesa (Alexis de Tocqueville, Émile Durkheim, etcétera), es el de Gilles Lipovetsky. Su último libro traducido, que no es el primero que aquí comentamos, es un ejemplo de sensatez analítica, de diálogo instructivo. ¿Su título? La sociedad de la decepción. En efecto, decepción es la palabra-clave: no el relativismo o el nihilismo que supuestamente nos aquejan (una cantinela de todos los fundamentalistas), sino la desmesura de nuestras expectativas, la esperanza que depositamos en una vida que sabemos corta, sin solución. Roto el consenso antes indiscutible de las Iglesias, quebrado el colectivismo moral de la tradición, desechada la obligatoriedad de nuestras elecciones, es la autocreación aquello que nos fuerza. Hay exigencias que cumplir, pero… son las nuestras, las que hemos aprendido de los medios y de la autorreflexividad, las que nos transmiten y las que deseamos. Somos individuos más preocupados y quizá más vulnerables emocionalmente. Leyendo a Lipovetsky sorprende la escasa calidad de los juicios integristas de Prada o Sánchez Cámara: sus malestares son sensores, tienen perspicacia a la hora de señalar los dolores, pero diagnostican con torpeza de curanderos.

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 3. El observador

“Un hombre está de pie, sin sombrero y con un abrigo negro, sobre una roca alta, de espaldas a nosotros y se apoya en un bastón para resistir el viento que le agita y le enmaraña el pelo. Ante él se extiende un paisaje envuelto en niebla, en el que apenas se divisan parcialmente formas fantásticas de promontorios más lejanos”, dice John Lewis Gaddis en El paisaje de la historia. Describe breve, parcialmente, El caminante ante un mar de niebla (1818), de Caspar David Friedrich. Que en 1818 David pintara lo concreto frente a lo indeterminado, casi abstracto –lo finito frente a lo infinito–, era una manera de expresar lo sublime: el yo se extiende nebulosamente sin que sepamos con precisión qué contiene y dónde acaba. Que en 2008 la cubierta de una publicación como Alfa y Omega repita el motivo del observador ante la naturaleza embravecida  o indeterminada sólo es una concesión al tópico, una lugar común que, sin embargo, detalla la zozobra clerical de tantos y tantos integristas ante la incertidumbre: un hombre rodeado de lo indómito parece hablar de la soledad y de la determinación del creyente frente a lo Absoluto.  Otra topicazo reforzado por el enunciado que está al pie: “La tormenta de la secularización”. Tormentas, riadas: una pesadez metafórica que no es más que repetición estética y retorcimiento ético. En cambio, el volumen de Lipovetsky adopta formalmente otra solución más minimalista, si quieren.

 La cubierta del libro francés (que inspira la portada española) es sencilla: un primerísimo primer plano nos presenta el detalle de un rostro, el del filósofo. ¿Tal vez un ejercicio de narcisismo? Del narcisismo contemporáneo nos habla Lipovetsky, desde luego: del narcisismo suyo y del nuestro. Captado por el objetivo de la cámara, el observador es observado a la vez pero  sólo en parte: una parte de la cara, otra metáfora en este caso de la identidad parcial de quien se asoma a este libro. Porque, en efecto, representa una ventana a la que se asoma ese individuo-filósofo, como atisbando. Si el recorte de la imagen es deliberado, entonces el sujeto parece mirar con un solo ojo porque el fotógrafo ha preferido dejar la identidad seccionada: conocemos o conoceremos una parte; la otra… queda preservada. El individuo diagnosticado  es el punto de partida de su examen secular, expresamente secular. ¿Y qué averiguamos?

Lipovetsky analiza sin alarmismos algo que es evidente y constatable: de unas décadas a esta parte asistimos a una “revolución individualista-narcisista”. La analiza sin darle a esta categoría un sentido necesariamente negativo. Nunca como ahora hemos tolerado tan mal que nos estafen, que nos defrauden, que nos maltraten. ¿Narcisismo? Bendito sea si ese individualismo de hoy es una exigencia de cada uno, si implica mayor reflexión. Pero ese narcisismo también entraña consecuencias negativas: una creciente arbitrariedad subjetiva, la creencia en una omnipotencia individual, que la realidad desmiente una y otra vez. De ello se sigue una “intensificación de la dificultad de vivir y del malestar subjetivo”, que tiene que ver con esas expectativas humanas,  demasiado humanas, que nos hacemos tras la muerte de Dios. ¿La muerte de Dios? Lipovetsky acaba reivindicando a Nietzsche y a Marx: ambos se plantearon exigir al individuo su autorrealización, el empeño por salir de lo obvio, que en nuestro tiempo es el consumismo, la conformidad. ¿Otra jeremiada antimoderna? No, por supuesto: la de Lipovetsky es una moral laica, materialista, muy alejada de la que, por ejemplo, defiende Lydia Jiménez en Alfa y Omega.

