
1. Alegrías
Vaya por delante: me alegro del triunfo de la Selección Española de Fútbol. Vaya si me alegro: durante décadas la he padecido en silencio, verificando una y otra vez que los jugadores españoles sólo sabían lamentarse, dar patadones y sacar la furia. O eso me parecía, en mi ignorancia… Días atrás leía un artículo de Javier Marías. Parecía pensado para mí, para expresar lo que yo mismo sentía (y tantos otros). Estos muchachos de ahora no parecen españoles, venía a decir Marías: son lo contrario de lo que hemos sido. Lo contrario de lo que hemos sido. A mí, que nunca me ha gustado el fútbol, había que ganarme con el espectáculo, con un juego bonito que nunca le he visto a la Selección… hasta ahora mismo. Los nuestros siempre me provocaban tedio o un padecimiento absurdo. ¿Qué hago yo viendo un partido de fútbol, un juego que no me interesa? Eso me preguntaba desde hace varias décadas. Tal vez por eso evité emplear mucho tiempo en algo que no me procuraba placer alguno. Jugar, amagar, controlar el balón, driblar, golear: eso eran virtudes de otros. Lo nuestro era el patetismo, el agonismo y… la agonía. En fin.
Quizá había algo personal en todo ello: siempre me ha provocado envidia la habilidad corporal, quien sabe hacer esas cosas (jugar, amagar…). Precisamente porque siendo joven yo siempre me mostraba tardo y escaso, rudimentario o falto de inspiración. ¿Inspiración? Jamás tuve algo parecido. Recuerdo que en el bachiller elemental nos obligaban a formar dos equipos, que alguna vez se llamaron Roma y Cartago. Cuando era un partido de fútbol, los capitanes de ambos grupos elegían a los jugadores respectivos: unos pocos nos quedábamos como resto, de tal mal que jugábamos. Nos ponían de defensas (o de porteros), confiando en que hiciéramos pared o rompíéramos piernas, no sé. Evidentemente no prestábamos interés alguno a una habilidad de la que carecíamos y, por eso, nos dedicábamos a simular: como si realmente supiéramos contener al contrario. Mientras tanto, en aquel campo de tierra y cantos, rodeado de bancales de cítricos, los torpes nos dedicábamos a coleccionar piedrecitas y a saciarnos con las naranjas que birlábamos.
He escrito lo que arriba han leído mientras escuchaba a través de mi teléfono y con auriculares una música que mi hijo me pasado con el bluetooth. No es un himno (aún recuerdo el artículo de Javier Marías dedicado a los himnos en la competiciones futbolísticas, ahora recogido en Salvajes y sentimentales), pero merecería serlo: es el Volare de los Gipsy Kings. ¿Se imaginan? ¿Cabe mayor alegría? Es, como me dice mi hijo, un fenómeno del melting pot: un grupo francés de gitanos españoles con nombre en inglés que canta rumba catalana versionando un clásico italiano. Debería ser el himno de la Unión Europea: lo contrario de todo nacionalismo; lo contrario de lo que hemos sido. Sí, ya sé que fantaseo. Pero, qué quieren, no me digan que no es una bella quimera.
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2. Alergias
Más que una quimera, son auténticas pesadillas esos himnos vulgares que sirven para vitorear, para alimentar lo gregario o para encender la pasión plebeya. Si Volare, entonado por Gipsy Kings es un lenitivo, Que viva España (Y viva España) cantado por Manolo Escobar es un purgante. La recepción masiva de los jugadores en la Plaza de Colón, en Madrid, fue una explosión de alegría, desde luego. Aunque volver a oír esa cancioncilla alemana que exalta la España tópica me hace regresar al final del franquismo cuando, siendo adolescente, yo evitaba el fútbol y lamentaba vivir bajo una dictadura. Lo siento, pero esa pieza de mediados de los setenta me abochornaba entonces y aún me abochorna, produciéndome una alergia insuperable. Todavía me provocan rechazo el patrioterismo, la unanimidad, el belicismo coral y algo beodo: ése suele ser el contexto festivo en el que se canta dicha letra, tan espiritual, que habla de flores, de fandanguillos y de diestros con la gracia de un hidalgo español.
Qué bonito sería poder emocionarse sin remordimiento alguno, pero el franquismo contaminó demasiadas cosas de las que otros países se sirven sin problema. «Nuestra Marcha de Granaderos«, nos recordaba Javier Marías, es una pieza del siglo XVIII: «no está nada mal, tocada suave y lentamente –de manera derrotista, sólo la he oído una vez–, llega a ser casi tan melancólica y poco ofensiva como la cuerda de Haydn cuando es sólo cuerda. Es difícil, sin embargo, que la pieza no resulte más bien odiosa, al menos para nuestra generación, que la oyó demasiadas veces en desfiles y presididos por la mano floja que subía y bajaba como un paso a nivel, qué barrera», concluía.