Jiménez, que es directora general de las Cruzadas de Santa María, dice en esas páginas: “con la muerte de Dios propugnada por Nietzsche, se ha ido gestando un acelerado proceso de secularización que ha conducido a la muerte del hombre. Si Dios no es el centro de la vida, el hombre vive desamparado, a merced de leyes, costumbres que atentan contra su felicidad y su plena realización. Es grave. Pero no deberíamos quedarnos en constatar una realidad que afecta no sólo a España, también a Europa y el mundo. Los santos siempre han colaborado a poner las cosas en su sitio. España tiene necesidad de santos”. Sin duda, Lipovetsky no concibe la santidad como la solución de lo moderno. Bienvenido sea el desencanto del mundo (la pérdida del referente religioso obligatorio), aunque eso nos lleve a la alegría o a la decepción –depende–, unos estados de ánimos personales que los intregristas tan mal nos toleran. Bienvenido sea el declive de la pasión política (la decadencia de las ideologías uniformadoras), aunque eso nos conduzca a la reflexión o a la anomia, esa libertad que los fundamentalistas no nos aceptan.

Hay que luchar para reducir la escandalosa desigualdad. Y hay que luchar para que la búsqueda de criterios sea humana, propiamente humana: limitando el resentimiento, responsabilizándonos. Lipovetsky llama democracia posconsumista a esa sociedad. “Conocer, aprender, crear, inventar, progresar, ganar autoestima, superarse figuran entre los muchos ideales o ambiciones que los bienes comerciales no pueden satisfacer”. No se trata de proclamar la austeridad (que cada uno buenamente podría elegir), sino de aceptar que entre los individuos más conspicuos “lo que les motiva y carga de energía su existencia no son los goces consumistas, sencillamente porque su actividad o su trabajo les resulta mucho más estimulante”. Desde luego, no siempre ese trabajo procura el placer. No se me adelanten: eso ya lo observó Marx. En realidad, hay que sentir que algo de lo que uno hace no pasa por el mero consumo, sino por la producción: o, mejor, por la autoproducción, como diría Nietzsche. Y eso no es ser santo ni tampoco… mero observador.

¿Y ya está? ¿Me piden que les resuma el libro de Lipovetsky? No querrán que yo les haga la faena, ¿verdad? Léanlo y discutan con él: seguro que disienten feliz y frecuentemente.

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Variedades

La estupidez del ateo, según Juan Planas. “La estupidez del ateo no es no creer en Dios -eso está al alcance de cualquiera- sino creer que no cree en Dios”. Leer más y más.

Creer que se cree. En 1996, Gianni Vattimo se planteaba cuestiones que Planas apuntaba indirectamente  y que tratábamos en el post de Padres e hijos, en concreto en el apartado dedicado al pensador italiano (“El filósofo sin padre”). Si la ciencia o las ideología redentoras pretendieron reemplazar a la religión, ¿que habría de impropio en volver a creer después de la caída de esas cosmovisiones? Vattimo admitía proceder de un ámbito católico, del que se había separado, como tantos otros de su generación, por la difícultad de seguir los preceptos morales en materia sexual. ¿Dejó de creer realmente? Vattimo no sabría decirlo con certeza. Ahora años después, Vattimo se plantea creer otra vez. O, al menos, se plantea cómo y en qué es posible creer después de la metafísica. Pues bien, a su juicio, la única manera aceptable es la de arrancar el cristianismo-catolicismo de esa metafísica, en este caso encarnada en el integrismo, en la ortodoxia papal. ¿Que quedaría? Una enseñanza crística basada en la caridad. Según Vattimo, la religión fue primitivamente una manifestación muy violenta basada en el chivo expiatorio. Cristo ya no fue un chivo espiatorio: vino a cerrar la fase primitivamente violenta de lo religioso, en este caso materializada en un Dios lejano, ajeno, terrorífico. El cristianismo, pues, rebajaría, reduciría a escala humana aquel Dios terrible. A esta reducción humana de la divinidad, Vattimo la llama kenosis

Dios y Tony Blair. “…Es interesante seguir los pasos que ha dado desde que tuvo que dejar Downing Street: se ha convertido oficialmente al catolicismo, ha ganado cinco millones de euros en un año con asesorías y conferencias como la de Barcelona y, finalmente, ha puesto en marcha una Fundación de la Fe (Tony Blair Faith Foundation). Podría pensarse que estos hechos no tienen nada que ver entre sí, pero la personalidad de Blair hace que no se expliquen unos sin los otros”. Leer más.

LUNES, 23 DE JUNIO, A LAS 16:30 HORAS, NUEVO POST.

29 comments

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  1. Paco Fuster

    Una fuente muy interesante para radiografiar el estado de la cultura actual, al menos en mi opinión, es comprobar lo que la gente más consume, por ejemplo en Internet.

    En ese artículo sobre Youtube que no se materializará de momento, me hubiera gustado hablar de una herramienta muy interesante para hacerse una idea de los gustos e inquietudes de la gente. Me refiero a unos estudios que hace “Google” anualmente, sobre los lugares de Internet más solicitados a través de su buscador. El Departamento de prensa de “Google” se refiere a estos estudios sobre los patrones de búsqueda de los internautas de todo el mundo con un nombre muy curioso: “Google Zeitgeist”. Puede parecer exagerado, pero a mi me gusta el nombre y su sentido. Si se pasan por allí, pueden ver cosas que a más de uno sorprenderían y sobre las que se pueden extraer muchas conclusiones, tanto a nivel sociológico como cultural. Por poner un ejemplo sobre el que hemos hablado aquí, Youtube fue en 2007 la quinta búsqueda más realizada en Google, en Estados Unidos. http://www.google.com/intl/en/press/zeitgeist.html

    No sé si puede servir para saber lo que nos pasa, pero si para hacerse una idea de lo que más le interesa a la gente, del tipo de ocio que consume y, por negación, de toda la cultura que hay en Internet y no se consume.

  2. Pedro

    Dias que no pasaba por el blog. Siguen lo mismo eh, cabreándonse. La culpa es de Serna que provoca. Ja ja. Cuesta seguir lo que dice en sus posts pero bueno te hace pensar. Freud siempre sale, me deja mal cuerpo y me interesa siempre. Sigan sigan.Y con los fundamentalistas tambien.

  3. David P.Montesinos

    No sé si es exacto que Serna “provoque”, en todo caso será así por los temas que astutamente escoge, pero raramente por sus contenidos. Lo digo porque perdonarle la vida a Prada tras la serie de monstruosidades que dice me parece de una generosidad sin límites. La posición de este intelectual expresa en la revista de marras es suficiente para que yo, que solo voy a tener una vida, no vuelva a perder ni un minuto más con él, al contrario que nuestro jefe del blog, quien ha dedicado numerosas páginas a intentar “entender” sus estados de ánimo. Me parece generoso, insisto, pero no sé si siempre hemos de ser tan generosos con la estupidez y con lo que nosotros mismos ya denominamos como “integrismo”. El integrismo asfixia por vocación la discrepancia, no comprende que la diversidad de interpretaciones es un bien. ¿Pienso que Dios es una leyenda?, ya soy un desnortado sin fe y entregado a un zafio hedonismo. ¿Creo en una sociedad laica? Ya he vaciado la vida comunitaria de “valores”. Lo curioso con el clericalismo español -el cual es por cierto algo muy distinto de la fe, que me parece absolutamente respetable- es que el volumen de sus quejas sobre la maligna sociedad contemporánea es proporcional a lo bien que les va. Opus Dei, ABC … todas estas instituciones ayudan a un escritor mediocre a ser conocido -Prisa hace lo mismo con los “suyos”, no me engaño- y él vive de categoría gracias a ellos. No tenemos fe ni valores, ya, pero qué pocas veces veo a la gente como Prada quejarse de la precariedad laboral, el trabajo esclavo, los escandalosos beneficios empresariales, etc…

    Serna reclama finalmente leer con más interés a Lipovetsky, pues hagámoslo, porque su visión de los nuevos fenómenos sociales, aunque discutible en muchos casos -Ver “La Era del Vacío”- es infinitamente más lúcida, profunda y sugerente que la de los insignificantes alfeñiques que nombra arriba.

    Y ya puestos, a vuelta con la necesidad de resistirse al integrismo, nombro a un autor que le es caro, Richard J.Bernstein y su “El abuso del mal”. Bernstein explica sabiamente como van emergiendo y cuajan históricamente hasta enseñorearse de nuestras sociedades esas voluntades totalitarias para las cuales el distinto siempre es el Mal, el discrepante es el enemigo al que hay que destruir y el que cree en otros dioses es el infiel. Tan viejo como las sociedades, pero sorprendentemente en retorno, y no solo en las sociedades islámicas, como a veces se cree. Entre los creyentes españoles hay gran cantidad de personas excepcionales y con un mapa moral envidiable… pero si esas personas no le plantan cara a la burocracia pro-vaticana y, por ende, a los sectores más reaccionarios de la derecha española, el integrismo continuará encontrando importantes bastiones a los que acogerse para seguir difundiendo una ideología intolerante y antidemocrática.