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4. Observador participante (2 de julio)
Dice Juan Planas en su comentario del 2 de julio que le resultan curiosas nuestras palabras sobre los himnos. Confiesa no haber sentido nada ante ningún sonsonete o señera: nada de todo eso que nosotros decimos padecer. Lejos de tomárselo como una carencia –la carencia de un sentimiento positivo o negativo que otros experimentan–, el poeta afirma disfrutar únicamente con las cosas que le gustan. Bien mirado, es un buen programa de vida: tomar de ella sólo aquello que nos procure placer y sólo cuando nos lo procure. Insisto: no parece un mal plan…, siempre y cuando podamos costeárnoslo materialmente (incluso la austeridad obliga a desembolsos); siempre y cuando nuestra psique tenga una fina película protectora que nos evite la sensibilidad indeseada; siempre y cuando rijamos nuestar conducta con mano de hierro, expulsando aquello que nos contraríe o nos produzca disonancia moral o cognitiva. O, mejor aún, siempre y cuando lo externo, eventualmente dañino o ansiógeno, lo asimilemos como fuente de dicha o empeño autocreador: a eso aspiro yo.
Los himnos –o despotricar contra los himnos– no me producen especial angustia: son un estímulo reflexivo que me saca de mi aturdimiento, de mi nirvana o duermevela. Me gusta estar en activo y, desde luego, los sones patrióticos que tanto detesto me sirven para ponerme en guardia. En el mejor sentido: pensando sobre lo que no me agrada. Así evito tomar como natural, normal o familiar lo que sólo es histórico, contingente: por supuesto es una manera de desfamiliarizarme. Pero es también una manera de preguntarme sobre lo obvio, sobre aquello que a tantos otros sí conmueve. Ni el fútbol, ni los toros, ni la America’s Cup –que se celebrará o no en Valencia– son acontecimientos que logren intersarme vivamente. Como mucho, son eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa, en célebre expresión de Machado. Bueno, más o menos: más o menos acontecen consuetudinariamente, es decir, frecuente, periódicamente; y más o menos en la rúa, es decir, son externos y multitudinarios.
Según le dije a Miguel Veyrat hablándole de la Fiesta, yo observo esos hechos (en el sentido sociológico) sin gran emoción y, como mucho, con un interés erudito, de observador distante. Me pasa igual con las fiestas populares. Perdonen la pedantería: en antropología, el observador participante mira a los nativos, sus costumbres ancestrales, sus formas de sociabilidad, sus ritos, sus normas y su convención. Toma nota y se interesa por cosas que no le apetecen o que, incluso, le producen rechazo, pero entiende que esos eventos efectivamente consuetudinarios merecen ser registrados. No se le puede pedir que, además, los apruebe. Tampoco se le puede pedir que adopte ante ellos una actitud indiferente. En su Diario de campo en Melanesia (A Diary In the Strict Sense of the Term), el gran Bronislaw Malinowski protestaba contra los bárbaros nativos y sus costumbres: el observador participante mira, anota y deplora lo que no le gusta. Al final, lo que no le gusta es lo que le despierta, lo que le saca de su modorra.
Creo que muchos de los que aquí intervien hablando de los himnos manifestan ambivalencia u oposición, como hacen Kant o Alejandro Lillo o Arnau Gómez, y creo que no lo hacen porque sean nacionalistas encubiertos de la parte contraria, antiespañoles emboscados, sino porque les producen sentimientos contradictorios lo que ven y lo que escuchan: como Ana Serrano cuando cantaba algo improcedente (La Marsellesa) o como Marisa Bou cuando en tierra extraña se emocionaba a los sones del pasodoble valenciano. En cuanto a mis emociones, pues qué quieren que le diga… Al nacer aquí –o allí– se me fuerza a ser miembro participante de una comunidad de costumbres, tradiciones y atavismos. Yo sólo deseo ser un observador participante… que se irrita y despierta y lee. Tal vez por eso, sr. Duarte, leo con interés campechano las declaraciones de Luis Aragonés, un tipo –por cierto– que canta endiabladamente mal hasta el himno más ligero. No sé si tomarlo como un informante, como un hechicero o como el jefe de la tribu.
Variedades
Sin palabras. ¿Leer más?
Los himnos. Leer más.
Entre flores, fandanguillos y alegrías. “…En las tardes soleadas de corrida, / la gente aclama al diestro con fervor / Y él saluda paseando a su cuadrilla, / con esa gracia de Hidalgo Español / La plaza por sí sola vibra ya, y empieza nuestra Fiesta Nacional / Por eso se oye este refrán / ‘Que Viva España’…”. Leer más.


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