    Insisto, Prada es un tostón,lean otra cosa. No hay más que ver la cara de empollón gafotas que tiene. Sin experiencia de la vida, sin haber hecho otra cosa en la vida que la pelota al poder, uno no tiene nada que contar, olvídenlo.

  4. jserna

    ¿Pérdidas de fe, señor Planas? Hay ex creyentes aparentemente ateos que cuando les contradices se te ponen severos como un pater riguroso. ¿Ejemplos?

    Sr. Montesinos, siempre es una gloria leerle. No hay coña alguna. Pero hágame caso: lea también a los integristas. Ocupan espacio e influyen. Vaya si influyen.

  5. Pavlova

    En este blog somos varios los que nos hemos declarado ateos desde hace mucho; unos serán ex creyentes, claro y otros ateos desde el uso de razón y educados por ateos, como es mi caso.

    Además de todo lo demás que se descubrió de mí en el tema anterior, ahora me encuentro con que soy integrista. Vaya.

    China, en mi casa siempre me han dicho que lo que parezco es china por mi enorme paciencia, pero he de confesar que a veces noto síntomas como de si la perdiera, aunque lo noto sólo yo porque cuando eso pasa, suelo callarme. No me gusta perder los papeles o discutir con quien lo tiene tan claro como yo; es decir, fundamentalmente por respeto al otro, porque, en aquello que sé que vamos a discutir sin solución, prefiero dejarlo sin llegar a meterle el dedo en el ojo al otro, que es como se suele acabar pero ¿por qué será que, de un tiempo a ésta parte, cada vez que doy mi opinión, con el mayor de los cuidados, me acabo sintiendo insultada, ridiculizada… con el dedo de otro en mi ojo? Y mira que tengo correa y sentido del humor, pero es que hay cosas que no.

    Soy atea; no soy integrista y me molestan soberanamente las generalizaciones, por doctas que pretendan ser.

  6. Juan Planas

    Bueno, debiera usted comprender que lo que a mí me molestan, de verdad, son sólo las definiciones y si pongo, además, el emoticón de una sonrisa, pues, por partida doble. Saludos.

  7. Angel Duarte

    Prada ¿monstruosidades? Tras ver Zeitgeist -por sugerencia de un amigo en quien hasta entonces confiaba- me lo pensé mejor. Al principio dije, mira, una lectura materialista de las creencias religiosas, pero después la cosa se ponía francamente surrealista… y llegué a la conclusión que hay ateos decididamente más clericales, y a estas alturas mucho más amenazantes, que aquellos a quien correspondió, históricamente, ese papel. No será el caso de ninguno/a de los amables partícipes y comentaristas en este blog… Pero algunos parecen interesados en crear una especie de Santa Inquisición con fines antagónicos a los de la versión primigenia.

  8. jserna

    Sr. Duarte, lea Alfa y Omega, en Abc. Es allí donde están los clericales: “a estas alturas mucho más amenazantes, que aquellos a quien correspondió, históricamente, ese papel”. El de comecuras, por ejemplo.

    Recuerde aquella pieza memorable del joven Fernando Savater…

  9. Paco Fuster

    Sr. Àngel Duarte, no entiendo su comentario. No entiendo su alusión a la palabra “Zeitgeist”, ni sé si tiene que ver con mi comentario (hecho, por cierto, el 20 de junio cuando el post estaba aún empezando y el debate no había derivado hacia el ateísmo; yo pensaba que ibamos a hablar de la cultura y sus desafíos ante el nuevo siglo como reza el título de la mesa redonda y no de la religión y la Inquisición, o sea, la inculturay la irracionalidad de siglos muy pasados). Tampoco entiendo que tiene que ver Prada con el “Google Zeitgeist”.

  10. Pavlova

    Mil gracias, Justo, por el magnífico artículo de Savater. Hasta me reconforta, fíjese lo que somos los bárbaros descreídos :-) Lo guardo en carpetita especial.

    Feliz domingo y feliz semana a todos. No regreso hasta el sábado que viene. Me los pierdo.

  11. Angel Duarte

    Vamos por partes.

    Primero, en mi manos cae a menudo un ejemplar de Alfa y Omega. Aquí en Sevilla se lee mucho ABC y como viene encartado, pues eso. Efectivamente, dan miedo. Mucho miedo. Recuerdo en particular un número, ahí por el dos de mayo, en el que se llegaba a afirmar la nación como un deber moral del católico. Recuerdo, incluso, que un pintoresco colega, suyo y mío de profesión, daba su aquiescencia a la tesis del nacimiento de España coincidiendo con la conversión de Recaredo. Vale. Hay un poso, cuya textura conocemos de sobra. Tanto como para que sea fácil ejercer de anticlericales en esa dirección. Fácil en el sentido de que el esfuerzo para detectar en Rouco -es un poner- al enemigo de la razón ilustrada, y sus legados, es menor.

    Segundo.Lo que quería apuntar con lo de Zeitgeist es a la mucha mayor dificultad para detectar ese nuevo clericalismo petulante que se manifiesta ateo. No al ateísmo de siempre, o al sano volterianismo. No.
    Zeitgeist es un producto de mucho éxito en Internet. En particular entre gente joven que precisa de explicaciones convincentes que desmonten, de manera enérgica, las fábulas y los mitos religiosos… Con el inconveniente de que cuelan de matute otros materiales -teorías conspirativas que no desmerecen a la tesis Recaredo.

    Tercero. Más preocupante, desde mi punto de vista: la fascinación producida entre libre pensadores por libros como El espejismo de Dios. Sus reflexiones, para nada originales, son alabadas por gente en la que aprecio su capacidad de análisis en muchos otros terrenos pero que sucumben ante las campanudas, reiterativas, plúmbeas y mareantes reflexiones de Richard Dawkins.

    Confio en haberme hecho entender. Un abrazo

  12. Alejandro Lillo

    David, coincido con Justo: me encanta leerte. No solo por lo que aprendo, sino porque cuando expresas opiniones en las que coincido, las explicas perfectamente, mejor de lo que yo jamás podría hacerlo.
    Lo que no entiendo, y seguro que alguien en este blog podrá aclarármelo, es cómo personas que supongo tan inteligentes como Prada o Sánchez Cámara pueden tener opiniones, no solo tan integristas, sino tan alejadas de la realidad y de los hechos verificables objetivamente. De verdad, señores, no lo entiendo, uno puede tener su opinión, pero decir esa serie de barbaridades… no sé, quedan fuera de mi entendimiento. Se supone que es gente culta, estudiosa, conocedora de la sociedad en la que viven… ¿se creen realmente lo que dicen, o lo hacen para “ganar puntos” con sus amos?

  13. Kant

    Ave María Purísima… ¿o… o no?… En fin, igual hubiera sido más adecuado regresar al “blog” de don Justo con un “¡salud!” mucho más ilustrado y, por ende, ateo, pero dado que en mi lucha por encontrar el camino a Ámbar fracasé – como el propio Príncipe Corwin lo hizo – igual aún voy algo aturdido. Aunque no pienso rendirme. Ya saben los seguidores del sublime Azagra: “derrota, tras derrota hasta la victoria final”. En eso continúo. Pero, bueno, como decía Michael Ende, “esto ya es otra historia”. Centrémonos, pues, en la propuesta del sr. Serna…

    Don Bernat Martí, en aquellos momentos director del Servei d’Investigació Prehistòrica (SIP) de la Diputación de Valencia (una institución creada en 1927 cuando nuestra Universidad opinaba que la arqueología no era digna de figurar entre las materias académicas respetables), asistía, allá a finales de los 80, principios de los 90, a un curso en ESADE-Barcelona (el colmo de la “modernor” jesuítico-socialdemócrata en aquellos años) dirigido por mi admirado formador, don Josep Chías. Tenía éste la (mala) costumbre de entrar el primer día en clase asustando a sus incautos alumnos (ninguno de los cuales cumplía ya los treinta) con una pregunta-amenaza: “a ver ¿qué es cultura?”… Y sabiendo que los gringos habían recopilado más de seis mil definiciones diferentes (¡ay, señor, el positivismo!…) presuponía que o bien los dejaba mudos ante lo insondable de la cuestión o bien formaba un gallinero porque cada cual quería barrer hacia su portal. En este caso, el grupo presagiaba la actitud silenciosa… de pronto, desde el fondo del aula, sonó la voz serena del dr. Martí sentenciando: “Cultura es cuanto no es Natura”. Quien se derrumbó fue el propio dr. Chías que, posteriormente, me comentó, sonriente, la anécdota que don Bernat no difundió por su natural contención.

    Traje esta anécdota a colación para destacar la necesidad de no sacar las cosas de quicio. Y, mejor aún, para ponerlas en su sitio. Ya saben que soy poliateísta. Así que, si no creo en los falsos dioses, ¿cómo voy a creer en la chapuza paulina de Jesús de Nazaret o la memez de cabrero semítico del monoteísmo?, por lo tanto, no voy a engañar a nadie. Ya saben cómo pienso. Por eso me gustaría que otros me explicaran cómo han podido caer tan bajo intelectualmente y como pueden albergar tal cantidad de ignorancia sobre un tema del que parecen maestros, este de la religión… cristiana.

    Y es que esta es la primera trampa conceptual. La más común y extendida. Uds. no hablan de religión de la misma manera que, cuando sale el tema de la asignatura escolar, soslayan el hecho fundamental. Uds hablan, aquí, de la creencia judeo-cristiano-musulmana tanto como hablan del catecismo católico cuando se refieren a la asignatura. Por lo tanto, ¿por qué no ponemos las cosas en su justa medida y comenzamos por hablar del judaísmo y sus dos herejías cismáticas, el cristianismo y el islamismo? Es que, quiero recordarles que el politeísmo es la creencia abrumadoramente mayoritaria de la Humanidad. Una creencia acrisolada por decenas de miles de años y extendida en todo el orbe mientras el monoteísmo de los ganaderos semíticos apenas fue de antesdeayer (en términos históricos) y sólo circunscrito a los territorios donde lo han impuesto. Repito, impuesto. Es una creencia anómala, inhumana, absurda y plenamente artificial, producto de elucubraciones de personas concretas con evidentes fines bastardos no de las experiencias colectivas y compartidas de donde surgen las “re-ligio” de la Humanidad.

    Y después, si quieren, hablamos de esos panolis de presuntos ateos y de agnósticos de escaparate.

    Otrosí: no puedo contenerme… ¡¿cómo no felicitar a la nueva secretaria general del PP?! Sólo por ver el rostro humillado, airado y malhumorado del ciudadano Aznar ya vale la pena. Ah y que se vayan atando los machos los del PSOE porque un PP así puede perder un millón de votos de su extrema derecha… y ganar tres del electorado de centro. Tres menos uno, dos. Y el próximo presidente del Gobierno, el del PP.

    Ítem más: más, porque de tanto tiempo sin escribirles (hablarles) me salen las ideas a borbotones… ¿Y lo de la Eurocopa!… ¡Por todos los Dioses Inmortales!… Tras asistir a las exégesis sobre la “vergüenza nacional” que nos propinaba don Rodolfo Chiquilicuatre, no pasan ni dos semana y nos encontramos con la farándula patriótica (¡estos sí son españoles! españoles de casta, gracia y salero) escapada de las Carnestolendas, hábilmente travestida, luciendo disfraz, deleitando al universo mundo con unas sevillanas en la plaza del Ayuntamiento de Innsbruck, o paseando vestidos de guardia civil con tricornio bien puesto y mostacho a juego, o portando cuernos de vikingo, o llevando montera por tocado y berreando cuanto grito ritual, a coro o en emotivos solos, hubo a bien esputar a pleno pulmón por las calles y televisiones europeas… Esto es España de verdad y no la del ateo de Chiquilicuatre.

  14. Juan Planas

    Vayamos a por el rabo. La existencia o inexistencia de Dios me la trae al pairo. A veces, me sacude un pálpito, una mezcla de orgasmo sacramental -de comunión con lo sagrado, con lo desconocido, con el otro: el poema- y me digo que por ahí ronda el creador, ¿o será la creación?… pero al instante me atraviesa otro frío, igual de poderoso e inexplicable donde me pierdo igual y me desangro de la misma manera. Aquí no hay nada, me digo, y sonrío -o levito- en esa plenitud vacía. Ambos estados son igual de transitorios, de significativos y de insignificantes. Dios y no-Dios son perfectamente compatibles y, de hecho, ambos me permiten balancearme sin temor alguno o con todos los temores del universo, qué más da.

    Podría decirse que voy y vengo de una experiencia sagrada-religiosa a otra sagrada-profana (creo que ahora se dice laica:-) sintiendo que ambas contienen y transpiran la misma substancia. Yo diría que Bataille, Ciorán o Sade y, desde luego, Nietzsche -y su traductor Savater- ya dibujaron ese paisaje con suficiente lucidez, o no?

    Luego está el fundamentalismo idéntico -en su concepto, que aquí viene de concepción del mundo- que embarga al creyente y al ateo. La marca -una u otra, la que sea- no prejuzga para nada -es decir, ni para bien ni para mal- el ulterior comportamiento social de su poseedor, su bonhomía, su autoritarismo, su honradez o su libido. Esas zarandajas -y en particular sus excesos- sólo vendrían a confirmar lo que, quizá, ya intuimos: todos somos reses marcadas por algún hierro forjado:-)

    Bien. Contra esa minusvalía no vale otra cosa que mostrarla con resignación y orgullo:-)

    Saludos.

    o es

  15. Alejandro Lillo

    ¡Salud, señor Kant, salud! Ya sabe que en materia religiosa, usted y yo nos movemos entre lares y penates admirando la riqueza de la diversidad y no idolatrando a un dios lejano y furibundo.
    Con respecto a esa definición de cultura, Sandor Marai afirma que la cultura es experiencia, que no solo se adquiere leyendo libros e ilustrándose, sino también viviendo…
    Me alegra volver a escucharle/leerle, señor Kant, bienvenido.

  16. Marisa Bou

    ¡Ya se le echaba en falta, señor Kant!
    Por cierto, no se tome usted un fracaso como final, sino como inicio de una nueva búsqueda. A lo mejor, Ambar es la línea misma del horizonte que, por lo inalcanzable, nos obliga siempre a seguir caminando.
    Hermosa definición de cultura, la de don Bernat. Nunca una frase tan breve me ha parecido tan llena de significado.
    En cuanto a los cristianos, les pareció tan incoherente la insoportable soledad de su diós único, que por eso lo inventaron “trino”. ¡Menúdos pájaros!

  17. Alfonso

    Hace mucho que leo su Blog, del que me declaro incondicional admirador. El dominio que demuestra el señor Serna a la hora de articular y plasmar sus ideas por escrito es magnífico.
    Ahora bien, cuando se trata de posts relacionados con la política o la religión pierde toda la objetividad de la que hace gala en otras entradas y, perdóneme la expresión, se le ve el plumero. Parece que, según usted, la derecha por serlo ya es nociva, lo mismo que la religión. Y la izquierda, ¿nunca es mala?

  18. Kant

    Doña Marisa, don Alejandro, gracias por su bienvenida y, de paso, gracias a cuantos me despidieron tan amablemente de mí. No se preocupe, sra. Bou: llegaré a Ámbar, se lo garantizo.

    Trae muy oportunamente el señor Planas el concepto de zarandaja. Aunque yo preferiría el de estrafalario por su connotación de extravagante. Y sin duda es extravagante, estrafalario, que alguien que le traiga al pairo la existencia o inexistencia de dios – y por ende, “de facto” ya se declara monoteísta pues da como cierta la presencia o ausencia de ese constructo cultural de cabrero del Próximo Oriente que es el dios – viva sumido en una corriente interna de escalofríos y temores sobre una u otra opción.

    Si quiere tomar el toro por el rabo, allá ud. yo prefiero hacerlo por los cuernos. Por eso reclama el modo del dr. Martí para dejarnos de cuentecillos para nenes rebeldes. Las cosas claras. A ver si nos desprendemos de tanto infantilismo y ponemos, como decía en mi anterior intervención, las cosas en su sitio. Lo sagrado es lo relacionado con la divinidad. Dado que ya se ha retratado como un pobre monoteísta, su sacralidad es la referida a un solo dios. Con lo cual, las experiencias trascendentes a lo cotidiano, objeto del animismo y del politeísmo (vinculadas, siempre, con el consumo de estupefacientes, qué casualidad), quedan al margen de su experiencia (so pena que consuma lo mismo que Teresa de Jesús o Juan de Ávila). Y estas experiencias son las únicas que pueden engañar a un observador poco avezado (por no decir, un ignorante de tomo y lomo). Así pues, ya ve que ni siquiera las experiencias sagradas son semejantes en el bando mosaico y en el del resto (o sea, el resto de la humanidad). Tratar de equiparar, entonces, lo sagrado – que por definición, siempre es religioso – con lo laico – y nunca con lo profano, que esto significa secular, no laico – es ahondar en lo absurdo, por mas parapetado que se llegue de autores que, siendo fuentes propias, dudo mucho que interpretemos igual (bueno, a Savater me lo puede dejar fuera, con el gato)

    Así las cosas, insisto, no mezclemos churras con merinas ni las confundamos con cabras, toros, reses… o el ungulado que prefiera. El fenómeno religioso – como creencia cultural – es una cosa y el fundamentalismo para enfrentarse a los problemas – personales o sociales – es otro. Son valores independientes. No existe más vínculo entre ellos que el que las zarandajas crean y quieran.

    Así que aquí, el único orgullo que puede existir es el del ser humano autónomo, ilustrado, libre de prejuicios de creencia y de oscurantismo mosaico. El ser humano es bastante más grande y luminoso, sea ateo o creyente (creyente en algo que no sea monoteísta, claro) como para considerar si quiera una duda ante el absurdo planteamiento religioso, ajeno a toda razón y lógica, de judíos, cristianos y musulmanes. Dejémonos de zarandajas, sí.

  19. jserna

    Hola a todos. Señor Kant, buenas tardes.

    Sr. Alfonso, bienvenido. Lamento que mis comentarios sobre política y religión le desagraden. Al menos espero no ser sectario.

  20. Paco Fuster

    Es interesante el texto de Rafael Argullol en “El País” sobre Blair. Después de leer las memorias de Obama, tengo muchas ganas de leer las de Blair (creo que salen en 2009), para ver su opinión sobre la Guerra de Irak y la foto de las Azores.

    Pero hablando de fe y de políticos, tengo que volver a Obama. Ya en “La audacia de la esperanza” hay un capítulo dedicado a la religión y a explicar las extrañas circunstancias que hicieron que un ateo convencido como Obama se convirtiera al Cristianismo. Como la religión es un elemento fundamental de la vida americana, también las creencias de los políticos son meticulosamente analizadas. En este sentido, en agosto sale un libro muy interesante que también me gustaría leer. Se titulará “The Faith of Barack Obama” y está escrito por Stephen Mansfield.

    Este tal Masfield es un tipo muy curioso, además de muy, pero que muy espabilado. De pastor protestante ha pasado a escritor prolífico e historiador sobre distintos temas. En Estados Unidos es célebre su ensayo sobre la religiosidad del presidente Bush – titulado “The Faith of George W,Bush – convertido en un auténtico best-seller entre neocons y republicanos. Ahora y viendo el auge de Obama, se ha lanzado a escribir sobre la fe del demócrata, con el ánimo no disimulado de volver a vender miles de ejemplares. En todo caso, el libro será seguro muy interesante porque la concepción que tiene Obama de la religión y el uso político que hace de la fe, también lo son.

    Bueno, aprovecho para dar la bienvenida a Alfonso (espero que a partir de ahora escriba más regularmente) y, por supuesto, al señor Kant.

  21. jserna

    Sr. Duarte, le admito que es una petulancia insoportable de ciertos intelectuales –a la violeta, le añado– creer que la cuestión de Dios se resuelve en un plis plas, con un par… de libros de Pinker y Dawkins. Como soy ateo y festivo, y de letras, me leo algo de Steven Pinker o me leo algún best seller de Richard Dawkins y ya está: un tipo de humanidades cubre su incultura con unas pocas páginas. Dice, sr. Duarte, que estas obras de receta son “alabadas por gente en la que aprecio su capacidad de análisis en muchos otros terrenos pero que sucumben ante las campanudas, reiterativas, plúmbeas y mareantes reflexiones de Richard Dawkins” (o de Pinker, le añado yo). No, no separe tan claramente esa forma de obrar. Cuando usted habla de gente así, yo pienso en el intelectual-periodista que cree resuelto el problema de la humanidad leyendo a un par de científicos. Peca de profunda arrogancia o ignorancia, de un apresuramiento que demuestra en sus otros quehaceres escritos. ¿Le digo quién es? No es Savater, por Dios, que ha dedicado un libro muy interesante y documentado a La vida eterna, no. Es alguien menos conocido, un intelectual escaso y esforzadamente polémico, un periodista aspaventoso que se cree culto e incendiario, dueño de una sintaxis presuntamente iconoclasta. Y hasta aquí puedo leer…

  22. Lolailo

    He mirado “La sociedad de la decepción”. La reseña de Serna no me gusta. Es muy favorable. No es para tanto el libro. ¿Nos mete reseñas como artículos? A lo mejor es que Serna ya no puede publicar en prensa.

  23. Angel Duarte

    ¡Coño, don Justo!
    ¡Qué retrato más demoledor… y exacto!
    Vamos a ver, no voy a defender lo indefendible, pero, en su momento, y en relación a cuestiones básicas relativas a la convivencia lingüística en Cataluña, no fue su papel en absoluto menor.
    Otra cosa es que se le haya pasado el arroz… e incluso, se lo otorgo, que la descompensación en los ingredientes fuese ya inicial y le condenase, con el tiempo, a la condición de engrudo.
    Un saludo

  24. J. Moreno

    Ese personaje que nombra de manera sibilina el Sr. Serna es un soberbio de armas tomar.

    Es raro el día que no hace una entrada a sus “cortesías”.

    Cuando alguien de la pluma lo nombra en algún artículo, lo hace saber en su blog.

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